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«Otro zarpazo en Hachette. Unos 30 despidos». Me mandan este email desde dentro. Han anunciado la venta de Psychologies (¿quién habrá picado?), fusiones de revistas de decoración, despidos en documentación… En Hachette siempre les ha gustado el despido en viernes, supongo que por intentar que la gente olvide durante el fin de semana. Hoy, además, ha coincidido con la nevada. A ver si así se habla del tiempo, jo, cómo cae, nunca había visto una cosa igual. Efectivamente, cómo cae. Nunca habíamos visto una cosa igual. Ayer fue lo de ADN.es; hoy, esto. Parece que la cosa está cuajando y que, como cuando éramos pequeños, no vamos a tener que ir al cole. Nunca más. Vamos a poder tirarnos bolas de nieve el resto de nuestra vida profesional. Igual es más divertido que hacer las revistas que pretendían que hiciésemos. Qué coño igual, seguro que es más divertido.

Un beso, Susana.

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Logroño es una de esas ciudades de las que se vuelve con jet lag. Se duerme poco, se come mucho y se bebe demasiado bien. Y más cuando empieza el año, cuando el Actual, cuando toca mi tradicional visita navideña. Medianamente recuperado del cambio horario y esas cosas que tienen los viajes transriojanos, he de decir que he asistido a un acontecimiento que será legendario para la historia de la música de la nación. El domingo 4, en una coqueta sala del añejo Círculo Logroñés, 200 afortunados y un servidor vimos la puesta de largo de JM y los Magníficos. O sea, del nuevo conjunto Jorge Martínez, el sátrapa que lleva guiando desde el 81 a sus Ilegales a una muerte segura sin conseguirlo. Lo de Logroño fue su primer concierto. Y la primera vez que se calzaron un traje. Y no es baladí el asunto. Porque Jorge se anunció a sí mismo y a sus cuatro magníficos como un grupo «contra el envilecimiento de las orquestas de baile». Y después se tocaron un acojonante repertorio lleno de tangos, boleros, guarachas, chachachás y ronckandrolles de los 50. Bésame mucho, Volver, Popotitos y otros clásicos, más algúna canción propia. Y todo con el respeto y la reverencia que se merecen semejantes tonadas. Por eso trajeron traje.

Les dejo con una magnífica versión del Despeinada de Palito Ortega.

Y añado que también vi a Joe Bataan cantar (casi) con gorra de requeté, a Tony Allen tocar ante la indiferencia de los logroñeses y a Café Tacuba hacer otro concierto del año y conquistar a un público que no se suele quitar el muermo ni a base de petacas de pacharán. Por cierto, aprovecho para saludar a Manuel, Nano, Sergio, Willy, Quique y al resto. Y a las madres que les parieron.

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tumba

Cuando esta mañana mi ordenador se ha encendido con la noticia del cierre de ADN.es, me han venido varias cosas a la cabeza:

1.- Que tenía que llamar a una amiga.

2.- Que tengo una reunión menos para mañana.

3.- Que se ha acabado la Navidad y su resaca y ha vuelto la crisis.

4.- Que el papel lo tiene mal pero que el incendio también quema lo digital.

5.- Qué putada. Me gustaba.

Y ahora, al escribir esto, me viene otra: ya sabes, Marta, ponte jaipel.

Calle 13, Atrévete-te.

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El hombre que agarra en la foto a un Iggy Pop automutilado y, probablemente, intoxicado ya no podrá hacerlo más. Y no porque la iguana haya dejado hace rato de automutilarse y, probablemente, de intoxicarse. Si no porque el hombre que aparece en la foto agarrando a Iggy ha muerto. Me entero por ADN.es de que el cuerpo de Ron Asheton ha sido hallado en su casa de Ann Arbor, donde empezó todo en 1967. Y me da pena. Soy de los que piensa que después de que los Stooges destrozaran las flores de los jipis con sangre, sudor y cuatro acordes, no ha habido nada tan rompedor y salvaje en el mundo del rock. Ni el punk, ni GG Allin, ni Melendi en un avión. O sea, que sin los hermanos Asheton e Iggy Pop, sin los Stooges, nada sería igual y todo sería más aburrido. Por eso, me gustaría dedicar estos minutos de ruido a la salud de Ron Asheton…

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En los remotos e inexplorados confines del arcaico extremo occidental de la espiral de la Galaxia, brilla un pequeño y despreciable sol amarillento.

