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Archive for the ‘Disidencia’ Category

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Hay un momento crítico en la vida de una persona. Ése en que te das cuenta por fin de que los padres no siempre tienen razón, de que se equivocan, de que incluso no saben por dónde sopla el aire en según que situaciones. Es un momento importante, digo, pero no necesariamente malo. Es un momento de crecimiento, de asumir responsabilidades, de entender de qué va la cosa de la vida. Bueno, pues hoy, leyendo sobre la dificultad para adaptarse a lo que está llegando de Rupert Murdoch y de la Prensa en general, me ha venido a la mente ese momento. Hasta ahora, daba la sensación de que las empresas, las grandes corporaciones, no se equivocaban nunca, tenían siempre su razón y lograban adaptar la realidad a sus deseos. Pero se está empezando a ver que no es así. Los grandes imperios empresariales parecen pero que muy despistados y no tienen ni remota idea sobre qué hacer para no perder su posición. De hecho, da la sensación de que cada vez tienen menos poder. Quizás ya ni siquiera manden. Así pues, puede que sea momento de que crezcamos, de que asumamos responsabilidades. De que tomemos el mando.

B.S.O. Spacemen 3, Revolution.

La foto es de aquí.

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Hasta ahora era un secreto difundido a voces entre los concienciados y los conectados. Quizás desde que el otro día el semanario The Economist le dedicó unas líneas la cosa empiece a salir a flote como una ballena a la que todos quieren ver. TED, siglas de Tecnología, Entretenimiento, Diseño, nació en 1984 como una conferencia anual sobre esos asuntos. Y eso es lo que sigue siendo. Pero, como la evolución es cosa de inteligentes, se ha implantado en Internet. TED.com cuelga, bajo licencia Creative Commons, las charlas bajo el lema «Ideas que merece la pena difundir». Las ideas en cuestión son las de gente de mucho postín, desde Al Gore hasta Jane Goodall, pasando por J. J. Abrams o Richard Dawkins, y van mucho más allá de las siglas que dan nombre al asunto.

El problema es que a veces las ideas se quedan en sus efectos gaseosos. Mejor dicho, los que deberían encargarse de transmitir las ideas sólo se fijan en lo superficial. Pasa un poco con el artículo de Economist, que le encuentra casi toda la gracia al asunto a que después de la conferencia de Bill Gates sobre la malaria (y la educación) le siguiese una charla de Cindy Gallop sobre el cambio de hábitos sexuales por culpa del (ab)uso del porno por Internet. Pasó parecido, de hecho, en todos los informativos y periódicos, que hablaron de cómo Gates asustó a los asistentes abriendo un bote con mosquitos portadores de la malaria. Lo de Gates fue sólo un fuego de artificio destinado a captar la atención de los asistentes y los internetvidentes, un poco al estilo de los chistes que hacen los conferenciantes americanos para romper el hielo. Lo importante debía ser el discurso que vino detrás de esos mosquitos inexistente. Pero eso no fue noticia.

Puede que las charlas de TED no aporten gran cosa al cambio (necesario) de todo esto. O puede que sí. En cualquier caso, es sólo un ejemplo. Lo que es seguro es que nada va a cambiar mientras nos sigamos fijando en los chistes y en las anécdotas. Lo que está claro es que las ideas están cada vez más lejos de los titulares y, por tanto, del debate. Y un debate sin ideas es como un concierto sin música.

Aprovecho y cuelgo la conferencia de Bill Gates por si alguien está interesado y sabe inglés.

La foto de esos teddy boys ingleses que ilustra todo esto tiene sentido por el titular de The Economist, «The Teddy boys’ picnic», o sea, el pícnic de los Teddy boys.

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Leo en el mismo periódico dos noticias que no tienen nada que ver pero que me hablan de lo mismo. La portada de El País dice que la crisis financiera se agrava, que Bruselas piensa en eliminar los bancos dañados como si fuesen virus informáticos y que lo de Madoff tiene más pinta de regla que de excepción. Treinta y tres páginas más allá, el mismo periódico titula que «La Antártida se resquebraja en miles de icebergs», que el hielo del Polo Sur se funde más rápido de lo previsto.

Aunque lo del hielo derretido no sea digno de portada, parece que la cosa se va a convertir en hábito y nos va a tocar adaptarnos a ello y, por tanto, cambiar de vida. Porque si sube el nivel del mar y por eso hay movimientos de población o si cambia el régimen de lluvias y por eso hay cosechas que van y vienen, por poner dos ejemplos, vamos a tener que ponernos en marcha para gestionar nuevas experiencias vitales. O no. Igual decidimos subirnos a uno de esos trozos de hielo y esperar a que se derrita con el índice y el pulgar apretando los orificios nasales para que no nos entre agua al hundirnos.

