Pues sí, el ciclista también tiene síndrome postvacacional. En este caso, el ciclista, que soy yo, tiene el síndrome postvacacional de todos los demás, de los que han vuelto de vacaciones en manada. Qué bien que se circulaba en julio. Y no veas cómo se iba en agosto, incluso sorteando peregrinos. Madrid en verano es una pista casi libre a la que uno se acostumbra muy rápidamente. Lo malo es que el tiempo tiene la manía de pasar y agosto se convierte en septiembre y, por eso, Madrid vuelve a ser el enjambre de coches del que uno se había conseguido olvidar. Y la verdad es que cuesta hacerse a semejante jaleo. Lo que no sé es si la cosa será recíproca. O sea, yo he notado la vuelta de todos los conductores a su actividad habitual como noté su ausencia pero, ¿notarán los conductores que yo me vaya? Por favor, no me respondan ahora, háganlo… después de mis vacaciones. Hala.
La respuesta a esta pregunta puede ser la solución a nuestros problemas. Al menos, una de las soluciones. Creo que la mayoría tenemos muy clara la opción. La opción b, ¿no? Pero hay una minoría que prefiere mantener el sistema financiero como se ha quedado después de mil y una desregulaciones, que elige la acumulación de riqueza a través de la especulación, que pretende aumentar sus beneficios a costa del futuro de los demás. No hace falta preguntar. Es esa minoría que se hace cada vez más rica mientras los demás nos hacemos cada vez más pobres, como señala el cuadro del New York Times (haz click si quieres verlo más grande) que ilustra esta entrada y que también muestra cómo el currito medio ha aumentado su esfuerzo una barbaridad mientras su renta se ha quedado igual, peor puesto que el coste de la vida ha subido otra burrada. Y todo desde que, en los 80, Reagan y Thatcher decidieran dar toda la libertad de acción a esa minoría. Es la minoría que controla las primas de riesgo, los mercados y todo ese berenjenal obsesionado con la codicia imparable y el crecimiento imposible del que hablaba ayer. Es la minoría que gobierna y no son políticos. Son los que mandan. Hasta que ellos no se decidan por la vida, el futuro es una mierda pinchada en un palo. Que alguien se lo explique, por favor.
Pueden reformar la Constitución y limitar el techo del déficit, recortar el gasto público, hacer reformas laborales, bajar el IVA de los pisos y hasta, como dice Obama que va a hacer, poner en un brete a los bancos. Nos va a dar igual. Todas estas decisiones, en España y en el resto del mundo antes conocido como civilizado, están encaminadas a seguir a lo que vamos, que es el crecimiento. A lo que vamos pero no llegamos. El otro día Lagarde, la del FMI, decía que había que ir pensando en volver a inyectar pasta a las entidades bancarias porque volvíamos a corer peligro de recesión. Acabo de leer en Time que en EE UU no se ha creado nada de empleo en agosto y que la recesión está al caer. Pues claro.
Es que el estado natural de este mundo es la recesión. No el de ahora, el de hace bastantes años. Pensemos en el crecimiento reciente. En el español, por ejemplo. España iba muy bien, como decía aquél, de cine. Efectivamente, pura ficción. Nuestro milagro económico estaba basado en una burbuja inmobiliaria que construía pisos para que los comprara gente que no iba a habitar en ellos sino tratar de venderlos a otra gente que no los iba a comprar porque no existía. La compra se hacía, además, con un dinero también ficticio, el mismo que servía para comprar los terrenos y el ladrillo y para pagar la construcción de tales casas. Lo mismo en Irlanda o en Islandia o, no nos creamos muy especiales los pequeños, Gran Bretaña, Japón y Estados Unidos. Pero lo de la inmobiliaria es sólo una pequeña parte de la ficción. Una parte muy relacionada con el argumento principal, que eso que se llama tan feamente la «financiarización de la economía».