En su órbita, a una distancia aproximada de ciento cincuenta millones de kilómetros, gira un pequeño planeta totalmente insignificante de color azul verdoso cuyos pobladores, descendientes de los simios, son tan asombrosamente primitivos que aún creen que los relojes de lectura directa son de muy buen gusto.

El planeta tiene, o mejor dicho, tenía el problema siguiente: la mayoría de sus habitantes era infeliz durante casi todo el tiempo. Muchas soluciones se sugirieron para tal problema, pero la mayor parte de ellas se referían principalmente a los movimientos de pequeños trozos de papel verde; cosa extraña, ya que los pequeños trozos de papel verde no eran precisamente quienes se sentían infelices».

Así empieza Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams. Descacharrante. Tanto, que su lectura impidió mi asistencia a la cabalgata de reyes de Logroño.

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¿Alguien cree de verdad que se vaya solucionar alguna vez lo de Israel y Palestina?

La original… Sex Pistols.

La heavy… Mötley Crüe.

La metal… Megadeth.

La sin… J.F. Sebastian.

¡Aprieten aquí, por dios, que merece la pena!

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Conocido de la guerra: expresión desdeñosa puesta en uso por los comunistas durante la guerra civil española. Cuando éstos creían hallarse ante un anarquista, al saludo ‘¡salud, compañero!’, contestaban displicentemente: ‘Conocido de la guerra nada más’. Éste parece haber sido el origen, pero la frase se divulgó después como chascarrillo entre los combatientes del frente, alcanzando inclusive a la retaguardia».

Leído, en mi propio cuarto de baño, en un librito llamado Diccionario del anarquismo, de José Peirats. Impreso por Comesa, distribuido, creo, por Llibreteria.org y encontrado en la estupenda librería The Watergate Bookshop, de Barcelona. Salud, compañeros… Huy, por cierto:

Compañeros: trato personal que usa la familia anarquista y anarcosindicalista con anterioridad a la guerra civil. Antes de ella, los anarquistas españoles se trataban indistintamente de ‘compañeros’ o ‘camaradas’. Pero cuando los comunistas monopolizaron este último de manera sistemática, los anarquistas optaron, para no confundirse con ellos, por llamarse ‘compañeros’, no menos sistemáticamente. Esta distinción se acentuó durante la guerra civil, al chocar ambas corrientes aparatosamente. A partir de entonces, resulta sospechoso oírse llamar ‘camarada’. Lo mismo ocurrre, se supone, en el campo contrario al oírse llamar ‘compañero’. Por lo que se refiere a los demás países, el trato de camarada o compañero, indistintamente, ha prosperado».

El siguiente texto es un editorial de The Economist titulado Un mar de problemas y trata, claro, de cómo están nuestros océanos. Está completo y traducido, espero que no muy mal. Puedes pasar de leerlo y pensar eso de «ya está otra vez el pesado éste con las malas noticias». O puedes ocupar un rato de su tiempo para ver qué opina sobre el asunto un medio de comunicación tan liberal, conservador y poco sospechoso de ecologista radical como el Economist.

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No se conoce mucho acerca del mar; la superficie de Marte está incluso mejor explorada, se suele decir. Pero ya se han hecho 2.000 agujeros en el lecho marino, se han tomado 100.000 fotografías, los satélites tienen monitorizados los cinco océanos y en todos hay boyas llenas de instrumentos subiendo y bajando como yoyós perpetuos. Mucho se sabe y muy poco es tranquilizador.

La preocupación empieza en la superficie, donde  una atmósfera cargada con dióxido de carbono producido por el hombre interactúa con la mar salada. El agua se ha hecho así más ácida, haciendo la vida difícil, si no imposible, para organismos marinos con conchas o esqueletos de carbonato-cálcico. No son bichos tan familiares como langostinos o langostas, sino especies como el krill, criaturas que son como gambas minúsculas y que juegan un papel crucial en la cadena alimenticia: acaba con ellas y acabarás con sus depredadores, cuyos depredadores pueden ser los que te gusta comer fritos, a la parrilla o con salsa verde. Y lo que es peor, desestabilizarás el ecosistema entero.

