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Vuelve la serie Zona Prohibida a este blog porque ha vuelto a las páginas de la revista GQ. Y vuelve con este texto sobre una visita a un cuarto oscuro, al cuarto oscuro del Strong, en concreto. Podría ser una celebración anticipada del orgullo pero lo que es, lo que quiero que sea ahora mismo, es un homenaje a Javier Angulo, director hasta hace unos días de GQ España y el hombre que apostó por un servidor, esta sección y esta forma de hacerla en su revista. Por eso y porque es un tío de puta madre, larga vida, también profesional, a Javier.

“¿Sabes lo que he pensado?, que vas a entrar tu solo”. Mi amigo me dice esto justo cuando estoy traspasando el umbral, me lo dice mientras me da una  palmada en la espalda y me hace sentir como un astronauta al que empujan fuera de la nave para un paseo espacial en la entrada de un agujero negro. Peor y sin metáfora: como a un periodista hetero que se mete por primera vez y sin carabina en un cuarto oscuro. En el cuarto oscuro más grande de Europa, en concreto. En el cuarto oscuro del Strong, en Madrid.

Javi, ese amigo, me había contado que este darkroom es bastante más amplio de lo habitual, con diversas zonas, distintos ambientes, sitios donde sentarse y hasta una sala de cine. Yo, al oír eso, me había imaginado una especie de centro comercial, un lugar al que la gente va a pasar la tarde, ver una peli o en busca de algo de comida rápida. Supongo que imaginar tal cosa era una forma de quitarme el canguelo. Un alivio. Una paja mental.

Para un hombre heterosexual, un cuarto oscuro es un lugar con luces y sombras. Explico la paradoja: las luces, esa forma de practicar sexo sin compromiso, porque sí, tan supuestamente masculina. Las sombras, que ese sexo es, precisamente, entre humanos masculinos y plurales y, además, obligatorio una vez se está dentro. Vamos, que uno entra Pérez Reverte y sale Oscar Wilde tal que en una edición para adultos del programa Lluvia de estrellas. O eso suponemos desde fuera.

Yo ya estoy dentro. Y lo primero que percibo es que todo eso que me había imaginado era sólo eso, imaginación. Fin de la paja mental. ¿Un centro comercial? Una leche. Esto parece una película. Una de zombis, en concreto. Un pasillo en penumbra lleno de puertas a los lados y de tíos junto a esas puertas, esperando a algo, mirando, casi olisqueando a todos los que pasamos por allí. Porque yo paso por allí. Con bastante sustito, tratando de fijarme en todo pero sin fijar mucho la mirada en nadie no vaya a ser que se interprete como una invitación y no como un ejercicio periodístico. Me siento como en un capítulo de The Walking Dead y me hago gracia a mí mismo pensando en ello. Pero no me río. Nadie se ríe. Ni siquiera sonríen, aunque esto no lo puedo jurar por eso de que está oscureciendo y yo, como ya he dicho, me hago el despistado. Pero llego a percibir que todo el mundo está muy serio, como concentrado en algo.

Quizás sea en el ruido de mis pisadas. A cada paso que doy se me queda pegada media suela de zapatilla y se oye como si un grillo agonizase. Por alguna razón, recuerdo otro aviso de Javi: “Hay una mezcla de olores, a mierda, a Popper, a saliva, a semen”. Yo no huelo nada, me concentro en no caer al suelo.

Sigo adelante. Sigo esquivando sombras. No es literatura, es que estoy acojonado. El sitio impresiona y uno, además, no conoce las costumbres locales. No sé si en cualquier momento alguien se me va a tirar al cuello y me va a meter en una de las cabinas. Por suerte, me he traído un talismán, una botella de cerveza a la que voy dando tragos y con la que pienso que paso por uno que paseaba por aquí. En el fondo, mi susto no es sólo por lo sórdido del lugar ni porque alguien pueda meterme mano sino porque descubran que soy un turista que viene a hacer un reportaje. Pero muy en el fondo.

Atravieso la zona de cabinas siguiendo a tíos que van como yo pero no a lo que yo. Paso una salita con la misma luz casi inexistente y llego al cine. La pantalla es chiquitita pero juguetona. La emisión, porno gay muy hardcore. Hay tres hileras de sofás tapizados en plata y un pelín más de luz que en el resto de las estancias. Sólo un espectador. Se ve que aquí también afecta el tema de las descargas.

Sigo. Bajo la pantalla hay una puerta abierta a la oscuridad absoluta. He llegado al cuarto más oscuro del cuarto oscuro más grande de Europa. No veo un carajo pero percibo movimiento a mi alrededor. De repente, una luz que se enciende un instante, como un flash. Y otra. Y otra más. Esto también me lo habían contado, la gente prende mecheros para ver lo que hay, algunos también usan móviles, incluso creo ver a uno que lleva una linternita, un profesional. Cada flashazo me provoca sensaciones encontradas: por un lado me da un susto de narices; por otro, me permite ver. Me hago el experto y uso el móvil en el modo antorcha. Veo que hay una última estancia. Entro. Negro sobre negro. En realidad, creo que es blanco sobre blanco y otros dos de parecido color que se tocan y tocan a los otros. Hay una melé a mi izquierda. Intento asomarme por encima de los hombros de los contendientes. No sólo por curiosidad sino por dar información a mis lectores. No soy el único. Las otras sombras que merodean en la sala hacen lo propio. Nada, es un lío y no se ve un carajo con la luz de pantallita del móvil. Querido lector, por resumir, son cuatro tíos follando.

“Hay quien viene con su pareja, es un buen sitio para hacerse un trío”. Palabra de Javi. “También hay gente que ha encontrado aquí a su novio”. Uf, eso me sorprende más. No sé, a primera visita parece más romántico un Carrefour en fin de semana. Antes he escrito la palabra sórdido y he hecho la comparación con los vampiros. Son las impresiones de un cuartooscurista virginal y entiendo que no son más que vestigios de cuando este tipo de lugares eran necesarios. Nacidos en los 60 en Estados Unidos, la idea de los darkrooms era facilitar encuentros (homo)sexuales a gente a la que la sociedad impedía manifestar en cualquier otro lugar más luminoso su (homo)sexualidad. Eran las profundidades del armario.

