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Aprovecho que Iván Pozo acaba de ganar el título europeo (con polémica decisión de los jueces) de los pesos mosca para colocar otro de mis reportajes para la Zona Prohibida de la revista GQ. Éste apareció en el número 135. Iván Pozo peleaba por el título mundial contra el argentino Omar Narváez y yo viví el combate en su vestuario, en su esquina. Ya escribí algo sobre el tema aquí, pero éste es el texto original. Gracias a Sousa y a Paco Amoedo por permitírmelo.
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Queda una hora para que empiece el combate por el Campeonato del Mundo del peso mosca de la Organización Mundial de Boxeo (OMB) y en los vestuarios del pabellón As Travesas de Vigo tiene lugar un rito curioso. Paco Amoedo debe vendar las manos de su pupilo, el aspirante Iván Pozo. Normalmente lo harían a solas. Pero ésta es una pelea por el título mundial. Por eso viene alguien desde el vestuario de Omar Narváez, el campeón argentino. Por eso, uno del grupo de Iván se va hacia el otro camerino. Se trata de asegurarse de que haya una pelea limpia.

Iván está sentado mientras Amoedo cubre de gasa sus sus nudillos. Daniel Narváez, hermano de Omar y asistente de Marcelo, también hermano y entrenador del campeón nacido en Chubut, observa el proceso. “Tienes un aire al Kun”, le dice Iván a Daniel sin conocerlo de nada. Los dos inician una conversación sobre fútbol la mar de distendida. Hablan de Agüero, de Messi y de Riquelme como si fuesen dos chavales en un parque y no dos hombres que, cada uno a su modo y en su esquina, van a partirse la cara en el ring. “Buena pelea”, le desea Daniel a Iván cuando el vendaje está hecho y aprobado. Y se despiden con un abrazo.

Lo curioso no ha sido sólo el rito. Lo curioso ha sido comprobar que la visita del enemigo ha supuesto el momento más relajado del aspirante en toda la noche. Iván ha llegado al pabellón a las ocho y media desde su casa. Lo ha hecho camuflado bajo una gorra blanca con su nombre y un chándal verde. Ha entrado en un vestuario que ya hervía con boxeadores calentando, preparadores con las muñecas embadurnadas de vaselina y gente que pasaba por allí. El Club Polideportivo Saudade sube hoy al ring a cuatro púgiles además de Iván. Todos comparten la misma sala. Y el mismo preparador. Francisco Amoedo está cerca de los 65 y es una institución en Vigo. Aquí los taxistas saben tanto de guardias y ganchos como de remates al larguero. En los bares se comentan las posibilidades de Iván entre las penas del Celta. La ciudad vibra con el boxeo, un deporte injustamente proscrito por la modernidad, y muestra un respeto sincero por Franciso Amoedo, el Angelo Dundee gallego.

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En el vestuario del Pabellón As Travesas no están calentando ni Muhammad Ali ni Sugar Ray Leonard. Son César Martínez y Jesús García Simón pero Amoedo los trata como uno se imagina que Dundee se ocupaba de sus campeones. César tiene 18 años, es peso pluma y gemelo de Alejandro, finalista de Fama, el reality bailarín de Cuatro. Suso tiene un año más y es peso ligero. Los dos abren la velada con dos combates programados a seis asaltos. Están tranquilos. Hablan conmigo de cualquier cosa mientras en una esquina Iván bebe agua a pequeños sorbos y guarda silencio. Se ha puesto a calentar nada más llegar pero Amoedo le ha dicho que no se mueva tan pronto. Hay buen ambiente. Se oyen bromas. Entran colegas a saludar. Saltan flashes desde las cámaras. A veces parece más el camerino de un grupo de rock que el lugar de concentración de un aspirante a un título mundial. Amoedo pone orden hasta que se tiene que ir con César para el primer combate.

El rugido del público se suma a la algarabía del vestuario. El pabellón aún no está lleno pero la gente alienta cada golpe de César. “Debe estar ganando”, me dice Suso. “Pelear en casa es la hostia”. Iván calla. Hace tiempo que ha desconectado. No importa que aparezcan dos compañeros, David Blanco y Pedro Fernández, que también combaten hoy. Da igual que estemos el fotógrafo y yo rondando a su alrededor. Tampoco le afecta la llegada de nuevos visitantes. Iván contesta con monosílabos y no atiende a nada que no sea nada. Concentración. Eso es todo.

Hoy es el fin de tres meses de preparación. Sesenta minutos de carera por las mañanas y tres horas de gimnasio por la tardes. Se ha alargado un mes más de lo previsto porque Omar Narváez tenía dañada la zurda, su mano buena. Los últimos tres días antes de la velada, los boxeadores casi no comen ni beben y hacen todo su entrenamiento envueltos en forros polares. Se trata de sudar hasta la última gota para perder hasta el último gramo y llegar al pesaje dentro del límite. La ceremonia fue ayer. Los dos dieron 50,5 kilos. Se decía que al argentino le había costado más dar el peso. También se decía que no estaba recuperado de su lesión. Que estaba bajo de forma. Iván nunca dijo nada de eso. Habló con nosotros tras el pesaje, tomándose un batido de proteínas e hidratos mientras el médico le hacía un reconocimiento. “No conocía a Omar y me ha parecido muy majete. Mejor. Prefiero pelear con un tío así que no con un cabrón con el que te obcecas”.

