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Posts Tagged ‘amor’

Soy joven, rico y culto; y soy infeliz, neurótico y estoy solo. Provengo de una de las mejores familias de la orilla derecha del lago de Zurich, también llamada la Costa Dorada. He tenido una educación burguesa y me he portado bien toda mi vida. Mi familia es bastante degenerada y probablemente también yo arrastre una notable tara genética y además esté dañado por mi entorno. Por supuesto, también tengo cáncer, cosa que se deduce automáticamente de lo que acabo de decir. Pero con el cáncer existe una doble relación: por una parte es una enfermedad corporal, de la cual probablemente muera en un futuro no muy lejano, pero que quizá pueda llegar a superar y a sobrevivir; por la otra, el cáncer es una enfermedad del alma de la que sólo puedo decir: es una suerte que finalmente haya hecho eclosión. Quiero decir con ello que de todo lo que he recibido de mi familia en el transcurso de mi existencia poco grata, lo más inteligente que hice jamás fue enfermar de cáncer”.

A lo largo de las 300 páginas siguientes de Bajo el signo de Marte, Fritz Zorn sigue revolcándose en reflexiones sobre su miserable existencia malgastada dentro de los estrechos márgenes marcados por su familia y la “sociedad burguesa”; una vida sin amor, sin risa, sin sufrimiento visible, sin ningún estímulo. Una vida real, puesto que este tío vivió (o algo parecido) 32 años, hasta poco antes de publicar, en 1976. El libro es un poco repetitivo pero sospecho que todos seríamos un poco repetitivos sufriendo esa neurosis, recordando una vida desperdiciada y muriéndonos de cáncer por todo ello. En cualquier caso, esto no pretende ser una crítica literaria sino subrayar la necesidad de testimonios así. A veces uno tiene la sensación de que vivimos anestesiados, pensando que sólo lo “bonito” es lo real y contemplando todo lo “feo” como un espectáculo que nunca nos salpicará a nosotros. Como diría el pobre Fritz, huimos de lo “complicado”, buscamos la “tranquilidad” y, así, dejamos la vida pasar sin siquiera vivirla. Y eso nos pasa (o les pasa, espero) a muchos como individuos pero nos pasa también a todos como colectivo. Y así estamos, dejando que crezca nuestro cáncer.

Si me callo, evito sufrimientos a los que prefieren vivir en un mundo que sea el mejor de los mundos posibles, a todos los que no quieren hablar de las cosas desagradables y que sólo desean reconocer lo que es agradable, a todos aquéllos que rechazan y niegan los problemas de nuestro tiempo en lugar de afrontarlos, a todos los que condenan a la gente que condena lo que existe, aun a la más íntegra, y la tachan de malvada, porque ellos prefieren vivir en una pocilga no criticada antes que en una pocilga donde alguien ose pronunciar la palabra ‘puerco’. Pues es justamente a ésos a los que yo no quiero evitar sufrimientos ni prestarles mi apoyo y con los cuales no quiero declararme solidario, puesto que son ellos los que han hecho de mí lo que soy en este momento”.

Gracias, José Manuel.

Suena Vic Chesnutt, Coward.

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De todos modos, el primer amor es más como un disco de Neil Young. Una vez que te metes, nada te afecta. Dentro encuentras placeres indescriptibles y sufrimientos apocalípticos. Y no quieres salir. Te sientes seguro, protegido por una voz que te tranquiliza hasta en los momentos más explosivos. Y quieres que nunca acabe. Y estás seguro de que nunca acabará. Los amores que vienen luego ya no son igual. La pérdida de ese primero se mantiene escondida en la memoria dispuesta a aparecer cuando sea necesario. Para recordar lo malo. El sufrimiento, la tristeza, el adiós. Para frenar, sin que uno se dé cuenta, la pasión. Para poner puertas al campo. Y con los sucesivos, es aún peor. Así, hasta que uno no encuentra su propio corazón y ya no se lo puede dar a nadie. En realidad todo esto me lo han contado. Yo sólo tuve uno. Un amor. Discos de Neil Young he tenido muchos. Creo que casi todos. Y puedo asegurar que eso me pasó la primera vez que escuché cada uno de ellos. Y todas las siguientes”.

Este texto pertenece a La opción b, novela escrita por un servidor y, de momento, no publicada.

Only Love Can Break Your Heart.

The Needle And The Damage Done (con Crosby, Stills y Nash).

Cortez The Killer (con Crazy Horse).

Hey Hey, My My (también con los Caballo Loco).

Cinnamon Girl (con Los Lobos, nada menos).

 

 

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Otro reportaje de la serie Zona Prohibida, para la revista GQ. En esta ocasión, se trataba de viajar a París a un encuentro entre clientes del servicio Meetic Affinity pensado para fomentar el ligoteo y tal. Un servidor fue en plan periodista encubierto pero no logró cubrirse de gloria. Ni de ninguna otra cosa.

cupido

Amor. La empresa de citas online Meetic tiene 54 millones de usuarios en Europa (6,3 millones en España). Una barbaridad. Era ya líder en el sector celestino online pero con la reciente compra de su rival, Match, se ha convertido en una suerte de monopolio del amor (al menos en Internet). Cupido tendrá que recurrir al Tribunal de Defensa de la Competencia

Boda. “Enamórate o te devolvemos el dinero”. Hasta hace poco, Meetic mantenía esta apuesta. Por si la crisis animaba al onanismo, ha preferido retirarla pero ha añadido un servicio, MeeticAffinity, que une a solteros que comparten personalidades similares. Sus psicólogos van para padrinos de boda aunque aquí también se viene a pecar, ojo.

