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Saïd El Kadaoui Moussaoui
Catedral, 2016

Mira tú qué bien: de repente en España tenemos una editorial juguetona con el diseño de las portadas y que arriesga con sus libros y escritores. De repente, también, tenemos un autor que nos mira desde allí aunque sea de aquí —en realidad, no tan de repente porque Saïd El Kadaoui Moussaoui, este autor, escribe en varios medios, sobre todo de Cataluña, donde vive desde pequeño, y tiene un par de libros publicados—. De repente o, más bien, por fin, tenemos a nuestro propio Hanif Kureishi, aunque un poco más coñón.

Igual este libro puede ser síntoma de que, justo cuando se va a pique, el negocio editorial local se normaliza. Lo que aquí hay es, sobre todo y como se manifiesta en las mismas páginas del libro, literatura del otro, de ésa que sirve para entender la diferencia pero también lo común, de la que logra que entendamos que ni ellos son tan iguales ni nosotros tan distintos.

Escrito, bien escrito, como monólogo hacia otro (un psiquiatra que es otro dentro del otro), estructurado a base de pensamientos fugaces sobre territorio, familia, relaciones, sexo y psicología, lo que hay aquí es, además, literatura del yo y, algo que empieza a ser quizás demasiado recurrente, la ambición por la escritura de un libro como subtrama de la escritura del libro.

El protagonista es duro con lo que llama “el submundo árabe”: “Una burbuja de miseria material e intelectual que cada vez aborrezco más”. Duro en general con todo, también consigo mismo, pero simpático y, ya lo he dicho, con mucha sorna. Y certero, con frases de ésas que se clavan como verdades aunque no necesariamente lo sean. “Viajar, hoy en día, esconde mucho más de lo que enseña”, “el converso no duda, cree saberlo todo” y así.

Pues muy bien, tú (lo dejo aquí que me tengo que ir al cine y no llego).

 

dilema

El dilema del omnívoro
(En busca de la comida perfecta)
Michael Pollan
Debate, 2017

Me cae este libro en un viaje a Barcelona como un picoteo entre lecturasSapiens, de Harari, y Homo Deus, de… Harari— y resulta que marida muy bien con eso que estaba masticando. El dilema, aunque acaba de salir en Debate, está publicado en 2006 por Michael Pollan, periodista y escritor ya entonces conocido en Estados Unidos por sus obras en torno a la naturaleza, el humano y la manduca. Así que sigo leyendo sobre quiénes somos y qué hacemos.

Pollan escribe sobre la forma que tenemos de alimentarnos y, sobre todo, la manera que tenemos de producir esos alimentos. Divide el libro en tres partes para hablar de lo industrial, lo orgánico y lo cazador-recolector y escribe desde el yo, yendo a los lugares para ver, hablar e incluso trabajar y acabar zampando lo que ha ayudado a crecer y criar y lo que ha recogido y cazado.

Para el que tenga prisa y no pueda esperar a acabar las 500 páginas del libro ni los cinco puntos de esta entrada, un resumen: el sistema alimentario está diseñado y subvencionado para favorecer la comida industrial, la “caloría barata”, que finalmente es la que peor sienta. Supongo que lo mismo se podría decir de la moda, del transporte o de la música, pero ya he dicho que a Pollan le gusta escribir de comida. Aquí se refleja muy bien cómo el Capitalismo ha estropeado también nuestra cena.

El libro es interesante pero irregular. La parte industrial, la que habla de cómo y por qué el maíz es el alimento omnipresente en Estados Unidos y la proteína animal se saca de una cadena de montaje inaceptable, es dura pero está bien documentada y muy bien explicada. La orgánica es reveladora porque demuestra lo industriales que son también la mayoría de los alimentos etiquetados así y lo difícil que es salirse del sistema, aunque retrata una granja perfecta de las de sí se puede. Curiosamente, el libro se cae bastante, o se me cae a mí, en la tercera parte. Quizás porque pretender alimentarse en 2017 como cazador recolector es algo así como querer ganarse la vida montando un sello discográfico.

Una reflexión final. Harari y Pollan, cada uno con posiciones de partida muy distintas, me han dado una buena paliza de argumentos vegetarianos. Uno de los mejores momentos de este texto es cuando el autor convierte el dilema del omnívoro en el dilema del carnívoro. Un momento muy oportuno, aún escrito hace once años, porque tal dilema nos está rondando cada vez más a todos como especie.

 

ravelo

Las flores no sangran
Alexis Ravelo
Alrevés, 2015

Vaya descubrimiento o, más bien, vaya soplo (gracias, Guille). Alexis Ravelo lleva publicando desde 2000 y ha conseguido saltarse el océano que separa Canarias de la, ejem, industria editorial y colarse en las cosas de la cosa negra. Que no me haya enterado, además de mi culpa, puede ser por la sobredosis black que nos han estado chutando este siglo, a veces, casi siempre últimamente, con mandanga adulterada. No es el caso, Ravelo tiene buena mierda.