Lo mismo pasa con la crisis financiera que, por cierto, es mucho más que financiera. El sistema se resquebraja y sus cimientos se funden mucho más rápido de lo previsto. Y nosotros podemos esperar su hundimiento apretándonos la nariz, esta vez por protegernos de los malos olores. O podemos, también, tratar de adaptarnos a ello. Comprender que la sociedad ya nunca va a ser como la hemos conocido y buscar nuevas maneras de gestionarla.

Claro que, para eso, es necesario que haya líderes que tomen decisiones y yo últimamente no he visto ninguno. En España, la analogía que me pilla más a mano, el Estado da pasta a los bancos sin quedarse a cambio con acciones mientras que las empresas financian a un buen montón de Ayuntamientos por la vía del impago público y el asunto de cobrar en cualquier curro se ve impedido por una morosidad que se contagia sin que el poder trate de buscar una vacuna. Y luego dicen que el caos sólo campa por Somalia.

Este castillo de naipes se está cayendo porque las cartas no estaban bien colocadas. Necesitamos un nuevo tipo de construcción para nuestra sociedad. Si esperamos a los que hemos colocado como croupiers, lo llevamos claro. Necesitamos arquitectos, aparejadores albañiles, fontaneros, electricistas… ¿Quién dice que no hay trabajo? Queda todo por hacer. Hagámoslo.

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Y hablando de drogas y deporte, de hipocresia y leyes… ha caído en mi disco duro un estupendo documental llamado Bigger, Stronger, Faster que cuenta el camino de un loco por las pesas, Chris Bell, por llegar a la verdad sobre el uso de esteroides. El tipo, director y narrador de la cosa, es hermano de otros dos vigoréxicos, ellos usuarios de anabolizantes, que le ayudan a recorrer el trayecto. También lo hacen Ben Johnson, Carl Lewis, Gregg Valentino (brillante, el tío) y un buen puñado de deportistas, médicos, políticos y hasta vacas llenas de músculos. ¿Y cuál es la conclusión? Cualquiera. Porque en este tema, como en tantos otros, no hay una verdad absoluta pero sí está absolutamente lleno de mierda. Porque igual hay alguien leyendo este texto puesto de Lexatín que no admite el consumo de marihuana. Porque puede que yo mañana tenga que tomarme un jarabe con codeína para currar en condiciones pero que si anuncian que han pillado a, es un poner, Nadal curándose un resfriado con una sustancia prohibida se nos caerá un mito al que exigimos resultados y un expediente químico intachable. Porque, como dice el bateador Barry Bonds en la última parte del documental a un puñado de periodistas: «¿Es que ninguno de vosotros ha mentido nunca? No. Todos habéis mentido. Todos. ¿Por qué no vais a limpiar vuestros armarios y luego venís a sacar la ropa sucia del mío?».

Aquí va un tráiler, pero el resto está ahí fuera:

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A Dios (o a quien esté al cargo ahora) pongo por testigo de que volveré a pasar hambre la próxima vez que, después de haber inhalado humo con alta concentración de THC, me entre esa gusa insaciable y lo único que tenga a mano sea un paquete de Corn Flakes (o cualquier otro producto de Kellog’s) o un bocata de Subway. Me uno a esa pequeña  venganza ante esos cabrones carcas que retiran patrocinios por un par de caladas a un bong. Ah, también pongo a quien sea menester por testigo de que tampoco nadaré un sólo metro en una piscina olímpica tras haber fumado yerba. Es mi pequeño y particular boicot a Micahel Phelps. El muchacho, en vez de achantarse y decir que ha dado mal ejemplo, debería haber aprovechado su fama y su poder mediático para dejar claro que la penalización del consumo de drogas es tontería. Igual es lo que iba a hacer pero se le olvidó porque iba fumado.

B.S.O. El Fary, La mandanga.

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¿Y?

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* A diferencia de lo que decían las maquinitas (de las salas de maquinitas).

B.S.O. Cypress Hill, Hits from the Bong.

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Si la década de los sesenta constituye el apogeo del desarrollismo, también lo es el de la insatisfacción. La mercancía colonizaba la vida cotidiana y asimilaba la libertad al consumo. El espacio y el tiempo sociales eran sólo los de la libertad de mercado. La abundancia prometida no era más que abundancia de mercancías y a la prosperidad arrogantemente esgrimida no correspondía un bienestar personal equivalente: la sociedad clasista ofrecía salud económica y enfermedad moral, riqueza material y miseria individual, esclerosis política y vida privada. Por culpa de la integración de parte del proletariado en las nuevas estructuras capitalistas, la crisis se manifestaba como malestar difuso al que sólo eran sensibles los artistas y escritores de vanguardia y, tras ellos, los jóvenes».

