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Posts Tagged ‘Neil Young’

Aquí va un texto sobre el conciert(az)o de Neil Young y Crazy Horse que viví en Brooklyn. La crónica, escrita desde la pasión neilyounguista, es una deúda que tenía con Antonio y el resto de la gente de En la playa de Neil, el lugar donde informarse y juntarse con otros chalados de las neilerías. Es para ellos y sus lectores, pero estáis todos invitados. El concierto fue hace mucho pero todavía me suena. Y me sonará toda la vida. Además, el tío Neil y Caballo Loco vienen en verano por Europa. Por si os cuadra.

Neil Young y Crazy Horse en Brooklyn, Pedro Bravo, www.laopcionb.com

Ella cierra los ojos y se entrega del todo al abrazo de ruido y distorsión que parte del escenario. Ellos, los responsables de esa tormenta, tocan en corro, como siempre lo han hecho, riendo, saltando, jugando… viviendo. Vosotros estáis seguramente dormidos, mecidos por las olas de la playa, soñando con que tormentas así acaben llegando pronto a esta orilla. Nosotros, al otro lado del Atlántico, permanecemos de pie casi sin mover un músculo en un recinto deportivo de Brooklyn y, sin embargo, meciéndonos a la deriva en eso que él llama un “viaje cósmico” . Yo estoy con una sonrisa que no me cabe en la cara y tú… Tú, que plantas a menudo la toalla en estas arenas, seguro sabes de lo que estoy hablando.

Hablo de estar viendo y escuchando en quinta fila a Neil Young y Crazy Horse. Hablo de dejarse llevar por esos casi veinte minutos de tormenta eléctrica, de sufrir con cada palabra llena de amargura por el fracaso de su generación pero también de disfrutar con cada acorde, con cada descarga de energía y rabia. De dolor. Hablo de vivir la canción de su último Psychedellic Pill que bien puede resumir toda una carrera. Me vais a perdonar el inciso ensayístico: Walk Like A Giant no me parece la mejor canción de la pirula psicodélica pero sí es la que más me conmueve. Y creo que es porque esconde rastros de viejas canciones del tío Neil; porque la letra, tan simple, tan tosca, está escupida desde las entrañas y la sobriedad (que rima con verdad); porque la música, ese viaje cósmico del que habla en su libro, Waging Heavy Peace, lo dice todo con una sutilidad construida a base de puñetazos. Cierro la paja mental, o casi. Porque ver tocar juntos, casi pegados, casi pegándose, a Ralph Molina, Billy Talbot, Poncho Sampedro y Neil Young es vida. Porque verlos al lado de ella y verla a ella entregada a ellos y a su viaje, a la tormenta, es amor. Porque yo, que nunca he sido nada parecido a un jipi, siento la puta paz interior sólo con acordarme un rato de ese momento.

El momento es uno de los muchos momentos que llenan el 3 de diciembre de 2012 y el lugar, el Barclays Arena de Brooklyn. Nueva York, claro. Ella me ha llevado hasta allí para celebrar mi cumpleaños de la mejor manera posible. Y ellos lo están celebrando con nosotros. Antes había pasado por escena un grupo llamado Everest y una señora estupendamente fea y guapamente sonriente llamada Patti Smith. Con ella, su escudero Lenny Kaye y un repertorio corto y cristalino que la convirtió en la telonera perfecta. Se quitó los zapatos y los calcetines para gritar que People Have The Power, dejó que Lenny volviera a recordarnos la clase del rock de garaje que nos descubrió en la serie Nuggets, se acordó del tío Neil cantando It’s A Dream y acabó deletreando Gloria con el pabellón ya casi lleno.

Después, para dejar el escenario preparado para Caballo Loco, hubo un teatrillo con los pipas disfrazados de profesores chiflados que, si pillé bien la gracia, está en relación con el nombre de la gira, Alchemy Tour, que, digo yo, tiene que ver con la portada y el título pastilleros del disco. Y, antes del concierto, el himno americano y Neil, Poncho, Ralph y Billy y el resto de la tropa con la mano en el pecho y bastante guasa en la mirada sobre el escenario.

