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Posts Tagged ‘Israel’

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Contemplando esta foto -de Reuters y publicada hoy por El País– de la reunión montada por Obama en Nueva York con el jefe del Gobierno israelí, Benjamin Netanyahu, y el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, ¿cómo diría usted que ha ido la cosa?

a) De puta madre, nada más terminar se fueron a tomar unos falafels y unas Taibes y acabaron de fiesta en un garito de Williamsburg, que había una batalla de gallos entre b-boys hasidim y mc’s cisjordanos.

b) En tablas. Estaban jugando a eso de aguantar la mirada. Llevaban 12 horas sin moverse y Obama decidió que ya estaba bien, que él tenía Cumbres del Clima a las que asistir y cartas al COI que escribir.

c) Como siempre.

Suena Chantez Chantez, de Amadou&Mariam.

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¿Alguien cree de verdad que se vaya solucionar alguna vez lo de Israel y Palestina?

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El funeral de un capo de la mafia israelí en Tel Aviv es un gran punto de partida para una buena historia. En ella hay jefes que se pasean sin guardaespaldas pero con un bate de béisbol, ajustes de cuentas fallados por sicarios colombianos, atentados con lanzagranadas, alcaldesas corruptas, navajazos, sobornos, chanchullos, tráfico de drogas y un dios vigilante pero que se abstiene. Que nadie se enchufe al eMule ni se vaya a la librería. No es un spin off judío de Los Soprano. Tampoco un capítulo de El síndicato de policía Yiddish, la última novelaca de Michael Chabon. Esto es una historia real. La encuentro en las estupendas Crónicas desde Oriente Próximo que escriben para El Mundo J. Espinosa, Mónica G. Prieto y Sal Emergui. La firma éste último y se puede leer bien y completa pinchando esta frase subrayada.

Y la verdad es que Tel Aviv tiene toda la pinta de acoger negocios sucios y negociantes duros. Con tanto club de striptease, los garitos abiertos a todas horas, las armas cargadas por cada esquina y la cuestión palestina sirviendo de tapadera para el desarrollo de cualquier asunto turbio. Mmm, alguien debería escribirse una novela o una película… ¿Hervé?

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Otra vez gracias a un préstamo de Paloma, leo La miel del léon, el mito de Sansón (Salamandra), un librito en el que el escritor israelí David Grossman hace una especie de disección de la historia del melenudo y brutote héroe judío. La verdad es que no es lo más apasionante que he leído últimamente, es como un comentario de texto con firma y buena documentación, pero hay párrafos que merece la pena citar. Y, como estoy en plan copista, allá voy:

Desde luego, también es cierto que a lo largo de los siglos los judíos se han enorgullecido de los relatos de su heroicidad y han anhelado la fuerza física, la valentía y la hombría que representaba Sansón. […] Aún así, la soberanía israelí tiene cierta condición dudosa que también queda plasmada en la relación de Sansón con su propia fuerza. Como en el caso de éste, a veces parece que el considerable poderío militar israelí es un bien activo que se convierte en pasivo: Casi se diría, sin tomar a la ligera los peligros que arrostra Israel, que la conciencia israelí no ha llegado a interiorizar la realidad de que es un país inmensamente poderoso, que no lo ha asimilado de una forma natural con el paso de numerosas generaciones; tal vez esto explique por qué la actitud hacia ese poder, cuya adquisición a menudo se ha considerado verdaderamente milagrosa, tiende a distorsionarse.

Esa distorsión puede llevar, por ejemplo, a atribuir un valor exagerado al poder obtenido, a convertir el poder en un fin en sí mismo, a utilizarlo de manera excesiva, y también una tendencia a recurrir de forma casi automática al uso de la fuerza en lugar de sopesar otros medios de acción. Todos ellos, a fin de cuentas, son comportamientos característicamente ‘sansonianos'”.

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En 1975, el escritor norteamericano Saul Bellow hizo un viaje a Jersualén junto a su cuarta esposa, Alexandra. A Bellow estaba a punto de caerle el Nobel y era ya, por eso, un ilustre visitante en la ciudad. Se reunió y habló con todo tipo de gente. Desde un viejo amigo de la marina mercante que vivía en un kibutz, John Auerbach, hasta con el alcalde, Teddy Kollek, pasando por profesores, científicos, pintores y políticos de postín como Simón Peres, el entonces Primer Ministro Isaac Rabin y hasta, a su vuelta a Estados Unidos, Henry Kissinger. Bellow, cuya familia judía emigró de Rusia a Canadá, hablaba con todos ellos de la cuestión israelí. El Estado se había creado menos de 20 años atrás de su visita y la guerra del 67 era aún una herida abierta. Hablaba, pues, de la cuestión israelí y, por eso, de las cuestiones árabes y palestinas. Lo escribió todo en un libro publicado en 1976 y llamado To Jerusalem and Back. A Personal Account. Uno de los libros, en edición española de Altaïr en 2004 y titulado Jersualén, que me he llevado de viaje por ahí.