Concurso. Algunos usuarios de ese servicio han ganado un concurso. Un viaje a París. Cuatro solteros de ocho países de Europa, 32 hombres y mujeres buscando lío. Entre ellos hay un periodista infiltrado. Mi menda.

Detalles. Los usuarios no han sido escogidos por su afinidad sino por un notario. Eso convierte la cosa del ligue en una lotería. Y, ya se sabe, afortunado en el juego… Otro detalle: cada ganador viene con un acompañante de su mismo sexo. Con carabina, o sea.

Estrategia. La recepción en lujoso y añejo hotel Lutetia es como una partida de póquer en la que las miradas se cruzan intentando adivinar las cartas de cada uno. Veo a una guapa rubia con pinta de alemana que me mira. Mantengo la mirada. Voy de farol. De repente, observo que entra mi reina de corazones. Una dama inglesa, morena y de sonrisa radiante. Ya me estoy imaginado la pareja cuando ella descubre sus cartas. Detrás viene su madre. ¿Trío? Uf.

Feos. Es lo que tienen los notarios, que sólo se fijan en la hermosura de su firma. Hay mucha belleza interior pero destaca por inusual la de los dos machos italianos. Uno bajito y sin cuello y el otro grande y con todos los extras. Alguien les acaba llamando Astérix y Obélix. Alguien generoso, sin duda.

Guapos. Las dos periodistas españolas invitadas al evento como espectadoras confiesan que mi compatriota David y yo somos los más guapos de la reunión. ¿Quién dice que no se hace información veraz en España?

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Hijos. Empieza la primera actividad, una clase cocina, y se me arriman las dos italianas, Bárbara y Francesca. Quizás porque coinciden con las periodistas. Quizás sólo por esconderse de Astérix y Obélix. Cortar la berenjena y mancharse las manos de tomate seco juntos, une mucho. Ver las fotos de la casa de Bárbara a las afueras de Roma, no tanto. Su hijo sale en casi todas.

Italia. País en forma de bota con un presidente de vodevil, al menos dos hombres poco atractivos y Bárbara y Francesca, que son amigas a pesar de que el padre del hijo de una fue antes el novio de la otra y fue “malo”. Mira que hablan los italianos… Pues deberían comunicarse más.

Juegos. Después de la cocina, toca hacerse fotos disfrazado de bohemio parisino o algo peor. Me escondo pero no lo suficiente como para dejar de ver que mi compañero David consigue dos éxitos: un disfraz no demasiado ridículo y una pareja de foto estelar. Vestido de cocinero, con cacerola y cuchillo, posa junto a la inglesa. Posa con ella y posa sus labios sobre los de ella en un beso robado que logra un tercer triunfo. La madre de la niña y yo estamos de acuerdo en algo: queremos clavar el cuchillo en el corazón de David para volver a sentir el nuestro.

Kilos. 133,70 millones de euros ingresó el Grupo Meetic en 2008, el doble que el anterior. De los otros kilos no voy a hablar que bastante mal karma me he ganado por lo de Astérix y Obélix… Sí, fui yo.

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Listo. Marc Simoncini es el fundador de semejante negocio. El tío tiene 46 años y hace ocho que fundó la empresa. Desconozco su estado civil.

Millonario. Marc Simoncini

No. Respuesta que flota en el ambiente

Ñ. Ah, también hay en la expedición dos españolas. Ana y Patricia son la demostración de que no es lo mismo opinión pública que opinión publicada. Pasan olímpicamente de David y de mí. No más de lo que pasan de todos los demás, eso sí.

Otros. En cambio, se fijan en los demás: el camarero del restaurante, uno que se toma un martini en el bar… No es que no hayan venido a ligar, es que igual les falta ganado en esta granja.

Preservativos. Esas cosas de látex que tengo en la habitación y que otra vez han venido de turismo.

Qué. Eso me pregunto yo: qué y, sobre todo, con quién.

Roxanne. Así se llama la guapa rubia con pinta de alemana que me miraba por la mañana. Resulta que es holandesa. Como Bridget y Sabrina, dos bombones de chocolate negro. David y yo nos unimos a ellas en un equipo impar para la prueba de cata de vinos. Tenemos que adivinar olores, acertar uvas y hacer esas cosas que hace un hombre cada vez que se lleva a cenar a una mujer. Sólo que esta vez ellas conocerán la verdad.

Segundos. Pues sí, a pesar de que sabemos tanto de vino como el Gobierno de economía, quedamos segundos en la prueba y, lo que es mejor, se han reído con nosotros. ¿O era de?

Timidez. Rasgo de buena parte de los participantes en el evento. Como si ser soltero fuese una cruz y no una cara. No es lo que piensan mis amigos casados.

Ulcera. Enfermedad generada por una bacteria que ataca de repente el estómago de Bridget. Más o menos en el momento que me siento a su mesa durante la cena y le propongo que compartamos el premio que hemos ganado.

Vino. El premio en cuestión. Una botella de vino dulce con 15 grados que pensábamos beber David y yo con nuestras tres chicas. Lo que viene a ser una paja mental.

X. Ojalá el hotel tenga canal porno.

Ya. Suficiente. Me he bebido el vino del premio y unos cuantos más de consolación. Si sigo trasegando alcohol puede que vea todo distinto, pero no creo que todo me vea distinto a mí.

Zzzz. Duermo. Solo. Agitado por el etanol, me revuelvo pensando en combinaciones míticas de verdad: Astérix con la madre de la inglesa; las dos hermanas holandesas entre ellas; yo con la fortuna de Mark Simoncini. Una pesadilla y dos sueños húmedos. Que no se diga que mi trabajo no da satisfacciones.

 

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