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A uno le gusta llevarse recuerdos musicales de sus viajes y de allí me traje, entre otros, los siguientes y muy recomendables:

Izabo. A éstos ya los conocía gracias a Hervé. Son de Tel Aviv. Modernos, entre indies, pop, rock y hasta disco. Tocan por Europa con cierto éxito y puede que hasta peten. Ojalá. De momento, ya tienen entrada en la Wikipedia. Yo los traté de ver en Tel Aviv pero ni llamando al manager: «No tengo entradas ni para mis familiares», me dijo. Esto es Morning Hero, de su primer disco, The Fun Makers:

The Apples. Éstos son de Haifa. O de Tel Aviv. No estoy muy seguro. Hacen una especie de acid jazz instrumental. Suenan como un grupo de Ninja Tune o Mo’ Wax de hace diez años, o sea, que no han descubierto la pólvora, pero molan y tienen una cojonuda versión groovera del Killing In The Name de Rage Against The Machine que vale un potosí. Aquí está, en directo:

Habanot Nechama. Estas chicas son la pera. Le pueden gustar desde a mi madre (que me estará leyendo) hasta a los colegas más subterráneos. Tres mozas que forman un grupo vocal y hacen canciones distintas, jugando con las estructuras y los estilos. Que yo sepa, tienen un disco que se llama como ellas (pero de hebreo no tengo ni flores) aunque aquí hay algo más de información. Cantan en hebreo y en inglés y estoy loco por ellas. No salen de mi aparato. O sea, ya tú sabes. Pongo un vídeo sin vídeo, que no parece que hayan invertido mucho en audiovisual:

DAM. Éstos son del otro lado. Bueno, no exactamente. DAM (Da Arabian MC’s) son palestinos residentes en Israel que llevan haciendo rap desde el 99. Y lo hacen bastante bien, en árabe, en inglés y hasta en hebreo. Obviamente, sus letras disparan contra la ocupación, el muro, el casi apartheid y demás asuntos que preocupan a un árabe de por allí. Son los más importantes representantes de la escena de rap palestino que florece por la zona. Una escena en que los hay buenos, malos y muy malos. Pero los hay. Y mola. Está retratado el asunto en un documental Slingshot Hip Hop, que pasó este año por Sundance. Y hay otro proyecto español con ello, pero hasta aquí puedo leer. Toma DAM:

Reportaje publicado en el número 132 de la revista GQ, en la sección Zona Prohibida. El periodismo es una profesión muy mal pagada, pero el que yo hago a veces es impagable. Lo que viene a continuación no está basado en hechos reales: es real de cojones. O, más bien, es real de la polla. Se lo dice la mía. Relájense y disfruten mientras me ponen inyecciones en el pene.

Estoy tumbado en una camilla. Los pantalones bajados hasta la rodilla. Los calzoncillos, también. Ante mí, un joven médico con acento latinoamericano que recuerda, por la voz y el currículo que se le intuye, al doctor Nick Riviera de Los Simpson. El galeno me explica las opciones de tratamiento. Pastillas o inyecciones. Ni siquiera me ha dicho que esté enfermo. Aún no me ha hecho la prueba. Da igual. En mi posición, repito, tumbado, con pantalones y calzoncillos por las rodillas, es difícil discutir. Mientras me lo pienso, se anima a hacerme esa prueba. Echa una crema en la base de mi pene y pasea por ahí una especie de rotulador conectado a un aparatejo que suelta un ruido como de interferencia radiofónica. Es un ultrasonido Doppler que mide el flujo sanguíneo de mi órgano sexual. El resultado sale impreso en un papelín de fax. Es el polígrafo de la erección. Es una tabla con sus picos, como la del Ibex 35. Ojo, la mía no anda tan mal como la del Ibex. Estoy dentro de los parámetros normales para mi edad. Estoy bien pero debo elegir. No tengo las opciones de Neo. Nada de pastilla roja o pastilla azul. Debo elegir entre pastilla azul o inyección. Pellizco o pinchito. Susto o muerte. «Si quiere -me dice-, le hago un test de erección, una inyección vasodilatadora como las del tratamiento para ver la respuesta y así calcular la dosis que necesitaría».

Me llamo Pedro y soy impotente. En realidad, me llamo Pedro, soy periodista y desde la dirección de esta revista quieren acabar con mi imagen, pública y privada. O eso, o consideran que si no me he casado después de visitar un puticlub, un local de intercambio de parejas, la casa de una chica que ofrece sexo a través de su webcam y hasta el backstage de un desfile de lencería es porque tengo un problema en los bajos. Se supone que esta sección, Zona Prohibida, consiste en visitar lugares que jamás pisaría un lector de GQ. No me quiero meter en los asuntos urológicos de los lectores, pero si alguno ha pasado por aquí, seguro que no lo ha contado. Yo sí. Para eso me pagan. Así que voy a seguir. Por cierto, no se dice impotencia, se dice disfunción eréctil.

