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Archive for the ‘Interviú’ Category

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Hoy hace un año y un día que nació este blog. Y la verdad es que está encantado de haberse conocido. Yo también estoy encantado de haber conocido al blog, aunque a veces mantenerlo sea un poco condena. Lo normal en estos casos, por lo que he visto por ahí, es dar un montón de datos de visitas y demás y hacer una recopilación de búsquedas bizarras a través de las que ha llegado la gente al lugar. Mis datos no están mal y las búsquedas que acaban aquí son de lo más psicodélicas. Normal, puesto que a veces me dedico a hablar de BDSM, intercambio de parejas, alargamiento de pene y cositas de ésas que no interesan a casi nadie en Internet, qué va. Pero como soy un tío discreto, paso de publicar tales cosas. En cambio, prefiero felicitar al blog y agradecer sus visitas a los lectores. Por cierto, si alguien quiere regalar algo al querubín, que me lo mande a mí y yo se lo hago llegar.

Suenan los Ramones cantando el Happy Birthday.

El pastel de cumpleaños, tan bonito, es de aquí.

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Último texto sobre profesiones, mmm, distintas para Interviú. Éste fue publicado el lunes 1 de septiembre. Si alguien tiene un asuntillo con la ley, aquí puede contactar con Helena, la prota de estas líneas. De mi parte.

Sorprende escuchar a una mujer lamentarse de que muchas denuncias de malos tratos son falsas y de que, por eso, muchos hombres acaban condenados injustamente. Es aún más extraño oírselo a una mujer que que es abogada. Es más raro pero muy creíble. Helena Echeverri Aznar lo es desde hace 15 años. No hay tradición en su familia pero ella decidió matricularse en Derecho y no estudiar Antropología porque le pareció que era una buena manera de juntar sus dos vocaciones: tratar de defender la Justicia y conocer de cerca el comportamiento de la gente. Helena, que también hizo cuatro años de Criminología, ha visto mucho. Y mucho malo.

“Una mujer me planteó que qué me parecía poner una denuncia por abusos sexuales a su hijo por parte de su ex marido. Era mentira pero ella quería hacerlo para quedarse con la custodia. El problema en asuntos de malos tratos es que el uso del derecho se ha convertido en un abuso. Hay infinidad de denuncias falsas y lo peor es que los medios no hablan de ello”. Ojo, que nadie vaya al Ministerio de Igualdad a señalarla con el dedo. Helena defiende también a muchas mujeres maltratadas. Lo único que trata de explicar es que no todo es lo que parece. “A veces los jueces son ingenuos y piensan que lo que cuenta la policía es verdad y que lo que dice la persona que va esposada es mentira y no hay que darle credibilidad”.

Pone un ejemplo. Un caso de una mujer rusa acusada de tráfico de cocaína. Ella rogó al juez que la tomara delcaración de nuevo, aseguraba ser inocente y avisaba de que su abogado, su suegro, no era de fiar. Nadie la prestó atención hasta que unos policías de la Audiencia Nacional le dijeron al juez que tenían unas escuchas que demostraban que todo era un complot entre el abogado y unos policías para que él se pudiese quedar con la custodia de sus nietos”.

Sus clientes hablan a Helena de policías que golpean a detenidos sin motivo y que roban drogas. De abogados que aceptan pagos en especias (cocaína) o que colaboran con delincuentes convirtiéndose en cómplices y contraviniendo su código deontológico. Luego están los medios. “Es lamentable que se hagan series de casos famosos antes de que tenga lugar el juicio. Es una forma de predisponer a la sociedad contra una persona y de quitarle la posibilidad de tener un juicio justo”. A Helena disfruta de su trabajo, pero no acepta todo lo que hay alrededor. Y no se calla. “A mí el jurado me parece lamentable. La Justicia se tiene que impartir por profesionales. Igual que yo no corto chuletas de vaca, entiendo que los ciudadanos no pueden decidir si una persona es culpable o inocente en función de la bonita retórica de un abogado”.

Helena es apasionada al hablar y parece llena de energía. También es muy lista. Nada más licenciarse, entró a trabajar en un hospital en el departamento de Recursos Humanos. Allí se enteró de que habían ingresado a un abogado muy conocido. Quizás, algún cliente insatisfecho le había pagado con cinco puñaladas. Helena, en cualquier caso, le mandó una tarjeta deseándole una pronta recuperación. El hombre se lo agradeció ofreciéndole trabajo. En año y medio con ese abogado de cuyo nombre prefiere no acordarse vivió muy de cerca casos tan famosos como el del mendigo asesino o el de la Dulce Neus.