Eso es lo que también hace la acidificación a los arrecifes de coral, especialmente si ya están sufriendo sobrepesca, subidas de temperatura y polución. La mayoría padecen todo eso y por ello están seriamente dañados. Algunos científicos creen que los arrecifes de coral, hogar de un cuarto de todas las especies marinas, desaparecerán por completo en unas pocas décadas. Eso será como el fin de las selvas y bosques pero en el mar.

El dióxido de carbono afecta al mar de otras maneras, sobre todo por el cambio climático. Los océanos se expanden al calentarse. También suben por el efecto de los glaciares y capas de hielo que se derriten: el hielo de Groenlandie está en vías de derretirse por completo, lo que puede elevar el nivel del mar cerca de siete metros. Para el fin de este siglo, el nivel puede haber subido 80 cm, incluso más. Para los 630 millones de personas que viven a una distancia de 10 km de la costa, eso es cosa seria. Países como Bangladesh, con 150 millones de habitantes, estarán inundados. Incluso la gente que vive en el interior se verá afectada: las sequías del Oeste de los Estados Unidos parecen estar causadas por el cambio de las temperaturas de superficie de Pacífico tropical.

Y luego están las mareas rojas de algas, las plagas de medusas y las zonas muertas donde sólo sobreviven los organismos simples. Todo ello crece en intensidad, frecuencia y extensión. Todo ello, también, parece estar asociado con varios traumas que el hombre inflige a los ecosistemas marinos: sobrepesca, calentamiento global, los fertlizantes que van de la tierra a los ríos y estuarios y, a menudo, todo el lote en cadena.

Algunos de los cambios pueden no ser obra del hombre en su totalidad. Pero uno del que no cabe duda es la muerte de los peces: la mayoría de los grandes han sido atrapados por las redes de pesca. Y el resto lo será en poco tiempo si el pillaje continúa a los niveles actuales. De hecho, cerca de tres cuartas partes de todas las especies de animales marinos están por debajo, o a punto de estar por debajo, de sus niveles de sostenibilidad. Otro cambio es la aparición de una masa de desperdicios plásticos que se arremolinan en dos enormes coágulos en el Pacífico, cada uno tan grande como los Estados Unidos. Y el mar tiene otro montón de males, que se señalan aquí.

Neptuno lloraría

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Cada una de esas transformaciones es una catástrofe. Juntas son algo mucho peor. Además, están sucediendo alarmantemente rápido, en décadas y no en los eones necesarios para que peces y las plantas se adapten. Y muchas son irreversibles. Harían falta miles de años de reacciones químicas en los océanos para volver a una condición similar a su estado preindustrial de hace 200 años, según la Royal Society, el grupo de científicos más prestigioso de Gran Bretaña. Muchos incluso temen que algunos cambios están alcanzando los umbrales en los que los siguientes cambios pueden acelerarse sin control. Nadie llega a entender, por ejemplo, por qué el bacalao no ha vuelto a los Grandes Bancos de Canadá incluso después de 16 años de paro en la pesca. Nadie sabe muy bien por qué los glaciares y las capas de hielo se derriten tan rápido o por qué el lago de hielo derretido que cubre 6 km² en Groenlandia se puede secar en 24 horas, como pasó en 2006. Esos sucesos inesperados ponen nerviosos a los científicos.

¿Y qué se puede hacer para poner las cosas en su sitio? El mar, la última parte del mundo en la que el hombre actúa como cazador-recolector -y como bañista, minero, basurero y polucionador en general- necesita ser administrado, del mismo modo que la tierra. La economía exige, tanto como la ecología, que se dejen de despilfarrar recursos de los océanos. La mala administración y la sobrepesca desperdician 50.000 millones de dólares al año, según el Banco Mundial.

