De todas las letras que han enterrado este fin de semana, me quedo con las que le ha dicho el bueno de José Luis Sampedro al también bueno Antonio Lucas en El Mundo:
No quiero decir que sea contrario al mercado, ni mucho menos. Pero sí lo soy a una sociedad mercantilizada como la nuestra. Aquí se mercantilizan hasta los afectos. Estamos entrando en un periodo de barbarie, como el que se daba en los últimos años del hundimiento del Imperio Romano. Y tenemos a los bárbaros dentro. Eso ha provocado una sociedad impulsada por el miedo. ¿No querían globalización? Pues esto es: el sistema de desarrollo resulta insostenible. Vivimos en el centro de un gran chantaje».
Sampedro habla también de una crisis de liderazgo. Sampedro dice que «la sociedad está muy por delante de sus políticos, de todos. Es el ciudadano el que se mueve, el que está alerta». Sampedro es un optimista.
Encuentro en Canal 7, la tele local de José Frade, algo que me hace pensar. Sé que es una frase arriesgada para empezar un texto, pero la vida está llena de sorpresas. En semejante cadena (re)ponen un programa de la TV de Galicia que se llama Luar. Es una de esas galas de sábado noche en la que lo mismo puedes ver a Massiel haciendo un playback etílico que a Marta Sánchez haciendo uno dietético. Lo gracioso es que el playback no sólo lo practican Marta, Massiel y el resto de los artistas invitados. En la emisión de Canal 7, el señor mayor que presenta en gallego el programa está doblado por una voz joven que repite los titubeos, pero en castellano. La cosa es bastante delirante.
O puede que no. Gracias a Canal 7 me he dado cuenta de que la realidad está llena de gente haciendo playback. Por ejemplo, cuando ayer Raúl dijo al acabar el partido que se «iba contento» y que «el Barça está a 12 puntos, hay que trabajar», no era su voz. La versión original era algo así como «casi nos sale bien lo de poner el autobús, por cierto, me cago en Drenthe». Pasa lo mismo con los políticos y expertos economistas de todo el mundo. Cuando dicen eso de que «la crisis se acabará en 2009 ó, como mucho, en 2010», no están hablando ellos. Su voz auténtica suena más bien así: «No tenemos ni puta idea de qué va a pasar. No sabemos de dónde viene todo esto así que cómo coño vamos a saber por dónde se puede salir».
A partir de ahora, yo voy a hacer lo mismo. Cuando me pregunten «qué tal», voy a dejar de contestar eso de «he tenido reencarnaciones mejores». Ya sólo voy a responder en playback. «¿Qué tal, Pedro?». «De putísima madre». Gracias.
A nadie le importa una mierda la Cumbre del Clima de Poznan. Echando una visual ayer y hoy por las portadas de los diarios en la Red, sólo La Razón le dedicaba un espacio. Un link a la contracrónica de su enviado especial, Javier Brandoli, en la que explica con bastante gracia y mucho tino porqué a nadie le importa una mierda la Cumbre del Clima de Poznan. El caso es que parece que los países desarrollados se han comprometido a reducir sus emisiones entre un 25 y 40% para 2020. Y los que no están tan desarrollados, entre un 15 y un 30%. Pues muy bien. A mí esto me suena al típico que se propone dejar de fumar a partir del día 1 de enero. Bueno, en realidad me suena al típico que se propone dejar de fumar entre un 25 y un 40% a partir del día 1 de enero.
B.S.O. Kortatu, Don Vito y la revuelta en el frenopático.
La parca de las revistas de papel no está, ni mucho menos, en crisis y ahora tiene más curro que nunca. Y, como ella, el tío que actualiza esta web. No es nueva pero ahora está como más de moda. Se llama Magazine Death Pool y se dedica a dar noticia de las publicaciones que van muriendo y también de las que les queda un ay. Dice, por ejemplo, que ha pedido el cura Blender, con lo maja que era (perdón, es). Además, tiene un museo de revistas muertas. Sólo le falta prestar un poco de atención a lo que pasa fuera de Obamalandia y del mundo anglo. En cualquier caso, ojo, si usted trabaja en una revista, no entre a mirar. Puede dar mal fario. Recuerdo haber echado un ojo a la cosa hace casi tres años junto a mis compañeros de Maxim, esos Delta Force del periodismo y la cogorza, y recuerdo con más nitidez que poco después nos dieron el finiquito. Quedan ustedes avisados.