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En el escenario, por cierto, además de iconos clásicos del neilyounguismo, unos amplificadores Fender de tamaño Gulliver que cobran sentido y se hacen pequeños precisamente en ese Walk Like A Giant. Y con esto no pretendo darme la razón a mí mismo. Supongo que cada uno tendréis vuestras teorías rusties y las mías os darán igual. Y, eso es seguro, a Neil se la sopla lo que yo pueda escribir aquí o en cualquier otro lado. Neil hace lo que quiere y en lo que cree. Y ése es uno de los rasgos de su devenir que me parece más admirable.

Porque muchos con su trayectoria –y muchísimos más con muchísima menos– habrían sacado un disco que sirviese como excusa para salir de gira y tocar los clásicos, que en su caso son incontables. Pero él no. Él llama a Poncho, a Billy, a Ralph; él reúne a la banda y se la lleva al rancho; él, con ellos, deja que las musas lleguen y mientras se entretienen con un disco de versiones; él, con ellos, pare un álbum que, a estas alturas, está a la altura de los muy buenos de su discografía. Y no es excepción entre los últimos, que ahí están Greendale, Praire Wind o Chrome Dreams II. Ojo, ya sé que no os estoy contando nada que no sepáis vosotros, playeros, que sabéis mucho más de neilerías que yo. Pero es que uno no puede evitar pensar en todo esto cuando en Brooklyn, después de arrancar con Love and Only Love y Powderfinger, el tío Neil aparca en Born In Ontario. Luego llega ese Walk Like A Giant del que no voy a hablar más no vaya a ser que un día nos conozcamos en persona y me lo hagáis pagar.

Neil Young y Crazy Horse en Brooklyn, Pedro Bravo, www.laopcionb.com

Acabada la tormenta, Neil Young se queda solo con la acústica en lo que no es nada más que un truco visual. Porque no baja ni un gramo el nivel de intensidad. Siguen las tempestades emocionales con The Needle and the Damage Done y, aquí va otra del último, Twisted Road. Acaba la parte sin eléctricas y se suspende por un rato la venta de nachos con guacamole en todo el recinto con Singer Without A Song, Neil al piano y una moza paseando por las tablas y, cuando termina, vuelve Caballo Loco a declarar su fe en la psicoactividad de la Psichedellic Pill. Suena Ramada Inn y nos vamos otra vez de viaje. Ella y yo con esa pareja sentada en el restaurante del hotel y separada por una galaxia. El viaje cósmico, sí. El amor y el desamor, el retrato, la costumbre, el costumbrismo. Una sección rítmica grasienta y tosca como un bocadillo de torreznos, dos guitarras que juguetean sin miedo a equivocarse y, de hecho, equivocándose a veces y un resultado, a pesar de todo, emocionante y bello. Neil Young y Crazy Horse.

Ellos tocan las canciones nuevas con la pasión de un adolescente, con ganas, con fuerza, con pegada. Se nota que creen en ellas, que están orgullosos de ellas, que viven en ellas. Nosotros también. Acaba Ramada Inn y Neil habla por primera vez al respetable. Dice que estamos muy tranquilos y, como para remediarlo, ahora sí se arranca con el popurrí. Van Cinnamon Girl, Mr. Soul y un F*!#in’ Up en el que Poncho juega a chotearse del jefe con la complicidad de los 15.000 del otro lado de la cuarta pared. La iluminación ha cambiado y los focazos rompen no sólo en el escenario sino en las primeras filas. El grupo se divierte y nosotros con ellos, pero no es tan intenso como lo que acabamos de vivir. No es que ya no se crean esas canciones sobre las que han cabalgado tantas veces. Es, supongo, que se sienten más vivos trotando por el presente. Y se nota. Y se agradece.

Acaba. O casi. La banda descarga Hey Hey, My My (Into The Black) y ahora somos nosotros los que nos ponemos la mano en el pecho ante, éste sí, un himno que nos toca. No sé si soy yo, pero me da la sensación de que aquí les vuelven las ganas y fe. Rock and roll will never die, ya sabes. Y no muere. Queda otro momento amargo, Roll Another Number. Porque esta noche es la noche. Ella me ha traído hasta aquí y con ella me voy sonriendo. Porque esta noche es la noche y hemos aprendido un poco más de la vida viendo a estos tíos. Porque este concierto y este texto tienen moraleja y es que, aunque todo esté lleno de mierda, algunos vamos a seguir hacia delante, haciendo lo que creemos y creyendo en lo que hacemos. Como Neil, Ralph, Billy y Poncho.

