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Escuela de calor

¿Se imaginan un país en el que se pusiera de moda renunciar a toda forma de beneficio poco honesto, donde el machismo no se cobrase una sola víctima, donde las diversas comunidades y lenguas se exigiesen unas a otras lo mejor de sí mismas en vez de replegarse sobre un sacrosanto simulacro de identidad? Ese país sólo existe en las canciones. En las canciones que todavía no existen. Pero es el único que reconozco como propio».

Santiago Auserón, en una columna llamada «Canciones que todavía no existen» y publicada el sábado en Babelia.

(El mapa de España, o así, es de un niño que se llama José Luis y lo he encontrado en este blog).

Hoy no puedo decir nada más que todo lo que dice Sol y Moscas en «Primitivismo y vanguardia». Pasen y lean. Yo, de tapa, cito un poco:

Con un toro embalsamado ganas 13 millones de euros y la admiración general, con un toro lanceado te ganas el desprecio de los miembros de la nueva Ecclesía de los hombres modernos».

La coña mortal

Ayer pasaron por Madrid Jaz, Geordie, Youth y Big Paul. O sea, la formación original de Killing Joke más el teclista Reza Udhin. Killing Joke es uno de esos grupos oscuros pero clásicos, de los que nunca estuvieron bajo los focos del estrellato pero cuya música animó a muchos a crear más música. En esta gira se supone que tocaban sólo cosas de sus dos primeros discos. A lo que hacían estos muchachos allá por 1980 le decían post-punk. Pero podía ser cualquier cosa. De los cortantes riffs de guitarra de Geordie han bebido thrashmetaleros (Metallica repasó The Wait), rockeros industriales (Ministry es como su hijo toxicómano) y alternativos varios (Nirvana casi va a los tribunales por fijarse en Eighties para su Come As You Are). Los ritmos tribales de la batería de Big Paul han amamantado a músicas de baile diversas, del tecno pop al electro. El bajo machacón de Youth es un género en sí mismo. Lo que hacían estos muchachos allá por 1980 era adelantarse, por el lado oscuro, a su tiempo. Y lo que hicieron ayer fue demostrarlo.

No sólo sonaron temas de Killing Joke y What THIS for? También hubo canciones de Pandemonium y otras joyas de los 90. Y alguna novedad, como ese Time Wave dedicado a Terence McKenna y su teoría de la novedad. La cosa va de que el Universo se alimenta de la novedad y con esta teoría se puede conocer cuándo han sido y predecir cuándo serán los periodos de cambio. Y parece que 2008 es el inicio de una etapa la mar de revolucionada que culminará en el famoso 2012 con el que tanta lata dieron los mayas y dan los nuevos jipis. No es la primera vez que Killing Joke se meten en estos jaleos. Allá por 1982, Jaz convenció a los otros de que el apocalipsis iba a llegar antes que Naranjito y se los llevó a Islandia. Pero, ojo, no estamos hablando de unos tarados. Youth es una eminencia del dub y de la producción (de Paul McCartney a Tom Jones pasando por Depeche Mode). Y Jaz es un cerebrito, compositor residente de la UE y de las orquestas de Auckland y Praga, un experto en música árabe y maorí y doctorado en teología. Por ejemplo.

Ayer pasó por Madrid Killing Joke y fue como ver a cinco currantes de una forja dando martillazos en la sala de control de una central eléctrica. No me llevé cámara ni he encontrado vídeos del evento pero aquí hay un Wardance en directo en 1982. Casi nada.

Actualizo: gracias a un comenatrio de Barduk, cuelgo un vídeo del concierto en Madrí. Requiem.

Visita guiada a un local de «ambiente liberal». Reportaje publicado en el número 130 de la revista GQ, dentro de la sección Zona Prohibida. Viva el periodismo gonzo.