Cuando se sintió preparada, abrió despacho propio donde defiende temas de familia y a cultivadores de marihuana. Helena es abogada de la AMEC (Asociación Madrileña de Estudios sobre el Cannabis), por compromiso, por convicción: “Me quedaría sin trabajo, pero se deberían legalizar las drogas. Por lo menos el hachís y la marihuana. Lo otro no lo tengo tan claro, pero sé que la legalización evitaría mucha delincuencia; aunque también quebrarían más inmobiliarias de las que están quebrando y mucha gente que blanquea en restaurantes y tiendas se quedaría sin actividad”.

Pero Helena no se limita a eso. Además de ser profesora de Derecho Penal, es abogada del turno de oficio. En el turno es donde de verdad puede observar esos comportamientos humanos que tanto le interesan. En el turno ha defendido a acusados de pertenecer a Al Qaeda o a un camionero rumano que atropelló a ocho guardias civiles y mató a seis. Y, también, al asesino de la baraja. Vuelve a hablar claro: “Tengo grandes dudas de que Alfredo Galán fuera el asesino de todos los crímenes que le imputaron. Estoy convencida de que en al menos dos no era él”.

Escuchando a Helena, puede dar la sensación de que se acaba generando una empatía entre el acusado y su abogado y de que por eso no sólo los defiende en un juzgado sino ante una grabadora y una Coca Cola. Ella lo admite, pero con alegaciones: “Muchas veces sí me implico personalmente. Incluso sabiendo que son culpables. Pero con muchos otros, no. Sabes que son unos cabrones y que tú tienes que hacer tu trabajo pero que no le vas a invitar ni a un cigarro”. También admite divertida ciertos momentos peliculeros, de ésos en los que el recluso y su abogada pueden acabar en un doble final feliz de libertad y matrimonio, valga el oxímoron. “Si estás solo en la cárcel y la única persona que va a verte es una chica, pues puede pasar que algún cliente se enamore de ti. Yo alguna vez me he fijado en alguno, pero más que con sentimientos amorosos, con ganas de salvarlo, de llevarlo por el buen camino”.

En la vida, de todos modos, no abundan los finales felices. Sí hay, en cambio, situaciones que superan el esperpento. Sobre todo cuando está de por medio la burocracia. “Recuerdo a un hombre al que acababan de notificar un auto de alejamiento los juzgados y le dio un ataque al corazón. Cuando llegó la ambulancia para llevárselo, el secretario del juzgado se plantó diciendo que no se podía ir hasta que no hubiera firmado la notificación del auto… ¡Y el tío se estaba muriendo!”.

Helena se acaba la Coca Cola y se dispone a marcharse a los juzgados de Plaza de Castilla. Tiene que defender a un rumano acusado de apuñalar a otro. Parece que él sólo intentaba ayudar y que los que lo acusaron son cómplices del agresor. Pero no hay testigos y el caso parece complicado. “El último caso siempre es el más difícil”. Helena, por lo menos, ya va aprendiendo a separarse un poco de todo eso malo que ve y que vive. “Ahora intento que me afecte lo menos posible, pero no sé si es bueno. Cuando te dedicas al derecho penal social, hay que poner algo de corazón en lo que haces”. Como decían aquéllos, es rock and roll, pero le gusta. No se ve haciendo otra cosa. “De alguna manera, pienso que ayudo a la sociedad sacando libre a un inocente o logrando la condena para un maltratador”.

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Texto publicado el 18 de agosto en la revista Interviú. Otro sobre una de esas profesiones distintas. Gracias, Joe.

La imagen habitual de un guardaespaldas es la de un tipo grande y chulo. Seco. Violento. Ésa es la imagen que se rompe en mil pedazos cuando uno conoce a Joe Buckle. Joe es un inglés de Cornwell, bajito, simpático y muy educado. Joe vive en Ibiza y trabaja en esto desde hace cinco años. Se ocupa de la seguridad de gente como Naomi Campbell, Paris Hilton y Wayne Rooney. Trabaja cuando ellos se divierten y su tarea es que lo hagan con toda tranquilidad. “A veces, parece que vivo la vida de un millonario. Sentado en la popa de un yate, con una puesta de Sol fabulosa, estoy en la gloria. Pero en realidad es duro, te das cuenta cuando del barco vas a un club y sales a las siete para coger un avión e ir a otro lado”.

