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Archive for the ‘Periodismo’ Category

Puede que todo el mundo lo sepa ya y sea yo el único que no me haya enterado hasta ahora pero acabo de ver Éxodo: nuestra odisea hacia Europa y es la leche. Es un documental en tres capítulos emitido por la BBC hace un año y que ahora está en Movistar Plus. Un año de grabación siguiendo a unas diez personas y sus acompañantes en su viaje hacia Europa. Refugiados de Siria y Afganistán y, también, un migrante de Gambia (muy bien esto, por cierto, a veces parece que refugiado y migrante son clases distintas). Además del equipo ENG habitual, las personas llevan consigo un móvil con el que graban los momentos en los que no puede estar el equipo, los momentos difíciles, en el bote que se hunde, en el camión en el que falta el aire, en el avión a punto de conseguirlo.

Lo de dar cámaras a los protagonistas de las historias se ha hecho mil veces, con desechables de foto y con cámaras de vídeo y móviles. Aquí es un punto pero no es lo principal. Lo que hace fluir esta historia que son muchas —una decena que representa millones de ellas—, es la forma de enfrentarse al relato. El peso lo llevan las personas y su viaje, los ojos de la producción sólo miran, los oídos escuchan. No se interviene, no se busca el truco, no hay emociones forzadas. Sólo las emociones reales de la gente que se mueve para poder vivir en paz, emociones en las que uno diría que domina el optimismo sobre la tristeza y la desesperación. Como el de Isra’a, una niña de 11 años que, en una caminata de horas entre países, dice que es la mejor excursión de su vida. Lo dice después de haber huido de Aleppo con toda su familia y justo antes de darse de bruces con una de las más feas fronteras de Europa. También hay emociones de las difíciles, claro. Muchas. Por ejemplo, la de Hassan, sirio de Damasco que se muestra seguro de sí mismo todo el rato hasta que en una entrevista recuerda por qué se fue de allí y se rompe. Y te rompe.

Los personajes son personas. Unas te pueden caer muy bien; otras, no tanto. Pero el relato te enseña a aceptarlas en cualquier caso. Esto no sé si lo estoy explicando bien, creo que uno tiende a elegir sus favoritos en cualquier historia, aunque sea real. En ésta, también pasa, al menos a mí, hasta que llega un punto en que entiendes que ésos a los que abrazarías y te llevarías a casa y los que sólo saludarías con un gesto son lo mismo: personas. Personas que, como dice la señora inglesa que acaba acogiendo a una de ellas en su casa de Epson, Reino Unido, deberían tenerlo tan fácil como tú y como yo para moverse, deberían poder comprar un billete y viajar y no jugarse la vida para tener una vida.

Al documental se le quedan personajes (personas) sin cerrar, no acaba todas las historias que empieza y no explica por qué. Hay un momento en que lo echas de menos. En el momento siguiente entiendes, otra vez, que así es la vida (y la producción audiovisual, sobre todo una tan compleja como ésta).

Aviso, me pongo filosófico en 3, 2, 1. Llevamos encima capas de certezas con las que nos vamos cubriendo, capas que no dejan que entre lo de fuera y que impiden que salga lo de dentro. Nosotros ya no somos nosotros, somos nuestras opiniones, nuestras posiciones. Lo sabemos todo sobre todo, sobre Venezuela, sobre el wahabismo, sobre el turismo, sobre los bolardos, sobre Manuel, sobre las series, sobre lo que haga falta. Los sabemos antes incluso que ocurra. Exacto, no tenemos ni idea de nada. No sabemos porque hemos decidido taparnos cuando sólo desnudos podemos mirar, escuchar, entender. Aceptar. Ver cosas así ayuda a volver a estar en pelotas.

 

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Para Carne Cruda. Por hacer buena radio y, sobre todo, por hacer radio con libertad.

Porque nos pueden quitar el trabajo pero no el orgullo de hacer las cosas como sentimos que debemos hacerlas. Y porque vamos a seguir haciéndolas.

Neil Young y Pearl Jam, Keep On Rockin’ In The Free World.

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No te quedes con las ganas.