Aunque sea tarde para decirlo, me sorprende, bueno, no me sorprende nada la condena a Santos Mirasierra y la reacción de los medios y la gente, que aplauden con las orejas semejante barbaridad. Por lo que se pudo contemplar en la tele, la policía entró con su delicadeza habitual en la grada que ocupaban los ultras del Olympique. Se veía a personas sangrando con la crisma rota, carreras por el filo del segundo anfiteatro y bastante miedito. Todo porque un delegado de la UEFA decidió que una bandera era nazi en un grupo que se caracteriza por ser todo lo contrario. El muchacho, al que no conozco de nada y no sé si se porta mal cuando va a comer a casa de sus padres, reaccionó de forma bastante natural, defendiéndose y empujando a los que le estaban atacando. De hecho, la policía demostró tanta brutalidad como cobardía, porque reculó y, seguramente por eso, se llevó su buena lluvia de sillas en la cabeza. Un poco rollo invasión de Irak: lo hago sin motivo, disparo a todo lo que se mueve y luego me sorprendo de que me regalen coches bomba. A ver, no apoyo la violencia en los estadios ni soy de ningún grupo ultra ni nada similar. Me la sopla, pero no me parece bien que un juez haya decidido que este tío tenga que pagar una fianza para salir en libertad y no pasar tres años en una cárcel española y el idiota torpe del mando policial que ordenó el ataque y el que lo llevó a cabo hayan salido de rositas cuando fueron ellos los que la liaron y los que, fijo, hicieron más daño que el tal Santos.
Claro que es la historia de siempre. Cualquiera que haya tenido algo alguna vez con la policía sabe de su capacidad para golpear primero. No sólo con las porras, también con las denuncias. Es bien conocida la táctica policial consistente en pegar a alguien y luego denunciarlo por un delito de lesiones y asalto a la autoridad. Ojo, no hablo sólo de la policía española. Es una costumbre global que debe de venir en los manuales desde los tiempos de los centuriones romanos. Normalmente, no pasa nada. Si el caso llega a la Prensa, ésta se traga la versión de la autoridad porque, coño, es la autoridad y, joder, no va a mentir la autoridad. Claro que, a veces, los hay que deciden mandar todo a tomar por culo y tratan de tomarse la justicia por su cóctel molotov. En Grecia, por ejemplo, ha hecho falta incendiar unas cuantas islas para que detengan al poli que disparó, parece que a bocajarro, contra un peligroso chico de 16 años. Jugando a ser Nostradamus, me apuesto un par de cañas con quien sea a que, cuando el fuego se apague, el presunto asesino saldrá a la calle a presumir de su hazaña. Y, siguiendo en plan hipótesis, creo que no pasaría igual si hubiese sucedido lo contrario. Que alguien haga la prueba, que alguien dispare a un policía y que vea si le sueltan pronto (ojo, señor juez, esto no es apología del terrorismo, es sólo un poner).
Con todo, lo peor no es que esto pase todos los días y en todas partes. Lo peor, para mí al menos (que al cabo soy el que escribe aquí), es que los únicos que protestan en estos casos son los que llaman «radicales». La prensa alternativa, los colectivos y tal. Los medios no dicen ni mú. Y sus clientes/lectores/espectadores, tampoco. Estamos alelados mientras nos restriegan su poder y su autoridad. Y no decimos nada, al estilo de eso que no es de Brecht sino de Martin Niemöller: «Cuando los nazis vinieron a por los comunistas, me quedé callado, yo no era comunista. Cuando encerraron a los socialdemócratas, permanecí en silencio, yo no era socialdemócrata (…) Cuando vinieron por mí, no quedaba nadie para decir algo».