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Para Carne Cruda. Por hacer buena radio y, sobre todo, por hacer radio con libertad.

Porque nos pueden quitar el trabajo pero no el orgullo de hacer las cosas como sentimos que debemos hacerlas. Y porque vamos a seguir haciéndolas.

Neil Young y Pearl Jam, Keep On Rockin’ In The Free World.

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Fue el año pasado, hace siglos. En el Experimentaclub. Tocaba E.A.R., o sea, Experimental Audio Research, o sea, Sonic Boom, o sea, Peter Kember, o sea, la mitad de Spacemen 3. Desde que descubrí a los hombres del espacio, he sido seguidor de toda su estela. A Jason Pierce sí le había visto haciendo de Spiritualized, pero me quedaba por ver al (más) raro de la expareja. Fui y flipé. Han pasado muchos meses y muchas cosas. Pero no sé si es que no tengo nada más que decir o que tengo que decirlo. Me da igual. Aquello fue un maravilloso concierto de blues. Sí, Sonic Boom hace blues con sus máquinas y su voz lo mismo que lo hizo Robert Johnson. O folk como el de Bob Dylan. O country como Hank Williams. Sonic Boom canta al señor, eleva oraciones y lamentos, paga sus culpas. No he encontrado un vídeo que retrate lo que vi, pero aquí va lo que va.

Sonic Boom, The End.

Hank Williams, Lovesick Blues.

Neil Young, Ambulance Blues.

The Carter Family, Wildwood Flower.

Son House, Death Letter Blues.

John Lee Hooker, Hobo Blues.

Skip James, Devil Got My Woman.

Spacemen 3, Come Down Easy.

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Voy a salir del armario. La relación más larga que he tenido en mi vida no ha sido con una mujer. Desde hace más de veinte años, cada mes convivo con alguien. Con algo. Voy a salir del quiosco. Desde hace más de veinte años, cada primeros de mes me acerco a tal sitio para comprar una revista. Ruta 66. El Ruta, para los amigos. La revista que cumple 25 años este mes que acaba ya y lo celebera con un especial al que queda poco a la venta.

Spacemen 3, Losing Touch With My Mind.

Tengo un hermano mayor. De pequeño, escuchaba sus discos. Él me enseñaba lo que molaba oír. Pero llegó un momento en que, para esto de la música, el hermano mayor se me quedó pequeño (ya me entiendes, broder). Y entonces me encontré con el Ruta. Yo salía de un talibanismo punk y hardcore que, ya se ve por aquí, aún no se me ha quitado del todo. Y los del Ruta eran ayatolas del rockandroll. Tal para cual. Desde entonces, Unidos, como la canción de Parálisis. Salvo las temporadas que he vivido fuera y, algún periodo algo demasiado borroso, lo he comprado todos los meses y lo sigo haciendo. Y guardo los números, aunque no sé muy bien dónde, por eso de las mudanzas y mutaciones.

Posion Idea, Taken By Surprise.

A ver, seguramente la revista tiene más defectos que virtudes. Recuerdo como hace cinco años o así, cuando me la veía Diego en la redacción de Maxim, se descojonaba por su diseño. También está su cerrilismo. Su alergia a los grupos que alcanzan el éxito, aunque antes fuesen amados. Sus faltas de ortografía recurrentes -don Jaime, don Ignacio, compañía: absorber se escribe con b, con dos-. Y algunos más. ¿Y? Se supone que las relaciones duraderas se establecen a partir de la aceptación de cada uno como es, con sus cosas malas y sus cosas buenas. O eso me han contado.

Flying Burrito Brothers, Christine’s Tune.

Como dice Pablo Carrero en el especial de este mes, yo con el Ruta practico algo parecido al coleccionismo. No importó que hace tiempo cambiase un poco, páginas a color incluidas, ni que, cada vez más, se perciba que los escribidores saben menos de lo que escriben que los que escribían antes. Yo soy de los del Ruta, por parafrasear eso que le dejo dicho Luis Mario Quintana a Kike Túrmix en la revista: “O eres de los de Louie Louie o eres de los otros”.

The Allman Brothers Band, Dreams.