De protestar, de cambiar, de querer, de que te quieran, de pensar, de crear, de hacer, de dejar de hacer, de moverte, de mover, de emprender, de aprender, de apostar, de jugar, de arriesgar, de ganar, de perder, de besar, de follar, de montar, de gritar, de callar, de analizar, de comprender, de entender, de sentir, de escribir, de leer, de que te lean, de pintar, de que te pinten. De vivir.

En eso estamos

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¿Por qué una manifestación contra el gasto público en un acontecimiento religioso llena de personas que presumen de tolerancia y respeto se convierte en un concurso de insultos contra otras personas que tienen unas creencias distintas? ¿Por qué un montón de gente que ha venido a la capital para celebrar una fiesta dedicada al amor y la fé y con unos valores en torno a la moral y la paz se dedica a insultar y hasta agredir a los manifestnates en cuestión? Y, sobre todo, ¿por qué se le va todo otra vez de las manos a la Delegación del Gobierno y manda a la policía a apalear, retener y vejar a todo lo que se menea siempre que no sea peregrino? ¿Y por qué los medios, que estaban allí y que tienen redactores entre los retenidos cuentan la cosa como si les hubiese llegado a través de teletipo desde la otra parte del mundo? ¿Nos hemos vuelto todos locos? ¿Cuándo ha dejado Madrid de ser un sitio agradable para estar en agosto?

Suena Doesn’t Make It Allright, The Specials.

Nota para los quisquillosos: en la imagen. dos peregrinos subidos a una entrada de Cercanías en Sol y arengando al personal. Lo mismo pasaba al otro lado, pero esta foto me quedó mejor.

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Ver la tele para informarse es como
                                                                     tirarse a un charco para lavarse.

Parece que ayer, otra vez, la revolución no fue televisada. Pero fue. Miles de personas tomaron, tomamos, Madrid pacíficamente. No protestábamos por el desalojo del punto informativo de Sol, que también, sino por el desaolojo de la ética y de la humanidad de la vida económica, política y social. Así fue, así es, así será hasta que volvamos a nuestro ser. Cada vez más la realidad de la vida se aleja de la ficción de los medios. Es una opción personal quedarse con una o con otra. La ignorancia, como la inacción, es una posibilidad. Y una responsabilidad.

Hoy, a las 20 h, volvemos a Sol, esté donde esté y aunque nos echen como ayer (en la foto).

Suena Vic Chesnutt, Degenerate.

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¿Por qué los medios de comunicación se empeñan hacer un ruido tan irrelevante como una conversación de bar? ¿Por qué un informativo como el de hoy de Cuatro pretende llamarse así, informativo, después de haberse tirado diez minutos hablando del tiempo (hoy mucho calor pero en julio un frío inusual y en agosoto no te creas)? ¿Por qué El Mundo se hace eco de la estupida denuncia de nosequé sindicato de policía que se queja de que los nacionales apostados en el Congreso, pobrecitos míos, habían recibido insultos y peinetas por parte de los indignados, llama a eso violencia y no piensa que, haciendo tal cosa, está insultando a la inteligencia de sus lectores? ¿Por qué El País Semanal el otro día hablaba de algo que hace la mitad de su clientela, que es compartir fotos en la red, como si fuese el descubrimiento de una cura contra el cáncer? ¿Por qué todos se empeñan en hacer cosas que no son su función y no hacen lo que tienen que hacer? ¿Acaso no saben que si nos queremos emocionar vamos a ver una de Meryl Streep? ¿No se dan cuenta de que cuando queremos reírnos podemos repasar a Monty Python? ¿Por qué no nos cuentan historias interesantes? ¿Por qué no nos descubren cosas? ¿Por qué no nos hacen pensar? ¿Por qué no nos tratan como si fuésemos  inteligentes cuando es lo que somos? ¿Por qué vamos a seguir comprando, viendo, leyendo y oyendo ese ruido tan irrelevante como una conversación de bar pero muchísimo más aburrido pudiendo estar en el bar conversando?

Suena, porque me lo ha descubierto hoy Jesús Radio City y me ha caído muy bien, Buffalo Killers, Let It Ride.

