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Archive for 31 enero 2009

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Si la década de los sesenta constituye el apogeo del desarrollismo, también lo es el de la insatisfacción. La mercancía colonizaba la vida cotidiana y asimilaba la libertad al consumo. El espacio y el tiempo sociales eran sólo los de la libertad de mercado. La abundancia prometida no era más que abundancia de mercancías y a la prosperidad arrogantemente esgrimida no correspondía un bienestar personal equivalente: la sociedad clasista ofrecía salud económica y enfermedad moral, riqueza material y miseria individual, esclerosis política y vida privada. Por culpa de la integración de parte del proletariado en las nuevas estructuras capitalistas, la crisis se manifestaba como malestar difuso al que sólo eran sensibles los artistas y escritores de vanguardia y, tras ellos, los jóvenes”.

Éstas son las primeras líneas del libro Los situacionistas y la anarquía, de Miguel Amorós, que encontré también en la librería The Watergate Bookshop de Barcelona que me descubrió the one and only Virus. Las palabras con que describe ese momento, previo al asunto de mayo del 68, podrían utilizarse para describir el que estamos viviendo. Sólo hay unas pequeñas diferencias. ¿Cuáles? La solución, después de la (estupenda) banda sonora…

B.S.O. La Resistencia, Las rosas rojas de mayo.

Solución: “la crisis se manifestaba como malestar difuso al que sólo eran sensibles los artistas y escritores de vanguardia y, tras ellos, los jóvenes”. ¿Quién es ahora sensible al malestar? ¿Hay malestar?

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Leí ayer en el suplemento del New York Times que viene los jueves con El País (no hay link porque no lo cuelgan) que la recesión ha hecho caer las operaciones de cirugía estética en Corea del Sur. Decía el texto que las intervenciones subieron con la recuperación de la crisis monetaria de hace una década pero que “en épocas malas la gente suele privarse de lujos como comer fuera, la joyería y la cirugía estética”. El entrecomillado encierra palabras de un tal Park Hyoun, cirujano coreano. No sé yo, señor cirujano coreano, si es muy comparable salir a tomar una ración de oreja con entrar al quirófano retocarse las orejas. Pero, en cualquier caso, me alegro de que usted y sus colegas (sospecho que de todo el mundo) lo estén pasando mal. Señal de que vamos por el buen camino.

El uso alegre de la cirugía estética se ha convertido en un buen ejemplo de la aberración capitalista. Que no me veo bien con mi nariz de pimineto rojo, pues ahorro (o, peor, pido un crédito personal) y me pongo la pizpireta nariz con que David Beckham olisquea a su Victoria. Que tengo el culo gordo porque como helado con cuchara sopera mientras veo Los Serrano, pues llamo a mi Corporación Dermoestética y que me lo arregle en dos tajos y sin salir a correr, que se suda mucho. Que mis compañeras de partida de bridge tienen los labios más carnosos que los míos, pues dame bótox que quiero morir. Lo quiero todo y lo quiero ahora y no tengo que currármelo para conseguirlo porque hay un banco que me lo costea. En eso se resume la trampa del capitalismo. De este capitalismo.

¿Qué por qué es una trampa? Porque en apariencia ofrece una vida mejor pero en realidad guarda una existencia de mierda. Porque las cosas se valoran de verdad cuando se obtienen con esfuerzo. Incluso cuando no se pueden obtener de ningún modo. Es importante saber cómo y quién es uno y poder conformarse con lo que uno tiene, sin que eso signifique dejar de luchar por lo que una desea. Pero que los deseos sean humanos, por Tutatis. No una tele de plasma, un coche cada dos años o unas tetas como las de Pamela Anderson.

Sospecho que a partir de ahora vamos a ver más culos flácidos, más caras arrugadas y más orejas de soplillo. Me imagino que incluso habrá una epidemia de puntos de sutura descosidos y bótox derretido. Buenas noticias. No sólo se va a arreglar el desastre visual que suponía ir a una boda y ver a todas esas señoras biónicas estropear el paisaje sino que todo volverá a estar en su sitio. La realidad volverá a ser real. Y es que creo que empiezo a tener claro que todo esto de la crisis, la recesión y tal es lo mejor que le podía pasar a este planeta. Y lo único. Lo que no era normal era lo de estos años: comprar cosas con dinero que no teníamos, cobrar un sueldo por estar y no por ser y llevar la cara de Brad Pitt en vez de la nuestra. Bienvenidos al mundo real. Ya sólo falta que un virus acabe con el Photoshop y seremos todos felices. Porque feos vamos a estar mucho más guapos.