Ayer tuve un sueño. Un sueño de integración y liberación. Como el de Martin Luther King pero en versión calentorra. Sí. Soñé que iba al Encuentros, el más famoso pub de ambiente liberal de la capital desde que el hijo jinete de la Duquesa de Alba fuese retratado en la puerta. Cayetano no galopaba en mi sueño, pero sí había hombres solos que, como él, habían ido a tomar una copa. Ojo: en Encuentros, cinco días a la semana, pueden entrar varones solitarios y merodear por la zona de la barra que te topas nada más dejar los abrigos y pagar la entrada (50 euros por pareja, con cuatro copas). Ojo bis: esos individuos pretenden algo más que saciar su sed y miran a las parejas con cara de deseo entre cómica y acojonante para que éstas les inviten a pasar a la zona reservada para ellas y montárselo entre los tres. A nosotros nos miraron, claro. Pero ni a mi pareja ni a mí logró convencernos para dejar de ser pares la lascivia landista de, por ejemplo, ese señor calvo, bajito y con fino bigote. Ni en sueños.

Dejamos a los solitarios y preguntamos por una relaciones públicas para que nos enseñase el local. Y apareció María. Y María, muy simpática y atenta, nos hizo la visita guiada por la parte de Encuentros reservada para las parejas. Nos enseñó la primera zona, donde tomar algo sentados para conocerse. Pasamos por los camarotes privados donde las parejas se encierran solas o en compañía de otras. La seguimos hasta el jacuzzi, por las duchas y las taquillas. Vimos el cuarto oscuro y otra habitación sin luz y con una celosía por pared. El sueño tenía un intenso olor a desinfectante. Era, pues, un sueño limpio en el que se amontonaban imágenes guarras, en el mejor sentido de la palabra. Dos parejas que humedecían aún más el ambiente del jacuzzi sin intercambiarse, de momento. Otras que retozaban desnudas en los sofás. Hombres que metían su mirada a través de los agujeritos de la celosía y sus órganos sexuales por otros agujeros más grandes hechos más abajo para disfrute de algunas valientes usuarias de ese casi bucólico glory hole.

Mi pareja y yo observábamos. Era nuestra primera visita a Encuentros y estábamos en modo se-mira-pero-no-se-toca . «Nosotros la primera vez tampoco nos atrevimos, pero luego en casa fue espectacular». Nos lo dijo otro par que conocimos tomando algo en la zona menos fogosa del local. Es curioso, nadie nos entró. Y eso que bajábamos la media de asistentes al sueño (por encima de los 45). Nada. Tuvimos que ser nosotros los que iniciásemos las conversaciones. Igual, pensamos por un momento, aquí hablar está de más. «Qué va -nos contó otra pareja-, aquí se habla, y mucho. Nosotros, por ejemplo, estuvimos el otro día en el entierro de la madre de una mujer que conocimos aquí. Te acabas haciendo amigos». Amigos con derecho a roce, claro, pero que no rozan sin permiso. Nos explicaron, y comprobamos, que el respeto es absoluto. «Aquí se viene a lo que se viene pero si a alguien no le apetece hacer algo, lo dice o aparta la mano y no se hace». Y otra cosa: «No tiene porqué ocurrir el aquí-te-pillo-aquí-te-mato». Por lo que se ve, el ambiente liberal tiene sus códigos y a las parejas les gusta observar el comportamiento de las otras antes de lanzarse. Los expertos recomiendan dejarse caer una, dos, tres veces por el local. A ser posible los mismos días. Cruzar miradas. Currárselo.

Aunque puede pasar de todo. «Nosotros hemos venido ya un par de veces y, bueno, hasta ahora sólo hemos practicado sexo oral con otras parejas». Ese «sólo» nos sonó en ese momento más que suficiente a mi pareja y a mí, pero el matrimonio joven que lo pronunció lo hizo con toda naturalidad. Otra pareja más en el tipo de la noche, mayor y de mucha belleza interior, nos explicó que, aunque el uso del preservativo es casi exigido por todos, alguna vez se habían dejado llevar por la pasión.