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Vuelve la serie Zona Prohibida a este blog porque ha vuelto a las páginas de la revista GQ. Y vuelve con este texto sobre una visita a un cuarto oscuro, al cuarto oscuro del Strong, en concreto. Podría ser una celebración anticipada del orgullo pero lo que es, lo que quiero que sea ahora mismo, es un homenaje a Javier Angulo, director hasta hace unos días de GQ España y el hombre que apostó por un servidor, esta sección y esta forma de hacerla en su revista. Por eso y porque es un tío de puta madre, larga vida, también profesional, a Javier.

“¿Sabes lo que he pensado?, que vas a entrar tu solo”. Mi amigo me dice esto justo cuando estoy traspasando el umbral, me lo dice mientras me da una  palmada en la espalda y me hace sentir como un astronauta al que empujan fuera de la nave para un paseo espacial en la entrada de un agujero negro. Peor y sin metáfora: como a un periodista hetero que se mete por primera vez y sin carabina en un cuarto oscuro. En el cuarto oscuro más grande de Europa, en concreto. En el cuarto oscuro del Strong, en Madrid.

Javi, ese amigo, me había contado que este darkroom es bastante más amplio de lo habitual, con diversas zonas, distintos ambientes, sitios donde sentarse y hasta una sala de cine. Yo, al oír eso, me había imaginado una especie de centro comercial, un lugar al que la gente va a pasar la tarde, ver una peli o en busca de algo de comida rápida. Supongo que imaginar tal cosa era una forma de quitarme el canguelo. Un alivio. Una paja mental.

Para un hombre heterosexual, un cuarto oscuro es un lugar con luces y sombras. Explico la paradoja: las luces, esa forma de practicar sexo sin compromiso, porque sí, tan supuestamente masculina. Las sombras, que ese sexo es, precisamente, entre humanos masculinos y plurales y, además, obligatorio una vez se está dentro. Vamos, que uno entra Pérez Reverte y sale Oscar Wilde tal que en una edición para adultos del programa Lluvia de estrellas. O eso suponemos desde fuera.

Yo ya estoy dentro. Y lo primero que percibo es que todo eso que me había imaginado era sólo eso, imaginación. Fin de la paja mental. ¿Un centro comercial? Una leche. Esto parece una película. Una de zombis, en concreto. Un pasillo en penumbra lleno de puertas a los lados y de tíos junto a esas puertas, esperando a algo, mirando, casi olisqueando a todos los que pasamos por allí. Porque yo paso por allí. Con bastante sustito, tratando de fijarme en todo pero sin fijar mucho la mirada en nadie no vaya a ser que se interprete como una invitación y no como un ejercicio periodístico. Me siento como en un capítulo de The Walking Dead y me hago gracia a mí mismo pensando en ello. Pero no me río. Nadie se ríe. Ni siquiera sonríen, aunque esto no lo puedo jurar por eso de que está oscureciendo y yo, como ya he dicho, me hago el despistado. Pero llego a percibir que todo el mundo está muy serio, como concentrado en algo.

Quizás sea en el ruido de mis pisadas. A cada paso que doy se me queda pegada media suela de zapatilla y se oye como si un grillo agonizase. Por alguna razón, recuerdo otro aviso de Javi: “Hay una mezcla de olores, a mierda, a Popper, a saliva, a semen”. Yo no huelo nada, me concentro en no caer al suelo.

Sigo adelante. Sigo esquivando sombras. No es literatura, es que estoy acojonado. El sitio impresiona y uno, además, no conoce las costumbres locales. No sé si en cualquier momento alguien se me va a tirar al cuello y me va a meter en una de las cabinas. Por suerte, me he traído un talismán, una botella de cerveza a la que voy dando tragos y con la que pienso que paso por uno que paseaba por aquí. En el fondo, mi susto no es sólo por lo sórdido del lugar ni porque alguien pueda meterme mano sino porque descubran que soy un turista que viene a hacer un reportaje. Pero muy en el fondo.

Atravieso la zona de cabinas siguiendo a tíos que van como yo pero no a lo que yo. Paso una salita con la misma luz casi inexistente y llego al cine. La pantalla es chiquitita pero juguetona. La emisión, porno gay muy hardcore. Hay tres hileras de sofás tapizados en plata y un pelín más de luz que en el resto de las estancias. Sólo un espectador. Se ve que aquí también afecta el tema de las descargas.