El libro es cojonudo. Bellow absorbe opiniones de todo tipo, las asimila y conforma (y seguramente confirma) la suya, bastante coherente y equidistante de los vértices más extremistas. Es tan admirador como crítico. Tan defensor del Estado de Israel como del derecho de los palestinos a tener su propio territorio. En cualquier caso, lo que ve, lo que oye y lo que cuenta es muy parecido a lo que se puede ver, oír y contar hoy, 33 años después, tras una visita a Jerusalén. Y eso que a mí no me recibió el alcalde ni el Primer Ministro… El libro, pues, me ha ayudado a entender todo lo que estaba viviendo. Y eso es mucho decir de un libro.

Ahora paso al modo cita:

Los israelíes, de hecho, han de tener en cuenta cuatro mil años del judaísmo. El mundo se les ha echado en brazos; de ellos se exige que lleven a cabo un fantástico acto de equilibristas. Por decirlo de otro modo: no hay otro pueblo que haya de trabajar tantísimo y a tantos niveles distintos. En menos de 30 años, los israelíes han forjado un país moderno: hay manillas y bisagras en las puertas, instalaciones de fontanería, suministro eléctrico, música de cámara, aviones, tazas de té. Es a la vez un estado encastillado y una sociedad culta; es a la vez espartano y ateniense. Trata de hacerlo todo, de comprenderlo todo, de aprovisionarse de todo. Todos sus recursos, todas sus facultades están aprovechados al máximo. Los esfuerzos de defensa tienen un paralelismo en los pensamientos que se dedican constantemente a la situación mundial. Se trata de un pueblo activa e individualmente implicado en la historia universal. No entiendo cómo lo soportan”.

Ahora bien, (Jean Paul) Sartre y otros, aparentemente, desean que los judíos sean excepcionalmente excepcionales. Tal vez los propios judíos hayan generado esas expectativas. Israel ha realizado esfuerzos extraordinarios para ser un país democrático, equitativo, razonable, capaz de transformarse. De hecho, ha transformado a sus judíos. En la Europa de Hitler eran conducidos a la aniquilación; en 1948, los supervivientes se convirtieron en formidables soldados. Desposeídos de sus tierras, en el exilio se convirtieron en agricultores. Los mamelucos habían decretado que la llanura costera de Palestina fuese un desierto; ellos la convirtieron en un huerto fértil. Es obvio que los judíos aceptaron la responsabilidad histórica de ser excepcionales. Se les ha obligado a seguir siéndolo. Ahora, la cuestión estriba en saber si puede exigírseles más que a otros pueblos. A los demás no se les hacen tales exigencias. A veces me pregunto por qué es imposible que los intelectuales de Occidente digan a los árabes: “También debemos exigiros más a vosotros. También vosotros habéis de intentar hacer algo por la hermandad, por la paz con los judíos, pues han padecido monstruosos sufrimientos tanto en la Europa cristiana como bajo el Islam. Israel ocupa más o menos una sexta parte del 1 por ciento del territorio que vosotros llamáis árabe. ¿No es acaso posible adaptar las tradiciones islámicas, reinterpretarlas, desplazar el acento, de modo que sea posible aceptar esa minúscula ocupación? Una gran civilización debiera ser capaz de tener una flexibilidad humana, generosa. La destrucción de Israel no será provechosa para vosotros. Dejemos vivir a los judíos en su diminuto estado”. Sin embargo, debe de ser culturalmente una grave falta de respeto pedir a un pueblo que cambie de actitud, aunque sea ligerísimamente”.

Janowitz me pegunta cómo valoro la situación de Israel, qué recomendaría yo. Le respondo que dudo mucho que mi juicio tenga ningín valor […] Sin embargo, puedo contarle y le cuento lo que he sabido gracias a observadores expertos e inteligentes. Muchos de ellos, digo, creen que Israel debería haberse retirado de la Ribera Occidental (Cisjordania) hace ya mucho tiempo, claro está en términos ventajosos. Ninguna persona responsable habla de una retirada que dejase a Israel expuesto a determinados riesgos militares. Sin embargo, el gobierno está desesperadamente decidido a mantener la ocupación. […] Con la fortaleza que les presta el dinero del petróleo y el apoyo del mundo entero, los estados árabes no creen que exista ninguna necesidad de negociar con Israel. Planean su eventual destrucción y contemplan sus disensiones y desórdenes internos con evidente satisfacción. Por otra parte está el problema de los zelotes ultra-ortodoxos que insisten en que asentarse en la Ribera Occidental es un derecho que poseen por don divino. Los árabes enojados interpretan la reticencia del gobierno de Rabin a la hora de frenar a estos colonos como muestra de aprobación o incluso como política que alienta de manera encubierta. Los nacionalistas religiosos israelíes no forman por sí mismos un grupo político, pero sí cuentan con el apoyo parlamentario de los derechistas. He hablado con algunos estudiantes de Oriente Medio que entienden que nada es tan peligroso para Israel, en estos momentos, como ese nacionalismo de carácter religioso. Lo consideran antisionista, ya que los líderes del movimientoo sionista nunca mostraron ambiciones territoriales de corte religioso. […] Por otra parte, muchos israelíes temen la idea de que Israel pase a ser un satélite estadounidense y, al simpatizar con movimientos como Gush Emunim, tal vez tratan de reafirmar su independencia política. […] Los israelíes son presa de grandes inquietudes cuando piensan en la posibilidad de que el destino de su país se decida en otra parte y sin su concurso: en Washington, por ejemplo. ¿Se les puede culpar por eso? Norteamérica, Dios nos asista, no es un país cómodo cuando es preciso confiar en él”.