Resulta que el capitalismo ha dado la vuelta a su calcetín. Si antes las bolsas servían a las empresas para llevar adelante sus proyectos a través de la captación de inversores e inversiones, ahora son las empresas las que están al servicio de las bolsas, las que tienen que cumplir esas falsas espectativas de crecimiento cada trimestre, las que tienen que aumentar la ficción. Luego está todo el rollo de los derivados, la ingeniería financiera, la especulación y la ludopatía, pero eso es complejo de cojones y yo ya voy teniendo ganas de comer algo. Ah, hablando de comida, esta toda esa especulación con alimentos, gente que hace dinero con el hambre de otra gente. Muy mal rollo.
Si todo esto es así, como cree gente con criterio y como creo yo mismo, que si no no me habría tirado todo este ratazo escribiéndolo, ¿qué coño estamos haciendo? Pues vayamos por partes. Los poderes financieros están exprimiendo la esponja hasta sacarle la última gota, quizá sin darse cuenta de que en algún momento ellos también se pueden morir de sed. Todo esto de los mercados, las agencias de calificación y tal sigue en la línea del crecimiento, que viene a significar el enriquecimiento de unos pocos, cada vez menos con cada vez más, y el empobrecimiento de todos los demás. Los poderes políticos, los españoles y el resto, están haciendo el ridículo, ni más ni menos. Demostrando con cada decisión improvisada que obedecen al mandato financiero y haciéndolo de forma torpe y bastante soez, como ha sido todo el temita de la Constitución. Luego está la gente, entendida como la mayoría, que no está haciendo nada. Está contemplando el espectáculo con el rabillo del ojo mientras mantiene su atención en Mourinho o la Esteban, pensando que esto escampará y dejando que las cosas sucedan o las hagan suceder otros, aunque las cosas que suceden tengan pinta de afectarles mucho antes o después. Finalmente está la minoría, los que protestan, hacen ruido, ocupan los espacios públicos y tal. Eso que los medios llaman «los indignados» para reducir, caricaturizar y simplificar. Muchos dicen que esa protesta no es otra cosa que una molestia. Puede, pero es mucho mayor lo que molestan los poderes financieros y políticos, incluso los medios de comunicación. Y, además, hay una diferencia de partida: la protesta es molesta pero busca el bien común, lo que se cree mejor, más justo y necesario, para todos. No creo que financieros, políticos y medios puedan decir lo mismo sin mentir.
El viernes tenía una conversación familar sobre esto y alguien me decía que así no se iba a conseguir nada. No sé. Lo que es seguro es que haciendo nada no se consigue nada. Uno, como individuo y como parte de un colectivo, tiene que hacer lo que cree que tiene que hacer. En este caso, además, lo que se está haciendo es, me parece a mí, tomar el único camino posible. El del cambio. Pongamos que estamos todo el planeta metidos en el mismo autobús, pongamos que vamos directos a darnos una hostia contra un muro. ¿Que posibilidades hay? Seguir acelerando, frenar o dar un volantazo. Está claro quiénes están acelerando y yo no veo a nadie frenando. Pero sí creo que toda la agitación que se está dando en España y por ahí fuera es ese volantazo, ese giro que no evita la hostia pero que la suaviza, dejando el autobús dirigido hacia su camino.
El capitalismo, con la evolución que ha tenido desde los 80, ha llegado a su fin. No puede crecer más del mismo modo que una persona de 90 años tampoco puede hacerlo. Puede tratar de aliviar sus achaques pero está en fase de decrepitud y condenado a un cercano fin. Y, por favor, cuando digo esto no estoy hablando en ningún momento de volver al comunismo. El capitalismo tal y como lo conocemos está finiquitado porque, entre otras cosas, su propia condición pasa por quitarnos el poder adquisitivo y, por tanto, la capacidad de consumir y de seguir engrasando la máquina. Tampoco van a engrasarla los curritos de los países llamados emergentes, sin derechos, sin sueldos dignos, sin, muchas veces, mínimas libertades individuales. La máquina se está parando. Y hay que cambiarla.
Hay que ponerse a pensar qué nueva máquina queremos, diseñarla y construirla entre todos. Pero, primero, hay que asumir, todos tenemos que asumir, que hasta aquí hemos llegado. Esto se ha acabado. No hay burbujas económicas sino que nuestra forma de economía es una burbuja. No estamos viviendo una crisis, estamos viviendo la realidad. No pasa nada o no pasa mucho. Como dice Porky, pronto volveremos con más diversión.
