Eduardo Medina Mora es el Procurador General de la República Mexicana. El hombre del que depende la lucha contra el narco, «una especie de fiscal general del Estado pero con mando en la policía federal», como escribía el otro día Pablo Ordaz en El País. El reciente corresponsal en la patria del Chapulín Colorado del periódico en cuestión entrevistaba al señor Medina Mora. Y el señor Medina Mora respondía algunas cosas la mar de curiosas. Por ejemplo, le preguntaba el periodista cómo pretendía hacer la Operación Limpieza de los mandos policiales corruptos y el blindaje de las instituciones. Ojo a la respuesta:
Los computadores no deben tener USB o grabadores de discos compactos. No puede haber impresoras en papel y además hay que establecer alarmas de tal suerte que esta información no se disemine con la facilidad que nos hemos dado cuenta ahora que se hacía».
También podría imponer un canon por si los aparatos se usan para fines chungos, un poco al estilo de lo que se hace aquí gracias a la SGAE. O incomunicar a los currantes de la policía y los ministerios y montar un reality para pillar fondos que sirvan para luchar contra los carteles. En fin.
No es lo único poco comprensible que contestaba el procurador. Decía que «los niveles de violencia en el país comparado con otros países no son tan desfavorables». Y un punto y seguido después, añadía: «Hemos tenido este año un incremento muy significativo de los homicidios dolosos atribuibles a la delincuencia organizada, y que se potencia por la cobertura que los medios hacen». Medina Mora está convencido de que buena parte de culpa de la sensación de narcoguerra la tiene la prensa. Puede ser. Lo mismo que en España nos aburrimos de escuchar noticias de política, en México se estila la nota roja, los sucesos. Pero los que están siendo detenidos son los mandos policiales infiltrados, no los periodistas. Para esto también tenía respuesta Medina Mora: «El hecho de poder eliminar a estas personas no destruye a la institución. Son infiltrados, pero no hay colapso institucional en absoluto (…) Cuando los ciudadanos miran que se afronta el problema, lo aplauden».
Recuerdo que la primera vez que fui al DF, hace ya la tira de años, venía de Puerto Vallarta de tener una bonita experiencia que mezclaba drogas y mordidas con un par de policías (igual otro día lo cuento). Y nada más aterrizar en la capital, yendo a tomar unos tequilas a Garibaldi en un coche conducido por Aleka, la mejor anfitriona, escuchaba una conversación sobre un conocido secuestrado del que había llegado una oreja por correo. Los mismos que hablaban de eso en el carro me dijeron al pasar delante de un enorme edificio gris: «Pedro, ése es el lugar más peligroso de México». ¿Qué es?, pregunté. «La comisaría de la Policía Judicial». No estoy ahora en México (snif), pero me da la sensación de que su opinión no ha cambiado.
Como El Cid (no el torero, el otro), Jimi Hendrix o Milton Friedman, parece que Bruce Lee sigue ganando batallas después de muerto. Batallas y partidas de ping pong. Y mucha pasta (sus herederos, supongo). Porque no hay producto que quiera ser moderno que no tenga al muchacho como prota de su anuncio, viral o no. Esta vez ha sido Nokia, que ha sacado una edición Bruceleesca de su N96 para China y ha aprovechado para difundir esto por la red.
Yo también aprovecho que el Pisuerga pasa por Hong Kong y cuelgo el mejor momento de Bruce Lee en toda su vida de rentable resucitado. En homenaje a los muchachos y muchachas que hacían El Informal. Un abrazo y tal.
El anuncio de Lee lo he cazado visitando Orgasmatrix. Sí, soy un pecador.
El funeral de un capo de la mafia israelí en Tel Aviv es un gran punto de partida para una buena historia. En ella hay jefes que se pasean sin guardaespaldas pero con un bate de béisbol, ajustes de cuentas fallados por sicarios colombianos, atentados con lanzagranadas, alcaldesas corruptas, navajazos, sobornos, chanchullos, tráfico de drogas y un dios vigilante pero que se abstiene. Que nadie se enchufe al eMule ni se vaya a la librería. No es un spin off judío de Los Soprano. Tampoco un capítulo de El síndicato de policía Yiddish, la última novelaca de Michael Chabon. Esto es una historia real. La encuentro en las estupendas Crónicas desde Oriente Próximo que escriben para El Mundo J. Espinosa, Mónica G. Prieto y Sal Emergui. La firma éste último y se puede leer bien y completa pinchando esta frase subrayada.
Y la verdad es que Tel Aviv tiene toda la pinta de acoger negocios sucios y negociantes duros. Con tanto club de striptease, los garitos abiertos a todas horas, las armas cargadas por cada esquina y la cuestión palestina sirviendo de tapadera para el desarrollo de cualquier asunto turbio. Mmm, alguien debería escribirse una novela o una película… ¿Hervé?