En lo tocante a Israel, el mundo está hinchado de conciencia moral. Los juicios morales, un espectro en toda Europa, pasan a ser un gigante en toda regla cuando se habla de Israel y de los palestinos. ¿Se debe todo ello a que Israel ha asumido las responsabilidades de una democracia liberal? ¿Se debe a otra razones? Lo que Suiza es a las vacaciones de invierno y la costa de Dalmacia a los turistas veraniegos, es lo que son Israel y los palestinos para la necesidad de justicia que sienten los europeos: una especie de zona turística de la moral”.

(Gracias a mi madre que me estará leyendo y que me regaló el libro en cuestión).

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Desde la terraza de mi hostal veo cada noche a los hasidim caminando sobre los tejados de la Ciudad Vieja. A veces, van en pareja, hablando, como conspirando. A veces, se oye al muecín llamar a la oración a los del la fe de al lado. A veces, una noche, hay policías de paisano persiguiendo a la carrera y con la mano en la pistolera una amenaza que resulta invisible. Siempre hay unos cuantos gatos que los contemplan y, al fondo, la cúpula dorada de la Mezquita de la Roca. Debajo de sus pisadas está una de las arterias del barrio árabe, la que va a desembocar a la vera del Muro de las Lamentaciones. A esa hora, los árabes-israelíes ya han recogido el ruido de sus tiendas y en los pasajes techados sólo quedan niños que montan en bici y juegan a las canicas sobre el suelo empedrado.

Sobre esas mismas piedras ha corrido la sangre de los fieles de las tres grandes religiones monoteístas. Así se ha construido este lugar. A base de conquistas y cruzadas. Así se sigue manteniendo. Pendiente de intifadas y muros. Tiene cojones. Jerusalén es ciudad sagrada para judíos, cristianos y musulmanes. Tres religiones a las que se les llena la boca con palabras como amor y piedad. Tres religiones con profetas comunes y mandamientos similares. Tres religiones y un mismo Dios. El odio.

Esto es como un viaje en el tiempo. Me imagino así Toledo en la época de las Tres Culturas. Judíos, moros y cristianos. Juntos pero poco revueltos. Es como hacer turismo en una herida abierta. Hay mucha vida, bacterias y organismos pococelulares que se mueven de un lado a otro, hay mucho dolor. Es como quedarse contemplando el fuego de la cerilla que va a encender la mecha que hará volar un polvorín. La llama le mantiene a uno hipnotizado, tranquilo a pesar de la inminente explosión.

Los ultraortodoxos caminan como rezan, ajenos a todo y con el cuerpo inclinado hacia el suelo. Son arrogantes. O se lo parecen a todo el que se cruza con ellos. Son indescifrables. O me lo parecen a mí. Los árabes son como en todas partes. Más alegres, más desordenados y, algunos, con esa mirada torva que tanto nos asusta desde que conocimos al jeque Yasín o, quizás, desde los tiempos de Suleyman. Los cristianos, salvo los curas ortodoxos griegos, los armenios y algún franciscano que se reparten los cuidados de sus santos lugares, son turistas armados con cámaras digitales que no dejan una piedra sin retratar y que a veces se calzan una cruz para recorrer en plan Jesucristo resucitado y superestar la Vía Dolorosa.