Éstas son las primeras líneas del libro Los situacionistas y la anarquía, de Miguel Amorós, que encontré también en la librería The Watergate Bookshop de Barcelona que me descubrió the one and only Virus. Las palabras con que describe ese momento, previo al asunto de mayo del 68, podrían utilizarse para describir el que estamos viviendo. Sólo hay unas pequeñas diferencias. ¿Cuáles? La solución, después de la (estupenda) banda sonora…

B.S.O. La Resistencia, Las rosas rojas de mayo.

Solución: «la crisis se manifestaba como malestar difuso al que sólo eran sensibles los artistas y escritores de vanguardia y, tras ellos, los jóvenes». ¿Quién es ahora sensible al malestar? ¿Hay malestar?

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Leí ayer en el suplemento del New York Times que viene los jueves con El País (no hay link porque no lo cuelgan) que la recesión ha hecho caer las operaciones de cirugía estética en Corea del Sur. Decía el texto que las intervenciones subieron con la recuperación de la crisis monetaria de hace una década pero que «en épocas malas la gente suele privarse de lujos como comer fuera, la joyería y la cirugía estética». El entrecomillado encierra palabras de un tal Park Hyoun, cirujano coreano. No sé yo, señor cirujano coreano, si es muy comparable salir a tomar una ración de oreja con entrar al quirófano retocarse las orejas. Pero, en cualquier caso, me alegro de que usted y sus colegas (sospecho que de todo el mundo) lo estén pasando mal. Señal de que vamos por el buen camino.

El uso alegre de la cirugía estética se ha convertido en un buen ejemplo de la aberración capitalista. Que no me veo bien con mi nariz de pimineto rojo, pues ahorro (o, peor, pido un crédito personal) y me pongo la pizpireta nariz con que David Beckham olisquea a su Victoria. Que tengo el culo gordo porque como helado con cuchara sopera mientras veo Los Serrano, pues llamo a mi Corporación Dermoestética y que me lo arregle en dos tajos y sin salir a correr, que se suda mucho. Que mis compañeras de partida de bridge tienen los labios más carnosos que los míos, pues dame bótox que quiero morir. Lo quiero todo y lo quiero ahora y no tengo que currármelo para conseguirlo porque hay un banco que me lo costea. En eso se resume la trampa del capitalismo. De este capitalismo.

¿Qué por qué es una trampa? Porque en apariencia ofrece una vida mejor pero en realidad guarda una existencia de mierda. Porque las cosas se valoran de verdad cuando se obtienen con esfuerzo. Incluso cuando no se pueden obtener de ningún modo. Es importante saber cómo y quién es uno y poder conformarse con lo que uno tiene, sin que eso signifique dejar de luchar por lo que una desea. Pero que los deseos sean humanos, por Tutatis. No una tele de plasma, un coche cada dos años o unas tetas como las de Pamela Anderson.

Sospecho que a partir de ahora vamos a ver más culos flácidos, más caras arrugadas y más orejas de soplillo. Me imagino que incluso habrá una epidemia de puntos de sutura descosidos y bótox derretido. Buenas noticias. No sólo se va a arreglar el desastre visual que suponía ir a una boda y ver a todas esas señoras biónicas estropear el paisaje sino que todo volverá a estar en su sitio. La realidad volverá a ser real. Y es que creo que empiezo a tener claro que todo esto de la crisis, la recesión y tal es lo mejor que le podía pasar a este planeta. Y lo único. Lo que no era normal era lo de estos años: comprar cosas con dinero que no teníamos, cobrar un sueldo por estar y no por ser y llevar la cara de Brad Pitt en vez de la nuestra. Bienvenidos al mundo real. Ya sólo falta que un virus acabe con el Photoshop y seremos todos felices. Porque feos vamos a estar mucho más guapos.

B.S.O. Gaye Bykers On Acid, Hottest Thing.

La ilustración se llama A Grotesque Old Woman, es de Quentin Massys y la he encontrado en la Wikimedia.

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Manrique lee un libro y reconoce errores en la industria discográfica. Lo escribo en presente histórico por la importancia del momento y porque queda más chulo. Pero ocurrió ayer en El País y se puede leer pinchando aquí. Debemos estar en la semana de la contradicción.

B.S.O. El cuarteto de nos, Ya no sé qué hacer conmigo.