B.S.O. Gaye Bykers On Acid, Hottest Thing.

La ilustración se llama A Grotesque Old Woman, es de Quentin Massys y la he encontrado en la Wikimedia.

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Manrique lee un libro y reconoce errores en la industria discográfica. Lo escribo en presente histórico por la importancia del momento y porque queda más chulo. Pero ocurrió ayer en El País y se puede leer pinchando aquí. Debemos estar en la semana de la contradicción.

B.S.O. El cuarteto de nos, Ya no sé qué hacer conmigo.

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give_us_a_kiss_loveQué cosas. Me entero de una tacada de que la People For The Ethical Treatment Of Animals (PETA) ha hecho otra de sus campañas sonantes y de que al semanario The Economist no le ha gustado mucho. Los de PETA, esta vez, no han inventado la pólvora sino que han descubierto nada más y nada menos que los pezqueñines. Su campaña se llama Save the Sea Kittens, o sea, algo así como “salva los gatitos de mar” o “salva las mascotas marinas”. Trata de concienciar sobre la sobrepesca, los pececillos en peligro de extinción y esas cosas y lo hace con dibujines para niños, cuentos y tal. Economist ha reaccionado malamente y acusa a PETA de haberse pasado. Dice que qué es eso de dirigirse a los niños diciendo que el pescado es malo cuando se ha demostrado que el omega 3 es la mar de beneficioso para el desarrollo físico e intelectual de los pequeñines humanos. Chorrada sobre chorrada y sobre chorrada, una. Sobre todo porque el tipo que haya escrito el texto (no lo firma) se ha olvidado de que hace cosa de un mes Economist sacó un editorial sobre el desastre marino, sobrepesca incluida. Yo, que me tiré un tiempito traduciéndolo, no me he olvidado. Quizás por eso he escrito esto. No sé. Qué cosas.

B.S.O. PJ Harvey, Down The Water.

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La semana pasada leí una noticia que decía: HMV entra en el negocio de la música en vivo. Decían los de Brandlife que la cadena de tiendas de discos se había subido al escenario para capear el temporal de la bajada de ventas de cedeses. Pensé entonces en escribir algo sobre cómo se toman este tipo de noticias en el mundo en general y en Internet en concreto. Con alegría. Como si fuesen victorias en pequeñas batallas de una guerra que está a punto de ganarse. No escribí nada. Se me pasó o no tenía tiempo o ninguna de las dos anteriores. Pero ayer me acordé del asunto al leer lo de Diego A. Manrique en El País. El venerable Manrique habla del cierre de una honorable tienda de discos en Londres: Sister Ray como último ejemplo de otras casi 400 en cinco años. Nada de grandes cadenas. Negocios pequeños e independientes. Y comenta también la suspensión de pagos (perdón, concurso de acreedores) de Discos Castelló con el consiguiente aplauso en foros.

Tiene razón Manrique en muchas cosas: hay “una guerra abierta entre la industria discográfica y la gran masa que ha decidido que la música debe ser gratuita”. Hay unos “pirómanos que celebran todo lo que signifique dificultades para el negocio musical”. Los pirómanos “se declaran melómanos pero parecen creer que la música brota como las setas, sin necesidad de abono monetario, para ellos, la industria es un dinosaurio que no supo adaptarse a las nuevas tecnologías y se merece todas sus desdichas: que sufra antes de evaporarse. Pueden ir de ácratas pero ejercen de justicieros del mercado libre, corifeos de la Escuela de Chicago”. Y, lo peor, “puede que nunca hayan entrado en una tienda de discos ni tengan intención de hacerlo”.

Pero concluye Manrique que los pirómanos disfrutan de música subvencionada “por esa minoría que todavía adquiere discos y así mantiene el tembloroso tinglado de empresas que continúan produciendo música, importando, recopilando y promocionando música”. No sé. No creo. Por lo menos aquí, en España, siempre hemos sido muy poco los que hemos comprado música. Los grandes éxitos, los discos que justificaban la existencia de las multinacionales, eran los que compraba la gente que no compraba discos. Los que comprábamos (y seguimos comprando, en la medida de nuestras posibilidades) éramos tan pocos y comprábamos tan raro que no dábamos más que para subvencionar alguna juerga indie, de cañas y porros, no de champán y putas.