En el Strong, fuera de la zona oscura, el ambiente es el de una discoteca gay normal. Bueno, en realidad la música, techno, es un poco mejor y las tribus se mezclan más que en otro sitios. Pero se ven grupos de amigos que vienen a bailar y tomarse algo y, calentón mediante, a meterse un rato en el agujero negro. Es sábado, son las tres e la mañana y el Strong se empieza a llenar. Su cuarto oscuro también.

Después de la elipsis, sigo en lo más oscuro del cuarto oscuro con cuatro tíos dándose duro a mi izquierda. El silencio es ensordecedor. Una de las cosas que más impresionan de la visita es la ausencia de ruido. Más allá del graznido de las zapatillos al pisar ese suelo pringoso, no se oye nada, ni gemidos, ni toses, ni saludos. Así que, callado como la perra en prácticas que soy, empiezo a desandar mi camino en este laberinto. Quizás sea por la hora o quizás porque ya le voy cogiendo el truco, pero veo más acción. Dos que se besan y se tocan en un plan adolescente que chirría, un par que descansan en unos asientos como quien lo hace en un museo, varios que se meten la mano en la entrepierna a mi paso por el pasillo de las cabinas, algunos que se meten con las entrepiernas de otros dentro de esas cabinas…

Estoy fuera. Superado el mito de la caverna, confirmo el supuesto: aquí, efectivamente, se viene a fornicar y alrededores. Hasta ahora, todo según lo previsto. Pero he aprendido cosas que no sabía y que quiero compartir con el lector: el sexo, en cualquier de sus variantes, no se produce de forma aleatoria entre los asistentes. Como dice mi amigo Javi, homosexual pero no practicante de este juego de las tinieblas, es como un mercado de ganado. La diferencia es que aquí el género se elige a la luz de un mechero. Sé que al lector, llegado a este punto, le surgen un par de preguntas. ¿Me metí en todo lo negro y me fui sin que me entrara ni el Tato? ¿O acaso caí en las garras de un chulazo que me dio lo mío y lo del inglés entre las sombras? Sólo puedo decir una cosa: estuve en un cuarto oscuro y no vi la luz.

Las fotos son de un reciente viaje a Toronto y la saco por aquí porque están fresquitas y porque algo hay que sacar y no hay manera de hacer fotos dentro de un cuarto oscuro.

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Otro reportaje de la serie Zona Prohibida para la revista GQ. Éste es uno de hace tiempo que se me había traspapelado y que he recordado al ver que todo quisque hablaba de Irina Shayk como la novia del tío ése que juega en el Madrid. Es un bonito reportaje en Verona sobre una bonita sesión de fotos para una bonita marca de lencería con esa chica tan… bonita. Las imágenes que acompañan al texto son del estupendo fotero Fede Serra. Tanto él como yo vimos a Irina en paños menores antes que Cristiano. Que nos quiten lo bailado.

En la puerta de mi casa hay una parada de autobús. Y en la parada, una morena que me mira desde lo más profundo de sus ojos verdes vestida sólo con un conjunto de lencería negra. La veo cada día pero nunca le digo nada. Quizás por timidez. Quizás por educación. Quizás porque si empiezo a hablar a los posters publicitarios vuelva a tener problemas de integración en el barrio. Así, hasta que de repente amanezco lejos de Madrid. Estoy en Verona. Estoy en un precioso palacio del siglo XVII. Estoy en la cocina y veo a la morena de los ojos verdes. Ella está en bata y con rulos y habla con un chino con rodilleras y un quiqui en el pelo. “Bar Rafaeli no me gusta, es como un tío, no tiene ojos y se pasa con el maquillaje”. Es el chino con rodilleras el que pone a caldo a la modelo israelí que sale –o salía, hace mucho que no voy a la peluquería– con Leonardo DiCaprio. La morena de los ojos verdes defiende a Bar. Y el chino con rodilleras acaba la discusión: “Bueno, da igual, a mí no me gustan las tías”. Y se ríe. Y ella se ríe. Y todo el mundo se ríe. Así que yo también me río.

He viajado hasta la ciudad de Romeo y Julieta para asistir a una sesión de fotos para el catálogo y los anuncios de Intimissimi. Se trata del mayor inversor en publicidad del sector de la moda en el país de Rafaella y Silvio y uno de los principales en el nuestro. Sus productos buscan realizar el sueño cotidiano de cada mujer y nosequé más. La verdad es que no presto mucha atención al briefing que me da una italiana con pinta de ser jefa de marketing. Estoy concentrado en otro asunto. Observo cómo acaban de maquillar y peinar a la morena de ojos verdes. Compruebo que, a pesar de que hace un día estupendo en Verona, cuando por fin se levanta lista para las fotos es como si saliese otra vez el sol. Y eso que no le hacía falta ningún retoque. “Esta chica es un pibón”, me dice Fede, el fotógrafo que me acompaña. Sí lo es. Y un lujo. Esta chica lleva el Photoshop de serie.

Esta chica se llama Irina Shayk y nació hace 22 años en un pueblito ruso llamado Yemanzhelinsk. Irina es un encanto que me saluda con dos besos y se sienta a hablar conmigo sin saber que esta rompiendo las normas establecidas entre los posters publicitarios y sus mirones. “Yo tenía una vida normal, iba a la escuela, estudiaba piano, nunca pensé en ser modelo. En mi pueblo no sabíamos ni lo que era eso. Fui a Moscú, me matriculé en Marketing pero era un rollo. Un día, una amiga de mi madre me dijo que porqué no probaba en la escuela de modelos…”. Me sabe mal interrumpir a Irina pero, después de dos minutos de charla, creo que ya tenemos confianza. Le digo que ya se habría dado cuenta ella de que era la más guapa del pueblo. Y se ríe. “No lo sé”, dice. Y se carcajea. “Cuando tenía 13 ó 14, ningún chico me miraba, era demasiado morena y tenía los labios muy gordos, me llamaban cosas… Pero cumplí los 17 y todo cambió”. Y se carcajea aún más.

Para quien necesite de las matemáticas para comprender la realidad, éstas son las cifras de Irina: 1,77 de altura; 87 – 60 – 88 de silueta y 38,5 de talla de zapatos. Y éstas son sus letras: hija de padre tártaro y madre rusa, tras dejar la escuela de Marketing y empezar la carrera de modelo, estuvo trabajando en en Moscú hasta que, hace dos años, Intimissimi la reclutó en un casting como su imagen de marca. También lleva dos temporadas apareciendo en el especial de bañadores de la revista Sports Illustrated. Se puede decir que ha pasado casi toda su vida laboral más desnuda que vestida. Y como se puede decir, se lo digo. Y otra vez se ríe. Y contesta: “Me encanta enseñar mi cuerpo, estoy muy cómoda posando para este tipo de fotos; de hecho, me siento rara cuando poso con ropa”. ¿No te importa que haya un montón de hombres mirándote? “No”. Así que no eres tímida. “No”. ¿Te gusta provocar? “No sé… Estoy a gusto y creo que no estoy muy mal, ¿no?”. Y vuelve la carcajada. La suya, la de la italiana con pinta de jefa de marketing, la del chino con rodilleras y la mía.

