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Archive for 29 julio 2008

Aunque (casi) nadie dice nada.

Actualizo: Leo en el New York Times que el gobierno chino ha pasado (olímpicamente, supongo) del Comité Internacional Olímpico y de su petición de acceso libre a Internet para los periodistas que van a cubrir los Juegos. Al parecer, ya hay unos cuantos allí que han descubierto las virtudes de una dictadura comunista al servicio del Capital. Por una parte, me parece enternecedor que el CIO se preocupe por la libertad de expresión de unos miles de periodistas y pase (olímpicamente, claro está) de la de 1.600 millones de chinos. Por otra, a ver si así mis compañeros de profesión y sus paganinis empiezan a explicar en sus medios que libertad de mercado no es igual a libertad.

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El siguiente texto apareció en el número de junio de la revista Calle 20. Cuenta la peripecia de Daniel Lavin, un madrileño con ganas de hacer cine que se ha pagado y dirigido su primer largo. Hay un pequeño detalle que lo hace todo más… acrobático: el tío lo ha hecho en la ciudad en la que vive. Tokio. El reportaje, convenientemente maquetado y eso, se puede ver dándole al siguiente link: acrobats.

Un madrileño de 28 años decide ir a Tokio a pasar unos meses. Le gustan el manga y el cine japonés, le atrae la cultura de allí, siente que el viaje puede ser una experiencia decisiva en su vida. En Tokio, una ciudad en continuo movimiento que captura almas inquietas, conoce a una japonesa. Ikuko es amiga de una compañera de hostal. Quedan a tomar unas copas y pasa lo que tiene que pasar. Tres meses después, Daniel vuelve a Madrid con una experiencia decisiva y una futura esposa.

Ikuko y Daniel piensan dónde vivir juntos. Ella tiene trabajo estable en Tokio. Él ha estudiado cine y anda buscándose la vida en el audiovisual español sin mucha suerte. Deciden que será él quien se embarque en la aventura. Decide Daniel que va a aprovechar el impulso para cumplir un sueño. Se planta en Tokio con una cámara de vídeo, un ordenador, poco dinero, ningún conocido en el sector y un objetivo: rodar un largo.

Esta historia no es el argumento de una película. Es la historia del rodaje de una película. Es el relato de una acrobacia. La que ha hecho falta para finalizar Acrobats. “El mayor miedo no era realizar la película en un país y en una lengua diferentes, sino el no realizarla en absoluto”. Daniel Lavin habla con Calle 20 desde Tokio y por Skype. Lo hace despacio y con una seguridad en sí mismo que se antoja necesaria para meterse en semejante jaleo. “Si me hubiera quedado en Madrid, a lo mejor habría entrado en el rollo burocrático eterno de buscar una subvención. Preferí hacerlo por mi cuenta, sin medios pero con ilusión”.

Calcula que la peli ha costado 12.000 euros, incluyendo la cámara y los micrófonos. Nadie ha cobrado un yen. Se ha rodado en plan guerrillero. Sin permisos. Casi siempre en fin de semana, por eso de que hay que currar para comer. Acrobats es producto de la fe ciega de su director pero también de la del resto de los participantes. De los técnicos, coreanos, americanos, ingleses, un neocelandés y un chino, y de los seis actores, todos japoneses. Por cierto, ¿fe ciega o inconsciencia? “Las dos cosas”.

El resultado es sorprendente. Acrobats es un film de autor. Hiperrealismo crudo y minimalismo expresivo rodado cámara al hombro. El retrato de un momento de las vidas de tres funambulistas sin futuro ni presente que hacen equilibrios sin avanzar y sin red. Tres historias que se cruzan, pero poco, de tres personas solas en una ciudad de trece millones de habitantes. “El hecho de que haya muchos exteriores -explica Daniel- acrecienta esa sensación de soledad. En un interior siempre tienes más impresión de estar atrapado, pero en una ciudad como Tokio, un tanto claustrofóbica, se produce el mismo efecto”.

Que nadie espere un Lost In Translation o un tercio de Babel. Daniel no ha visto Tokio con los ojos de un gaijin, como se les llama allí a los guiris. “No quería ser el típico occidental, quedarme con los tópicos, sino ser fiel a la historia. Imagínate que yo fuera japonés y rodase en España: huiría de toros y flamenco”.

(Sigue leyendo, no seas así, pincha aquí. También puedes leer el blog de Daniel).