Después de estar en nómina de una firma británica que tiene personal en zonas de conflicto como Irak, Israel y Afganistán, Joe montó su propia empresa, Ibizapr.com. Junto con un equipo formado por un par de compatriotas, un francés, otro de Isla Mauricio y un español, cubre el área del Mediterráneo, de Ibiza a Saint Tropez, de Marbella a Cerdeña. El verano es la época más solicitada. Las vacaciones de las estrellas del rock y del deporte, de los ejecutivos con mucha pasta y de los ricos de nacimiento, son las fechas para llenar la cuenta de Joe y sus chicos. Contratar un guardaespaldas por una jornada de ocho horas cuesta 280. Si la cosa se amplía a doce, son 420.

Joe gana menos que cuando se dedicaba al negocio de la noche. Tenía bares y clubes, pero siempre le gustó esto. A los 16 conoció a un tipo que vivía de cuidar la chepa de músicos. Era demasiado joven entonces y siguió a lo suyo: jugar al rugby, sacarse unas libras como socorrista, estudiar. Por casualidad, le llegó la oportunidad de ocuparse de alguien de visita en Ibiza. Era el actor Stephen Dorff. “Lo pasé bien y el cliente se quedó contento. Me dijo que debería dedicarme a ello. De alguna manera, la profesión me encontró a mí”.

Tuvo que prepararse duro. Entrenamiento con armas de fuego, conducción evasiva, evaluación de riesgos, habilidades médicas; mejorar su francés y su español; aprender las cualidades básicas de un buen guardaespaldas. “Hay tener paciencia, iniciativa, capacidad de comprensión y análisis para ver lo que pasa a tu alrededor, capacidad de anticipación, dedicación y empatía con los clientes”. Con su discurso y su estudiada forma de plantearlo, Joe parece más un manager que un gorila. “De hecho, nos gusta llamarnos asistentes personales porque eso hacemos la mayor parte del tiempo hasta que nos toca ejercer de guardaespaldas. Somos traductores, conductores, confidentes…”. Son todo eso, sí, pero también son algo más.

Aunque no le guste hablar de ello, Joe conserva cicatrices como souvenir de algunas puñaladas. Su tarea consiste en evitar que pase nada y, si pasa, en buscar la forma de escapar. Pero a veces no hay salida. “Si, por lo que sea, la pelea está demasiado cerca o alguien trata de pegar al cliente, lo suyo es dar un puñetazo rápido y efectivo y salir corriendo”. Joe siempre ha sido un tío deportista. Insiste en que el rugby le ha enseñado a tirar al adversario sin hacer daño pero acaba admitiendo que tiene otra formación. El Krav Maga es una disciplina de combate y defensa personal israelí creada el siglo pasado y preparada, pues, para amenazas contemporáneas. Su doctrina trata, efectivamente, de evitar el conflicto. Pero también muestra cómo enfrentarse a él si no queda otra. “Te enseña a actuar rápido, de forma agresiva y con determinación para así eliminar cualquier amenaza”. Luego, hay que tener en cuenta la lógica legal. “Intentamos golpear con la mano abierta para no hacer daño y evitar juicios y problemas con la policía”.

Joe lo sigue contando todo con mucha tranquilidad. Recuerda cómo una vez estaban apuntando con una pistola a su cliente y pudo resolver el entuerto usando la palabra. Lo dice sin darse muchos aires y añadiendo una frase que posiblemente sea lo más parecido a una broma que es capaz de soltar frente a la grabadora: “Los británicos somos famosos por nuestra diplomacia”. En seguida, vuelve a su seriedad: “Lo más peligroso de nuestra profesión son las persecuciones de los paparazzi. Pasamos la mayor parte del tiempo dentro de un coche con una celebridad y nos acordamos de lo que le pasó a la princesa Diana, por eso nos lo tomamos muy en serio”.

Al parar el coche y abrir la puerta a su pagador, Joe tiene que fijarse en detalles como tapar con su cuerpo el hueco que surge entre ésta y la carrocería. Por ahí puede pasar la bala de un francotirador o, más bien, el flash de un paparazzi. Un cliente retratado sin ropa interior es un cliente descontento. Joe tiene que ocuparse de eso y de toda la gente con cámaras en el móvil. Su trabajo es proteger la intimidad de las celebridades. Incluso ante sus fans. Pero su tarea, también, es soportar lo que el llama el privilegio del rico. “La capacidad de hacer lo que le de la gana en cualquier momento, de cambiar planes, de ser caprichoso. Nosotros debemos tener una actitud positiva ante eso, aceptarlo. Cualquier cosa que nos digan debemos estar preparados para responder: ‘Ok, no hay problema, en seguida'”.