Hoy toca disparar a Irina en un porche de este palacio llamado Villa Arvedi, ante una bañera rodeada de candelabros y sobre una copiosa nevada de poliespán. Ya sé que es para el catálogo de la colección de invierno. También sé que realismo y fotografía de moda no son buenos compañeros de frase. Pero me sigue llamando la atención. Como me llaman la atención las poses de Irina. Sexy. Muy sexy. Poniendo morritos para la foto y adoptando un lenguaje corporal con el que tendría asegurada la portada de una revista masculina como, por ejemplo, ésta. “El sexo vende, querido. No es el sexo sucio como el de otras marcas, esto va más de belleza interior, de mostrar lo que la mujer quiere ser. Por eso estoy aquí, porque veo el punto de vista femenino”. Resulta que el chino con rodilleras es el fotógrafo. Resulta que se llama Yu Tsai y resulta que es todo un personaje.

Nacido en Taiwán hace 35 años, fue biólogo y, como tal, fue a África. Allí hizo unos dibujos que le abrieron las puertas de la escuela de arte. Pero optó por el diseño y montó un estudio que se convirtió en agencia y le transformó en director de anuncios premiado hasta que decidió, hace cuatro años, que lo suyo era la fotografía de moda. Yu Tsai es el alma de la fiesta. Suena Depeche Mode en los altavoces, los asistentes revolotean luciendo barriguita, Irina pide capuchinos y cambia de pose sin necesidad de órdenes, la italiana con pinta de jefa de marketing se estresa mientras otras italianas con pinta de trabajar para ella bostezan. Es un auténtico momento Zoolander que Yu Tsai redondea bailando, riendo y gritando “gorgeous!” cada vez que dispara una foto que le gusta. Puede que Irina sea la que vaya a salir en las fotos, pero está claro quién es la estrella.

A mí plin. Aunque Yu Tsai me parece un tío estupendo, no he venido a fijarme en un chino con rodilleras sino en la morena de los ojos verdes. Lo cierto es que llevo tres horas en una sesión fotográfica y me han parecido cinco minutos. La verdad es que estoy rodeado de una decena de italianas de buen ver y ni siquiera me he fijado en ellas. Sé que a este texto se le cae la baba pero no puedo evitarlo. Irina es guapa. Muy guapa. Demasiado guapa. Se supone que este mes me toca dar envidia a los lectores por pasar un día junto a uno de los seres humanos más bellos del planeta pero resulta que este trabajo tiene trampa. No soy centrocampista del Inter de Milán, no tengo ninguna posibilidad con Irina. En situaciones así, un hombre tiene que encontrar una excusa para salvar su autoestima. Por eso vuelvo a escanear a Irina. Para encontrar un defecto. Y lo encuentro. Tiene los tobillos gordos. Un poco. No mucho, la verdad. No lo suficiente para salvarme.

De repente, llega un momento clave para mi existencia. Hay que seguir con la sesión pero hay que cambiar el conjunto de lencería. Irina pasa de ir al camerino. Decide cambiarse aquí, delante de todos, delante de mí. Lo hace tapada por una toalla que sujeta Yu Tsai. Y entonces me doy cuenta de que toda mi vida ha sido un gran error. ¿Por qué demonios me dedico al periodismo cuando lo que debería haber sido es un fotógrafo chino con rodilleras?

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Hoy se presenta en Madrí ‘Peajes’, el libro con el que Joséphine Douet ha retratado el camino hacia el ruedo de José Mari Manzanares y su cuadrilla. Este mes se puede leer en la revista GQ el texto que he hecho sobre la cosa. Aquí cuelgo la versión larga y sin ediciones. Y aclaro que Joséphine es mi amiga pero que, sobre todo, es una fotera de raza. Una muy buena fotera de raza brava, claro.

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El toreo es soledad, como recuerda el maestro Joaquín Vidal en su pequeña pero enorme escapada de la crónica taurina a la literatura pura. “Ningún diestro ha sabido definir qué le pasa por la cabeza y el corazón cuando presenta el engaño en el centro geométrico del redondel para iniciar la creación artística de un lance y el murmullo del graderío se viene abajo para convertirse en un expectante silencio”. En la plaza se encuentran la vida y la muerte, la gloria y la tragedia. Allí está el destino del viaje de unos hombres corrientes que eligieron un camino excepcional. En El toreo es grandeza, el maestro Vidal retrata en prosa ese camino, escribe sobre lo que sucede alrededor de una corrida cualquiera en una ciudad cualquiera. Lo mismo ha hecho Joséphine Douet en su libro Peajes. La fotógrafa francesa se ha embarcado con la cuadrilla de José Mari Manzanares y ha retratado lo que ocurre en ese entorno tan desconocido como el de las más profundas fosas marinas. No importa que el libro de Vidal hable de un modesto novillero y que Manzanares sea una de las figuras más esperadas del escalafón ni que hayan pasado 15 años entre una y otra obra. La vida, esta vida, sigue igual.

Porque la soledad de los toreros no es únicamente la que viven en el ruedo. El mismo viaje del matador y su cuadrilla a cada una de las plazas es un trayecto solitario, alejado de la realidad. De hecho, más que un viaje en el espacio, es un viaje en el tiempo. “El mundo de los toros es el mundo más real que existe –explica Joséphine– y, sin embargo, es un anacronismo. Si hubiese hecho el mismo trabajo en los 40, dentro de la cuadrilla de Manolete, estoy segura de que no cambiarían muchas cosas más allá de las que demuestran el progreso del país. Bueno, y que entonces no habrían dejado a una mujer hacer esto”.

