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Archive for the ‘Deporte’ Category

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No tenemos Olimpiadas. Pero tenemos muchas otras cosas. Tenemos cuatro millones de parados, menos presupuesto en innovación, más impuestos, ayuntamientos en quiebra, bancos que reciben dinero del Estado para repartírselo entre sus directivos, Plan E, unos índices de CO2 que asustan, un millón de pisos vacíos, las SICAV casi sin fiscalizar, el mileurismo como aspiración de bienestar, un Gobierno torpe, una oposición frustrante, ninguna alternativa, una vida política que es un chiste malo repetido muchas veces, una sociedad que sólo reacciona para meterse con las hijas del presidente… Seguro que hubiese disfrutado viendo el atletismo olímpico en mi ciudad, incluso pagando a un reventa, pero hoy no me apetecía que el país se metiese en un sueño de siete años cuando la realidad está demostrando que a 2016 sólo vamos a llegar de milagro. Y los milagros no existen. Que se lo digan a Gallardón.

Suena Tudo bem, del Trío Mocotó.

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¿Será un viral del grupo Prisa para presentar a su nuevo colaborador estrella?

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«Los locos somos los que nos vivimos, los que no nos atrevemos a llevar una vida conforme a nuestras creencias». Óscar Pérez no ha leído estas palabras de Pablo Ochoa publicadas hoy en El País. Óscar está en una repisa a 6.200 metros, en el Latok II, en Pakistán. Muerto o a la espera de la muerte. Tampoco creo que le hubiesen importado un carajo esas frases después de haber estado colgado de una cuerda toda una noche, después de haberse roto un brazo y una pierna en el peor momento y en el peor lugar, después de diez días knocking on heaven’s door. Pero Pablo Ochoa no hablaba para Óscar sino para los que van a hablar sin esperar a que el cadáver de Óscar sea cubierto por el hielo. Pablo es hermano de Iñaki Ochoa, un montañero muerto en acto de servicio (Annapurna, mayo de 2008). Otro.

La verdad es que me quedo pegado a las historias de escaladores. Cuando las leo en la prensa, las veo en Al filo de lo imposible o me aparecen en forma de libro. Quizás sea por el vértigo de ida y vuelta que tengo pero flipo con esas aventuras escritas fuera de los renglones de lo corriente. Aunque la cosa tenga pinta de haberse convertido en un circo para ricos. Aunque ese afán de probar la resistencia humana esté llenando de turistas tóxicos y mierda poco degradable montañas antes libres de pecadores (sé que pagan una tarifa por lo que ensucian pero no sé qué hace un gobierno tan ordenado como el pakistaní con esa pasta). Aunque, y esto quizás no sea muy oportuno decirlo justo hoy, el rescate de esa ambición por la superación, cuando fracasa, cueste una pasta que no siempre asume el seguro. Bueno. Yo sigo asombrándome por la epopeya que puede contar Álvaro Novellón, el compañero de Pérez, y emocionándome al imaginarme las últimas horas que no podrá contar Óscar.

Suerte tienen, de todos modos, los montañeros. Sí, suerte porque pueden vivir y morir como les sale de los cojones sin que nadie quiera prohibírselo. Aún. Caen escaladores en las montañas como caen corredores en encierros o boxeadores en rings, por mencionar sólo dos escenarios que parecen molestar especialmente a esos locos que decía Pablo Ochoa. Locos que no se atreven a vivir sus vidas pero sí se permiten opinar sobre la forma de vivir de otros. Los que suben montañas son hombres (y mujeres) que se sienten vivos cuando lo hacen, aunque hacerlo les acerque peligrosamente a la muerte. Lo mismo que los que se la juegan por una carrera de segundos en la cara de un toro o los que se la parten entre 16 cuerdas. Los hay que viven cuando escriben, cuando cantan, cuando follan ante una cámara o cuando hacen punto de cruz. Cada uno debería dedicarse a lo que le da la vida y todos deberíamos dejar la vida de los demás para… los demás.

Cierro con otra frase de Pablo Ochoa. «Atreverse a vivir una vida concreta, con sus riesgos, no sólo es valiente, sino sabio». Ésos, los que no se atreven a vivir la suya y por eso quieren que vivamos una no-vida como ellos, no sólo son cobardes, también son idiotas.

Suena el I’m Not Like Everybody Else, de The Kinks, nada menos.

En la foto, hecha por Álvaro Novellón, Óscar Pérez, durante su subida al Latok III. La he sacado de desnivel.com.