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Como un Cámera Café con menos chiste y más duro (por realista). Entonces llegamos al final es la primera novela de un tal Joshua Ferris. Una agencia de publicidad en Chicago en el tiempo en que el boom de Internet hizo crash. Un catálogo de miserias comunes a todos los curritos. Un retrato redondo pero puntiagudo del comportamiento del grupo, que se mueve como esas bolsas de plástico mecidas por las débiles olas de la orilla: sin voluntad, sin orgullo, sin ir a ningún lado. Mola cómo lo narra en una primera persona del plural que nos incluye a todos. Mola cómo aprovecha para colar pequeñas historias de cada personaje que te alivian de la gran historia grupal. Mola que, aunque ocurre igual en todas partes, pase en una agencia porque así lees el patetismo añadido de los que tienen que ser creativos cuando saben que no son muy capaces. En el fondo, o no tanto, éste es otro de los que se caga en la rueda. Cito:

Detestábamos no saber algo. Detestábamos no saber quién sería en próximo en ser despedido. ¿Cómo pagaríamos las facturas? ¿Y dónde encontraríamos un nuevo trabajo? Conocíamos el poder de las compañías de tarjetas de crédito, las agencias de recaudación y las consecuencias de la bancarrota. Estas instituciones carecían de atractivo. Introducían tu nombre en un sistema y, a partir de entonces, ciertas partes del sueño americano quedaban excluidas para ti. Una piscina en la parte trasera del jardín. Un largo fin de semana en Las Vegas. El BMW de la gama más baja. Tal vez éstos no eran unos ideales jeffersonianos, en conformidad con la vida y la libertad, pero en aquella época avanzada, con el Oeste conquistado y la guerra fría finalizada, parecían figurar entre nuestros derechos inalienables. Esto sucedía antes de la caída del dólar, antes del tormentoso debate sobre la externalización de servicios y el espectro de una masa de jóvenes chinos e indios que superaban nuestras ventajas en banda ancha”.

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El otro día, viendo a lo que queda de The Stranglers en el Summercase y oyendo su canción Peaches, me di cuenta de lo que me recordaba a otro grupo que también me gusta un rato. Girls Against Boys son de Washington DC y se lo hicieron en los 90 bastante buenamente (y siguen dándole: hace poco tocaron en el Gruta 77). Su disco Cruise Yourself es uno de mis (muchísmos) preferidos de entonces y Kill the Sex Player, la canción, sale en la banda sonora de Clerks, otro icono de esa década. El caso es que en aquel momento pensé que podría encontrar más grupos o canciones que me sonaran a otros grupos o canciones y armar una serie con eso. No se trata de que sean iguales ni de denunciar plagios ni nada por el estilo. Es de buen rollo. Simplemente me recuerdan unos a otros y me gusta.

Obviamente, los dos grupos tienen un bajo que domina la cosa (bueno, Girls vs Boys tiene dos bajos). Pero hay algo más: suenan macarras, sudorosos y sexys. Tienen clase y hasta pinta de ser el mismo tipo de tipos.

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Se cumple el primer aniversario del secuestro de El Jueves por un chiste y la revista lo celebra con este póster. Unas risas a costa de los que se ríen de la libertad de expresión. Que les den por popa.

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No es raro que hubiese 120.000 pastillas rodando hacia Boadilla del Monte. Aunque no hay que fiarse mucho de la información de la policía (¿verdad, Carlos?), sí hay que creer en el buen criterio de los camellos. Y si en el Rock in Río el patrocinio fue el caballo ganador, en el Summercase se juega a colocado. Quizás sea la única manera de bailar sobre ese suelo lleno de cantos rodantes, de compaginar los delirantes horarios y de disfrutar de un cartel que ha bajado bastante de nivel este año.

He tardado un par de días en asimilarlo, pero creo que para mí lo más potable del viernes fueron los Sex Pistols y esos Stranglers que venían a medias (el sábado no fui). No sé si es algo que debo compartir con mi terapeuta o tan sólo es un efecto secundario de la mínima cogorza denominadora, pero con Juanito Podrido, Esteban Jones y sus colegas me lo pasé mucho mejor que con unas pasotas Breeders, unos Kings of Leon que insisten en ralentizar sus directos o unos Mogwai reralentizados e insistentes. Y paso de entrar en si su vuelta es un insulto al espíritu punk y tal. En el fondo, ellos fueron muy poco punk en su momento. Fueron una bomba diseñada por un terrorista con buen oído. Fueron marionetas de Malcolm McLaren y ahora que no lo son, al menos tienen la vergüenza de decir que lo hacen por la pasta. Como Police, por ejemplo. Sólo que a mí me gusta más Anarchy in the UK que Roxanne.

(La foto de Rotten y su camisa la he pillado de El Mundo y es de Alberto Di Lolli).

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Cuando un chino se traspasa, eso no es impulso. Hasta ahora, nunca había visto un negocio de este tipo renunciando. El de la foto está en la calle Apodaca de Madrid. Parece que Solbes está tan preocupado como con lo de Martinsa.

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