De alguna manera, nosotros también estábamos teniendo nuestra ración de sexo oral gracias a lo que estábamos oyendo. Nadie se cortó a la hora de contarnos sus experiencias. Sospecho que el morbo no es completo si se hace y luego no se cuenta. Aunque morbo, para quien lo encuentre en todo esto, hay en todas partes: en ver a otros follar, en follar y que te vean otros, en meterte en un cuarto oscuro y tocar y que te toquen sin tener muy claro qué o quién, en hacer tríos, cuartetos y todo tipo de combinaciones matemáticas en las que, eso sí, parecen vetados los choques hombre contra hombre. Incluso puede que a alguien le ponga ver a parejas pasear tapadas por toallas blancas y calzadas con chanclas de plástico como si viniesen de nadar en la piscina municipal y no de un fornicio público y salvaje. A mí, la verdad, esa visión no me puso nada. Por eso decidí dar por concluido mi sueño y despertar. Por eso y porque había soñado que soñaba un sueño con cuerpos como los que veía Tom Cruise en su paseo por la casa de Eyes Wide Shut y parece que no había encontrado al mismo director de casting. Otra vez será.

¡Fela en (off)Broadway!

Lo leo en Música en la mochila y me quedo pasmado. Cito:

El coreógrafo Bill T. Jones ha estrenado un musical titulado “Fela!”, basado en el libreto que escribieron sobre el mito nigeriano el propio Jones y Bill Lewis. En la obra hay música de Kuti, claro, interpretada en directo por el colectivo de afrobeat neoyorquino Antibalas. La verdad es que ya en la puesta en escena del músico y su banda, Nigeria 70, los bailes jugaban un papel importante; inevitable con ese poderío rítmico.

“Fela!” está en cartel hasta el próximo 21 de septiembre en el teatro 37 Arts. Por si alguien tiene dudas, es tan improbable que alguno de los empresarios que programan musicales en España lo traigan a este lado del charco como que lluevan piedras».

Por si alguien no lo sabe, Fela Anikulapo Kuti es a la música africana lo que James Brown a la música gringa. O algo así. Es el negro que parió el afrobeat y que puso a bailar primero a Nigeria, luego al continente y luego hasta a los blanquitos con criterio del resto del Planeta. Fela Kuti fue un grano en el culo para los que mandaban en su país y un africanista convencido y convincente. Fue también un revolucionario no muy comprensible desde la perspectiva progre occidental: lo mismo se cagaba en el ejército, que hacía apología de la marihuana o que se casaba del tirón con 27 mozas. Fue, en cualquier caso, un tío muy grande. Enorme.

Y ahora iba a recomendar un documental francés sobre el personaje que compré de saldo en una tienda madrileña cerrada por la crisis. Pero ocurren tres cosas: a) no me acuerdo del nombre; b) no lo encuentro por casa; y c) Se llama Music Is The Weapon y alguien lo ha colgado en Youtube. Así que, allá van dos cachos (no sé si está entero).

Tu acorde me suena (3)

Camper Van Beethoven fue un cojogrupo en los 80. Su sonido salía de haber tragado rock, folk, country, ska, punk y, seguramente, demasiados ácidos. Eran jipis y luminosos cuando todo el mundo iba de negro y era postalgo. Eran muy divertidos y muy buenos cuando la mayoría no lo era. Luego, David Lowery montaría otro grupo muy majo, Cracker. El caso es que la canción más famosa de Camper Van Beethoven es Take The Skinheads Bowling, un delirio delicioso que retrata la libertad de acción de este grupo de taradetes y que fue todo un éxito en las radios universitarias gringas de la época (1985). Aquí va:

Bien, pues allá por 1970 un tal Graham Nash compuso una canción que a mí me parece la abuela de la de Camper Van Beethoven. Teach Your Children es una joyita country-rock que se publica casi al mismo tiempo en los primeros discos en solitario de Nash (Song’s For Beginners) y David Crosby (If I Could Only Remember My Name) y en el Déja Vu de Crosby, Stills, Nash and Young. De ese disco de CSNY es de donde yo la oigo habitualmente. Y, cuando lo hice por primera vez, bastante después de haber escuchado la de Camper Van y tal, las emparenté inmediatamente. No sé, igual es sólo cosa mía… Pero de eso trata todo esto, ¿no?

Retrato de una abogada

Último texto sobre profesiones, mmm, distintas para Interviú. Éste fue publicado el lunes 1 de septiembre. Si alguien tiene un asuntillo con la ley, aquí puede contactar con Helena, la prota de estas líneas. De mi parte.