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Athletic

Como no gasto fe en Dios, puedo invertir algunos de los créditos que me sobran en creer que mi equipo puede ganar al todopoderoso Barcelona. No sólo me daría una alegría de cojones, es que sería muy romántico que una escuadra formada por habitantes de una pequeña aldea ganase a la millonaria legión extranjera. Y si con esto me prohiben la entrada en el cielo, me da igual. Pensaba ir con calcetines (roji)blancos.

¡Aúpa Athletic!

Suena M.C.D., Himno del Athletic Club de Bilbao.

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Hoy hace un año y un día que nació este blog. Y la verdad es que está encantado de haberse conocido. Yo también estoy encantado de haber conocido al blog, aunque a veces mantenerlo sea un poco condena. Lo normal en estos casos, por lo que he visto por ahí, es dar un montón de datos de visitas y demás y hacer una recopilación de búsquedas bizarras a través de las que ha llegado la gente al lugar. Mis datos no están mal y las búsquedas que acaban aquí son de lo más psicodélicas. Normal, puesto que a veces me dedico a hablar de BDSM, intercambio de parejas, alargamiento de pene y cositas de ésas que no interesan a casi nadie en Internet, qué va. Pero como soy un tío discreto, paso de publicar tales cosas. En cambio, prefiero felicitar al blog y agradecer sus visitas a los lectores. Por cierto, si alguien quiere regalar algo al querubín, que me lo mande a mí y yo se lo hago llegar.

Suenan los Ramones cantando el Happy Birthday.

El pastel de cumpleaños, tan bonito, es de aquí.

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Tenía que ocurrir. Leo en Consumer.es que nuestro querido Lewis Hamilton va a salir a Bolsa. En realidad, lo que sale a Bolsa es la empresa que gestiona sus derechos pero viene a ser lo mismo. No sé si su O.P.V. tendrá éxito en los tiempos que corren pero estoy tratando de pensar en deportistas en los que yo habría invertido por diferentes razones: Ramón María Calderé, Estanis Argote, José Luis Laguía, Chris Waddle, Jarmila Katrochvilova, José Eulogio Gárate, Manu Sarabia (hasta que se dedicó al micro), Pierre Littbarski, Marvin Hagler, Maromero Páez y muchos otros que ahora no recuerdo. Obviamente, por eso no soy broker.

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Y hablando de drogas y deporte, de hipocresia y leyes… ha caído en mi disco duro un estupendo documental llamado Bigger, Stronger, Faster que cuenta el camino de un loco por las pesas, Chris Bell, por llegar a la verdad sobre el uso de esteroides. El tipo, director y narrador de la cosa, es hermano de otros dos vigoréxicos, ellos usuarios de anabolizantes, que le ayudan a recorrer el trayecto. También lo hacen Ben Johnson, Carl Lewis, Gregg Valentino (brillante, el tío) y un buen puñado de deportistas, médicos, políticos y hasta vacas llenas de músculos. ¿Y cuál es la conclusión? Cualquiera. Porque en este tema, como en tantos otros, no hay una verdad absoluta pero sí está absolutamente lleno de mierda. Porque igual hay alguien leyendo este texto puesto de Lexatín que no admite el consumo de marihuana. Porque puede que yo mañana tenga que tomarme un jarabe con codeína para currar en condiciones pero que si anuncian que han pillado a, es un poner, Nadal curándose un resfriado con una sustancia prohibida se nos caerá un mito al que exigimos resultados y un expediente químico intachable. Porque, como dice el bateador Barry Bonds en la última parte del documental a un puñado de periodistas: «¿Es que ninguno de vosotros ha mentido nunca? No. Todos habéis mentido. Todos. ¿Por qué no vais a limpiar vuestros armarios y luego venís a sacar la ropa sucia del mío?».

Aquí va un tráiler, pero el resto está ahí fuera:

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A Dios (o a quien esté al cargo ahora) pongo por testigo de que volveré a pasar hambre la próxima vez que, después de haber inhalado humo con alta concentración de THC, me entre esa gusa insaciable y lo único que tenga a mano sea un paquete de Corn Flakes (o cualquier otro producto de Kellog’s) o un bocata de Subway. Me uno a esa pequeña  venganza ante esos cabrones carcas que retiran patrocinios por un par de caladas a un bong. Ah, también pongo a quien sea menester por testigo de que tampoco nadaré un sólo metro en una piscina olímpica tras haber fumado yerba. Es mi pequeño y particular boicot a Micahel Phelps. El muchacho, en vez de achantarse y decir que ha dado mal ejemplo, debería haber aprovechado su fama y su poder mediático para dejar claro que la penalización del consumo de drogas es tontería. Igual es lo que iba a hacer pero se le olvidó porque iba fumado.