Las flores no sangran es una novela negra canónica, de ésas que retrata un lugar (Las Palmas de Gran Canaria) en un momento (ahora, o sea, crisis y pelotazos), con personajes creíbles metidos en negocios turbios y posibles, una historia entretenida pero dura, tensa, no un thriller excesivo lleno de trucos y acción como acaban siendo la mayoría de los best selles presuntamente oscuros firmados por gringos y nórdicos.

Un hurra por los diálogos que, como me decía Guille (oye, gracias), parecen estar copiados al dictado de la vida misma. Y otro por el vocabulario, lleno de palabras endémicas de la isla. Muy bien, también, la definición de personajes y, mejor, que haya figuras femeninas fuertes y consistentes.

No sé por qué, cuando escribes un libro y alguien te lee, a veces oyes como elogio lo de que “es una peli”. No estoy yo muy seguro de que sea un valor pero, en este caso, es tal cual. La estructura, el ritmo, los diálogos, no hace falta nada de imaginación para creerse Las flores no sangran en pantalla grande aunque ésta no sería una peli, sería un peliculón (sí, con su tendencia a la justificación y sus soluciones morales incluidas).

Por si no lo había dicho: gracias, Guille.

 

laschicas

Las chicas
Emma Cline
Anagrama, 2016

El lunes pasado Diego A. Manrique se puso a hablar de Charles Manson y aprovechó para acusar a este libro de “una explotación del caso Manson tan grosera como la de Guns N’ Roses: aquí se trivializa la tragedia que ayudó a enterrar las fantasías de los sesenta”. Por eso saltó aquí, meses después de habérmelo leído, con intención de contestar y con la promesa de no perdonar jamás la comparación con el grupo de Axl Rose. Empiezo.

En realidad, Emma Cline, la autora, elige el caso Manson —evidente aunque con nombres cambiados— como paisaje, no como asunto central. De hecho, no detalla mucho, lo da por conocido, como si supiese que el relato también comprende la promoción y jugase con ello. Los asesinatos y el trayecto hacia ellos le sirven para expresar los miedos y los anhelos de la protagonista, las ganas de hacerse mayor, de probar la vida. Retrata la sensualidad y el conflicto adolescentes, ese momento en el que todo te pone, sobre todo lo que te hace adulto, esos años en los que nada está claro, ese caos necesario pero insoportable.

Cuenta también, desde el otro lado del tiempo, desde el ahora de la chica que pasó por ese suceso, el despiste de quien creció en un tumulto. Y lo cuenta tan cojonudamente que uno llega a perderse en esa desorientación melancólica.

Eso: está muy bien escrito, sencillo, directo, sin florituras pero con capacidad para emocionar. El relato y el discurso interior van juntos sin que se note, como pasa a este lado de la página, ¿verdad?

En realidad, el mismo Manrique califica Las chicas como “novela apreciable” y yo voy de farol porque me gusta leerlo cada lunes.

Y otra cosa: reconozco que me gustaría tener el pelo largo, pelirrojo y 17 años menos, saber escribir así y haber publicado un libro como éste en 35 países. Vamos, que de joven quiero ser Emma Cline.

laespanavacia

La España vacía
Sergio del Molino
Turner, 2016.

Es para muchos el ensayo en español del año (pasado). No sé yo—no he leído todos—, pero sí me atrevo a decir que es brillante, original y convincente en su tesis. Sergio del Molino, el que lo escribe, ha publicado varios libros, novelas pero también reportajes largos y un ejercicio mucho más allá de la autoficción (La hora violeta). De lo que habla aquí es de uno de los rasgos que según él definen a España: el inmenso vacío que es la meseta, ese enorme espacio tan cerca de la nada absoluta y tan lejos de las ciudades vecinas que se llevan toda la vida y la actividad. Todo el mundo parece haberse dado cuenta ahora de que hay una falta de entendimiento entre el campo y la ciudad y de que eso es preocupante pero, para Sergio del Molino, lo de España es único y nos hace ser como somos.

Como digo arriba, la tesis y la forma de exponerla convence desde las primeras páginas. Sin embargo, llega un momento de lectura en que da la sensación de que el texto es como un juego de boliche, de ésos con una bola atada a una cuerda, una bola que hay que colar en el mismo tallo que sirve de mando al jugador. Del Molino saca de sus lecturas, documentación y experiencias un montón de asuntos, desde lo erudito a lo más popular, que intenta relacionar con el punto de partida. No siempre, creo yo, cuela la bola en el palito pero no por eso deja de ser un placer leerlo.