Suenan Porky y compañía despidiendo el festival de hoy.
La imagen de arriba y el vídeo de abajo corresponden a una marcianada realizada por el tatuador gringo Scott Campbell que he encontrado en Booooooom.
¿Por qué una manifestación contra el gasto público en un acontecimiento religioso llena de personas que presumen de tolerancia y respeto se convierte en un concurso de insultos contra otras personas que tienen unas creencias distintas? ¿Por qué un montón de gente que ha venido a la capital para celebrar una fiesta dedicada al amor y la fé y con unos valores en torno a la moral y la paz se dedica a insultar y hasta agredir a los manifestnates en cuestión? Y, sobre todo, ¿por qué se le va todo otra vez de las manos a la Delegación del Gobierno y manda a la policía a apalear, retener y vejar a todo lo que se menea siempre que no sea peregrino? ¿Y por qué los medios, que estaban allí y que tienen redactores entre los retenidos cuentan la cosa como si les hubiese llegado a través de teletipo desde la otra parte del mundo? ¿Nos hemos vuelto todos locos? ¿Cuándo ha dejado Madrid de ser un sitio agradable para estar en agosto?
Nota para los quisquillosos: en la imagen. dos peregrinos subidos a una entrada de Cercanías en Sol y arengando al personal. Lo mismo pasaba al otro lado, pero esta foto me quedó mejor.
Queremos cambiar el mundo pero,
¿estamos dispuestos y somos capaces de cambiar nosotros?
A propósito de Somalia, Londres, el #15M, el neoliberalismo, la corrupción, la codicia, la tolerancia, la Naturaleza, los accidentes, la salud, la alimentación, las drogas, la familia, la pareja, los errores… Exigimos responsabilidades, y está muy bien, pero ¿somos conscientes de lo que somos responsables y capaces de aprender de ello? No me contesten ahora, háganlo… después de la visita del Papa.
Londres está que arde como muchas otras veces ha estado. Londres está que arde y ya estaba tardando. Londres está que arde y el personal (blogueros, periodistas, ingeniosos de bar) tiene dos canciones para la banda sonora y las dos son de los Clash. Londres siempre ha sido un campo de batalla y hasta de experimentación. Al tiempo que Reagan la liaba liberando los mercados y dejando a los ludópatas especular con fuego y sin controles, la Thatcher aplicaba el liberalismo por ahí. Y la cosa coincidía con el punk. Eran otros tiempos, claro, en los que ni a la gente ni a los grupos de música les molestaba hacer política. Salir a la calle, protestar, cantar, romper cosas, si es que era necesario. Hoy estamos más dormidos. Tanto, que en Londres no parece que la cosa sea política. ¿O sí? Mientras me pienso si la desesperación y el hastío pueden considerarse política, aquí van unas canciones para todo aquel que quiera pasar del London Calling y el London’s Burning.
Hay muchas más de aquella época en la que se decían las cosas a ladrillazos (y sin necesidad de Twitter ni Blackberry Messenger, dejémonos de chorradas). Yo acabo con una más moderna.
Ayer estuve en Castellana y no vi a nadie intentando asaltar el Ministerio del Interior. Ayer estuve en Castellana y no vi a nadie quitarle el tricornio a un guardia civil. Ayer estuve en Castellana y no vi ni oí ninguna provocación más allá de las pancartas y cánticos que se vienen viendo y oyendo desde el 15M. Ayer estuve en Castellana y vi a miles de personas (no cientos) de todo tipo y condición protestando -y no tratando de acampar en Sol- pacífica y alegremente contra la ruina ética, económica, política y social que estamos viviendo. Ayer estuve en Castellana y vi llegar decenas de furgonetas policiales. Ayer estuve en Castellana y vi como funcionarios del Estado al servicio del ciudadano golpeaban a los ciudadanos. Ayer estuve en Castellana y vi cómo los antidisturbios, entrenados y equipados para responder contundentemente a actos de violencia, ejercían la violencia sobre personas que ni siquiera les plantaban cara. Ayer estuve en Castellana y vi a grupos de hombres uniformados, jóvenes y fuertes, pegar porrazos a señoras de 58 años (Ángela, por ejemplo). Ayer estuve en Castellana y vi a los mandos de la operación impedir la entrada de equipos de emergencia (SAMUR) al lugar de los hechos, dejando a los heridos que ellos mismos habían apaleado, tirados sin asistencia. Ayer estuve en Castellana y sentí miedo, asco y odio no sólo hacia los policías, sino hacia los verdaderos responsables.