«Si tu vida sexual funciona, lo demás no importa». Antes de llegar al momento de recibir una inyección en la base de mi pene he escuchado muchas veces esta cuña en la radio. Como muchos españoles. Como mi querido director. Por eso, a pesar de que mi vida sexual está en orden, he entrado en Boston Medical Group. Por eso sé que en la recepción hay un hombre con bata blanca y no una enfermera. Un punto para Boston Medical. No debe ser muy terapéutico llegar donde pretendes curar tu eyaculación precoz o tu disfunción eréctil y encontrarte con una moza ante la que sólo puedes hacer el ridículo. El recepcionista me acompaña a la sala de espera donde debo rellenar mi historial médico. Otro punto para ellos. La sala es individual. Se evitan así las conversaciones sobre el tiempo (que tarda cada uno en eyacular o el que hace que no se pone firme).

Una vez rellenado el historial y comprobado que en la sala de espera no hay revistas porno, no vaya ser que se produzca un milagro y se pierda un cliente, me llama el doctor y tiene lugar la escenita que he narrado al principio del texto. Una elipsis después, vuelvo a estar en mi sala de espera. El pinchazo no ha dolido, la inyección se hace con un aplicador al estilo de los de los diabéticos. Se supone que debo esperar media hora a que las sustancias vasodilatadoras hagan efecto y suban el periscopio de mi entrepierna pero sólo han pasado quince minutos y ya tengo el misil preparado. Me entretengo leyendo la documentación que me han dado y pensando que los verdaderos pacientes deben vivir este momento con lagrimas en los ojos, la mano en el pecho y banda sonora orquestal, como cuando se iza la bandera nacional tras ganar una medalla de oro. Por fin, llega el médico para llevarme a su despacho. Vuelvo a bajarme pantalones y calzones y me mide, a mano, la erección. Me explica que estas inyecciones se deben aplicar al menos una vez a la semana, antes de la relación sexual, durante nueve meses y que así se acaba curando, en un alto porcentaje, el problema.

Empiezo a entender de qué va todo esto. Tanto la documentación como el discurso del médico tienen una pendiente que conduce tu pensamiento hacia donde Boston Medical Group quiere. Cosas como que el 90% de los casos de disfunción eréctil son de causa física. Un montón de pegas a los tratamientos habituales (Cialis, Viagra y demás pastilleo). Una luz de esperanza diciendo que todo, incluso la disfunción eréctil, sea física o psicológica, tiene solución. La comprensión se hace completa cuando me llevan a ver a un comercial adornado también con bata blanca. Gracias a él, me entero de que la solución a mi inexistente problema cuesta 1.500 euros. Son 90 inyecciones que puedo pagar a tocateja o en 12 mensualidades sin intereses. Gracias a él, también me entero de que la inyección que me acaban de poner puede provocar priapismo, o sea, seis horas o más de erección continuada, o sea, problemas. Me da un papel con instrucciones en caso de que tal cosa ocurra y dos pastillas para solucionarlo antes de ir al hospital (recomendación número cinco después de «realice una caminata de 10 minutos», «aplíquese agua fría en los genitales 10 minutos», «realice flexiones de piernas durante 10 minutos» y la toma de las pastillas). Le digo que me quedo más tranquilo y que me pensaré lo de los 1.500. Y me despido.

Me doy un largo e incómodo paseo por Madrid. Aprovecho para llamar a un urólogo conocido para que me cuente. Y me cuenta. Que el porcentaje de causas psicológicas de la disfunción eréctil es mayor que el 10%. Que las pastillas de ahora no tienen casi efectos secundarios. Que el tratamiento con inyecciones es más agresivo. Que, por supuesto, no cura. Y que, en cualquier caso, se puede conseguir gratis, con receta, a cargo de la Seguridad Social.

Han pasado dos horas desde que me han aplicado la inyección, sigo con el arma cargada en mi entrepierna y sólo me queda una duda. No sé si llamar a algún teléfono femenino de los de mi agenda para aprovechar la medicina u ofrecer al alcalde el molde para un obelisco en honor al periodismo de investigación.

Kortatu, Hay algo aquí que va mal (o sea, su versión del Doesn’t Make It Alright de The Specials por la vía de la de Stiff Little Fingers).

Y aquí paro con esto, que luego dice que soy un cenizo.

