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Archive for noviembre 2009

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Escribe hoy Vicente Verdú en El País un artículo llamado La sociedad devora a la política. Certero cada caracter, yo sólo copiopego el último párrafo:

Pronto, la sociedad ganará a la política vetusta y sin violencia exterior alguna la clase política logrará su saludable autodestrucción. Porque al igual que sucede en el mundo de la biología serán las cancerosas células internas las que terminarán por estrangular al organismo y declarar su indefectible defunción».

Suena Eddie Cochran, C’mon Everybody.

La imagen de la célula cancerígena está sacada de aquí.

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¿Un himno skin convertido en una rumba gastronómica? Claro que sí. Los 4 Skins cantaron su Chaos para honrar la pasado,el presente y el futuro de la estirpe de calvos londinense. Los Decibelios la adaptaron para convertirla en oda a la alopecia con botas española. Pero ha tenido que llegar este tío de Hospitalet para convertirlo en un himno nacional para todos los públicos. Tachita de Collblanc es el necesario paso evolutivo de la música Oi! ibérica. Versiones en clave de rumba de números clásicos del género de Angelic Upstarts, Cock Sparrer y los mencionados 4 Skins, pero también de Beatles y Manolo Escobar. ¡Calorros y orgullosos!

4 Skins, Chaos.

Decibelios, Kaos.

Tachita de Collblanc, Callos.

Vía Adiós Lili Marleen.

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Reconozco que no me importa mucho todo el jardín que está floreciendo dentro del PP pero creo que con todo el ruido de las podadoras mediáticas nos estamos perdiendo algo muy bonito. La belleza de las flores y el dolor de las espinas. El amor y el desamor. La vida misma. Poesía popular eres tú, partido:

Cuando yo estaba mal y sufría, pensaba en ti y me animaba, Mariano, eres mi ejemplo, mi escudo». Francisco Camps.

«La lealtad es la distancia más corta entre dos corazones. Cobo es leal a ti y al partido, Mariano». Alberto Ruiz Gallardón.

«Haced conmigo lo que queráis (…) No soy ningún valiente. Me da miedo lo que hacen, tengo miedo por mí y por mis hijos y por vuestros hijos». Manuel Cobo.

«No habrá próxima vez». Mariano Rajoy.

Suena Prenda del alma, por Chalino Sánchez.

Obra poética seleccionada en El País de ayer. La foto es de aquí.

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Hoy se presenta en Madrí ‘Peajes’, el libro con el que Joséphine Douet ha retratado el camino hacia el ruedo de José Mari Manzanares y su cuadrilla. Este mes se puede leer en la revista GQ el texto que he hecho sobre la cosa. Aquí cuelgo la versión larga y sin ediciones. Y aclaro que Joséphine es mi amiga pero que, sobre todo, es una fotera de raza. Una muy buena fotera de raza brava, claro.

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El toreo es soledad, como recuerda el maestro Joaquín Vidal en su pequeña pero enorme escapada de la crónica taurina a la literatura pura. “Ningún diestro ha sabido definir qué le pasa por la cabeza y el corazón cuando presenta el engaño en el centro geométrico del redondel para iniciar la creación artística de un lance y el murmullo del graderío se viene abajo para convertirse en un expectante silencio”. En la plaza se encuentran la vida y la muerte, la gloria y la tragedia. Allí está el destino del viaje de unos hombres corrientes que eligieron un camino excepcional. En El toreo es grandeza, el maestro Vidal retrata en prosa ese camino, escribe sobre lo que sucede alrededor de una corrida cualquiera en una ciudad cualquiera. Lo mismo ha hecho Joséphine Douet en su libro Peajes. La fotógrafa francesa se ha embarcado con la cuadrilla de José Mari Manzanares y ha retratado lo que ocurre en ese entorno tan desconocido como el de las más profundas fosas marinas. No importa que el libro de Vidal hable de un modesto novillero y que Manzanares sea una de las figuras más esperadas del escalafón ni que hayan pasado 15 años entre una y otra obra. La vida, esta vida, sigue igual.