Sigo. Bajo la pantalla hay una puerta abierta a la oscuridad absoluta. He llegado al cuarto más oscuro del cuarto oscuro más grande de Europa. No veo un carajo pero percibo movimiento a mi alrededor. De repente, una luz que se enciende un instante, como un flash. Y otra. Y otra más. Esto también me lo habían contado, la gente prende mecheros para ver lo que hay, algunos también usan móviles, incluso creo ver a uno que lleva una linternita, un profesional. Cada flashazo me provoca sensaciones encontradas: por un lado me da un susto de narices; por otro, me permite ver. Me hago el experto y uso el móvil en el modo antorcha. Veo que hay una última estancia. Entro. Negro sobre negro. En realidad, creo que es blanco sobre blanco y otros dos de parecido color que se tocan y tocan a los otros. Hay una melé a mi izquierda. Intento asomarme por encima de los hombros de los contendientes. No sólo por curiosidad sino por dar información a mis lectores. No soy el único. Las otras sombras que merodean en la sala hacen lo propio. Nada, es un lío y no se ve un carajo con la luz de pantallita del móvil. Querido lector, por resumir, son cuatro tíos follando.

“Hay quien viene con su pareja, es un buen sitio para hacerse un trío”. Palabra de Javi. “También hay gente que ha encontrado aquí a su novio”. Uf, eso me sorprende más. No sé, a primera visita parece más romántico un Carrefour en fin de semana. Antes he escrito la palabra sórdido y he hecho la comparación con los vampiros. Son las impresiones de un cuartooscurista virginal y entiendo que no son más que vestigios de cuando este tipo de lugares eran necesarios. Nacidos en los 60 en Estados Unidos, la idea de los darkrooms era facilitar encuentros (homo)sexuales a gente a la que la sociedad impedía manifestar en cualquier otro lugar más luminoso su (homo)sexualidad. Eran las profundidades del armario.

En el Strong, fuera de la zona oscura, el ambiente es el de una discoteca gay normal. Bueno, en realidad la música, techno, es un poco mejor y las tribus se mezclan más que en otro sitios. Pero se ven grupos de amigos que vienen a bailar y tomarse algo y, calentón mediante, a meterse un rato en el agujero negro. Es sábado, son las tres e la mañana y el Strong se empieza a llenar. Su cuarto oscuro también.

Después de la elipsis, sigo en lo más oscuro del cuarto oscuro con cuatro tíos dándose duro a mi izquierda. El silencio es ensordecedor. Una de las cosas que más impresionan de la visita es la ausencia de ruido. Más allá del graznido de las zapatillos al pisar ese suelo pringoso, no se oye nada, ni gemidos, ni toses, ni saludos. Así que, callado como la perra en prácticas que soy, empiezo a desandar mi camino en este laberinto. Quizás sea por la hora o quizás porque ya le voy cogiendo el truco, pero veo más acción. Dos que se besan y se tocan en un plan adolescente que chirría, un par que descansan en unos asientos como quien lo hace en un museo, varios que se meten la mano en la entrepierna a mi paso por el pasillo de las cabinas, algunos que se meten con las entrepiernas de otros dentro de esas cabinas…

Estoy fuera. Superado el mito de la caverna, confirmo el supuesto: aquí, efectivamente, se viene a fornicar y alrededores. Hasta ahora, todo según lo previsto. Pero he aprendido cosas que no sabía y que quiero compartir con el lector: el sexo, en cualquier de sus variantes, no se produce de forma aleatoria entre los asistentes. Como dice mi amigo Javi, homosexual pero no practicante de este juego de las tinieblas, es como un mercado de ganado. La diferencia es que aquí el género se elige a la luz de un mechero. Sé que al lector, llegado a este punto, le surgen un par de preguntas. ¿Me metí en todo lo negro y me fui sin que me entrara ni el Tato? ¿O acaso caí en las garras de un chulazo que me dio lo mío y lo del inglés entre las sombras? Sólo puedo decir una cosa: estuve en un cuarto oscuro y no vi la luz.

Las fotos son de un reciente viaje a Toronto y la saco por aquí porque están fresquitas y porque algo hay que sacar y no hay manera de hacer fotos dentro de un cuarto oscuro.

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