La crisis financiera explicada a la manera de John Bird y John Fortune. O sea, con humor y rigor. Sé que lleva tiempo circulando, pero yo lo acabo de ver.

Gracias, Carlos.

En el New York Times hablan de lo que hay en la Ciudad Vieja de Jerusalén estos días. Se celebra el Ramadán pero también el mes de Elul que conduce al Rosh Hashaná y al Yom Kipur. El «tenso encuentro» de dos religiones celebrando sus cosas sagradas en una ciudad también sagrada para ambas pero que se niegan la una a la otra. O, como corrige el siguiente extracto del texto de Ethan Bronner:

Sería un error llamar a esto tensos encuentros porque no hay encuentros de ningún tipo. No hay intercambio de palabras. Las mujeres religiosas de ambos grupos -cabezas, brazos y piernas cubiertas de una forma sutilmente distinta- se miran pasar unas a otras como sin prestar atención. Los grupos pasan la noche como universos paralelos con nombres diferentes para cada lugar y momento que ambos reclaman como propio».

El reportaje es bastante revelador de lo que hay por ahí y se puede leer completo haciendo click aquí. Me ha recordado a lo que viví yo hace un mes y pico y que dejé por escrito también por acá.

(La foto viene firmada por Rina Castelnuovo).

Postales desde Petra

las rocas.

El Tesoro a través de la cerradura: las rocas que lo guardan.

Más que guardar el tesoro, el curro de este hombre es estar ahi para la foto. Aqui, en el único segundo de su jornada en que no tenia una turista colgada de su chepa.

Más que guardar el Tesoro, el curro de este hombre es estar ahí para la foto. Aquí, en el único segundo de su jornada en que no tenía una turista colgada de su chepa.

Otro tipo de guardián de la puerta.

Otro tipo de guardián de la puerta.

Salem es beduino, fumeta y escalador. Lleva una tatuaje en la cabeza "para la suerte". Falta le hace. El tio, de resca de boda, se dedica a subira los monumentos a pelo y a saltar entre ellos. Ah, también tiene un grupo de break dance con otros beduinos.

Salem es beduino, fumeta y escalador. Lleva una tatuaje en la cabeza "para la suerte". Falta le hace. Se dedica a subir a pelo por los monumentos de Petra y a saltar por ellos desde lo alto. Tambiénn tiene un grupo de break dance con otros beduinos.

Salem me enseñó sus otros tatuajes...

Salem me enseñó sus otros tatuajes...

... y se declaró medio rastafari. Todo un tipo, Salem.

... y se declaró medio rastafari. Todo un tipo, Salem.

Esto es el Monasterio. Un edificio tan alucinante como el Tesoro pero al que se llega después de una dura caminata de subida. Por eso hay menos turistas. Por cierto, en lo alto de la copa central se ven dos figuras. Son Salem y un chaval. Luego, Salem saltó por los techos y bajó corriendo con sus chanclas.Esto es el Monasterio. Un edificio tan alucinante como el Tesoro pero al que se llega después de una dura caminata de subida. Por eso hay menos turistas. Por cierto, en lo alto de la copa central se ven dos figuras. Son Salem y un chaval. Luego, Salem saltó por los techos y bajó corriendo con sus chanclas.

en manada. Entonces, los beduinos dejan de vender la burra, se relajan y se dedican a su vida. Comtemplar las montañas en las que aún siguen habitando, sobre todo. Y fimar. Y tocar la flauta. Este hombre, además de poner a bailar a los pájaros, nos invitó a humo.
Al caer la tarde, los turistas se van como vinieron: en manada. Entonces, los beduinos dejan de vender la burra, se relajan y se dedican a su vida. Contemplar las montañas en las que aún siguen habitando, sobre todo. Y fumar. Y tocar la flaúta. Este hombre, además de poner a bailar a los pájaros, nos invitó a humo.
esta vista del Tesoro desde 300 metros, como un halcón posado en la roca, como un beduino...

El Tesoro, desde las nubes. Hay manera de evitar la masa en bermudas y chancletas, basta salirse del camino, explorar rutas entre las rocas, seguir ríos secos, subir piedras, dejarse los pulmones. Hay recompensa: esta vista del Tesoro desde 300 metros, como un halcón posado en la roca, como un beduino...

... porque los beduinos se pasan el dia colgados de las nubes, contemplando Petra y sus montañas. Son gente de la buena, que invita a té y conversa entre largos silencios. También son tios un poco golfos, que van a la caza de la turista con ganas de mambo. Hacen bien.