Tampoco es algo fácil de conseguir en estos tiempos, da igual que seas hombre que mujer. Joséphine, nacida normanda y decidida madrileña, publica reportajes, retratos y editoriales de moda en medios de postín como Libération, Paris Match, GQ, ELLE, Vanity Fair o Rolling Stone. Joséphine, aficionada cabal gracias a la pasión de su abuela por Curro Romero, comparte meriendas en la grada del 5 de Las Ventas, donde tiene su abono, y recorre habitualmente España para ver toros. Joséphine, que tiene la costumbre de realizar sus sueños, quería formar parte del viaje de este torero alicantino al que ha retratado varias veces y con el que mantiene una relación de confianza. “Creo que su concepto del toro está muy cercano al que yo tengo de la fotografía. Le gustan la sencillez, va al grano, sin florituras, pero con todo el arte que sea posible”. Quizás por esa conexión, Manzanares dijo sí a la primera y la fotógrafa ha entrado a formar parte del equipo del torero. “He sido una más de la cuadrilla. Uno más, en realidad”.

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Ha cruzado con ellos España y Francia, ha compartido la tensión y el cansancio y ha formado parte de las bromas y las conversaciones sobre coches, mujeres y toros, siempre toros. Trece personas viajando en tres vehículos: la furgoneta de la cuadrilla, el coche del apoderado y otro para el torero, el jefe de prensa y Joséphine. José Mari era el único que dormía tumbado, tratando de trazar el sueño a través de las curvas hasta la próxima parada. La vida de los toreros en temporada es dura. Casi cada día, una corrida en una plaza sin que la gira esté definida por la lógica del mapa sino por la de los contratos y las ferias. Habitaciones de hoteles de todo tipo a las que se llega tarde, después de torear, atender a la prensa y cenar, y de las que se sale pronto para volver a empezar sin haber descansado casi nada por eso de la adrenalina. Concentración absoluta y aislamiento de esos alrededores taurinos que fuman puro, beben whisky y escupen alabanzas a cambio de otra ronda.

Al terminar la corrida, el matador y su cuadrilla comentan lo sucedido. A veces, Manzanares felicita a los suyos por el trabajo bien hecho. A veces, ellos opinan sobre la condición del toro y algunos lances. Siempre, se pasa página en seguida. Como dice Jacques Durand, crítico taurino de Libération, en el texto que acompaña las fotos de Peajes, “cada toro es un palimpsesto”.

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José Mari Manzanares es uno de ésos toreros en busca de la faena perfecta. Un hombre de 27 años que, según la fotógrafa, no piensa en su carrera sino en cada toro. “Es muy torero, tiene una educación exquisita, siempre está pendiente de su cuadrilla y siempre con una sonrisa”. También es una persona seria y discreta, que habla poco en general y menos ante una grabadora (por eso su ausencia en este texto). Cuando logra una faena que considera cercana a esa perfección, “se le ve feliz, como si hubiese encontrado su sitio”.

Joséphine, como cualquier fotógrafo desde Cartier-Bresson, también persigue el instante decisivo y, en este caso, no lo buscaba dentro de la plaza, sino fuera. No es la primera vez que Douet se empotra en una gira para retratarla; ya estuvo, por ejemplo, de tour con Rufus Wainwright. “Me gustan las giras por la libertad y el mundo paralelo que se crea”. Pero nada tienen que ver unas con otras. En los toros no está sólo en juego en éxito o el fracaso, aquí se juega algo mucho más importante: la vida. “Es algo que ronda todo el rato; lo sientes en el ritmo, no hay momentos de verdadera relajación. O es tensión o es nada”. Y esa nada, explica Joséphine, es lo peor. Es la nada que se crea tras la frugal comida, la del silencio de la siesta, la de la furgoneta de camino a la plaza. La nada que atrona hasta que suenan clarines y timbales.

Acabo con la frase que cierra el librito del maestro Joaquín Vidal: “La corrida es sólo la parte visible, mínima parte, del mundo exclusivo e irrepetible de la tauromaquia”. Joséphine Douet ha conseguido retratar algunas de esas otras partes. Gracias a ella, los aficionados, y los que no lo son tanto, seguiremos teniendo al menos una cosa clara en esta vida: el toreo es grandeza.

Las fotos que aparecen aquí son del libro y tienen su copyright, así que a ver lo que haces con ellas. Que pillas.

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Nueva entrega de la serie de reportajes Zona Prohibida para la revista GQ. Esta vez va de las fiestas rollo la de “Eyes Wide Shut” que se organizan por todo el mundo (aquí, una noticia de El Mundo, precisamente, de ayer). Esta vez, yo no fui. La revista compró unas fotos que molaban y no quedó dinero para pagarme un billete a Milán. Así que el texto es un poco más coñazo. Y, como tampoco tengo las fotos, la parte gráfica tampoco es como para tirar cohetes. Una vez espantados todos mis posibles lectores, aquí va la lectura.

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Tres mujeres con máscaras recitan pasajes de los relatos de Delta de Venus, de Anaïs Nin, en el segundo piso del patio de un castillo del siglo XVII. Caminan, cada una con su libro en la mano, las tres desnudas salvo por los antifaces venecianos. Finalmente, se encuentran y cambian la literatura erótica por el erotismo a secas. Se tocan, se besan. Juegan. El espectáculo es contemplado por unas 200 personas, todas vestidas de forma impecablemente elegante, todas también enmascaradas. El espectáculo es una señal. Cuando acaba, los espectadores empiezan a distribuirse por las estancias del castillo y se convierten en protagonistas. Se tocan, se besan. Juegan. Practican sexo. Lo hacen con su pareja o con la pareja de otro. Lo hacen entre mujeres o en combinaciones diversas. Incluso los hay que prefieren no hacerlo de ninguna forma.

Se suele decir que la realidad supera la ficción. Pero a veces empieza por imitarla. La escena descrita en el párrafo anterior es real y ha sucedido en un castillo italiano, en una villa de París o en una hacienda de Sâo Paulo. Y, sin embargo, recuerda demasiado a esas secuencias de la película póstuma de Stanley Kubrick. En Eyes Wide Shut, Tom Cruise se mete en una mansión en la que hay un montón de señores cubiertos por capas y máscaras y otro puñado de mujeres despampanantes a las que les restaron las capas. Aquellas imágenes no pasaron desapercibidas para nadie. Tampoco para Madame “O”.