Iván es un deportista de 28 años. Simpático, educado, discreto. Normal. “Vivo de esto. No gano como los futbolistas pero vivo bien”. La bolsa de hoy es 30.000 para él y 75.000 para el campeón. Hablando de futbolistas, entra el rubio en el vestuario. El rubio es Míchel Salgado que, junto a Lorenzo Sanz, es mecenas de Iván. Le desea suerte y se marcha a su asiento a pie de ring. Vuelven César y Suso. Han ganado pero nadie lo celebra mucho. Amoedo les exige más que la victoria y ellos lo saben. Los nervios se están contagiando a todos los que estamos allí. Entra el árbitro del combate junto con un juez de la OMB para explicar las normas y darle los guantes a Iván. El aspirante se los calza y ya no para de moverse. Golpea las paredes. Salta a la comba. Hace guantes con Ermel Morales. Ermel es profesor de teatro y boxeador aficionado. Ayuda a Amoedo, se encarga del hielo, la vaselina y el agua. Pero, sobre todo, se ocupa de motivar a los púgiles, de tranquilizarlos, de tocarlos. “Veo lo que necesitan, les miro a los ojos y les doy unas palabras de apoyo”. Es el cariño necesario en un deporte de tipos duros.

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Llega el momento. Iván, Amoedo, Ermel y los demás salimos al pasillo a esperar que el speaker anuncie al aspirante. Hay gritos de ánimo, humo y mucha oscuridad. Es ese momento tan emocionante de las películas pero vivido a la vera del protagonista y junto a una treintena de gaiteiros que nos anteceden. Por fin, los dos boxeadores están en el ring. Se oyen los himnos. Suena la campana. Empieza el combate.

En la pausa entre el séptimo y el octavo asalto, vuela una toalla desde la esquina del aspirante. Omar  Narváez ha vencido por KO técnico en su decimotercera defensa del título y está a una de igualar el récord del mítico Carlos Monzón. Ha dado una lección de boxeo. Ha esquivado todos los golpes de Iván y le ha llegado con series rápidas y largas. Amoedo no ha querido que su pupilo sufriera un daño innecesario, le ha protegido sabiendo que pronto le espera un combate por el Campeonato de Europa. Los argentinos celebran la victoria sobre el ring mientras la decepción se extiende por las gradas llenas de cinco mil aficionados. Ermel no puede contener las lágrimas. Iván mira al suelo. De repente, se le acerca Daniel. El chico que se parece al Kun levanta la mano de Iván Pozo y le da una vuelta por el ring. Estalla una ovación. Así es el boxeo.

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Bela Sandor y Suso Garc�a Simón

El boxeo es una de las cosas proscritas por la modernidad. Como los toros. Los correctos no quieren ver golpes y sangre. Como si ambas cosas no formasen parte de la vida. Los que tienen la razón por el mango no pueden ver la nobleza y la pureza de este deporte. Como si los gimnasios fuesen canteras de delincuentes y no lo que son: generadores de sudor y oportunidades, a veces únicas, de salir del arroyo de odio y tedio que encharca los barrios de todo el mundo. Yo estuve el jueves y el viernes en Vigo por eso del Campeonato del Mundo del peso mosca entre Iván Pozo y Omar Narváez. Fui a hacer un reportaje y porque me gusta este deporte. Y vi golpes y sangre. Pero, sobre todo, vi nobleza y pureza.

Omar Narváez escucha los himnos

Estuve encerrado en el vestuario del aspirante gallego esperando el momento de su combate. Estuve en capilla con Iván y con su entrenador, Francisco Amoedo. Y con los otros boxeadores del gimnasio Saudade de Vigo que peleaban en la velada. Con César Martínez, con Suso García Simón, con David Blanco, con Pedro Fernández. Todos eran tíos normales, más o menos simpáticos, más o menos habladores, más o menos listos. Deportistas que sólo se diferencian de ésos que dan patadas a un balón en que tienen la nariz un poco más rota y los ingresos mucho más escasos.

Iván Pozo se levanta de su esquina

Iván perdió. En frente tuvo a un boxeador superior. Omar Nárvaez sacó de la distancia al de Vigo. Le esquivó todos los golpes con una cintura eléctrica. Le dejó vaciarse de fuerza y de moral para aplicarle luego una series largas y rápidas que le llegaban por todo el cuerpo. Omar Narváez es, desde el viernes, trece veces Campeón del Mundo de la WBO con todo merecimiento. Los es desde antes del octavo asalto porque Paco Amoedo tiró la toalla. No tenía sentido que su pupilo siguiese recibiendo para nada. Iván aceptó la derrota con serenidad y analizó lo sucedido ante los periodistas con mucha cabeza.

Todo esto no se deja ver porque algunos han decidido ponerle un velo. Un burka. Resulta que hay unos cuantos que deciden lo que está bien y lo que está mal sin conocer nada ni de lejos. Son ignorantes y eso que muchos son periodistas. Yo también soy periodista, aunque a veces me duele el calificativo. En fin.

El boxeo es una de las cosas proscritas por la modernidad. Como los toros. Que le den por culo a la modernidad.

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