Sorprende escuchar a una mujer lamentarse de que muchas denuncias de malos tratos son falsas y de que, por eso, muchos hombres acaban condenados injustamente. Es aún más extraño oírselo a una mujer que que es abogada. Es más raro pero muy creíble. Helena Echeverri Aznar lo es desde hace 15 años. No hay tradición en su familia pero ella decidió matricularse en Derecho y no estudiar Antropología porque le pareció que era una buena manera de juntar sus dos vocaciones: tratar de defender la Justicia y conocer de cerca el comportamiento de la gente. Helena, que también hizo cuatro años de Criminología, ha visto mucho. Y mucho malo.

«Una mujer me planteó que qué me parecía poner una denuncia por abusos sexuales a su hijo por parte de su ex marido. Era mentira pero ella quería hacerlo para quedarse con la custodia. El problema en asuntos de malos tratos es que el uso del derecho se ha convertido en un abuso. Hay infinidad de denuncias falsas y lo peor es que los medios no hablan de ello». Ojo, que nadie vaya al Ministerio de Igualdad a señalarla con el dedo. Helena defiende también a muchas mujeres maltratadas. Lo único que trata de explicar es que no todo es lo que parece. «A veces los jueces son ingenuos y piensan que lo que cuenta la policía es verdad y que lo que dice la persona que va esposada es mentira y no hay que darle credibilidad».

Pone un ejemplo. Un caso de una mujer rusa acusada de tráfico de cocaína. Ella rogó al juez que la tomara delcaración de nuevo, aseguraba ser inocente y avisaba de que su abogado, su suegro, no era de fiar. Nadie la prestó atención hasta que unos policías de la Audiencia Nacional le dijeron al juez que tenían unas escuchas que demostraban que todo era un complot entre el abogado y unos policías para que él se pudiese quedar con la custodia de sus nietos».

Sus clientes hablan a Helena de policías que golpean a detenidos sin motivo y que roban drogas. De abogados que aceptan pagos en especias (cocaína) o que colaboran con delincuentes convirtiéndose en cómplices y contraviniendo su código deontológico. Luego están los medios. «Es lamentable que se hagan series de casos famosos antes de que tenga lugar el juicio. Es una forma de predisponer a la sociedad contra una persona y de quitarle la posibilidad de tener un juicio justo». A Helena disfruta de su trabajo, pero no acepta todo lo que hay alrededor. Y no se calla. «A mí el jurado me parece lamentable. La Justicia se tiene que impartir por profesionales. Igual que yo no corto chuletas de vaca, entiendo que los ciudadanos no pueden decidir si una persona es culpable o inocente en función de la bonita retórica de un abogado».

Helena es apasionada al hablar y parece llena de energía. También es muy lista. Nada más licenciarse, entró a trabajar en un hospital en el departamento de Recursos Humanos. Allí se enteró de que habían ingresado a un abogado muy conocido. Quizás, algún cliente insatisfecho le había pagado con cinco puñaladas. Helena, en cualquier caso, le mandó una tarjeta deseándole una pronta recuperación. El hombre se lo agradeció ofreciéndole trabajo. En año y medio con ese abogado de cuyo nombre prefiere no acordarse vivió muy de cerca casos tan famosos como el del mendigo asesino o el de la Dulce Neus.

Cuando se sintió preparada, abrió despacho propio donde defiende temas de familia y a cultivadores de marihuana. Helena es abogada de la AMEC (Asociación Madrileña de Estudios sobre el Cannabis), por compromiso, por convicción: «Me quedaría sin trabajo, pero se deberían legalizar las drogas. Por lo menos el hachís y la marihuana. Lo otro no lo tengo tan claro, pero sé que la legalización evitaría mucha delincuencia; aunque también quebrarían más inmobiliarias de las que están quebrando y mucha gente que blanquea en restaurantes y tiendas se quedaría sin actividad».

Pero Helena no se limita a eso. Además de ser profesora de Derecho Penal, es abogada del turno de oficio. En el turno es donde de verdad puede observar esos comportamientos humanos que tanto le interesan. En el turno ha defendido a acusados de pertenecer a Al Qaeda o a un camionero rumano que atropelló a ocho guardias civiles y mató a seis. Y, también, al asesino de la baraja. Vuelve a hablar claro: «Tengo grandes dudas de que Alfredo Galán fuera el asesino de todos los crímenes que le imputaron. Estoy convencida de que en al menos dos no era él».