... porque los beduinos se pasan el día colgados de las nubes, contemplando Petra y sus montañas. Son gente de la buena, que invita a té y conversa entre largos silencios. También son tíos un poco golfos, que van a la caza de la turista con ganas de mambo. Hacen bien.

España Ta Askatasuna

La promo de la vuelta de Vaya semanita a la ETB. Enorme.

Gracias, Carlos FG.

Será muy difícil evitar un desastre en el planeta Tierra en los próximos cien años»

Lo ha dicho Stephen Hawking en Santiago de Compostela. Y luego ha añadido que el futuro está en el espacio. Siempre podemos recalificar el imperio klingon.

Por cierto, aprovecho para recordar que la verdadera identidad de Stephen no es la de científico, sino la de rapero. El muy ladino se hace llamar MC Hawking y su historia se puede encontrar pinchando aquí. Vídeo va:

Es más viejo que la tana, lo sé, pero me sigue haciendo gracia.

¿A quién votarías tú?

Gracias a mi hermano Carlos me entero de una divertida iniciativa de The Economist. En realidad, algo que los ciudadanos del mundo llevamos décadas pidiendo a gritos: votar en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América. El diario ofrece en su versión online la posibilidad de votar republicano o demócrata a cualquiera que se pase por allí. Sólo hay que registrarse, como para echar la papeleta en los EE UU pero más fácil y rápido. Pero incluso sin hacerlo, se ve una página con información sobre los dos candidatos, John McCain y Barack Obama (los recuerdo por si alguien ha estado un año sabático en la parra), links a noticias sobre sus opiniones en temas claves y un mapa con los resultados actualizados de esta curiosa experiencia democrática. Por lo que se ve, salvo Eslovaquia, que es de McCain, el Planeta está con el candidato negro. Hay países a los que le va la marcha, como Colombia y Bulgaria, y aún dudan, pero lo que es el resto, todos a saco con el de Yes We Can. Miratupordónde.

Se puede acceder al asunto en cuestión pinchando sobre esta frase subrayada.

Cerca de un 90% de los grandes peces depredadores -atún, pez espada, bacalao, halibut- ha desaparecido desde mediados del siglo XX. Un estudio publicado hace dos años en Science predice un colapso mundial de los stocks de pescado en 40 años».

Muchos expertos creen que los gobiernos han sido demasiado considerados con la industria de la pesca. La Unión Europea, China, Japón y los Estados Unidos gastan 20 mil millones de dólares anuales en subvencionar una industria de 90 mil millones. El número de barcos pesqueros en el mundo, que Naciones Unidas estima en 1,3 millones, debe reducirse en una tercera parte para llegar a niveles de sostenibilidad (algunas organizaciones elevan la cifra a la mitad)».

Menos del 1% de los océanos tiene una alguna forma de protección mientras que más del 10% de la tierra ha sido apartada del desarrollo. […] Algunos expertos sugieren que hasta el 20% de los océanos necesitará ser protegido de la pesca, un número tan alto que parece políticamente imposible».

Por nuestro papel como consumidores, nosotros no somos menos culpables que los pescadores del estado de los mares. El consumo de pescado se ha doblado desde 1973 y, justo ahora que se conocen mejor sus beneficios para la salud, está claro que tenemos que comer menos pescado y que el pescado que comamos debe ser más pequeño y estar más abajo en la cadena alimenticia, donde los efectos de la pesca son menos negativos. […] Y haríamos bien en en analizar por qué nos parece indignante pensar en un mundo sin lobos o elefantes pero miramos sin hacer nada cómo el atún rojo es pescado hasta casi la extinción».

Éstos son algunos extractos de un reportaje llamado Fin, the last days of fish, escrito por Peter Alsop y publicado en una revista/website/comunidad muy maja llamada Good. Lo que dice no es especialmente derrotista. Es lo que hay. La situación de los mares es alarmante. Alimentarse a base de pescado salvaje a estas alturas de civilización es como si estuviésemos comiendo aún carne sacada de la caza de ciervos, elefantes y, no sé, leones. Aunque los medios no se ocupan mucho del tema y las cuotas de pesca se protegen como si fuesen la reserva de oro de los países, es fácil ver las consecuencias: la sopa de medusas de cada verano, el precio desorbitado del pescado y, si buceas, la ausencia de peces medianos y grandes en mares presuntamente protegido como el Rojo. El problema es que le cuentas todo esto a cualquiera y te escucha con cara de comprenderte mientras piensa en el sashimi de atún rojo que se va a cenar. Que le aproveche. A mí me tira del nabo. Yo no tengo hijos.

La foto de la medusita es mía, pero la cambio por un espeto de sardinas.