Puede que para muchos de los que hayan leído esto piensen que yo soy uno de esos radicales. Pues no sé. Igual. En todo caso, voy a seguir con lo mío. Hoy he comido con mi amiga y abogada Helena y me ha contado que ahora está defendiendo a manteros. No tiene nada que ver con lo que acabo de escribir. O sí. Resulta que las penas y multas para estos tíos que venden los CD que copian otros son más duras, según Helena, que las de los que matan a alguien en un accidente de coche o las de los que pegan una paliza a otro (y que las de la SGAE por colarse en bodas). Que la policía (y los jueces) machacan al que ya está bastante machacado. Pero a nosotros nos da igual y seguimos callados. Porque no somos negros vendiendo CD ni ultras del Marsella ni adolescentes griegos.
Ana me escribe desde México. Está de viaje y se está encontrando con un montón de personas viviendo otras vidas, rebotadas de todo esto. «Me hace gracia tanta gente a la vez pasando de todo, de la crisis, de las grandes ciudades y del coñazo que nos hemos montado. Me he acordado de tus ganas y tus dudas». Yo me acuerdo de Sonia, que el otro día en el concierto de The Faint me dijo que era hora de irse a Melbourne. Y de Bea, que en el mismo lugar preparaba las maletas mentales para irse a Nueva York. Pienso en Santi, que se ha embarcado hacia Marruecos y que, como encuentre un bote en Essaouira que vaya a América, se mete aunque sea de polizón. Hablo hoy con Marta y las opciones son Berlín o Buenos Aires. Marga también piensa en Australia. O en Irlanda. Aranzazu ya lo ha dejado todo y no se ha ido porque ha encontrado un viaje mejor sin moverse de casa. El Chiri está en Málaga y Salva acaba de llegar de Perú. Y hay más. Y mejor no hablo de los que se separan. O de los que no lo hacen pero les gustaría. Casi todos sueñan con cambiar y pirarse a otro lado o existir de otra manera. Esto no va de vacaciones. Dicen que hay una crisis económica que nos vamos a tragar todos. No dicen que hay una crisis existencial que masticamos desde hace tiempo. Seguimos haciendo bola. Tenemos días buenos en los que nos emborrachamos, fumamos y bailamos. Tenemos días malos en los que la resaca no nos impide pensar que así no vamos a donde queremos. Podría escribir un libro sobre el tema. O quizás ya lo he escrito, aunque puede que el mundo nunca se entere. Pero ahora no me voy a dedicar mucho más al asunto. He quedado para emborracharme, fumar y bailar. Aunque hoy no sea un buen día.
17.500 euros, en concreto. Es el tope que se ha puesto el Instituto Nacional de Salud y Excelencia Clínica de Gran Bretaña para prolongar seis meses la vida de uno de sus ciudadanos. (Un paréntesis: el insituto en cuestión tiene un nombre inglés, National Institute for Health and Clinical Excellence, y un acrónimo, NICE, que traducido al español viene a significar «amable», «bueno», «simpático». Fin del paréntesis). Viene esto a cuento por una noticia que leo en el New York Times. Dice la cosa que un hombre con cáncer de riñón, Bruce Hardy, recibió de su médico una recomendación y una receta para tomarse unas pastillas de Pfizer llamadas Sutent que parece que retrasan seis meses la progresión del cáncer. Eso sí, con un coste estimado del tratamiento de 42.500 euros. Pero el NICE del Gobierno británico dice que eso es mucha pasta para prolongar la vida de nadie. ¿Ha llegado la crisis a la salud?
Mmm. Parece que el amable NICE nació con el desembarco de Viagra en el mercado. Al Gobierno británico se le pusieron los huevos de corbata ante la perspectiva de arruinarse por las peticiones de todos los que querían tener la polla dura. Y se inventó en NICE para ponerle puertas al campo del gasto en salud. Y ahora se encarga de supervisar todo el tomate de las recetas y tal. Pero como los gobiernos son como los alumnos vagos, que copian lo que hacen los otros, ya hay un montón de países echando un ojo a los apuntes del NICE y aplicando, o pensando en aplicar, su política de límites. Vamos, por decirlo demagógico y rápido: poniendo precio a la vida de sus ciudadanos.
