Antes, los medios presuntamente progresistas y pacifistas habrían tratado como a un personaje valiente y respetable a un tipo que, también presuntamente, ha tenido los santos cojones de desobedecer toda la cadena de mando del ejército norteamericano para filtrar unos documentos que indican la mierda que se está haciendo en Afganistán no por hacerse famosete sino con un interés bastante razonable: «Espero que haya una gran discusión mundial, debates, reformas. Si no es así, estamos condenados como especie». Ahora lo tratan como a un chalado.
Mucha gente me dice que es contradictorio ese rollo ecologista que me traigo con mi afición a los toros. Yo, obviamente, no lo creo. No soy animalista. No pretendo ni soy capaz de imaginar la total liberación animal, la convivencia de seismil y pico millones de personas con el censo al completo de bichos vivientes sin que haya un mordisco o un yugo de por medio. Soy consciente de que el hombre ha hecho su camino, entre otras cosas, a base de someter y utilizar a los animales y no concibo que ahora pueda ser de otra manera. Otra cosa es que ese sometimiento y esa utilización se deba hacer de una forma sostenible y responsable. Somos parte de un ecosistema que contempla nuestro carácter omnívoro pero al que le afectan cada vez más nuestras ansias de consumo desatado. Así pues, creo que el sufrimiento animal, como el humano, es parte de este juego que llamamos vida. Dentro de un orden.
Como trato de ser consecuente, cada vez como menos carne y casi nada de pescado. Tiendo hacia lo vegetal pero sigo siendo aficionado a los toros. No soy el único. Tengo una buena amiga que es prácticamente crudívora y sigue yendo a la plaza. ¿Y qué eso de la afición? Pues, como pasa muchos otros mejores y más sabios aficionados, no lo sé explicar muy bien. La mía, como ya he contado por aquí alguna vez, surge sin antecedentes familiares. Supongo que atraído por ese encontronazo con la vida que es una corrida de toros. Un encuentro a través de la muerte. La segura del toro y la posible del hombre que se enfrenta a él de una forma que, a veces, muy pocas, consigue una plasticidad y una emoción que no encuentro en ningún otro espectáculo. Y mira que voy a espectáculos de todo tipo.
¿Que está mal hacer de la muerte un espectáculo? Puede ser. A mí, en cualquier caso, me parece mucho peor hacer una virtud del ocultamiento de esa muerte. Sometemos a los animales, los hacemos sufrir y los matamos pero, como con casi todo lo feo, está bien mientras no lo veamos. En mi humilde opinión, comerse un huevo frito es una atrocidad kármica mucho más chunga que ir a los toros. Hay mucho más negativo en ese pollo criado y cebado en una jaula que en un toro que vive libremente cuatro o cinco años en el campo para luego pelear durante quince minutos en frente de una cuadrilla y un montón de gente en el tendido. Pero, ¿a que no hay huevos a prohibir los huevos?
Dicho lo cual, a mí en realidad me la trae al pairo, aunque me molesta un poco que haya sido como ha sido, lo que ha pasado en Barcelona. Ya está muy dicho, pero lo cierto es que Cataluña ya no era tierra de toros -la Cataluña de este lado de los Pirineos, que en la otra la afición no para de crecer-. Y también es verdad que en el resto de España, con perdón, la cosa tiene pinta de ir por el mismo camino. Ya sea por la vía legal o por desidia, la Fiesta es algo en peligro de extinción. De hecho, merece extinguirse por cómo se gestiona y por el estado deplorable en que se encuentra. Acabará, como sea, y no pasará nada. La vida seguirá. Eso sí, cada vez más alejada de la muerte y del sufrimiento. Para que sigamos todos encantados de habernos conocido, tan buenos, tan sensibles, tan respetuosos con esos animales a los que seguiremos haciendo sufrir y matando para nuestro propio beneficio y, también, por puro placer. ¿O es que el sashimi de toro es un artículo de primera necesidad? Y un cuerno.
Por supuesto, no he escrito todo este chorizo para convencer a nadie. Lo he hecho porque tenía tiempo libre y me apetecía expresarme. Que para eso tengo blog.
Suena Porom pom pero, de Toreros After Olé (ya no hay antitaurinos como los de antes).