Porque la soledad de los toreros no es únicamente la que viven en el ruedo. El mismo viaje del matador y su cuadrilla a cada una de las plazas es un trayecto solitario, alejado de la realidad. De hecho, más que un viaje en el espacio, es un viaje en el tiempo. “El mundo de los toros es el mundo más real que existe –explica Joséphine– y, sin embargo, es un anacronismo. Si hubiese hecho el mismo trabajo en los 40, dentro de la cuadrilla de Manolete, estoy segura de que no cambiarían muchas cosas más allá de las que demuestran el progreso del país. Bueno, y que entonces no habrían dejado a una mujer hacer esto”.

Tampoco es algo fácil de conseguir en estos tiempos, da igual que seas hombre que mujer. Joséphine, nacida normanda y decidida madrileña, publica reportajes, retratos y editoriales de moda en medios de postín como Libération, Paris Match, GQ, ELLE, Vanity Fair o Rolling Stone. Joséphine, aficionada cabal gracias a la pasión de su abuela por Curro Romero, comparte meriendas en la grada del 5 de Las Ventas, donde tiene su abono, y recorre habitualmente España para ver toros. Joséphine, que tiene la costumbre de realizar sus sueños, quería formar parte del viaje de este torero alicantino al que ha retratado varias veces y con el que mantiene una relación de confianza. “Creo que su concepto del toro está muy cercano al que yo tengo de la fotografía. Le gustan la sencillez, va al grano, sin florituras, pero con todo el arte que sea posible”. Quizás por esa conexión, Manzanares dijo sí a la primera y la fotógrafa ha entrado a formar parte del equipo del torero. “He sido una más de la cuadrilla. Uno más, en realidad”.

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Ha cruzado con ellos España y Francia, ha compartido la tensión y el cansancio y ha formado parte de las bromas y las conversaciones sobre coches, mujeres y toros, siempre toros. Trece personas viajando en tres vehículos: la furgoneta de la cuadrilla, el coche del apoderado y otro para el torero, el jefe de prensa y Joséphine. José Mari era el único que dormía tumbado, tratando de trazar el sueño a través de las curvas hasta la próxima parada. La vida de los toreros en temporada es dura. Casi cada día, una corrida en una plaza sin que la gira esté definida por la lógica del mapa sino por la de los contratos y las ferias. Habitaciones de hoteles de todo tipo a las que se llega tarde, después de torear, atender a la prensa y cenar, y de las que se sale pronto para volver a empezar sin haber descansado casi nada por eso de la adrenalina. Concentración absoluta y aislamiento de esos alrededores taurinos que fuman puro, beben whisky y escupen alabanzas a cambio de otra ronda.

Al terminar la corrida, el matador y su cuadrilla comentan lo sucedido. A veces, Manzanares felicita a los suyos por el trabajo bien hecho. A veces, ellos opinan sobre la condición del toro y algunos lances. Siempre, se pasa página en seguida. Como dice Jacques Durand, crítico taurino de Libération, en el texto que acompaña las fotos de Peajes, “cada toro es un palimpsesto”.

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José Mari Manzanares es uno de ésos toreros en busca de la faena perfecta. Un hombre de 27 años que, según la fotógrafa, no piensa en su carrera sino en cada toro. “Es muy torero, tiene una educación exquisita, siempre está pendiente de su cuadrilla y siempre con una sonrisa”. También es una persona seria y discreta, que habla poco en general y menos ante una grabadora (por eso su ausencia en este texto). Cuando logra una faena que considera cercana a esa perfección, “se le ve feliz, como si hubiese encontrado su sitio”.

Joséphine, como cualquier fotógrafo desde Cartier-Bresson, también persigue el instante decisivo y, en este caso, no lo buscaba dentro de la plaza, sino fuera. No es la primera vez que Douet se empotra en una gira para retratarla; ya estuvo, por ejemplo, de tour con Rufus Wainwright. “Me gustan las giras por la libertad y el mundo paralelo que se crea”. Pero nada tienen que ver unas con otras. En los toros no está sólo en juego en éxito o el fracaso, aquí se juega algo mucho más importante: la vida. “Es algo que ronda todo el rato; lo sientes en el ritmo, no hay momentos de verdadera relajación. O es tensión o es nada”. Y esa nada, explica Joséphine, es lo peor. Es la nada que se crea tras la frugal comida, la del silencio de la siesta, la de la furgoneta de camino a la plaza. La nada que atrona hasta que suenan clarines y timbales.