De hecho, una alegría que me dio la vida, o que me di yo mismo, fue unir dos manías como el Ruta y Neil Young. Cuando hace un par de años me fui a París a ver al tío Neil, me ofrecí al Ruta para hacer la crítica de la cosa. No los conocía de nada, más allá de un par de cartas al director que escribí (y me publicaron). El caso es que la publiqué. Y fue, ya digo, una alegría que no se ha repetido ni tiene pinta.

The Devil Dogs, Action.

En realidad, todas estas letras no cuentan ni la mitad de lo que cuenta la música. Aquí sólo hay unas pocas canciones y grupos: coincidencias, descubrimientos, obsesiones… Son éstas, escogidas de forma caprichosa y a toda leche, y miles de ellas más. Por ellas, larga vida al Ruta 66.

The Nomads, The Way You Touch My Hand.

 

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Esto es el retrato por sexo y edad de las músicas que gustan a los usuarios de Last.fm. Arriba están los artistas para los más machotes y abajo los más femeninos. Hacia la derecha va la cosa de las edades (para ver la imagen en todo su esplendor, haz click).

Analizando el cuadro en plan consultor de barra de bar, se ve que Radiohead, Prince, Beatles, ABBA, Diana Krall y otros son más o menos para todos los sexos, Camilo Sesto inclusive. Muse tiende, amigo Luis, a ser para nenas. Lady Gaga es para chicas pero menos que Anni DiFranco, claro, y que Lykke Li. Neil Young es, como el brandy Soberano y como Metallica, cosa de hombres. Pero no tanto como Slayer y Iron Maiden. Pero lo más para señores es esa especie que, preparados para una opinión personal, debería extinguirse: la de los virtuosos masturbadores de las seis cuerdas. Eric Sardinas, Steve Vai y el muy plasta de Chick Corea* son cosa de tíos tirando a talluditos, esos que van a los conciertos a tocar la guitarra imaginaria y con pinta de tener menos vida social que un secuestrado de las FARC.

Sintomático es también que, a medida que nos hacemos mayores, compartimos menos gustos con nuestros congéneres del otro género. Quizá por eso están en crisis el matrimonio y la familia tradicional.

Suena Slayer, Raining Blood. Machote que es uno.

*Mis cerebro estaba pensando en Pat Metheny, pido disculpas por la cagada a la familia Corea, tanto la del Norte como la del Sur.

Vía Good.

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El otro día, viendo a Teenage Fanclub en Campohermoso, en el Playmusic, tuve un deja vu. Bueno, en realidad no es exactamente eso pero el nombre me viene al pelo para hacerme el ingenioso y el cultureta musical. El caso es que viendo a esos cinco escoceses cantar y tocar como si estuviesen recién salidos (o entrados) del pub me sentí como si estuviese viendo a Buffalo Springfield o a Crosby, Stills, Nash & Young o al mismísimo tío Neil a secas. Menos country y más pop pero con talento similar para las melodías y las armonías vocales, las guitarras con las justas estridencias y esa pinta de ir tan sólo a pasar un buen rato tocando canciones bonitas. ¿Tan sólo?

Teenage Fanclub, Ain’t That Enough.

Buffalo Springfield, Rock’n’roll Woman.

Teenage Fanclub, I Need Direction.

Crosby, Stills, Nash & Young, Deja Vu (es por esto)

Teenage Fanclub, Everything Flows (aquí confiesan lo suyo por Neil Young).

Neil Young & Crazy Horse, Like a Hurricane.

Teeenage Fanclub, Neil Jung (por si quedaba alguna duda).

Por cierto, y aquí va la típica apreciación para hacerme el listo, es curioso cómo a medida que crecen los del club de fans adolescente se parecen a los primeros y jóvenes grupos y canciones de Neil Young y cómo cuando eran jóvenes sonaban más al joven Neil crecidito. Será que el canadiense está hecho un chaval. Por cierto también, y aquí va el típico recuerdo personal para hacerme el interesante, creo que es la segunda vez que veo a Teenage Fanclub. La primera, de eso estoy seguro, fue antes del primer concierto de Nirvana en Madrid. Recuerdo que hicieron un ruido bien ruidoso y que le dieron al acople cosa fina. Y que tocaban bastante mejor que Cobain y compañía. Pero eso qué coño importa… Pues eso.

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Ben Keith ha muerto. Tenía 73 años y seguía tocando la pedal steel guitar a la vera del tío Neil. Un tío grande.

Suena This Old House, de Neil Young con Ben Keith, claro.

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