Fuera de la Ciudad Vieja, los israelíes viven ajenos a todo esto. Como si esta Ciudad Vieja fuese de verdad un viaje en el tiempo y no un barrio de Jerusalén. Conocí en Tel Aviv a una chica que había nacido y vivido casi toda su vida aquí a pesar de llamarse Aviv (primavera en hebreo, por cierto). Bien, Aviv me confesó que sólo habia cruzado unas cinco veces los muros de la Ciudad Vieja. Los israelíes viven de espaldas a ella lo mismo que viven lejos de Jersualén Este, el barrio árabe, y que se mantienen separados de lo que ocurre en Cisjordania. No sólo por ese muro que en un lado se llama de seguridad y en el otro de la vergüenza, sino porque prefieren no acordarse de que los palestinos andan por ahí. Y si se acuerdan, es para pensar que son unos cabrones que se inmolan en su mercados, en sus bares y en sus autobuses. No les falta razón en eso a los israelíes. Supongo que cuando llevas sesenta años con un problema que te estalla cada día en las narices tratas de olvidarte de ese problema.

Ahora la cosa está tranquila, pero dice Abu Hassan que algo gordo va a suceder dentro de poco. Abu tiene una agencia de viajes distintos, Alternative Tours. Organiza excursiones turísticas por la ciudad y alrededores pero, sobre todo, visitas de contenido político en las que él hace de conductor impetuoso y guía apasionado y muestra la realidad, su realidad, palestina. Cuenta que él es ciudadano de Jerusalén pero no de Israel. Dice que puede votar al alcalde pero no al primer ministro. Se queja de que, en cualquier caso, los que son árabes-israelíes como él pagan los mismos impuestos pero reciben pocos servicios de la municipalidad. Recorre en su furgoneta el muro explicando cómo divide pueblos en dos, cómo hace la vida imposible a los palestinos, cómo se utiliza como herramienta  de humillación más que de seguridad.

El muro, por ejemplo, corta el acceso más directo a una universidad y obliga a sus estudiantes a recorrer kilómetros para llegar a ella. Los controles hacen que los trabajadores que tienen que fichar por la mañana deban hacer noche en esos puestos. Según Abu, buena parte de los atentados eran cometidos por residentes en Jerusalén y, por tanto, podrían seguir cometiéndose a pesar del muro. Según Abu, además, la reducción de los incidentes violentos desde la construcción del muro no se debe a tal hecho, como dice el Gobierno de Israel, sino a la decisión tomada por los grupos armados de atentar sólo en territorios ocupados.

Abu ha estado tres veces en la cárcel. La primera con trece años por tirar una piedra que él dice no haber tirado. Las otras dos, por cosas peores que no quiere contar. Un día Abu decidió cambiar de actitud, montar la agencia y dedicarse a esta acción directa informativa que le parece más útil y efectiva. Es de agradecer.

Idit y Omer no son de Jersualén. Son de Tel Aviv pero me sirven como ejemplo del otro lado. Escuchan rock and roll en un bar y beben tragos de Jack Daniels sin perder el equilibrio. Tienen 18 años, acaban de terminar el colegio y van a entrar al servicio militar. Dos años, sólo, por ser chicas. Es obligatorio pero da igual. Les apetece. Quieren hacerlo. Lo consideran necesario. Idit y Omer representan lo que el líder sionista Zeev Jabotinsky llamaba “una nueva raza psicológica de judíos”. Los fundadores del Estado de Israel en el 48 tenían claro que necesitaban de ciudadanos fuertes y agresivos para que no les volviese a pasar por encima un Holocausto. Los israelíes son gente orgullosa y tienen motivos. Un estado bien organizado a pesar de los casos de corrupción, un montón de empresas punteras que fabrican desde zapatos Crocs hasta tecnología punta y, encima, son guapas y guapos. Los israelíes son chulos. Y más les vale. Están rodeados por países que quieren su eliminación igual que el general Custer estaba circundado de indios suspirando por hacerse una peluca con su cabellera.

Ésa es la cuestión. No son los palestinos los que amenazan a Israel. Los palestinos sólo son la pelota con la que Irán, Líbano, Siria, Jordania, Egipto, Estados Unidos y Europa juegan un partido de voley que se está haciendo interminable. Los conflictos alimentan a los que mandan, son su razón de ser y estar en el poder. A los israelíes les interesa más que a nadie retirarse a las fronteras del 67, tratar de vivir tranquilos y dedicar parte del 16% del PIB que invierten en Defensa a otras cosas más simpáticas. Del mismo modo, a los palestinos les conviene reconocer el Estado de Israel, construir el suyo propio y decidir si quieren prosperar y de qué manera. A sus gobernantes y a los de los países de alrededor, en cambio, la solución más sencilla les parece la peor. No creen que la recta sea el camino más corto entre dos puntos y se encargan de dibujar curvas en sus respectivas hojas de ruta para seguir al volante gracias al miedo, la miseria y el terror.

Y, mientras, Jerusalén sigue siendo un lugar fascinante en el que uno se puede asomar a una terraza y contemplar la Historia de la humanidad encerrada en un muro con ocho puertas. Una Historia estúpida y rebosante de sangre pero nuestra Historia, al cabo.

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El muro. Belén, agosto de 2008.

Más muro. Cerca de Ramala. Agosto de 2008.

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