No digo yo que no sobre gente ni gasto en este planeta pero me sorprende que hagan estas cosas los gobiernos, que ya sabemos que sólo se preocupan por nosotros, por nuestra salud, por nuestro bienestar y tal. De todos modos, el problema, perdón, el asunto, va más allá. ¿De verdad cuesta 42.500 euros ese tratamiento? ¿Cuánto de esa cantidad es margen de beneficio? ¿Es ético forrarse a costa de la vida y la salud de los demás? Por supuesto, estas preguntas son retóricas. La industria farmacéutica es un negocio transparente, limpio y respetable. Un negocio amable, bueno y simpático. Muy NICE. Sí, sí.
Ayer fue el Buy Nothing Day (BND) internacional, el día de no comprar nada, un asunto promovido por diversos movimientos sociales de todo el mundo. En Estados Unidos, el BND fue el viernes. Se llama black friday (viernes negro) al primer viernes tras el día de Acción de Gracias. Aunque no es fiesta, muchos gringos tienen el día libre y salen en manada a hacer patinar sus tarjetas de crédito y celebrar como Rockefeller manda el espíritu de la Navidad. Buen día para protestar y sobrevivir, que diría Discharge. En el resto del planeta, la cosa es el sábado. Se trata, claro, de pasar el día sin comprar, sin consumir. Consiste en dar un descanso a este sitio tan gastado en el que (y del que) vivimos y, de paso, reflexionar sobre en qué nos hemos convertido: ¿somos ciudadanos o somos consumidores? No me contesten ahora, háganlo después de la publicidad…
Uno de los principales promotores del asunto BND es la organización/revista/website/fundación/red de origen canadiense Adbusters. Se trata de un medio de comunicación y agitación esencial para enterarse (de verdad) de lo que pasa y pensar en lo que debería estar pasando para que pasara otra cosa. Una gente muy creativa que utiliza los recursos y el lenguaje publicitario para atacar lo que vende la publicidad. El caso es que llevaba un par de días curioseando por su web y me llamaba la atención que al lado del banner sobre la campaña anticonsumista había otro que te vendía unas zapatillas (muy sostenibles pero a 70$) o una camiseta bien chula (y bien anticorporativa pero a 25$). Supongo que nadie es perfecto (aunque la verdad es que el viernes tuvieron la tienda cerrada por eso de ser coherentes o, al menos, parecerlo).
Pero lo más de chiste del día fue esta noticia aparecida en El Mundo. El viernes negro dejó un martir para la causa del capital: un currito de un Wal Mart de Nueva York murió arrollado por 200 consumidores con hambre de ganga y sed de gasto. Mucha campaña de agitación creativa y por mucha pajilla mental de bloguero plasta pero la civilización occidental sigue su curso y lo hace pisoteando a quien se le ponga por delante. Efectivamente, podemos conseguir casi todo lo que nos propongamos. Lo malo es que lo que nos proponemos conseguir es tan sólo un iPhone rebajado.
Este fin de semana me he acordado de Stephen Hawking, ciéntífico y rapero, que lleva tiempo diciendo que el futuro del hombre está en la conquista del espacio (lo sé, me repito). Pero mientras Sacyr Vallehermoso se decide a construir adosados en Marte, los hay que buscan otras soluciones para su mañana inmediato. Se ha visto en los papeles. Daewoo Logistics, la compañía coreana, ha comprado 1,3 millones de hectáreas en Madagascar para plantar maíz y palma de aceite para alimentar a la gente y a sus coches y no tener que depender de la importaciones al prójimo. Y no se vayan todavía, que aún hay más. El flamante presidente de Maldivas dice que quiere comprar tierra en otros países por eso de que, con el cambio climático, el suyo se va a hundir bajo el Índico en dos patadas. El futuro ya está aquí pero Kubrick no vive para filmarlo.