El Parlament ha votado prohibición. La cosa es como argumentar que se está contra la pena de muerte y prohibirla sólo en lugares públicos. El sufrimiento animal seguirá produciéndose en correbous, granjas, laboratorios, mataderos, casas, calles, zoos, marisquerías, acuarios, pesca… A escondidas, si es posible, que no moleste. Se veía venir aunque a muchos les parezca absurdo (a mí, por ejemplo). Pero el pueblo es soberano. Como el brandy.
Cuando los medios de comunicación tradicionales se quejan de que los online son «piratas y depredadores» como decía ayer Bill Keller, director de The New York Times, que dice Rupert Murdoch o protestan porque «a veces reproducen tanto de nuestro artículo que ya nadie necesita hacer clic en el enlace a nuestra página», como también declaraba el mismo hombre a El País, ¿no estarán viendo la paja en el ojo ajeno? ¿O soy yo el que veo la viga en su mirada cuando leo hoy en todoslos medios tradicionales lo de las filtraciones sobre la guerra en Afganistán descubiertas por Wikileaks -un medio online, por cierto- y contemplo que extraen lo principal y lo convierten en noticia? ¿No se ha hecho eso toda la vida, incluso antes de que existiese Internet y hasta la imprenta? ¿Hasta cuándo van a seguir echando la culpa de sus males a otros sin reconocer los errores propios?
Y, ya que estoy, otra cosa: ¿de verdad piensan que es creíble justificar la supervivencia del pago porque, si no, no se podrán sostener las investigaciones periodísticas? ¿Qué es exactamente lo que andan investigando los medios españoles ahora mismo? ¿Cómo combinar los tirantes con el pañuelo en el vestuario de los directivos? ¿Cómo reducir plantillas y aumentar precio de venta al público bajando en páginas y calidad los contenidos para mantener los sueldos del consejo de administración?
Suena Discharge, Hear Nothing, See Nothing, Say Nothing.
Me cuenta una amiga que tiene un amigo con una editorial que si quiero publicar con él mi novela tengo que pagar la tirada, que «ellos ahora no publican gratis», que «hasta tienen lista de tarifas». La verdad es que no me he informado más del asunto por aquello de no morirme de la risa y no sé si, además de pagar la edición, se queda con el 90% de los ingresos, si he de pagar un adelanto o alguna letra pequeña más. Pero, en cualquier caso, la cosa es tope graciosa. O sea, que los que escriben son como los que torean, que tienen que poner para salir al ruedo.
Vamos a ver, amigo de mi amiga, ¿no te das cuenta de que la parte menos fácil de publicar un libro es escribirlo y que lo que haces tú es un tema de gestión? Darse de alta como autónomo o como SL o como sea menester, sacar el ISBN, hablar con una imprenta, pactar con una distribuidora, hacer promoción… Qué arte.
– (…) ¿Quieres saber la verdad? Las teorías conspirativas son una patraña.
– Claro -dijo Tom asintiendo-. Vale, ¿cuál de ellas?
– No una. Todas. Las inventan las autoridades para esconder lo que ocurre de verdad.
Tom río.
– Ésa es buena.
– No bromeo. La única teoría auténtica es ésta, porque la inventé yo. Cuanto más rara parezca, más probable es que una teoría sea cierta. Sólo suena extraño en el contexto de las mentiras que nos han entrenado para aceptar.
– Me he perdido -dijo Tom.
– Las autoridades controlan toda la información; así pues, también tienen que haber sido ellos los que inventaron las teorías. Planearon todas esas ‘teorías conspirativas’ porque la verdad sería aún peor si la supiéramos. Por ejemplo: conoces la hipótesis de que nunca aterrizamos en la Luna, ¿verdad?
– Vi un programa en televisión. Además, hay una película…
– Cierto. Pero el hecho es que esa idea es en sí misma una teoría conspirativa falsa, inventada para desviar la atención de la auténtica verdad. No hay Luna.
– ¿Perdón?
– No hay Luna. Y tampoco planetas. Todo el mundo se desgañita sobre si fuimos allí o no y así esquivan la auténtica verdad. Que allí… no hay ningún allí. Galileo se drogaba. Así es, amigo. Esta bola de piedra es todo lo que tenemos. El gobierno sabe cosas de los alienígenas y las oculta, ¿verdad? El hecho es que no hay alienígenas porque, véase más arriba, no hay resto del universo. La idea se la inventaron cuando fue evidente que necesitábamos un nuevo horizonte o el martes siguiente nos habríamos matado los unos a los otros».
