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Posts Tagged ‘Rock’

Hace un par de semanas pasé por Sevilla por eso de la promo de Biciosos y, como suelo hacer cuando estoy en casi cualquier sitio, busqué un concierto al que arrimar la oreja. Me encontré con uno de Sex Museum, así que me hice un nudo malasañero de los buenos y allá que fui. Antes de nada, he de decir que el grupo, al que hacía mucho que no veía, suena como un cohete despegando de Cabo Cañaveral. O sea, muy bien. Pero lo que yo quería contar aquí es otra cosa. Esperando a que saliesen la y los melenudos madrileños había un chaval de, calculo, catorce años, con cazadora maqueada, camiseta de Iggy, vaqueros y zapatillas. Un rockero adolescente como los originales. Con él estaban sus padres, comprando unos tés fríos para toda la familia y dejándole ir hacia primera fila mientras ellos encontraban asiento al fondo de la sala.

Desde que salieron Sex Museum hasta que acabaron con la hidratación corporal y los tímpanos del personal dos horas y poco después, el chico estuvo dándolo todo pegado a la tarima. Levantando el puño, moviendo la cabeza, cantando, saltando y haciendo fotos y, digo yo, compartiéndolas por redes sociales. Viviendo un concierto que, sigo imaginando, quedará grabado a fuego en su memoria cuando, dentro de 20 años, siga siendo un hijo del rock and roll, aunque igual ya sea padre.

A mí aquello me pareció precioso. Un adjetivo que liga poco con el espíritu de Deep Purple y los Who que revoloteó aquella noche por esa sala sevillana, pero no se me ocurre otro mejor. Me gustó ver al muchacho flipándolo con el grupo y a sus padres esperándole sin ninguna pinta de estar disfrutando ni un pelo de lo que sonó. Me pareció ver amor por todas partes. Del chico al rock, de los padres al chico, del chico a los padres y del rock a todos ellos.

En aquel momento me acordé de un concierto de Dylan en el Palacio de los Deportes para el que tuve que hacer la crítica y en el que me quedé cautivado no sólo por las versiones de sí mismo que era capaz de hacer el tío Bob sino por un chaval de unos diez años que se bailó todo el concierto disfrutando como nadie esa noche. Y ahí dejé el asunto.

Hasta que el otro día me encontré con esta entrada en el blog de Borja Prieto que recoge un texto de Pepo Márquez. Lo que cuenta es cómo antes era más fácil ver a menores en conciertos y ahora es imposible, cómo él pisó cientos de conciertos antes de cumplir los 18 y cómo ahora la cosa está muy vigilada y eso es una carencia cultural de campeonato que no sucede en otros países. Márquez pone el ejemplo de Estados Unidos, donde los menores pueden entrar a los garitos de música en vivo y se les marca para que no puedan consumir alcohol (antes con una x que sirvió de símbolo al movimiento straight edge, ahora más bien con pulseritas).

Leyéndolo me acordé de todos los conciertos que vi siendo pequeño. De uno al que fui en el 82 con mi hermano en el que se citaban Nacha Pop y Los Secretos pero también Leño y Obús, de los Cure a los que vi con 14 años, de los Nomads en la Universal, de los Ramones tantas veces vistos y siempre con una púa de Johnny de recuerdo, de Toy Dolls, Bad Manners, Commando 9 mm… De un montón de minutos musicales apasionados y apasionantes que no me hicieron daño que yo sepa. Sospecho que me colé en todos ellos hasta que cumplí los 16, que entonces era la edad mínima para consumir alcohol, aunque beber ya bebía antes y no sólo en conciertos. También sospecho que el chico de Sevilla y sus padres debían conocer a alguien para que les permitiesen entrar porque hoy es imposible para un menor entrar en una sala de conciertos, ni con autorización ni acompañado. Hoy, si tienes menos de 18 años, no puedes ver música en directo salvo en recintos deportivos y festivales (y acompañado), fiestas populares en la plaza del pueblo y conciertos de esos under 18. Parece que los motivos son dos: el alcohol y la seguridad. Motivos tontos ambos en una sociedad alcoholizada y orgullosa y segura en exceso. Es todo tan delirante como el resto de la realidad legislada. Una cagada de campeonato.

Y sé que ahora tendría que acabar con una conclusión la mar de categórica pero resulta que no me apetece y que tampoco era la intención, que sólo quería compartir estas cositas por aquí y que además me he topado hoy mismo con una canción y un vídeo, vía Javi Casado, que es como la siguiente pieza de todo esto. Así que aquí lo dejo.

Suena Sisyphus, Alcohol.