B.S.O. El Fary, La mandanga.

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Para Paquirrín, para la Obregón, para Ja y Pe, para la duquesa, para Paris, para Britney, para Bisbal, para Busta, para Letizia, para Piqué, para Ortega, para el Duque, para el novio de Falete…

Es el nuevo viral de Nike, protagonizado por una famosa gringa, Taylor Momsen, pillada por la típica horda de paparazzis a la salida del gimnasio. La muchacha se libra gracias a sus zapas y a unos movimientos de parkour de lo más espectáculares (vía Brandlife).

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Aprovecho que Iván Pozo acaba de ganar el título europeo (con polémica decisión de los jueces) de los pesos mosca para colocar otro de mis reportajes para la Zona Prohibida de la revista GQ. Éste apareció en el número 135. Iván Pozo peleaba por el título mundial contra el argentino Omar Narváez y yo viví el combate en su vestuario, en su esquina. Ya escribí algo sobre el tema aquí, pero éste es el texto original. Gracias a Sousa y a Paco Amoedo por permitírmelo.
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Queda una hora para que empiece el combate por el Campeonato del Mundo del peso mosca de la Organización Mundial de Boxeo (OMB) y en los vestuarios del pabellón As Travesas de Vigo tiene lugar un rito curioso. Paco Amoedo debe vendar las manos de su pupilo, el aspirante Iván Pozo. Normalmente lo harían a solas. Pero ésta es una pelea por el título mundial. Por eso viene alguien desde el vestuario de Omar Narváez, el campeón argentino. Por eso, uno del grupo de Iván se va hacia el otro camerino. Se trata de asegurarse de que haya una pelea limpia.

Iván está sentado mientras Amoedo cubre de gasa sus sus nudillos. Daniel Narváez, hermano de Omar y asistente de Marcelo, también hermano y entrenador del campeón nacido en Chubut, observa el proceso. «Tienes un aire al Kun», le dice Iván a Daniel sin conocerlo de nada. Los dos inician una conversación sobre fútbol la mar de distendida. Hablan de Agüero, de Messi y de Riquelme como si fuesen dos chavales en un parque y no dos hombres que, cada uno a su modo y en su esquina, van a partirse la cara en el ring. «Buena pelea», le desea Daniel a Iván cuando el vendaje está hecho y aprobado. Y se despiden con un abrazo.

Lo curioso no ha sido sólo el rito. Lo curioso ha sido comprobar que la visita del enemigo ha supuesto el momento más relajado del aspirante en toda la noche. Iván ha llegado al pabellón a las ocho y media desde su casa. Lo ha hecho camuflado bajo una gorra blanca con su nombre y un chándal verde. Ha entrado en un vestuario que ya hervía con boxeadores calentando, preparadores con las muñecas embadurnadas de vaselina y gente que pasaba por allí. El Club Polideportivo Saudade sube hoy al ring a cuatro púgiles además de Iván. Todos comparten la misma sala. Y el mismo preparador. Francisco Amoedo está cerca de los 65 y es una institución en Vigo. Aquí los taxistas saben tanto de guardias y ganchos como de remates al larguero. En los bares se comentan las posibilidades de Iván entre las penas del Celta. La ciudad vibra con el boxeo, un deporte injustamente proscrito por la modernidad, y muestra un respeto sincero por Franciso Amoedo, el Angelo Dundee gallego.

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En el vestuario del Pabellón As Travesas no están calentando ni Muhammad Ali ni Sugar Ray Leonard. Son César Martínez y Jesús García Simón pero Amoedo los trata como uno se imagina que Dundee se ocupaba de sus campeones. César tiene 18 años, es peso pluma y gemelo de Alejandro, finalista de Fama, el reality bailarín de Cuatro. Suso tiene un año más y es peso ligero. Los dos abren la velada con dos combates programados a seis asaltos. Están tranquilos. Hablan conmigo de cualquier cosa mientras en una esquina Iván bebe agua a pequeños sorbos y guarda silencio. Se ha puesto a calentar nada más llegar pero Amoedo le ha dicho que no se mueva tan pronto. Hay buen ambiente. Se oyen bromas. Entran colegas a saludar. Saltan flashes desde las cámaras. A veces parece más el camerino de un grupo de rock que el lugar de concentración de un aspirante a un título mundial. Amoedo pone orden hasta que se tiene que ir con César para el primer combate.