La economía también da algunas respuestas. Para empezar, los subsidios de pesca deben ser abolidos en una industria que se caracteriza por su ineficacia y por estar sobredimensionada. Después, los gobiernos necesitan encontrar la manera de dar a los que viven de explotar los recursos del mar un interés por conservarlo. Una forma puede ser el sistema de cuotas de pesca individuales y transferibles que parecen haber funcionado en Islandia, Noruega, Nueva Zelanda y el oeste de Estados Unidos. Los mismos derechos que se han dado a los contaminadores por carbono en Europa se pueden dar a los de nitrógeno y a los mineros de las paltaformas continentales. Un sistema de comercio de opciones y futuros también puede ayudar.

Las cuotas funcionan en aguas nacionales. Pero en alta mar, fuera de los límites territoriales, presentan mayores problemas y muchos temen que los atunes, tiburones y demás grandes animales que nadan en el azul sean exterminados. Los acuerdos internacionales de pesca que regulan partes del Atlántico Norte demuestran que la administración puede funcionar, aunque la comisión del atún del Atlántico muestra que puede ser un desastre. Y donde la pesca no pueda ser regulada, debe ser parada. No hubo nada tan bueno para los peces en Europa en los últimos 150 años que la Segunda Guerra Mundial: dejar los barcos amarrados permite recuperar los bancos. Una solución preferible hoy en día sería crear reservas marinas, cuantas más y más grandes, mejor.

En un mundo cuya demanda de proteína crece día a día, la necesidad de conservar el stock es clara. Los remedios no son difíciles de comprender. Pero los políticos, en cualquier caso, son cobardes. Muy pocos están dispuestos a enfrentarse a los poderosos lobbies, salvo en pequeños países en los que la pesca es tan importante económicamente que el peligro de extinciones masivas no puede ser ignorado.

Ahora coge la ola agitada

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Pero la extinción masiva que debe tenernos preocupados es, aunque remota, la de la humanidad. No es inteligente descartarla cuando se trata de emisiones de CO2, la otra gran maldición para los océanos. A largo plazo, los mares son una gran lavadora para el carbono. Son capaces de ayudar a evitar el calentamiento global, ofreciendo, por ejemplo, almacenamiento de CO2 y energía a través de la fuerza de las olas y las mareas. En cualquier caso, continuarán cambiando y siendo cambiados mientras el hombre siga soltando tanto carbono a la atmósfera.

Hasta ahora, la subida del nivel del mar, los corales muertos y la extensión de las mareas rojas son sólo distracciones menores para la mayoría de la gente. Unos cuantos huracanes más como el Katrina, algunas inundaciones trágicas en las ciudades costeras del primer mundo, puede que el fin de la cinta transportadora oceánica que calienta Europa Occidental, cualquiera de estas cosas atraparía la atención de los políticos. El problema es que, para entonces, puede ser demasiado tarde.

Hoy es el último día del año. Muchos se hacen buenos propósitos de cambio para el año que viene. Apuntarse a un gimnasio, dejar de fumar, tratar mejor a su familia… No estaría mal también proponerse cambiar el entorno, dejar de perjudicarlo, tratarlo mejor. Cuidarlo. Reducir la huella de carbono, ahorrar energía, apagar las luces y esas cositas que ya sabemos todos. Pero hay más: rechazar las bolsas de plástico que ofrecen sin necesidad en todas partes, tratar de no consumir más animales salvajes en peligro de extinción (¿comerías rinoceronte? Entonces, ¿por qué comes atún?) y, sobre todo, exigir a los que deciden por nosotros que protejan los océanos, que no busquen votos a cambio de cuotas de pesca, que respeten los acuerdos de Kyoto o Poznan o, qué coño, que los mejoren, que se preocupen por cuidar lo más posible el lugar en que vivimos y del que vivimos. Es verdad, ninguno de nosotros puede arreglar este problema. Pero sí que cada uno de nosotros puede hacer lo posible por no estropearlo más. No es una postura ideológica. No es, ni siquiera, una postura. Es un asunto de ética. Del mismo modo que te preocupas y luchas por ti mismo y por los que te rodean, te debes preocupar y luchar por lo que te rodea, por tu planeta. O no. Tú mismo.

Hay un mar de problemas, sí. Pero también hay millones de soluciones. Las que podemos aportar cada uno de nosotros.

Feliz año nuevo.

Resumen del año

365+1=2008

Rectifico:

365+1+0,00001157*=2008

*Por eso de que este año tiene un segundo más.