“Lo que se ve en el film es un ritual oscuro, masónico y peligroso. Las fiestas libertinas que organizamos están enfocadas a la diversión a través de la sensualidad”. Hablo con Madame “O”, la misteriosa mujer que ha montado una de las sociedades que recrean ese ambiente en todo el mundo. La próxima cita será el 14 de marzo en París. La siguiente, el 18 de abril en Brasil. Pronto, promete, habrá alguna en España. “Madame ‘O’ es una filosofía, un estilo de vida. Históricamente, todos los grandes artistas han trabajando con el erotismo. Hoy en día, el sexo y el erotismo son considerados como algo sucio. Normalmente, la gente que trabaja en estos campos no tienen un nivel cultural elevado y el ambiente acaba siendo cutre y poco atractivo”.

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La idea de la sociedad libertina Madame ‘O’ es atraer a gente guapa y con posibles que esté interesada en experimentar con su pareja en un atmósfera adecuada. Elevar el concepto de los locales de intercambio y ambiente liberal. Darle glamour a una experiencia con la que muchos (y muchas) fantasean pero que no tantos llevan a la práctica quizás porque los contextos no son los ideales. Los que genera Madame “O” sí lo son. Lo mismo que los de otra organización similar, Castle Events. Con siete años de historia y fiestas realizadas por toda Europa, esta red con sede en Suiza tiene los mismos objetivos y se dirige al mismo público. Un público exclusivo.

Aquí no puede entrar cualquiera. Para acudir a uno de estos eventos hay que pasar un filtro dirigido personalmente por los responsables de cada sociedad. Incluso si llegas recomendado por otro miembro, tienes que ser elegido. No basta con tener dinero. Hay que demostrar educación y belleza. El resultado es un ambiente distinguido de parejas cultas y atractivas entre los 25 y los 50 años. También algunas mujeres solas. Incluso algún masculino singular. Todos vestidos de forma elegante. Todos dispuestos a invertir entre 150 y 600 euros por pareja por disfrutar de una noche que empieza como tantas otras: con un DJ poniendo algo de lounge o de house, unas copas de champán y unos canapés y algunas conversaciones insinuantes.

La diferencia está en la segunda parte. La que empieza después de una lectura de Anaïs Nin, de un espectáculo de bondage light o de la aparición de un hermafrodita. Cada habitación tiene una decoración y un ambiente. Una es sólo para mujeres, otra es estilo boudoir, en una se emite una película, en todas se practica sexo. “Es sexo normal para gente que vive una sexualidad normal”, explica Madame “O”. La normalidad es relativa, ya se sabe. Ella se refiere a que en sus fiestas libertinas no hay lugar para prácticas extremas. Se pueden llegar a ver actos con leves toques fetichistas pero nunca sesiones de BDSM ni nada difícil de digerir. En Castle Events se abre un poco más la mano. O se cierra, según se mire. Los hay que dicen haber visto ejercicios de fist fucking de categoría. En cualquier caso, en ambas redes se fomenta que los visitantes decidan lo que quieren hacer, si es que quieren hacer algo. Hay, además, normas muy estrictas que excluyen las drogas, la prostitución, los comportamientos violentos y vulgares y hasta fumar cigarrillos. Se puede aspirar, eso sí, el humo de una pipa de agua (con tabaco, ojo). Y la privacidad de los asistentes está garantizada.

En el fondo, es otra forma de hacer eso tan de moda que es el networking. De hecho, Madame “O” dispone de una red social para que los miembros (y miembras) que se quieran apuntar mantengan contacto con ésos con los que tuvieron contacto carnal. No sé, puede que después de mezclarse en el sexo sea más fácil hacer negocios. Lo que es seguro es que, de haber ido a una de estas fiestas, Tom Cruise no habría salido corriendo de la mansión. Incluso habría llamado a Nicole Kidman para que se sumase al asunto.

Las fotos son de la peli de Kubrick.

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Siguiente capítulo de la serie de reportajes para la Zona Prohibida de la revista GQ. En este caso, se trata de ser el único hombre embarcado en el Raid Femenino organizado anualmente por Toyota. Digamos que la cosa no parecía a priori tan apasionante como una expedición al Aconcagua. Digamos que, a posteriori, tampoco lo fue. Por suerte, iba acompañado de esa gran fotógrafa y buena amiga que es Joséphine Douet… Ah, las cuentas están mal hechas, hay dos números tres. Pero soy de letras. Muy de letras.

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1. No puedes. El Raid Femenino Toyota es un asunto de mujeres. Desde hace nueve años convoca a chicas de toda España para una ruta por caminos y carreteras de la Península. Conmigo han hecho una excepción. Nunca hasta ahora habían permitido a un periodista de mi género asistir a la cosa. Pronto me daré cuenta de que no me han hecho ningún favor.

2. Son tías duras. Las 20 chicas han pasado unas pruebas que ríete tú de MacGyver: construir balsas para llevar de una orilla a otra un todoterreno con diez de ellas a bordo, atravesar zonas más embarradas que un festival musical británico o subir y bajar por pendientes como las que conducen al cielo y al infierno. La organización dice que, de las casi mil pretendientes, se ha quedado con las que mostraron más capacidad de trabajo en equipo, simpatía y espíritu aventurero. La organización puede decir misa. Son tías duras.

3. No frenan. Me uno a la caravana en mitad de la primera etapa con un veloz todoterreno prestado. Primera impresión: tienen un ladrillo en el pie derecho. Es una ruta por asfalto pero es difícil seguirlas el ritmo. Como decía la canción de Ilegales, soy un macarra y soy un hortera, pero no voy tan a toda hostia por la carretera como ellas.

3. No te hacen ni caso. Paramos en el Parque Natural del Cañón del Río Lobos. Me bajo del coche pensando que, al ser la excepción, puedo ser la sensación. Pasan de mí. Pronto descubro que no es algo personal. Mientras el director del Parque trata de explicar sus virtudes (las del Parque), ellas hablan de sus asuntos. O están pasando también de él o es verdad que las mujeres son capaces de atender a varias cosas a la vez.

4. Son tías listas. Y no sólo por esa condición multitask. Son informáticas, abogadas, ejecutivas, profesoras y hasta una es piloto comercial. Son jóvenes y sobradamente preparadas y tienen soluciones para todo. Ya lo veré.

5. Ancha es Castilla. En seguida descubro que aquí el papel circula como en un concierto de Los Chunguitos. Sólo que éste es higiénico. Las chicas se desperdigan alegremente con su rollo por las tierras castellanas apropiándose de uno de los últimos valores masculinos: la libertad de mear donde sea.