Además, hay algo de razón en la inquina hacia las disqueras, como le gusta llamarlas al mismo Manrique. Esos precios pactados y descaradamente engordados, el baile de formatos al son que más calentaba a sus matrices productoras de aparatos, el habitual desprecio a su cliente y a muchos de sus artistas y de su catálogo… Pero, sobre todo, su reacción a esto que se veía venir de lejos. La industria ha reaccionado tarde y fatal, denunciando a los fans, subiendo (¡en vez de bajando!) los precios con la excusa de unos extras de mierda, manteniendo planes de negocio y costumbres de cuando Elvis hacía la mili, recurriendo a la (poco popular, claro) vía policial, llorando, conspirando, aburriendo…

(Perdón por la autocita pero…) hace muchos muchos años escribí en una fugaz revista cultural llamada La Modificación que la industria musical era poco industria y menos musical. Que la música contaba poco pero que la parte empresarial se hacía como el culo. Eso debió ser por el 98 o así. La cosa ha empeorado y se ha llegado a esto. Y la industria musical no ha hecho más que cagarla. No hablo de oídas: he trabajado mucho tiempo como periodista de la cosa, he tenido un sello discográfico (también fugaz), he sido manager, he montado saraos, conservo amigos dentro del negocio, voy a conciertos sin parar (pero pagando) y, cuando tengo pasta, compro discos.

Pero, ¿qué es esto? ¿Es una crisis, es un desastre, es un avión? No. Es un cambio al que muchos no han sabido, ni querido, adaptarse. Por mucho que le demos vueltas y nos pongamos nostálgicos, la cosa está clara: la forma de consumir música ha cambiado. Pero el cambio no ha sido peor para la parte musical de eso llamado industria musical. La música está más cerca que nunca de la gente, los músicos se comunican con sus oyentes y con otros músicos sin intermediarios, países musicalmente subdesarrollados como éste han visto crecer la culturilla musical de sus habitantes de forma exponencial, las canciones que se hacen en Murcia se pueden escuchar en Chicago sin esperar a distribuidoras o contratos, el que toca por el placer de hacerlo lo puede hacer (con permiso de los ayuntamientos) más y con más público… O sea, la forma de consumir música ha cmbiado porque ha desaparecido de la frase el significado más chungo de la palabra consumir. (O casi: que ya nos están dando por el ojo con el precio de los conciertos).

Dicho lo cual, estoy de acuerdo con Manrique en una cosa: hay mucho gañán suelto que confunde a Alejandro Sanz con Rojo Omega. Que cree que el diablo viste de Warner tanto como viste de Rock Indiana. Y que se alegra del mal de todo lo que huela a discográfico sin terminar de tener claro si los discos son redondos. Una mierda para ellos.

B.S.O. Biohazard, Business.

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Gracias a un soplo del gran Chinasky me entero de que la galería 1988 tiene una exposición de obras inspiradas por los Beastie Boys. Se llama Under The Influence y son 100 artistas “remezclando la música, el estilo y los visuales de estos pioneros musicales”. Hay dos malas noticias dentro de esta buena nueva. Una es que la expo se acaba casi ya, el próximo 29 de enero. Y la otra, que la galería está en Los Ángeles (California y tal).

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Por suerte, Internet existe y se puede hacer una visita virtual pero completa entrando en este blog. Y ahí se ve cómo estos punkitos que se dejaron arrollar por la cultura hip hop original se han acabado convirtiendo en icono pop. Porque (ojo, que aquí va una opinión muy personal) el street art sustituye al pop art y es una de las pocas razones por las que entrar en un sitio a ver cosas colgadas de una pared. Y si los Beasties se han merecido una exposición como ésta es por el enrolladísimo cuidado con que han tratado su imagen en videoclips, portadas y diseños varios.

check_your_headdva

Y aunque un servidor reconoce que nunca ha podido masticar un disco entero de los niños bestiales sin echar un trago de silencio, tienen un puñado de canciones que me siguen haciendo daño en el cuello. Por ejemplo, las tres que suenan después de que presente a los artistas que han pintado por mí esta entrada. Por orden de aparición: Eric Tan (Fly To Tokyo), Ben Walker (Sabotage) y Netherland (Check Your Head). Gracias, majos. Gracias, Chinasky.

(You Gotta) Fight For Your Right (To Party).

Root Down.

Sabotage.

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gala240407

El amor puede engañar. El sexo, nunca”.

La frase campea por varias estaciones de metro de Madrí. Pretende hacer publicidad de la última novela de Antonio Gala, de cuyo nombre no me da la gana de acordarme. El caso es que no sé si la habrá escrito el propio escribidor. O igual la ha editado algún hacha de la editorial. O incluso puede que sea copyrighteable a un ilustre copy de una agencia. Tampoco tengo muy claro si la entiendo o si hay algo que entender. Lo que no me extraña es que haya tanta gente que admire a Antonio Gala. ¿Por qué? Porque hay mucha gente.

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