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La semana pasada leí una noticia que decía: HMV entra en el negocio de la música en vivo. Decían los de Brandlife que la cadena de tiendas de discos se había subido al escenario para capear el temporal de la bajada de ventas de cedeses. Pensé entonces en escribir algo sobre cómo se toman este tipo de noticias en el mundo en general y en Internet en concreto. Con alegría. Como si fuesen victorias en pequeñas batallas de una guerra que está a punto de ganarse. No escribí nada. Se me pasó o no tenía tiempo o ninguna de las dos anteriores. Pero ayer me acordé del asunto al leer lo de Diego A. Manrique en El País. El venerable Manrique habla del cierre de una honorable tienda de discos en Londres: Sister Ray como último ejemplo de otras casi 400 en cinco años. Nada de grandes cadenas. Negocios pequeños e independientes. Y comenta también la suspensión de pagos (perdón, concurso de acreedores) de Discos Castelló con el consiguiente aplauso en foros.

Tiene razón Manrique en muchas cosas: hay «una guerra abierta entre la industria discográfica y la gran masa que ha decidido que la música debe ser gratuita». Hay unos «pirómanos que celebran todo lo que signifique dificultades para el negocio musical». Los pirómanos «se declaran melómanos pero parecen creer que la música brota como las setas, sin necesidad de abono monetario, para ellos, la industria es un dinosaurio que no supo adaptarse a las nuevas tecnologías y se merece todas sus desdichas: que sufra antes de evaporarse. Pueden ir de ácratas pero ejercen de justicieros del mercado libre, corifeos de la Escuela de Chicago». Y, lo peor, «puede que nunca hayan entrado en una tienda de discos ni tengan intención de hacerlo».

Pero concluye Manrique que los pirómanos disfrutan de música subvencionada «por esa minoría que todavía adquiere discos y así mantiene el tembloroso tinglado de empresas que continúan produciendo música, importando, recopilando y promocionando música». No sé. No creo. Por lo menos aquí, en España, siempre hemos sido muy poco los que hemos comprado música. Los grandes éxitos, los discos que justificaban la existencia de las multinacionales, eran los que compraba la gente que no compraba discos. Los que comprábamos (y seguimos comprando, en la medida de nuestras posibilidades) éramos tan pocos y comprábamos tan raro que no dábamos más que para subvencionar alguna juerga indie, de cañas y porros, no de champán y putas.

Además, hay algo de razón en la inquina hacia las disqueras, como le gusta llamarlas al mismo Manrique. Esos precios pactados y descaradamente engordados, el baile de formatos al son que más calentaba a sus matrices productoras de aparatos, el habitual desprecio a su cliente y a muchos de sus artistas y de su catálogo… Pero, sobre todo, su reacción a esto que se veía venir de lejos. La industria ha reaccionado tarde y fatal, denunciando a los fans, subiendo (¡en vez de bajando!) los precios con la excusa de unos extras de mierda, manteniendo planes de negocio y costumbres de cuando Elvis hacía la mili, recurriendo a la (poco popular, claro) vía policial, llorando, conspirando, aburriendo…

(Perdón por la autocita pero…) hace muchos muchos años escribí en una fugaz revista cultural llamada La Modificación que la industria musical era poco industria y menos musical. Que la música contaba poco pero que la parte empresarial se hacía como el culo. Eso debió ser por el 98 o así. La cosa ha empeorado y se ha llegado a esto. Y la industria musical no ha hecho más que cagarla. No hablo de oídas: he trabajado mucho tiempo como periodista de la cosa, he tenido un sello discográfico (también fugaz), he sido manager, he montado saraos, conservo amigos dentro del negocio, voy a conciertos sin parar (pero pagando) y, cuando tengo pasta, compro discos.

Pero, ¿qué es esto? ¿Es una crisis, es un desastre, es un avión? No. Es un cambio al que muchos no han sabido, ni querido, adaptarse. Por mucho que le demos vueltas y nos pongamos nostálgicos, la cosa está clara: la forma de consumir música ha cambiado. Pero el cambio no ha sido peor para la parte musical de eso llamado industria musical. La música está más cerca que nunca de la gente, los músicos se comunican con sus oyentes y con otros músicos sin intermediarios, países musicalmente subdesarrollados como éste han visto crecer la culturilla musical de sus habitantes de forma exponencial, las canciones que se hacen en Murcia se pueden escuchar en Chicago sin esperar a distribuidoras o contratos, el que toca por el placer de hacerlo lo puede hacer (con permiso de los ayuntamientos) más y con más público… O sea, la forma de consumir música ha cmbiado porque ha desaparecido de la frase el significado más chungo de la palabra consumir. (O casi: que ya nos están dando por el ojo con el precio de los conciertos).

Dicho lo cual, estoy de acuerdo con Manrique en una cosa: hay mucho gañán suelto que confunde a Alejandro Sanz con Rojo Omega. Que cree que el diablo viste de Warner tanto como viste de Rock Indiana. Y que se alegra del mal de todo lo que huela a discográfico sin terminar de tener claro si los discos son redondos. Una mierda para ellos.

B.S.O. Biohazard, Business.

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