Cualquier cosa menos darle una paliza a alguien, como se estila últimamente entre algún famoseo ibérico. “Nos pagan por defender a la gente, no por atacarla”. Joe sabe que su profesión tiene fama de acoger a montones de matones y no tiene problemas en señalar el hormiguero: “Del entorno de los gimnasios, de la gente que levanta pesas y toma esteroides, llega mucho violento. Son tíos que pierden la calma la calma con facilidad pero ningún cliente quiere un guardaespaldas que vaya armando follón, eso no es una buena campaña de relaciones públicas”.

La discreción, pues, es otra de las virtudes de un buen profesional. Como un cura guardando el secreto de confesión, Joe nunca pronuncia los nombres de sus vigilados. Pero habla de jornadas que se alargan porque una estrella del rock ha decidido invertir en cocaína o de peleas entre dos clientes locos, borrachos y australianos. Quizás por eso confiesa que prefiere ser contratado por mujeres, “con los tíos hay demasiada testosterona en el aire”. Quizás por eso o, quizás, por el argumento de aquella película de Kevin Costner y Whitney Houston. “Situaciones así son muy habituales. Convives muy cerca de la persona, te comportas como un caballero: eres atento, le abres las puertas, la proteges… Te puede ver como el hermano perfecto o como el novio perfecto. Luego está la profesionalidad de cada uno. En mi caso, he permanecido siempre 100% profesional… Pero tengo que confesar que ahora me arrepiento de algunas situaciones que he dejado pasar”.

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El siguiente texto fue publicado el 11 de agosto en Interviú como parte de esa serie de reportajes sobre profesiones con miga que he hecho para su revista de verano. Agradezco a Alberto y Paco su colaboración y a B. sus contactos.

Paco es un profesional que tiene su despacho en la calle. Paco es un tío nervioso que habla con frases cortas y certeras como fotografías mientras mira a todos lados en busca de una exclusiva. Paco es Paco Ginés y es paparazzo. Cada día acude a trabajar a una esquina del Barrio de Salamanca de Madrid a la espera de que algún famoso salga de compras. Entonces, apunta, dispara y se cobra otra pieza. Paco se siente como un cazador. “Lo que me gusta es la adrenalina, si ahora me llaman y me dicen que vaya a tal sitio, ni me lo pienso. Me saco el billete y no duermo por la noche, le doy vueltas a todo: si lo conseguiré, cómo lo haré, si luego lo podré vender bien…”.

Lleva 15 años así. Desde que conoció en el hotel en el que trabajaba a un fotógrafo y decidió que quería dedicarse a esto. Hizo un curso, pasó seis meses sin cobrar por El Independiente y entró en Europa Press. Ahora se lo hace por su cuenta, aunque de la venta de las fotos se ocupa una agencia, Teleobjetivo. No es un trabajo fácil. “Es muy duro estar diez o doce horas de guardia en un coche para hacer un reportaje y no venderlo. Es ingrato y quema mucho”. Por eso lo dejó durante una época. Muy breve. “No aguanto encerrado en una redacción, tengo que estar en la calle, qué le voy a hacer, a mí me gusta esto, no sé hacer otra cosa”.

Ahora Paco tiene 40 años y dos chicos contratados para ayudarle. Ellos tienen la suerte de cobrar un fijo en una profesión en la que no hay nada seguro. A veces leemos en las noticias pagos por exclusivas con cifras cargadas de ceros pero la cosa no es tan jugosa. “El reportaje por el que más se ha pagado en España creo que fueron las famosas fotos de Lady Di: unos 200 millones de pesetas. Para el fotógrafo fueron sólo 25 millones, que está bien, pero es un porcentaje pequeño. Y eso te pasa una vez en la vida. Si te pasa…”, aclara Paco.

Los fotógrafos trabajan con agencias que se ocupan de vender sus reportajes. La primera puerta que tocan es la del ¡Hola!, el mejor pagador. De ahí, para abajo. Algunas de esas agencias se llevan hasta un 50% del precio. Paparazzi como Paco logran retener hasta un 70. Pero de la tarifa hay que descontar los gastos: material, viajes y demás. Por un reportaje normal se puede cobrar entre 1.200 y 3.000 euros. Más, de 6.000 a 50.000, si es un tema de portada. Pero es difícil que un profesional responda de forma concreta a una pregunta sobre sus reportajes más rentables. No lo hace Paco. Ni tampoco Alberto, otro de los mejores en lo suyo.