Mola lo que cuenta sobre cómo el Quijote no sólo refleja sino que ha influido en nuestra cosmovisión o, más bien, reinovisión. Es un gustazo conocer personajes olvidados como Ciro Bayo. Y es divertido leer referencias más actuales como Joaquín Luqui, aunque aquí para mí que la bola no toca el palo. El libro es erudito pero muy cercano, un torrente de referencias literarias, históricas y hasta musicales y televisivas, un ensayo algo pop aunque sea sobre un tema con tan poco colorín como la España vacía a la que, por cierto y si no me lo he saltado, consigue no llamar nunca profunda.

En realidad, es un libro de viajes estupendo, de viajes interiores al ser español, ibérico, estatal o como coño haya que decirlo. A qué somos y por qué lo somos, desde los procesos políticos a los literarios y culturales, desde la geografía a la historia. Pero faltan cosas, esenciales quizás, para apuntalarlo. Seguramente con algo más de acento en lo económico (la propiedad de la tierra, por ejemplo) el juego no fallaría nunca, aunque puede que fuese más aburrido.

Es un extraño ensayo de éxito porque habla de algo sobre lo que no queremos hablar ni pensar  y lo hace sin acritud, cosa bien rarita aquí y ahora. Es, en cualquier caso, una estupenda receta contra la idealización de lo rural pero también de lo urbano. En el fondo, o no tanto, de esto trata: de la relación irresisitible y llena de resistencias entre la ciudad y el campo. Un temazo.

 

 

 

sapiens

Sapiens (De animales a dioses)
Yuval Noah Harari
Debate, 2015.

El libro está publicado aquí hace un año, mucho tiempo tal y como está el negocio editorial para que se siga hablando tantísimo de él, nada si lo medimos con la perspectiva temporal con la que mira Yuval Noah Harari, historiador israelí, nuestra evolución. Lo que aquí cuenta el autor son las respuestas al de dónde venimos, al quiénes somos y, sobre todo, al cómo somos. El a dónde vamos lo deja para el ensayo que acaba de editar también Debate, Homo Deus, aunque lo esboza un pelín ya en éste.

Es importante lo del cómo porque leer Sapiens es algo así como una terapia gestalt a escala humana y macrohistórica. La sensación que tiene uno mientras va trotando sobre sus párrafos es la de ir conociéndose mejor. Darse cuenta de cómo somos es aceptarse, aceptarnos, aunque seamos una especie un tanto contradictoria y cabrona.

Hay un montón de bofetones reveladores en torno a nosotros y nuestras cosas evolutivas pero a mí el que me ha dejado más colgado es el que cuenta, bastante al principio del libraco, cómo es el relato (él lo llama ficción) lo que nos diferencia de otras especies homo y del resto de mamíferos y animales y nos hace pegar el estirón evolutivo para llegar tan a toda leche a donde estamos.

Por cierto, que la forma de relatar de Harari es un gustazo. Sapiens es un ensayo lleno de conocimiento pero que no atiborra al lector de datos ni citas, escrito con un lenguaje que fluye fácil y un tono cercano, desde una posición equidistante que lo explica todo con mucha calma, sin caer en la exaltación de la humanidad ni en la culpa (tan sólo se le nota el gustito por cosas del budismo y la defensa de los animales, pero sin trincheras).

Por todo esto, el texto no sólo entra bien, sino que deja huella. Mientras lo lees, te hace pensar, te inspira. Probablemente, te pueda hasta hacer evolucionar.

madrid

“Madrid:frontera”
David Llorente
Alrevés, 2016.

David Llorente escribe, teatro y novela, y escribe muy bien. Escribe y describe Madrid desde Praga, donde vive, y le sale clavado el retrato aunque tenga pinta de ser una foto deformante de una ciudad negrísima y dividida entre quienes viven en la calle y los que hacen que los otros vivan en la calle. La vida misma, pues.

La novela es este Madrid negro, rodeado por el mar y cubierto por una lluvia permanente, con sirenas, comebasuras y un palacio de El Pardo reocupado pero, también, la novela es una narración que dialoga constantemente con el protagonista y una acción que va devorando a sus propios personajes en forma de capítulos. Muchos hallazgos en la forma, un navajazo en el fondo.

Madrid:frontera es novela social, es ciencia ficción de la posible, es un relato distópico, es realismo mágico y oscuro pero no es novela negra, más allá del color de la ciudad  que pinta. Algún día, por cierto, alguien tendrá que escribir un texto rollo distopía contando cómo en España todas las novelas son calificadas de negras, aunque sean rosas, a ver si así cuela y se meten en las listas. O quizá ésta sea una realidad ya escrita y coleando.

El libro produce malestar, duele, molesta y avisa desde el primer párrafo: “La pérdida de la identidad (no saber quiénes somos) es la madre de todas las desgracias. ¿Entiendes?”.

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