Hoy sé que ayer no me han hecho daño ni a mí ni a las personas que apalearon. Hoy sé que ayer sólo han hecho daño a eso que llaman democracia.
Ver la tele para informarse es como tirarse a un charco para lavarse.
Parece que ayer, otra vez, la revolución no fue televisada. Pero fue. Miles de personas tomaron, tomamos, Madrid pacíficamente. No protestábamos por el desalojo del punto informativo de Sol, que también, sino por el desaolojo de la ética y de la humanidad de la vida económica, política y social. Así fue, así es, así será hasta que volvamos a nuestro ser. Cada vez más la realidad de la vida se aleja de la ficción de los medios. Es una opción personal quedarse con una o con otra. La ignorancia, como la inacción, es una posibilidad. Y una responsabilidad.
Hoy, a las 20 h, volvemos a Sol, esté donde esté y aunque nos echen como ayer (en la foto).
Dentro de dos días, el 4 de agosto, se cumplirá un mes del inicio de Cycle Me Home, la aventura de Levi. Un estudiante húngaro de Erasmus en Madrid que, al acabar su semestre y tras enamorarse de una bici, decidió hacer el camino de vuelta a Budapest pedaleando y siendo grabado por unos colegas de estudios (de cine) de allí y de aquí con la idea de hacer un documental. Levi y compañía acaban de dejar Venecia y tienen previsto llegar a su destino el día 10, a tiempo para el festival Sziget (pedazo de cartel, por cierto). Levi salió de Madrid desde el campeonato de mensajeros y la idea era que se fuese sumando gente de todos los países a su ruta. Sospecho que soñaba con montar un lío más gordo, generar movimiento alrededor de la bici y tal. No sé si ha sido así. Qué más da. Lo chulo es que él y sus amigos tuvieron la idea, la están llevando a cabo y los vídeos que van colgando están quedando la mar de majos (abajo pongo los dos últimos). Y lo acojonante es que Levi va con una bici de piñón fijo. Casi 3.000 kilómetros sin parar de dar pedales. Grande.
¿Por qué los medios de comunicación se empeñan hacer un ruido tan irrelevante como una conversación de bar? ¿Por qué un informativo como el de hoy de Cuatro pretende llamarse así, informativo, después de haberse tirado diez minutos hablando del tiempo (hoy mucho calor pero en julio un frío inusual y en agosoto no te creas)? ¿Por qué El Mundo se hace eco de la estupida denuncia de nosequé sindicato de policía que se queja de que los nacionales apostados en el Congreso, pobrecitos míos, habían recibido insultos y peinetas por parte de los indignados, llama a eso violencia y no piensa que, haciendo tal cosa, está insultando a la inteligencia de sus lectores? ¿Por qué El País Semanal el otro día hablaba de algo que hace la mitad de su clientela, que es compartir fotos en la red, como si fuese el descubrimiento de una cura contra el cáncer? ¿Por qué todos se empeñan en hacer cosas que no son su función y no hacen lo que tienen que hacer? ¿Acaso no saben que si nos queremos emocionar vamos a ver una de Meryl Streep? ¿No se dan cuenta de que cuando queremos reírnos podemos repasar a Monty Python? ¿Por qué no nos cuentan historias interesantes? ¿Por qué no nos descubren cosas? ¿Por qué no nos hacen pensar? ¿Por qué no nos tratan como si fuésemos inteligentes cuando es lo que somos? ¿Por qué vamos a seguir comprando, viendo, leyendo y oyendo ese ruido tan irrelevante como una conversación de bar pero muchísimo más aburrido pudiendo estar en el bar conversando?
Suena, porque me lo ha descubierto hoy Jesús Radio City y me ha caído muy bien, Buffalo Killers, Let It Ride.