6. Es duro ser sólo un hombre solo. Seguimos hasta el Parque de Aventura Pino a Pino. Allí hay cables que van de árbol a árbol, puentes de madera suspendidos a muchos metros de altura y gritos salidos de lo más profundo de la maleza. Antes de que mi intuición me diga que es hora de huir, me veo con un arnés que realza mi paquete frente a 20 mujeres dispuestas a todo. De momento, a hacer un circuito por todo lo alto del bosque. Soy un tío. No puedo quedar como una nenaza. Qué narices, me voy con ellas al más difícil.

7. Quedas como una nenaza. Mientras ellas desaparecen risueñas entre la espesura, yo trato de vencer mi vértigo en el primer puente bailante. Tengo ganas de abandonar pero no puedo. No hay salida. Dos horas y tres litros de sudor después, acabo el recorrido. Ellas llevan un buen rato sentadas.

8. No hay quien te rescate. Sólo una, Sonia, diseñadora gráfica del Poble Sec, lo ha pasado tan mal como yo. O quizás no. Ha abandonado y se ha dejado caer en los fornidos brazos de uno de los monitores del parque. No sé porqué, creo que ella lo ha hecho porque estaba él. No sé porque, creo que él no me habría rescatado a mí.

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9. Te arrepientes de no haber sido boyscout. Hay que montar las tiendas de campaña en las que dormiremos por la noche. Mis vecinas de pasto me preguntan cómo se hace semejante cosa. Creen que soy el tío de Bricomanía, no saben que yo he aprobado mi examen copiando. Les respondo un par de vaguedades y me voy corriendo a cenar orgulloso de haber instalado mi primera tienda y con cierta preocupación por el futuro de la de mis vecinas.

10. Comen como limas. Tras un costillar a mediodía, la cena consiste en torreznos, chorizo y demás productos de la tierra (Soria). ¿Quién dijo dieta?

11. Beben como cosacos. Resulta que la chica de Indiana Jones no es la única que puede tumbar a vodkas a un explorador. Mis 20 compañeras se bajan un número equivalente de botellas de vino. Con Casera, eso sí.

12. Hablan de política. Tras semejante festín, me las prometo muy felices. Pero, en vez de hablar de sexo, se ponen a discutir, entre madrileñas y catalanas, de política lingüística. Uf, creo que no es mi día.

13. Son tías muy duras. Aprovecho para charlar con Carme, la médico de la organización que también lo es de la selección de waterpolo. Me cuenta que, aunque hay de todo, las chicas se quejan menos que los chicos. Una vez el rally se hizo con hombres y los tenía a todos llamándola a cada rato.

14. No van preparadas… ¿O sí? Pregunto a Carme por lo que lleva en el botiquín: aspirinas, antinflamatorios, Tampax, aguja e hilo por si hay que coser. ¿Anticonceptivos? “No, que cada una se las apañe”.

15. Yo tampoco. Pero creo que va a dar igual. Estoy en el campo, bajo las estrellas y a la vera del río Torralba. Es de noche y a mi alrededor hay 20 chicas excitadas por el vino y la normalización lingüística. Otra vez estoy en el momento y el lugar en que el lector desearía estar. Pues que venga el lector. Yo sólo quiero dormir. Estoy hecho puré.

16. No duermen. Entro en mi tienda, cierro los ojos y otro descubrimiento: las mujeres prefieren hablar a dormir. Incluso prefieren hablar a que durmamos los demás. Pienso en alistarme en la Legión. No puede ser más chungo que esto.

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17. Y, sin embargo, se orientan. Por la mañana decido integrarme y me meto en uno de los coches con Sonia, la diseñadora gráfica que cayó en brazos del monitor, y Raquel, la piloto. Resulta ser la pareja perfecta. Mientras Raquel conduce siguiendo el procedimiento, Sonia copilota perdida en sus pensamientos. Cuando le toca a Sonia el volante, Raquel vuelve a seguir el protocolo y se maquilla y se da cremas sin atender a la hoja de ruta. “Hemos montado un spa en un segundo”, dice. Lo curioso es que no nos perdemos. Y no es fácil. Los caminos, muy chulos, son de arena y barro. Algunos están ocultos por la yerba. Los desvíos sólo se encuentran siguiendo al detalle la hoja de ruta. Otro mito que cae: las tías se orientan. A su manera, pero se orientan.

18. Tocan demasiado el pito. Puede que para algunos nunca sea demasiado, pero yo no soy taxista. Dejamos un momento el territorio 4×4 con motivo de un acto oficial. Nuestra entrada en Soria es de las triunfales, escoltados por la policía municipal de camino al Ayuntamiento, repartiendo folletos con información sobre el cáncer de mama (el Raid sirve de plataforma de comunicación a la Asociación Española Contra el Cáncer) y tocando el claxón sin piedad. Todo muy femenino. A la salida, Raquel y Sonia tiene algo que contarme: “Hemos ligado con el de prensa”. Qué bien, ya soy una más.

19. Pierdes tu autoestima. Seguimos por la Ruta del Cid aunque no me imagino a un campesino mirando las piernas al campeador. Paramos para pasear el papel higiénico y un lugareño nos recuerda que por esos caminos no se puede ir rápido sin quitar ojo del culo de las chicas. Me siento mal. A mí nadie me mira.

20. Salvo que seas el maillot amarillo. Otra vez en el camino, las chicas deciden sincerarse. Por fin hablan de sexo. De gustos. A una le van los hombres de uniforme: de militares a guardias jurados. Es curioso pero lo había oído antes. Lo bueno viene ahora. A otra le tiran los ciclistas. “Tienen el mejor cuerpo”. Mi imaginación se llena de esforzados de la ruta subiendo el Alpe d’Huez, con sus gemelos afilados como navajas, sus bracitos de muñeca y su bronceado intermitente. Vaya, qué pena. Justo cuando estaba empezando a no entender absolutamente nada de las mujeres, tengo que marcharme. Yuhu.

21. Te sale caro. Sé que había prometido 20 razones, pero 20 días después de llegar a casa, se me ocurre una más. En realidad, se le ocurre a la Dirección General de Tráfico. Me llegan dos multas por exceso de velocidad. Ya sabes, si alguna vez te ofrecen ir en un rally con 20 mujeres, simplemente di no.