Hace poco (re)conocíamos aquí la chanante biografía de Alexis de Vilar, el tío que dice que Woody Allen le ha copiado para hacer Vicky Cristina Barcelona. Sus hechos son como para auparlo a patrón pirulero del buenrollismo. Pero, ojo, que al bueno de Alexis le ha salido un demonio de tamaño XL y procedencia sorpresa. Por lo que dice su biografía recién editada, Paulo Coelho es (vale, ha sido) más malo que Belcebú con almorranas. Paso a citar lo que saca El País sobre el asunto. Y aviso que lo que se puede leer a continuación puede abrirle a uno las puertas del infierno. Vamos, que a Paulo sólo le ha faltado confesar que no reciclaba papel ni vidrio para salir malparado en el libro de la Reina.
La vida de Coelho ha sido un blanco o negro, un yin y yan constante: nació casi muerto por problemas con el líquido amniótico y sus heces; de pequeño organizó sectas secretas; fue un desastre total como estudiante; atropelló casi mortalmente con un coche que llevaba sin carnet a un joven y se dio a la fuga; ese episodio acabó deteriorando aún más las relaciones con sus padres, que le encerraron en un manicomio que visitó tres veces en su juventud y donde fue tratado con electroshock. Antes, había intentado sucidarse con gas. Y para calmar al que llamaba «el ángel de la muerte», por no haber cumplido, degolló una cabra de un vecino en un particular rito.
El descenso al infierno fue vertiginoso: apagó un cigarrillo en la pierna de una de sus múltiples, simultáneas y bellas novias para comprobar si le quería; a otra, bajo la tesis de «la cura por desesperación», le alentó su intento de suicidarse porque finalmente, dice, sabía que no lo acabaría cumpliendo… Época de teatrero sin fortuna, de hippy, de asiduo a todas las drogas posibles y de practicante homosexual para descartar inclinaciones. Y en su enésima desesperación vital se apuntó a la magia y se convirtió en fiel seguidor de los mandatos de Aleister Crowley y del satanismo, hasta el extremo de tener un joven esclavo».
Este fin de semana me he acordado de Stephen Hawking, ciéntífico y rapero, que lleva tiempo diciendo que el futuro del hombre está en la conquista del espacio (lo sé, me repito). Pero mientras Sacyr Vallehermoso se decide a construir adosados en Marte, los hay que buscan otras soluciones para su mañana inmediato. Se ha visto en los papeles. Daewoo Logistics, la compañía coreana, ha comprado 1,3 millones de hectáreas en Madagascar para plantar maíz y palma de aceite para alimentar a la gente y a sus coches y no tener que depender de la importaciones al prójimo. Y no se vayan todavía, que aún hay más. El flamante presidente de Maldivas dice que quiere comprar tierra en otros países por eso de que, con el cambio climático, el suyo se va a hundir bajo el Índico en dos patadas. El futuro ya está aquí pero Kubrick no vive para filmarlo.
Bárbara Celis es neoyorquina de Madrí. Y periodista. Escribe para El País. Y ahora también en un blog muy recomendable, como todo lo que hace. Recomendado queda:
Ayer bebí demasiado, hoy tengo resaca. Lo que hago tiene consecuencias. Ellos, los líderes del grupo de los 20, se reunieron este fin de semana para no decidir nada. Nosotros, los liderados, contemplamos bostezando semejante desperdicio de tiempo y de sonrisas. Ellos, los líderes que nosotros pusimos ahí, han pensado que la solución para que cambie la cosa es que todo tiene que seguir parecido. Nosotros, que una vez los pusimos de líderes nos olvidamos de exigirles, no hemos dicho ni mú. Ellos, los líderes, conducen un autobús que va a toda leche a estrellarse contra un muro y lo hacen convencidos de que van por el buen camino. Nosotros, los conducidos, tenemos tres opciones: seguir con ellos pensando que parará el golpe un air bag lleno de agujeros, tirarnos en marcha en plan sálvese quien pueda o quitarles del mando y dar un volantazo. «El Capitalismo hace a la gente incapaz de imaginar el futuro», decía en este blog Wu Ming 1. Nuestro problema es que no nos damos cuenta de que lo que hacemos tiene consecuencias. Buscamos, porque así nos han enseñado, la satisfacción inmediata, el placer artificial, la diversión forzada, y nos olvidamos de que la vida es una cosa muy seria. Tenemos otro problema, y es que tampoco somos conscientes de que lo que no hacemos también tiene consecuencias. Yo ayer me dediqué a beber demasiado cuando debería haber ido a ir a tirar piedras a la Moncloa. Mi resaca habría sido más satisfactoria. Ellos, los líderes. Nosotros, el rebaño.