El rugido del público se suma a la algarabía del vestuario. El pabellón aún no está lleno pero la gente alienta cada golpe de César. «Debe estar ganando», me dice Suso. «Pelear en casa es la hostia». Iván calla. Hace tiempo que ha desconectado. No importa que aparezcan dos compañeros, David Blanco y Pedro Fernández, que también combaten hoy. Da igual que estemos el fotógrafo y yo rondando a su alrededor. Tampoco le afecta la llegada de nuevos visitantes. Iván contesta con monosílabos y no atiende a nada que no sea nada. Concentración. Eso es todo.

Hoy es el fin de tres meses de preparación. Sesenta minutos de carera por las mañanas y tres horas de gimnasio por la tardes. Se ha alargado un mes más de lo previsto porque Omar Narváez tenía dañada la zurda, su mano buena. Los últimos tres días antes de la velada, los boxeadores casi no comen ni beben y hacen todo su entrenamiento envueltos en forros polares. Se trata de sudar hasta la última gota para perder hasta el último gramo y llegar al pesaje dentro del límite. La ceremonia fue ayer. Los dos dieron 50,5 kilos. Se decía que al argentino le había costado más dar el peso. También se decía que no estaba recuperado de su lesión. Que estaba bajo de forma. Iván nunca dijo nada de eso. Habló con nosotros tras el pesaje, tomándose un batido de proteínas e hidratos mientras el médico le hacía un reconocimiento. «No conocía a Omar y me ha parecido muy majete. Mejor. Prefiero pelear con un tío así que no con un cabrón con el que te obcecas».

Iván es un deportista de 28 años. Simpático, educado, discreto. Normal. «Vivo de esto. No gano como los futbolistas pero vivo bien». La bolsa de hoy es 30.000 para él y 75.000 para el campeón. Hablando de futbolistas, entra el rubio en el vestuario. El rubio es Míchel Salgado que, junto a Lorenzo Sanz, es mecenas de Iván. Le desea suerte y se marcha a su asiento a pie de ring. Vuelven César y Suso. Han ganado pero nadie lo celebra mucho. Amoedo les exige más que la victoria y ellos lo saben. Los nervios se están contagiando a todos los que estamos allí. Entra el árbitro del combate junto con un juez de la OMB para explicar las normas y darle los guantes a Iván. El aspirante se los calza y ya no para de moverse. Golpea las paredes. Salta a la comba. Hace guantes con Ermel Morales. Ermel es profesor de teatro y boxeador aficionado. Ayuda a Amoedo, se encarga del hielo, la vaselina y el agua. Pero, sobre todo, se ocupa de motivar a los púgiles, de tranquilizarlos, de tocarlos. «Veo lo que necesitan, les miro a los ojos y les doy unas palabras de apoyo». Es el cariño necesario en un deporte de tipos duros.

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Llega el momento. Iván, Amoedo, Ermel y los demás salimos al pasillo a esperar que el speaker anuncie al aspirante. Hay gritos de ánimo, humo y mucha oscuridad. Es ese momento tan emocionante de las películas pero vivido a la vera del protagonista y junto a una treintena de gaiteiros que nos anteceden. Por fin, los dos boxeadores están en el ring. Se oyen los himnos. Suena la campana. Empieza el combate.

En la pausa entre el séptimo y el octavo asalto, vuela una toalla desde la esquina del aspirante. Omar  Narváez ha vencido por KO técnico en su decimotercera defensa del título y está a una de igualar el récord del mítico Carlos Monzón. Ha dado una lección de boxeo. Ha esquivado todos los golpes de Iván y le ha llegado con series rápidas y largas. Amoedo no ha querido que su pupilo sufriera un daño innecesario, le ha protegido sabiendo que pronto le espera un combate por el Campeonato de Europa. Los argentinos celebran la victoria sobre el ring mientras la decepción se extiende por las gradas llenas de cinco mil aficionados. Ermel no puede contener las lágrimas. Iván mira al suelo. De repente, se le acerca Daniel. El chico que se parece al Kun levanta la mano de Iván Pozo y le da una vuelta por el ring. Estalla una ovación. Así es el boxeo.

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