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Archive for 30 agosto 2017

Puede que todo el mundo lo sepa ya y sea yo el único que no me haya enterado hasta ahora pero acabo de ver Éxodo: nuestra odisea hacia Europa y es la leche. Es un documental en tres capítulos emitido por la BBC hace un año y que ahora está en Movistar Plus. Un año de grabación siguiendo a unas diez personas y sus acompañantes en su viaje hacia Europa. Refugiados de Siria y Afganistán y, también, un migrante de Gambia (muy bien esto, por cierto, a veces parece que refugiado y migrante son clases distintas). Además del equipo ENG habitual, las personas llevan consigo un móvil con el que graban los momentos en los que no puede estar el equipo, los momentos difíciles, en el bote que se hunde, en el camión en el que falta el aire, en el avión a punto de conseguirlo.

Lo de dar cámaras a los protagonistas de las historias se ha hecho mil veces, con desechables de foto y con cámaras de vídeo y móviles. Aquí es un punto pero no es lo principal. Lo que hace fluir esta historia que son muchas —una decena que representa millones de ellas—, es la forma de enfrentarse al relato. El peso lo llevan las personas y su viaje, los ojos de la producción sólo miran, los oídos escuchan. No se interviene, no se busca el truco, no hay emociones forzadas. Sólo las emociones reales de la gente que se mueve para poder vivir en paz, emociones en las que uno diría que domina el optimismo sobre la tristeza y la desesperación. Como el de Isra’a, una niña de 11 años que, en una caminata de horas entre países, dice que es la mejor excursión de su vida. Lo dice después de haber huido de Aleppo con toda su familia y justo antes de darse de bruces con una de las más feas fronteras de Europa. También hay emociones de las difíciles, claro. Muchas. Por ejemplo, la de Hassan, sirio de Damasco que se muestra seguro de sí mismo todo el rato hasta que en una entrevista recuerda por qué se fue de allí y se rompe. Y te rompe.

Los personajes son personas. Unas te pueden caer muy bien; otras, no tanto. Pero el relato te enseña a aceptarlas en cualquier caso. Esto no sé si lo estoy explicando bien, creo que uno tiende a elegir sus favoritos en cualquier historia, aunque sea real. En ésta, también pasa, al menos a mí, hasta que llega un punto en que entiendes que ésos a los que abrazarías y te llevarías a casa y los que sólo saludarías con un gesto son lo mismo: personas. Personas que, como dice la señora inglesa que acaba acogiendo a una de ellas en su casa de Epson, Reino Unido, deberían tenerlo tan fácil como tú y como yo para moverse, deberían poder comprar un billete y viajar y no jugarse la vida para tener una vida.

Al documental se le quedan personajes (personas) sin cerrar, no acaba todas las historias que empieza y no explica por qué. Hay un momento en que lo echas de menos. En el momento siguiente entiendes, otra vez, que así es la vida (y la producción audiovisual, sobre todo una tan compleja como ésta).

Aviso, me pongo filosófico en 3, 2, 1. Llevamos encima capas de certezas con las que nos vamos cubriendo, capas que no dejan que entre lo de fuera y que impiden que salga lo de dentro. Nosotros ya no somos nosotros, somos nuestras opiniones, nuestras posiciones. Lo sabemos todo sobre todo, sobre Venezuela, sobre el wahabismo, sobre el turismo, sobre los bolardos, sobre Manuel, sobre las series, sobre lo que haga falta. Los sabemos antes incluso que ocurra. Exacto, no tenemos ni idea de nada. No sabemos porque hemos decidido taparnos cuando sólo desnudos podemos mirar, escuchar, entender. Aceptar. Ver cosas así ayuda a volver a estar en pelotas.

 

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