 

 

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Haciendo tiempo el otro día en el quiosco de un aeropuerto me topé con la revista inglesa Q. Pasé de comprarla (¿más de siete euros por un especial de 50 páginas dedicado a Oasis?) pero descubrí un grupo con mucha guasa. Se llama MP4 y está formado por parlamentarios británicos. Pete Wishart toca los teclados y es del SNP, el partido nacionalista escocés; Ian Cawsey le da al bajo, canta y es laborista; Greg Knight aporrea la batería y es conservador; y Kevin Brennan es laborista y guitarrista. Su nombre es una gracieta que juega con su número y condición, Members of Parliament, el formato de archivos audiovisuales MP4 y, digo yo, un grupo mítico como MC5, los cinco de Motor City, Detroit. Pero su sonido no se parece a esos macarras, claro. Los chicos de MP4 tienen un disco con cuatro canciones, tres versiones (Beatles, Wilson Pickett y… ¡Steve Earle!) y una propia. Dedican lo que ganan a obras de caridad. Han tocado, emulando a los Fab Four, en el techo de la Casa de los Comunes de Westminster. Y, flipo, han sido la banda elegida por Feargal Sharkey, mítico cantante de los enormes Undertones, para acompañarle en su vuelta a los escenarios, 15 años después, cantando Teenage Kicks. Ah, y uno de ellos, Pete el teclista, puede presumir y presume de ser el único parlamentario que ha aparecido en el programa Top of the Pops (tocó con unos tales Runrig y Big Country). Ya me callo. Dejo que la música hable por sí misma… Juas, juas.

¿Qué miembros de nuestro parlamento podrían formar un grupete? Recuerdo que Hernández Mancha tuvo uno en su juventud, pero el hombre está retirado… ¿Quién se anima a tocar con los Putos Diputados?

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A uno le gusta llevarse recuerdos musicales de sus viajes y de allí me traje, entre otros, los siguientes y muy recomendables:

Izabo. A éstos ya los conocía gracias a Hervé. Son de Tel Aviv. Modernos, entre indies, pop, rock y hasta disco. Tocan por Europa con cierto éxito y puede que hasta peten. Ojalá. De momento, ya tienen entrada en la Wikipedia. Yo los traté de ver en Tel Aviv pero ni llamando al manager: “No tengo entradas ni para mis familiares”, me dijo. Esto es Morning Hero, de su primer disco, The Fun Makers:

The Apples. Éstos son de Haifa. O de Tel Aviv. No estoy muy seguro. Hacen una especie de acid jazz instrumental. Suenan como un grupo de Ninja Tune o Mo’ Wax de hace diez años, o sea, que no han descubierto la pólvora, pero molan y tienen una cojonuda versión groovera del Killing In The Name de Rage Against The Machine que vale un potosí. Aquí está, en directo:

Habanot Nechama. Estas chicas son la pera. Le pueden gustar desde a mi madre (que me estará leyendo) hasta a los colegas más subterráneos. Tres mozas que forman un grupo vocal y hacen canciones distintas, jugando con las estructuras y los estilos. Que yo sepa, tienen un disco que se llama como ellas (pero de hebreo no tengo ni flores) aunque aquí hay algo más de información. Cantan en hebreo y en inglés y estoy loco por ellas. No salen de mi aparato. O sea, ya tú sabes. Pongo un vídeo sin vídeo, que no parece que hayan invertido mucho en audiovisual:

DAM. Éstos son del otro lado. Bueno, no exactamente. DAM (Da Arabian MC’s) son palestinos residentes en Israel que llevan haciendo rap desde el 99. Y lo hacen bastante bien, en árabe, en inglés y hasta en hebreo. Obviamente, sus letras disparan contra la ocupación, el muro, el casi apartheid y demás asuntos que preocupan a un árabe de por allí. Son los más importantes representantes de la escena de rap palestino que florece por la zona. Una escena en que los hay buenos, malos y muy malos. Pero los hay. Y mola. Está retratado el asunto en un documental Slingshot Hip Hop, que pasó este año por Sundance. Y hay otro proyecto español con ello, pero hasta aquí puedo leer. Toma DAM:

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Leo en varios sitios que Gorki Águila, cantante del grupo punk cubano Porno Para Ricardo, fue detenido el lunes por “peligrosidad” mientras hacía algo tan chungo como grabar un disco. Y no es la primera vez. A este peligroso delincuente ya le enchironaron, por ejemplo, para que no saliese en la peli Habana Blues, de Benito Zambrano.

La buena noticia es que parece que en algún lugar el rock aún sigue siendo peligroso. La mala es que Cuba sigue siendo una dictadura.