Y, derepente, me acuerdo de… Decibelios: Oi! Oi! Oi!.
Otro reportaje para la Zona Prohibida de la revista GQ. La serie se pone seria. Me meto en una sesión de BDSM (sadomasoquismo, para entendernos). Ésta vez, servidor cobra por cobrar. Por recibir pisotones y latigazos. Y por contarlo. Los periodistas especializados en sexo suelen hablar de oídas (o de leídas). Yo no. Claro que yo no soy un periodista especializado en sexo. Por cierto, ¿yo qué diablos soy?
«Límpiame los zapatos. La suela. Con la lengua». Mistress Luna ordena. Yo obedezco. «¿Está limpia?», pregunta. «Sí, mi ama», contesto. Como ella me ha enseñado. La he besado los pies. La he lamido las piernas. He chupado el afilado tacón de sus zapatos de cuero. Mistress Luna me lo ha agradecido azotándome el culo con una pala de cuero. Estoy de rodillas. Sometido. Estoy acostumbrado. De pequeño decidí apoyar siempre a futbolistas vestidos de rojiblanco. Me identifiqué con el Coyote y no con el Correcaminos. Incluso, ya crecidito, me hice periodista. Vaya, creo que estoy hecho para el sufrimiento.
A Luna también le gusta el fútbol. Luna tampoco soporta al Real Madrid ni al Barça. Apoya al Atleti y al Zaragoza. Es el único punto masoquista de su dominante personalidad. Luna tiene 33 años, la piel clara y el pelo castaño y liso. Es elegante. Viste un corsé negro, falda del mismo color por debajo de las rodillas y esos zapatos, también negros, que funcionan como armas blancas. Su voz es suave. Sus modales, dulces. Es una chica guapa y de aspecto delicado. Sólo hay algo en sus intensos ojos verdes que revela la mirada de la perversión. La mirada de una mujer que lleva dos años sometiendo a hombres por dinero y por placer. La mirada de una ama. «Antes yo era escort y tenía mal rollo con los hombres. Ellos querían que hiciese cosas que yo no quería hacer, pero no podía decir que no, porque estaban pagando». Un día, conoció a través de una amiga el mundo del BDSM (acrónimo de bondage, disciplina, dominación y sumisión y sadomasoquismo) y le gustó. Luego, un cliente le propuso una sesión, ella aceptó, compró un montón de material y el tipo la dejó tirada. Decidió seguir. Luna se convirtió en Mistress Luna un poco por casualidad y un mucho por venganza. «Las experiencias que he tenido con los hombres me han hecho ser lo que soy. Veo al hombre como un capullo. Por eso me encanta torturarle, humillarle y sacarle el dinero». Luna cobra 150 euros por sesión. Hace un mínimo de dos al día. Confiesa que gana entre 8.000 y 10.000 euros al mes. Aunque invierte mucho en publicidad.
«¿Has sido malo?», me pregunta Mistress Luna. Estoy tumbado sobre su regazo tratando de pensar en algún pecado reciente. Nada. Mi expediente está inmaculado. Se me ocurre, eso sí, que han cambiado muchos los métodos de confesión desde que no practico el sacramento. Me río por eso y por la situación en la que me encuentro. «No te rías», dice ella con voz firme pero sin gritar. Y me da mi merecido castigo. Más azotes en el culo. La gente viene a una sesión de BDSM profesional a ser sometida, humillada y golpeada. A disfrutar sufriendo. El límite lo pone cada uno. Yo he venido para contarlo. Estoy haciendo una iniciación. Por eso, cuando Mistress Luna me pregunta si quiero que me mee, le digo que no. Pongo mis límites. Puede que el periodismo sea un sacerdocio, pero yo siempre he sido bastante ateo. Mi ama me pellizca los pezones, me pega con una fusta, me pisa el cuerpo con sus zapatos asesinos. Otra vez me río. Esta vez del aumento de sueldo que voy a pedir al director de GQ cuando le enseñe las marcas. Otra vez soy castigado.
