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Vernon Subutex, 1, 2 y 3
Virginie Despentes
Literatura Random House, 2015, 2017

Empiezo a leer el primer libro de la trilogía diez minutos después de quedarme turulato con esta entrevista a Virginie Despentes y sentir la necesidad de seguir rebañando lo que hay en su cabeza. Me suena haber leído Fóllame, su debut, pero no estoy seguro. Nada más empezar el primer Vernon Subutex, sé que no voy a parar hasta que se acabe, como me ha pasado tantas noches. Lo leo en tres días. El segundo, en los tres siguientes. Tardo un poco más en acabar el tercero, quizá porque hay un momento en que o él o yo no aguantamos el ritmo o quizás porque porque tengo que trabajar, comer, dormir y hablar con alguien en algún momento. Podría decir que la trilogía me parece la hostia, acabar aquí este texto y salir a comprar el perchero que quiero poner a la entrada de casa desde hace dos años. Pero no soy así de listo.

En una de las tres compras online que hago, veo en Amazon comentarios negativos sobre uno de los volúmenes —primero o segundo, tampoco lo recuerdo bien—, lectores que se quejan de que la acción no avanza, de que la autora se queda atorada en los retratos de los personajes. A mí es precisamente eso lo que me cautiva, que Despentes utiliza cada capítulo para dar vueltas a ritmo del sumidero personal de cada personaje y construye así un camión con muchos ejes que avanza firme e imparable por una historia que no sólo es la de los protagonistas y lo que representan —cada uno con sus rastros diversos de clase, género, raza y demás pero todos con un común denominador de amargura— sino la de la sociedad, que también parece estar yéndose constantemente por el desagüe. Ahora que lo escribo, creo que eso es lo que me lleva habitualmente a leer comentarios (de Amazon, de periódicos, de cualquier cosa): darme cuenta de que el sumidero no es un lugar lejano, sino que está aquí mismo, que es en el fondo nuestra principal identidad compartida.

¿De qué va? Pues puede ser desde el reverso tenebroso (y realista) de Alta Fidelidad, la novela, hasta la versión extendida de Gente abollada, la canción. No sé, que lo decida quien quiera leerla. Lo único que digo es que hacía muchísimo que no me entretenía tanto ante un espejo. La Virginie Despentes que contesta con ese tino y esa capacidad de ver de cerca y de lejos al mismo tiempo lo que nos pasa esa entrevista que me cautiva en El Confidencial es capaz de marcarse tres libros, mil páginas, de algo aún mejor. Lo dicho, voy a ver si me acuerdo de leer (o de releer) Fóllame, voy a comprar Teoría King Kong y voy a ver qué más hay por ahí. Ah, por cierto, llevo más de media página y no he dicho que es feminista, que es lesbiana, que ha sido puta, que ha sido DJ, que ha sido punk, que ha dormido en la calle, que ha vendido discos. Puede que decirlo sea importante porque demuestra que sabe de lo que habla cuando habla de algunos de sus personajes (aunque hay muchos otros en la novela que demuestran que tiene ojo para ver al otro), puede que decirlo sólo sea una forma de convertirla a ella en personaje y apartar así la mirada de su obra.

A mitad de lectura pienso en Francia, un país cuya mención puede fácilmente venir acompañada de pensamientos que van de la decadencia y el aburrimiento a la desigualdad y el conflicto. No sé, será por eso que desde hace dos o tres décadas es el sitio en el que encuentro los relatos más crudos, feroces y certeros del desmoronamiento y despiste existencial generalizado en occidente. Por poner tres ejemplos obvios, Houellebecq, Beigbeder, Despentes no tienen nada que ver pero tienen algo en común: uno puede asomarse a ellos y tragar la bilis de una sociedad que cada vez hace peor la digestión de sus contradicciones.

A veces ves un concierto o escuchas una canción y te entran ganas de recuperar la guitarra, componer una canción y subir a un escenario a defenderla. A veces, lees un libro y te entran unas ganas locas de escribir una historia, de contar unos estados emocionales y sociales, de retratar una ciudad, de quedarte a gusto. La verdad es que esto pasa muchísimo menos pero a mí me ha pasado leyendo Subutex. Por cierto, que tampoco hasta ahora había dicho nada de la estupenda selección musical de los tres libros.

Acabo. Ahora que miro hacia arriba, veo que me he pasado, me ha podido el subidón y no he llegado a contar lo que hay al otro lado. Aparte de ese atasco de lectores que se puede crear en la estructura y en el ritmo, como reflejan los comentarios de Amazon y alguno más que me ha hecho gente que lo ha intentado, la tercera parte flojea y el final, o los finales, porque en realidad son dos, es como una cagada de paloma en tu chaqueta preferida. Bueno, ¿y qué? A mí eso me molesta muy poco, a los libros les pasa como a la vida, uno no debería leerlos sólo para juzgar cómo acaban.

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El mismo periódico que decía antes de ayer que vamos a ser demasiados en el mundo en 2050, ayer se fijaba en las políticas francesas de fomento de natalidad y más o menos las proponía como modelo para aumentar los nacimientos en España. Entiendo que los conjuntos “mundo” y “España” no son iguales, aunque, hasta donde llego, el segundo habita dentro del primero. A partir de ahí, no entiendo nada.

Suena Leño, No lo entiendo.

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