Acabo con la frase que cierra el librito del maestro Joaquín Vidal: “La corrida es sólo la parte visible, mínima parte, del mundo exclusivo e irrepetible de la tauromaquia”. Joséphine Douet ha conseguido retratar algunas de esas otras partes. Gracias a ella, los aficionados, y los que no lo son tanto, seguiremos teniendo al menos una cosa clara en esta vida: el toreo es grandeza.

Las fotos que aparecen aquí son del libro y tienen su copyright, así que a ver lo que haces con ellas. Que pillas.

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Ahora que ya se puede medir la droga en el aire, ¿la autoridad se va a dedicar a perseguir al personal que se coge un pedo o al que se lo tira?

Suenan pedos en una de ésas maravillosas chorradas de la tele japonesa.

Y suena, ya en niponadas, Electric Eel Shock, Scream For Me.

 

La foto la encontré aquí.

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La fotografía estereoscópica (stereoviews, en bárbaro) fue una cosa de finales del XIX y principios del XX que ahora se recupera un poco. Dos fotos casi idénticas que formaban una imagen como en 3D al ser vistas en un estereoscopio y que también se ven así gracias a GIF animados como éste. La imagen -unos luchadores de sumo anteriores a las nuevas exigencias estéticas- es una de las muchas capturadas por el fotógrafo T. Enami y recuperadas para el mundo de Internet por Okinawa Soba. Más allá del efectito, la colección es bastante potente como retrato de un país exótico en un momento aún más exótico. Por eso recomiendo leer tanto los textos de la web del fotero como del Flickr de Soba. Eso, para el que tenga tiempo; el que no, ya tiene suficiente para quedar como un tío listo en la barra de cualquier bar.

Suena Turning Japanese, de The Vapors.

Y, como vamos de estéreo, suenan también los chalados The Boredoms y parte de su concierto 77 Boadrum (vaya dos conciertos de estos tíos que he vivido, por cierto, en momentos tan distintos de mi vida… y de la suya).

Vía un soplo de mi hermano Carlos (el link ha desaparecido misteriosamente). Gracias, pues.

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Otro reportaje de la serie Zona Prohibida, para la revista GQ. En esta ocasión, se trataba de viajar a París a un encuentro entre clientes del servicio Meetic Affinity pensado para fomentar el ligoteo y tal. Un servidor fue en plan periodista encubierto pero no logró cubrirse de gloria. Ni de ninguna otra cosa.

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Amor. La empresa de citas online Meetic tiene 54 millones de usuarios en Europa (6,3 millones en España). Una barbaridad. Era ya líder en el sector celestino online pero con la reciente compra de su rival, Match, se ha convertido en una suerte de monopolio del amor (al menos en Internet). Cupido tendrá que recurrir al Tribunal de Defensa de la Competencia

Boda. “Enamórate o te devolvemos el dinero”. Hasta hace poco, Meetic mantenía esta apuesta. Por si la crisis animaba al onanismo, ha preferido retirarla pero ha añadido un servicio, MeeticAffinity, que une a solteros que comparten personalidades similares. Sus psicólogos van para padrinos de boda aunque aquí también se viene a pecar, ojo.

Concurso. Algunos usuarios de ese servicio han ganado un concurso. Un viaje a París. Cuatro solteros de ocho países de Europa, 32 hombres y mujeres buscando lío. Entre ellos hay un periodista infiltrado. Mi menda.

Detalles. Los usuarios no han sido escogidos por su afinidad sino por un notario. Eso convierte la cosa del ligue en una lotería. Y, ya se sabe, afortunado en el juego… Otro detalle: cada ganador viene con un acompañante de su mismo sexo. Con carabina, o sea.

Estrategia. La recepción en lujoso y añejo hotel Lutetia es como una partida de póquer en la que las miradas se cruzan intentando adivinar las cartas de cada uno. Veo a una guapa rubia con pinta de alemana que me mira. Mantengo la mirada. Voy de farol. De repente, observo que entra mi reina de corazones. Una dama inglesa, morena y de sonrisa radiante. Ya me estoy imaginado la pareja cuando ella descubre sus cartas. Detrás viene su madre. ¿Trío? Uf.

Feos. Es lo que tienen los notarios, que sólo se fijan en la hermosura de su firma. Hay mucha belleza interior pero destaca por inusual la de los dos machos italianos. Uno bajito y sin cuello y el otro grande y con todos los extras. Alguien les acaba llamando Astérix y Obélix. Alguien generoso, sin duda.