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Otro capítulo de la serie Zona Prohibida para la revista GQ. Esta vez, un poco distinto. En la redacción habían comprado unos fotos de Las Vegas a Tony Kelly y me pidieron que escribiese un texto para ellas. Por suerte, he estado un par de veces en tal sitio y me han pasado cosas diversas. Así que no tuve que inventarme una historia, sino contar mis historias. O sea, que todo lo escrito es real. Todo, menos un par de detalles que adapté para seguir lo que contaban las fotos. Por cierto, algunas se pueden ver aquí. Yo pongo de las mías, que están borrosas y por eso demuestran que estuve allí de la única forma posible. Borroso como una cuba.

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“Tenemos que ir a Las Vegas a una convención de trabajo”. Nunca pensé que Las Vegas y trabajo fueran palabras que se pudiesen usar en la misma frase. Pero fue lo que dijo mi jefe. Ahora que he ido a Las Vegas a una convención de trabajo, sigo sin pensarlo. Las Vegas es un trasatlántico varado en el desierto. Un lugar irreal lleno de atracciones para niños y tentaciones para adultos donde los gringos caminan con la camisa de flores tapando la barriga, una cerveza en la mano y la boca abierta. Las Vegas es Finisterre. No hay nada más allá, es el límite del sistema, el ejemplo de lo que puede llegar a hacer el hombre con un cheque en blanco de dinero y de mal gusto. En Las Vegas puedes ir completamente sereno y tener la sensación de estar haciendo el viaje psicotrópico de tu vida. Pero si vas completamente colocado, mejor.

Así que procuré hacer lo que el maestro Hunter S. Thompson en su libro Miedo y asco en Las Vegas: agenciarme un abogado samoano y llenar el maletero del coche de drogas extremadamente peligrosas. Encontré a mi abogado y mi maletero en Fremont Street. El primer día. Habíamos estado trabajando duro, sesteando en un par de conferencias y emborrachándonos de Coronita en una excursión al desierto. El resto de la convención estaba practicando la siesta, mi jefe y yo fuimos a Downtown Las Vegas, la zona más auténtica, la que conserva el sabor de los tiempos de la fiebre del oro. Después de merendar un T-Bone Steak regado con Moët, nos dimos un paseo entre los viejos neones de esos casinos para pobres donde la apuesta mínima es cinco centavos. Estábamos tomando una cerveza contemplando alucinados a la gente puesta en pie en mitad de la calle, con la mano en el pecho mientras sonaba el himno americano y montón de imágenes patrióticas sobrevolaban el techo en eso que llaman Fremont Street Experience, cuando oí su voz.

“Como mola mi ciudad, que se puede beber en todas partes”. Me di la vuelta y vi a un tipo sacado de un vídeo de Ice T. No era samoano ni tenía pinta de saber de Derecho Romano, pero le contesté. “Bueno, en la mía es habitual ver a la gente fumando porros”. Aquello pareció interesarle y no tardamos ni un minuto en entrar al baño del Golden Nugget. Allí, con mi nuevo colega de Las Vegas y dos o tres que parecían amigos de la infancia de Ice Cube, llené el maletero. Pese a ser el único Vanilla Ice de la reunión, me metí en el bolsillo una pepita de oro blanco como la palma de mi mano a cambio de 50 dólares y no sólo no fui violado ni asesinado, sino que mis nuevos amigos me aconsejaron sacudirme el polvo antes a abrir la puerta.

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Salí a la calle justo cuando mi jefe iba a llamar al 911 y decidimos ir a celebrarlo. Encontramos un bar la mar de enrollado. Era una vieja peluquería reconvertida en abrevadero. Había un hombre en el escenario tocando por Johny Cash y un montón de gente con aspecto de ser lo más underground de la ciudad. Y luego estaba Sam. Sam tenía una gorra de béisbol calada hasta las cejas, gafas de sol y barba de tres lustros. Y también tenía una cogorza de campeonato. Desparramado sobre la barra, me dijo que era técnico de sonido, que llevaba dos días sin dormir, trabajando, you know. Sí, sí. Ya, ya. I know. Le contesté que nosotros también estábamos trabajando y, cuatro reuniones con Jack Daniels después, nos dijo que nos íbamos de boda.

No sé porqué le dicen a Las Vegas ciudad del pecado y no ciudad del amor. En Las Vegas hay capillas por todos lados. Puedes ver en el hotel Venetian a unos casándose en una góndola mientras recorren a empujones uno de sus canales de pega y también puedes ver cómo los hay que juran amarse y respetarse para siempre sin salir del coche en una capilla drive through, como si estuviesen pidiendo Whopper con queso y Coca Cola grande. Y luego puedes ver lo que Sam quiso que viéramos. Jean y Heather eran dos modelos de portada que habían decidido formar una familia al menos por esa noche. No estoy muy seguro de que esté permitido el matrimonio homosexual en el Estado de Nevada, pero sí estoy convencido de que a todos los presentes nos daba igual. Allí habría habido más positivos en el control antidoping que en la sala de espera de la consulta de Eufemiano Fuentes, desde el cura hasta un Austin Powers de fin de semana. A falta de poder besar a las novias, lo estábamos pasando en grande bailando lo que cantaba el impersonator de Elvis Presley. Hasta que se me ocurrió compartir con Sam una ocurrencia. Si Las Vegas es la Disneylandia del juego, Elvis es su Mickey Mouse. Fue entonces cuando supimos dos cosas: Sam era leal al Rey y Sam iba armado. Decidimos que era momento de irse.

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El día siguiente fue tranquilo. El resto de los asistentes a la convención había trabajado la noche anterior tan duro como nosotros. Uno amaneció dormido vestido en el jacuzzi, otro perdió su sueldo de los próximos tres años en una mesa de póquer y la mayoría aún seguía soñando con las mujeres que habían visto pero no tocado en uno de los infinitos strip clubs del lugar. Luego estaban los que habían ligado. Ilusos que creyeron que los piropos que les lanzó una mujer de bandera desde la barra del bar del hotel eran gratuitos y terminaron desenfundando la cartera cuando la cosa se puso caliente en la habitación. Pasamos el día comentando las jugadas. Así son las convenciones aquí. De mucho currar. Todo fue normal hasta que conocí a Daisy en la piscina del hotel.