Sacado de Los muertos solitarios, novela de Michael Marshall que no tiene nada que ver con las teorías de la conspiración aunque un poco sí, por eso que tiene de fantástico. Por cierto, habría que hacer un homenaje a Rodrigo Fresán, que dirige con tanto tino la colección Roja & Negra, de Mondadori, y a mi madre, que me ha regalado esta pieza. Por cierto bis, ¿alguien sabe sus coordenadas? Las de Fresán, no las de mi madre. Por probar con mi opción b.
Los atentados de las Torres Gemelas y el Pentágono, el 11-S ése, no fueron responsabilidad de Bin Laden. Como todo el mundo sabe, los autores intelectuales fueron la CIA, Rumsfeld, Bush, los illumnati, la Trilateral y, en general, todos los reptilianos que en el mundo son. ¿Y por qué? Pues porque no se acordaban de dónde habían atracado su galeón. Como diría Sergio Leone, la muerte tenía un pecio.
Por cierto, que hay un montón de buenos relatos que inventarse debajo de está historia que se escondía debajo de las torres que cayeron abajo por los aviones, pero yo es que soy más de escribir chorradas.
Suena el legendario Barco de Colegas, de los mitiquísimos Gigatrón.
Algún día, cuando mis nietos pertenezcan a un grupo de ninjas vestidos de colores para salvar el mundo de un ataque de gominolas sin azúcar, yo les podré contar por qué. Porque yo estuve allí. En el concierto de Peelander Z, un trío de japoneses que no es de Japón sino de alguna ciudad que se parece mucho a Nueva York. Fue hace semana y pico en el Gruta 77 pero yo aún tengo los ojos como escarpias y, como se ve en la foto, los pelos como platos. Aquí van unos vídeos del mejor grupo del universo (paralelo) desde que los Boredoms se pusieron serios.
Mad Tiger.
So Many Mike.
El despiporre (uno de tantos).
La conga.
S.T.E.A.K.
Hubo de todo más: un limbo comunal, un al pasar la barca me dijo el barquero, los del grupo jugando a los bolos (a ser bolos) mientras el público tocaba sus instrumentos y así. Pero que lo cuente Fernando, que también estuvo allí.
El otro día, paseando por la red, me encontré con una bonita lista con los 15 sitios más tóxicos en los que vivir. Son lugares reales donde vive gente de verdad.
Hay un poco de todo. Ríos que se pueden pisar, aire que se puede cortar con un cuchillo, la isla de plástico de la que ya se ha hablado por aquí, Chernobil, bosques de los que ya no queda ni un árbol…
Hay quien sigue sosteniendo eso de que el cambio climático, si es que lo hay, no es cosa del hombre. Pues no sé, no soy científico, pero uno ve estas fotos y se queda con la sensación de que el hombre, entendido como especie, algo está haciendo para ensuciar su casa. Y la de sus descendientes.
Si ejerciésemos el turismo e hiciésemos viajes como se debe, o sea, para descubrir el mundo en que vivimos y las formas de vida que son ajenas a la nuestra, deberíamos incluir cualquiera de estos lugares en nuestras vacaciones de este año.
Desde luego, tendríamos buenas fotos para enseñar a familiares y amigos y, quizás así, nos dejaríamos de coñas a la hora de rechazar esa inofensiva bolsa de plástico o al exigir una política energética seria y responsable a empresas y administraciones.
Aquí sólo he colgado cinco de los 15. Se pueden ver todos en este link. De todos modos, se me ocurren otros sitios tóxicos en los que debe ser difícil respirar sin atragantarse. Por ejemplo, un dos tres responda otra vez: un bono basura, una reunión del G-20, una reunión de consejo de ministros en la que no se aprueba nada sobre las SICAV, el despacho donde se gestiona la solución al vertido de BP, un barco dedicado a cortar aletas de tiburón… ¿Se os ocurre alguno más?
Antes, cuando veía un coche de policía rondando, me temblaban las canillas. El viernes, cuando dos nacionales vinieron rascándose las narices a molestarnos a Nacho y a mí mientras charlábamos en la puerta de mi casa después de currar en Planeta Madrid, pasé un rato bastante entretenido viendo cómo uno de ellos se arrastraba por el suelo buscando en el coche de Nacho no sé si drogas, revistas porno o armas de destrucción masiva. Nosotros, señor juez, sólo teníamos tabaco. De liar.