Guapos. Las dos periodistas españolas invitadas al evento como espectadoras confiesan que mi compatriota David y yo somos los más guapos de la reunión. ¿Quién dice que no se hace información veraz en España?

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Hijos. Empieza la primera actividad, una clase cocina, y se me arriman las dos italianas, Bárbara y Francesca. Quizás porque coinciden con las periodistas. Quizás sólo por esconderse de Astérix y Obélix. Cortar la berenjena y mancharse las manos de tomate seco juntos, une mucho. Ver las fotos de la casa de Bárbara a las afueras de Roma, no tanto. Su hijo sale en casi todas.

Italia. País en forma de bota con un presidente de vodevil, al menos dos hombres poco atractivos y Bárbara y Francesca, que son amigas a pesar de que el padre del hijo de una fue antes el novio de la otra y fue “malo”. Mira que hablan los italianos… Pues deberían comunicarse más.

Juegos. Después de la cocina, toca hacerse fotos disfrazado de bohemio parisino o algo peor. Me escondo pero no lo suficiente como para dejar de ver que mi compañero David consigue dos éxitos: un disfraz no demasiado ridículo y una pareja de foto estelar. Vestido de cocinero, con cacerola y cuchillo, posa junto a la inglesa. Posa con ella y posa sus labios sobre los de ella en un beso robado que logra un tercer triunfo. La madre de la niña y yo estamos de acuerdo en algo: queremos clavar el cuchillo en el corazón de David para volver a sentir el nuestro.

Kilos. 133,70 millones de euros ingresó el Grupo Meetic en 2008, el doble que el anterior. De los otros kilos no voy a hablar que bastante mal karma me he ganado por lo de Astérix y Obélix… Sí, fui yo.

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Listo. Marc Simoncini es el fundador de semejante negocio. El tío tiene 46 años y hace ocho que fundó la empresa. Desconozco su estado civil.

Millonario. Marc Simoncini

No. Respuesta que flota en el ambiente

Ñ. Ah, también hay en la expedición dos españolas. Ana y Patricia son la demostración de que no es lo mismo opinión pública que opinión publicada. Pasan olímpicamente de David y de mí. No más de lo que pasan de todos los demás, eso sí.

Otros. En cambio, se fijan en los demás: el camarero del restaurante, uno que se toma un martini en el bar… No es que no hayan venido a ligar, es que igual les falta ganado en esta granja.

Preservativos. Esas cosas de látex que tengo en la habitación y que otra vez han venido de turismo.

Qué. Eso me pregunto yo: qué y, sobre todo, con quién.

Roxanne. Así se llama la guapa rubia con pinta de alemana que me miraba por la mañana. Resulta que es holandesa. Como Bridget y Sabrina, dos bombones de chocolate negro. David y yo nos unimos a ellas en un equipo impar para la prueba de cata de vinos. Tenemos que adivinar olores, acertar uvas y hacer esas cosas que hace un hombre cada vez que se lleva a cenar a una mujer. Sólo que esta vez ellas conocerán la verdad.

Segundos. Pues sí, a pesar de que sabemos tanto de vino como el Gobierno de economía, quedamos segundos en la prueba y, lo que es mejor, se han reído con nosotros. ¿O era de?

Timidez. Rasgo de buena parte de los participantes en el evento. Como si ser soltero fuese una cruz y no una cara. No es lo que piensan mis amigos casados.

Ulcera. Enfermedad generada por una bacteria que ataca de repente el estómago de Bridget. Más o menos en el momento que me siento a su mesa durante la cena y le propongo que compartamos el premio que hemos ganado.

Vino. El premio en cuestión. Una botella de vino dulce con 15 grados que pensábamos beber David y yo con nuestras tres chicas. Lo que viene a ser una paja mental.

X. Ojalá el hotel tenga canal porno.

Ya. Suficiente. Me he bebido el vino del premio y unos cuantos más de consolación. Si sigo trasegando alcohol puede que vea todo distinto, pero no creo que todo me vea distinto a mí.

Zzzz. Duermo. Solo. Agitado por el etanol, me revuelvo pensando en combinaciones míticas de verdad: Astérix con la madre de la inglesa; las dos hermanas holandesas entre ellas; yo con la fortuna de Mark Simoncini. Una pesadilla y dos sueños húmedos. Que no se diga que mi trabajo no da satisfacciones.

 

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