Daisy había venido a Las Vegas a celebrar su divorcio. Daisy era como la amiga de Cameron Díaz en Algo pasa con Mary, la del pelo cardado en la tostadora y un perro que era una zarigüeya. Cuando me contó a gritos lo de su despedida de casada, pensé en que su marido también debía estar celebrándolo a lo grande en alguna otra parte de la ciudad. El programa de actos de Daisy se reducía a tres: uno, el acto de descorchar botellas de champán. Dos, el acto de disparar. Tres, el acto sexual. Yo la acompañé sólo en el primero y el segundo. Será que soy más de planteamiento y nudo que de desenlace. Después de compartir a morro una botella, la dejé en buenas manos. El maromo de la sala de tiro presumía de saber desmontar y montar un subfusil de asalto en ocho segundos y con los ojos vendados. Seguro que sabría hacer lo mismo con Daisy. Deseé por su bien que siguiese con la venda de los ojos durante el tercer acto que se le venía encima y me despedí para encontrarme con mi jefe.

Teníamos entradas para el boxeo. En el Thomas and Mack Center había una velada con cinco títulos en juego y un combate estelar. La pelea por el cinturón de los welter entre Zab Judah, el aspirante, y Floyd Mayweather, el campeón. En los asientos a pie de ring estaban Jay Z, Beyoncé, Magic Jonson y otros ricos y famosos. Nosotros no estábamos tan cerca de las cuerdas pero sí bien acompañados. “Este tío tiene un Oscar”, me dijo mi jefe después de que pasase un tío bajito en el que yo ni me había fijado. Así nos hicimos amigos de Cuba Gooding Jr. Con él vimos cómo la cosa se fue calentando. Después de un par de golpes bajos del aspirante, en el último asalto, otro directo a la entrepierna y el entrenador del campeón que salió a partirle la boca a alguien. Encontró la del preparador de Judah y se armó una buena hasta que la policía tomó el ring. Ganó Mayweather y nosotros quedamos con Cuba en una fiesta a la que también estaban invitadas Paris Hilton y Lindsay Lohan. Seguro que ellas también habían venido a Las Vegas a trabajar. Puede que quisieran juntarse para una reunión. Puede que lo hiciéramos. Puede que lo cuente algún día.

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Ayer cerró Ragazza. Por exceso de años, testosterona y aficiones macarras, no es la revista que me reserva cada mes mi quiosquero. Y, sin embargo, no es cualquier revista. Por esa redacción han pasado (y empezado) un buen puñado de estupendos currantes del papel: Óscar Becerra, Javier Angulo, Diego Areso son los tres primeros de mi lista de ejemplos. Sandra Sanz, su última directora, también vale. Por eso es un cierre bastante simbólico. Además de la gente que se queda en la calle, son 20 años de cabecera enterrados por una decisión venida de Francia y admitida sin mucho chistar en España. Hachette Filipacchi presume en su página web de ser “el grupo líder en difusión anual de ejemplares en España”. Presume también de pertenecer a Internacional Lagardere Active, “número uno en edición de revistas en el mundo”. Ese grupo líder ha decidido cerrar la revista Ragazza por “la caída de la publicidad a causa de la crisis finanaciera”, según se dice en El Mundo.

No sé. Los medios impresos están sufriendo un par de enormes crisis a la vez: la del papel y la de todo quisque. La inversión publicitaria está desplomándose. La cosa está muy mal. Y encima Ragazza se dirige a un público, chicas jovencitas, que ven las revistas como algo del pasado. Aún así, me parece duro acabar con una marca cincelada durante tantos años y que es la referencia en ese segmento. Sospecho que había formas de salvarla, aunque era más cómodo y fácil cerrarla y echar la culpa a la crisis. Pero es que eso tan fácil y tan cómodo es muy peligroso. Los grupos editoriales viven de hacer revistas (y periódicos), de venderlas y de vender publicidad en ellas. Si se dedican a cerrar todas las que no son rentables ahora que nada es rentable, corren el peligro de quedarse sin actividad. De perder la razón de su existencia. De desvanecerse. Se supone que lo que saben hacer los grupos editoriales son revistas (y periódicos). Se supone.

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La verdad es que yo no lo tengo tan claro, al menos en lo que respecta a los grupos editoriales en España. De un tiempo a esta parte, desde que llegó esto de Internet, los medios impresos han ido perdiendo (aún más) contenido y calidad. Los editores se han asustado ante la competencia de la Red y han reaccionado de la peor forma posible: aligerando los contenidos y renunciando a lo que diferencia el papel de la pantalla. Las revistas y los periódicos pretenden competir dando temas cada vez más superficiales, aceptando las noticias que ofrecen los gabinetes de comunicación en vez de removiendo la realidad. Al miso tiempo, los departamentos comerciales han ido haciéndose con el mando editorial y las cosas se han hecho más pensando en los anunciantes que en los lectores. Y los anunciantes tienden a preferir lo conservador y lo aburrido. La situación en la Prensa daba ya, por eso, bastantes ganas de bostezar. Y entonces llegó la crisis.

Y con la crisis se han tomado un montón de decisiones precipitadas que no van a ayudar a que la gente acuda de repente a los quioscos. Unos acaban con los viajes de la redacción -viajes de prensa en los que el periodismo se acerca a la publicidad pero viajes en cualquier caso- por ahorrarse los taxis al aeropuerto. Otros acortan la jornada para ahorrarse los tickets-restaurant. La mayoría reduce paginación y todos reducen presupuesto. Se deja de pagar o se paga menos a los colaboradores externos, ésos que muchas veces aportan temas e ideas que desde una redacción no se ven. Y, así, se logra la paradoja de que las revistas y los periódicos utilicen como fuente de información casi única y exclusiva aquélla que es su presunta amenaza. Las revistas y los periódicos ofrecen, cobrando, información que cualquiera puede encontrar, gratis, en Internet. Cada vez menos reportajes, gráficos y escritos, vividos y transmitidos por el periodista. Cada vez menos lectura, reflexión y análisis. Cada vez menos periodismo. Más temitas breves y ligeros. Más productos, ya sean restaurantes, patinetes eléctricos o vacaciones de touroperador. Más de lo mismo. Las revistas, así, se alejan de la información y el entretenimiento y se parecen cada mes más a catálogos promocionales multimarca y multisector. Por no hablar de los regalitos con cada número…

Pero es que en España no se lee. Eso es lo que se ha dicho siempre a modo de excusa convertida en axioma. En España no se lee pero hay gente suscrita al New Yorker, al GQ inglés, al Vanity Fair gringo. En España no se lee pero hay cabeceras que han triunfado (Quo, FHM…) dando lectura, cada una a su modo, arriesgando. En España no se lee pero, qué leer en España.

La foto de la pelu es de Paul Almasy, de Corbis. La otra imagen es la penúltima portada de Ragazza. Una menos.

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