Luna lleva casi un año trabajando en Madrid, pero dice que «aquí no hay esclavos de verdad». Luna vino a la capital hace unos meses desde Barcelona y lo tiene claro. «El sumiso de allí es mejor… No sé, igual los catalanes son así, no digo que más sumisos en su vida real, pero sí más entregados en el mundo del BDSM». Para Luna, esto no es un trabajo, es una forma de vida. «Ya no tengo relaciones normales. Tengo un chico en Londres, pero es esclavo. Mantengo relaciones sexuales pero siempre él como esclavo». Por cierto, en el BDSM de pago no hay relación sexual. Si acaso, la sesión acaba con masturbación, ya sea a manos de la profesional o del propio interesado. Luna, además de ese «chico» en Londres», tiene más esclavos en Madrid y en Barcelona. Hombres que no pagan por sus servicios pero que se someten igual a sus deseos. Uno que le va a buscar al aeropuerto siempre que viaja. Otro que va a verla sólo para que ella le ordene que limpie la casa y le despida después de dos miserables azotes. También tiene esclavos financieros. Gente que le ingresa dinero en su cuenta cuando ella se lo ordena sin recibir más que desprecio a cambio. Y sumisos que disfrutan comprándole los caprichos que ella misma cuelga en su página web. Pero Luna, aunque me reconoce riéndose que su posición dominante es muy cómoda, se sigue quejando de que no le compran lo que realmente desea. «Ya te digo, no hay sumisos de verdad».
«Mmmff», trato de contestar. Ahora estoy probando el facesitting. Estoy tumbado boca arriba y Mistress Luna se sienta, ya sin la falda, sobre mi cara. Se trata de acercarme a la asfixia. Se trata de seguir recibiendo golpes de su fusta en las partes más sensibles de mi cuerpo. Cuando se cansa, llega el momento del bondage. De rodillas, me ata el tronco con los brazos a la espalda. Me tumba, y con otra soga se ocupa de mis piernas. Estoy a su merced. Mistress Luna me dice que me ponga de rodillas. Me gustaría ver al gran Houdini superando esta prueba. Diez minutos y muchos estúpidos intentos después, consigo obedecer su orden. Me pone una máscara de gas. Más asfixia. Más dolor. ¿Más placer?
Mi sesión ha sido moco de pavo. Nada que ver con el día a día de Luna. La tortura genital es normal. Lo mismo que la penetración anal, el fist fucking y la lluvia dorada. «Lo único que no hago es sado medical, agujas, sangre y esas cosas. Tampoco meto catéteres en el pene». Suerte la mía. Luna me ha tratado bien. Yo diría que hasta me ha cogido cariño. Le pregunto si llega al orgasmo en el trabajo. «Depende. Puede que tenga feeling contigo y hacerte cosas me ponga cachonda. O puede que me des repulsión y te meta un castigo bien duro. Disfruto. Sin orgasmo, pero disfruto». Luego me cuenta lo más bestia que ha hecho. «Una vez vino un chico que quería que le diera patadas en los testículos con unos zapatos de punta. Lo hice y acabó sangrando. Y en cuanto a humillación, no sé, hacerle caca en la boca a uno y dejarle media hora con eso ahí mientras yo veía la tele». Por su casa pasa todo tipo de gente, desde mileuristas hasta directivos. La mayoría en torno a los treintaytantos. Todos hombres que reciben su merecido. Lo que ellos desean. Lo único que Luna sabe dar. «Yo nunca he sido sumisa ni voy a serlo jamás. La mayoría de las mujeres son sumisas, yo no». Sólo me queda una duda. ¿No echa de menos el cariño? «No. Me gustaría tener el cariño de un hombre, pero eso significa que tendría que dar un montón. Y yo no quiero dar. Quiero me den. Y eso cuesta encontrarlo».
Es la hora de la comida cuando salgo del piso de Luna. Estoy en una conocida zona de oficinas de Madrid. La gente sale y entra de los restaurantes de menú. Va y viene de sus trabajos. Como yo. Sólo que a mí me duele el cuerpo como si me hubieran pegado una paliza. Claro, como que me han dado una paliza. En fin, supongo que cada uno tiene el trabajo que se merece.
Todo esto puede sonar a broma pero no lo es. Si el lector tiene curiosidad, puede visitar la página de Mistress Luna, www.universebdsm.com, y concertar una cita con ella (aunque ahora se ha mudado a Londres). Si quiere ampliar información, puede empezar con la entrada de la Wikipedia, bastante extensa y detallada. También puede pasarse por Alt.com, una web al estilo de Meetic pero centrada en el BDSM. Allí hay amos y amas que buscan sumisos y sumisas y viceversa. Y gente que quiere conocer gente con sus mismas aficiones: asfixiafilia, confinamiento, coprofilia, fist fucking, infantilismo, instrumentos de castidad, juegos con agujas, perforaciones… Ancha es Castilla y lo que te dilataré morena.
Añado a todo esto un excelente reportaje sobre el asunto del programa «Vidas anónimas», de La Sexta. Está hecho por Noemí Redondo, una tía estupenda que es una estupenda periodista.