Aquí se pueden ver y oír algunos de los terribles actos criminales cometidos por Gorki y su grupo. Y en su página web se supone que hay más información, pero yo no consigo entrar, no sé por qué.

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El otro día, viendo a lo que queda de The Stranglers en el Summercase y oyendo su canción Peaches, me di cuenta de lo que me recordaba a otro grupo que también me gusta un rato. Girls Against Boys son de Washington DC y se lo hicieron en los 90 bastante buenamente (y siguen dándole: hace poco tocaron en el Gruta 77). Su disco Cruise Yourself es uno de mis (muchísmos) preferidos de entonces y Kill the Sex Player, la canción, sale en la banda sonora de Clerks, otro icono de esa década. El caso es que en aquel momento pensé que podría encontrar más grupos o canciones que me sonaran a otros grupos o canciones y armar una serie con eso. No se trata de que sean iguales ni de denunciar plagios ni nada por el estilo. Es de buen rollo. Simplemente me recuerdan unos a otros y me gusta.

Obviamente, los dos grupos tienen un bajo que domina la cosa (bueno, Girls vs Boys tiene dos bajos). Pero hay algo más: suenan macarras, sudorosos y sexys. Tienen clase y hasta pinta de ser el mismo tipo de tipos.

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No es raro que hubiese 120.000 pastillas rodando hacia Boadilla del Monte. Aunque no hay que fiarse mucho de la información de la policía (¿verdad, Carlos?), sí hay que creer en el buen criterio de los camellos. Y si en el Rock in Río el patrocinio fue el caballo ganador, en el Summercase se juega a colocado. Quizás sea la única manera de bailar sobre ese suelo lleno de cantos rodantes, de compaginar los delirantes horarios y de disfrutar de un cartel que ha bajado bastante de nivel este año.

He tardado un par de días en asimilarlo, pero creo que para mí lo más potable del viernes fueron los Sex Pistols y esos Stranglers que venían a medias (el sábado no fui). No sé si es algo que debo compartir con mi terapeuta o tan sólo es un efecto secundario de la mínima cogorza denominadora, pero con Juanito Podrido, Esteban Jones y sus colegas me lo pasé mucho mejor que con unas pasotas Breeders, unos Kings of Leon que insisten en ralentizar sus directos o unos Mogwai reralentizados e insistentes. Y paso de entrar en si su vuelta es un insulto al espíritu punk y tal. En el fondo, ellos fueron muy poco punk en su momento. Fueron una bomba diseñada por un terrorista con buen oído. Fueron marionetas de Malcolm McLaren y ahora que no lo son, al menos tienen la vergüenza de decir que lo hacen por la pasta. Como Police, por ejemplo. Sólo que a mí me gusta más Anarchy in the UK que Roxanne.

(La foto de Rotten y su camisa la he pillado de El Mundo y es de Alberto Di Lolli).

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Confieso que nunca he compartido la pasión loca de muchos por Bruce Springsteen. Me parece un tipo muy respetable que tiene buenas canciones pero no me hace vibrar. Raro que soy. Eso sí, las dos veces que lo he visto en directo me ha dejado planchado. Lo hizo hace cosa de diez años en la Peineta. Y lo volvió a hacer ayer en el Bernabéu. Qué tío. Estuvo tres horas sin parar ni a beber agua, desde que empezó con nomeacuerdocuál hasta que acabó con ese Twist and Shout mestizo. Qué banda. Cualquiera de los de la E Street podría ser estrella por su cuenta. Qué show. Bruce y compañía conducen un camión con 60.000 ejes como si estuviesen al volante de un Smart. El sonido fue un poco caspa (quizás por eso se fue en seguida Ramón Calderón, aspirante a Dios por omnipresente). Por lo demás, muy majo. Mucha canción añeja, una de Pete Seeger antes del final y, entre medias, todos los clásicos menos Born in Usera.

Bruce es un obrero cualificado (y supongo que muy bien remunerado) que se lo sigue currando encima del andamio. Qué diferencia verlo a él o al tío Neil (Young, claro) frente a las tristes vueltas de prejubilados como… (pongan aquí los nombres que se les ocurran). Como la que hay entre cruzarte con un león por el Retiro o ir al Museo de Ciencias Naturales para verlo disecado.

Me gusta la conexión que tiene con su público. Me gusta que en directo le salga todo lo negro y saque su voz más soulera. Y me encanta que a la cuarta o quinta canción se marque una cojoversión del Summertime Blues, del gran Eddie Cochran. Por lo que se ve en el siguiente vídeo, ya lo hacía hace 30 años. Pues eso, que se lo sigue currando.

(Mil gracias a Laura. La foto es Cristóbal Manuel y la he birlado de El País).

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