Alberto prefiere no figurar. No da su apellido ni quiere salir en las fotos. Lleva más o menos los mismos años que Paco en la profesión y ahora ha montado su propia agencia, Xanas Comunicación, para gestionar su trabajo y el de otros compañeros. Sobre el dinero, quiere dejar una cosa clara: “No hay ningún paparazzo en España que se haya hecho rico”. Él cuenta cómo, por ejemplo, sacó 6.000 euros por unas fotos de Penélope Cruz y Tom Cruise esquiando en Colorado. ¿Mucho dinero? Sí, el que le costó el viaje. Hay que tener en cuenta, además, que los paparazzis siempre trabajan en parejas o incluso en grupo. Para facilitar las cosas (cubrir varias salidas, turnarse en las guardias…) y “porque es muy duro estar solo”, como dice Paco. Así que el precio se divide.

Hay otro gasto esencial. En realidad, una inversión. Los contactos. La gente que avisa de que una está cenando con otro en cierto restaurante. “Un paparazzo tiene que tener buenos contactos”, repite Paco sin parar sobre la esencia de su profesión. Alberto lo confirma. El informador puede ser cualquiera. El dueño de un restaurante, un escolta, un familiar. Hasta el propio famoso. Unos lo hacen para hacer publicidad de su local; otros, por hacerse publicidad a sí mismo; hasta los hay que lo hacen por pura amistad. En cualquier caso, tanto Paco como Alberto reconocen que guardan parte de su presupuesto para pagar a sus contactos. Y que esos contactos hay que trabajárselos mucho y son personales e intransferibles.

La competencia en el sector es feroz. Por eso, igual que hay que saber sacar secretos a los demás, hay que ser capaz de guardarlos bajo llave. “En esta profesión hay pocos amigos, la información vale mucho”. Eso dice Paco. Alberto, por su parte, no lo pone tan negro. “De los compañeros te puedes fiar. De las agencias y las revistas, me quiero fiar. De los famosos, no tanto”. Como sea, ambos hablan muy bien el uno del otro aunque sean distintos.

Alberto nos recibe en su casa. Una casa normal en un barrio normal. Sin lujos. Alberto es más tranquilo que Paco pero su tranquilidad se ve molestada a cada rato por llamadas, trabajo, y por la tele, más trabajo. Alberto tiene un par de pantallas encendidas constantemente. Los fotógrafos se han pasado al vídeo por imperativo del mercado y ahora combinan las dos cosas. Las cadenas han multiplicado por mucho la exhibición de contenidos de corazón pero eso no es necesariamente mejor para los profesionales. “La tele ha hecho daño a los fotógrafos porque las noticias salen antes allí que en prensa y se queman”. Es decir, que si un tertuliano dice que Lara Dibildos ha ido a cenar con Darek antes de que salga la foto o las imágenes, la exclusiva ya no es tanta y el precio baja. Por cierto, éste puede ser el tema de moda. No cuenta el nombre del fotógrafo. Cada información se cotiza según el personaje, el hecho y el momento, “como en una lonja de pescado”, según Alberto. Además de Lara y Darek, ahora está en alza cualquier cosa de El Duque o el romance de Penélope Cruz y Javier Bardem. La pareja es, al mismo tiempo, la más buscada y la que más se esconde y se enfada con los fotógrafos.

Algo parecido pasa con la Familia Real. Cualquier imagen de cualquiera de sus miembros tiene mucho valor pero nunca es fácil conseguirla. Paco vivió el momento más difícil de su carrera el día que consiguió las primeras fotos no oficiales de Felipe y Leticia de compras en un centro comercial. Según cuenta, le pillaron los escoltas y “me llevaron a un sitio apartado, me desnudaron e intentaron quitarme la tarjeta, pero la había escondido. Además, al día siguiente llamaron a sus agencias afines e hicieron unas fotos como las mías para quitarles valor”. Alberto coincide con su compañero: la información Real es la más difícil, la seguridad es extrema. Demasiado extrema.

Quizás por encuentros como aquél, ni Paco ni Alberto sienten excesiva compasión por las piezas que enfocan con su objetivos. “Ser famoso tiene sus inconvenientes, pero la gente que está metida hace todos los esfuerzos por seguir siéndolo, porque vive muy bien”, dice Alberto. A los paparazzi no les interesan esas vidas que retratan, pero las conocen casi mejor que los que las viven. Es su trabajo y les gusta. “Yo duermo muy tranquilo -dice Paco-. A mí me da igual lo que piensen Penélope o Bardem, pero si les veo aquí y ahora, les machaco como un conejo”.

(Las fotos las he birlado de lugares varios de la Red; siento no poder citar las fuentes).

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