Escuchando a Helena, puede dar la sensación de que se acaba generando una empatía entre el acusado y su abogado y de que por eso no sólo los defiende en un juzgado sino ante una grabadora y una Coca Cola. Ella lo admite, pero con alegaciones: «Muchas veces sí me implico personalmente. Incluso sabiendo que son culpables. Pero con muchos otros, no. Sabes que son unos cabrones y que tú tienes que hacer tu trabajo pero que no le vas a invitar ni a un cigarro». También admite divertida ciertos momentos peliculeros, de ésos en los que el recluso y su abogada pueden acabar en un doble final feliz de libertad y matrimonio, valga el oxímoron. «Si estás solo en la cárcel y la única persona que va a verte es una chica, pues puede pasar que algún cliente se enamore de ti. Yo alguna vez me he fijado en alguno, pero más que con sentimientos amorosos, con ganas de salvarlo, de llevarlo por el buen camino».

En la vida, de todos modos, no abundan los finales felices. Sí hay, en cambio, situaciones que superan el esperpento. Sobre todo cuando está de por medio la burocracia. «Recuerdo a un hombre al que acababan de notificar un auto de alejamiento los juzgados y le dio un ataque al corazón. Cuando llegó la ambulancia para llevárselo, el secretario del juzgado se plantó diciendo que no se podía ir hasta que no hubiera firmado la notificación del auto… ¡Y el tío se estaba muriendo!».

Helena se acaba la Coca Cola y se dispone a marcharse a los juzgados de Plaza de Castilla. Tiene que defender a un rumano acusado de apuñalar a otro. Parece que él sólo intentaba ayudar y que los que lo acusaron son cómplices del agresor. Pero no hay testigos y el caso parece complicado. «El último caso siempre es el más difícil». Helena, por lo menos, ya va aprendiendo a separarse un poco de todo eso malo que ve y que vive. «Ahora intento que me afecte lo menos posible, pero no sé si es bueno. Cuando te dedicas al derecho penal social, hay que poner algo de corazón en lo que haces». Como decían aquéllos, es rock and roll, pero le gusta. No se ve haciendo otra cosa. «De alguna manera, pienso que ayudo a la sociedad sacando libre a un inocente o logrando la condena para un maltratador».

Pez

Un hombre. Un gorro de natación. Unas gafas de buceo. Una braga náutica. Nada más. Ni aletas. Ni plomos. Ni neopreno. Ni, por supuesto, botellas con aire. Y el tío da una calada de aire y se baja los 55 metros de profundidad que hay hasta la entrada del arco en el Blue Hole, en Dahab, Egipto. Recorre con parsimonia los 30 metros de arco. Y vuelve a subir. El pez se llama William Trubridge, es de Nueva Zelanda y batió en abril de este año en Bahamas el récord de apnea en peso constante sin aletas dejándolo en 86 metros.

He estado buceando este agosto en ese Blue Hole con todo lo que le faltaba a William: traje, plomos, aletas, botella. Es espectacular. Pero no he llegado al arco. Cada año hay unos cuantos que lo intentan, buceadores técnicos bien equipados, con dos botellas y mezclas especiales. Y muchos se quedan en el fondo. He aquí algunas lápidas en recuerdo de los caídos. Glubs.

Heavybillies

Hace muchos muchos años en una tienda muy muy lejana (la ya finiquitada Del Sur) encontré de chiripa un disco de unos tipos llamados Hayseed Dixie. La cosa se llamaba A Hillibilly Tribute to AC/DC y venía a ser exactamente eso. Un tributo hillibilly a AC/DC. Contaba en el libreto del cacharro cómo una banda de músicos y gañanes residentes en el valle Deer Lick Holler, en el corazón de Appalachia, andaban acariciando sus banjos y sus violines en modo bluegrass cuando pasó un forastero en su carro y se estampó contra un árbol. El tipo murió pero en su maletero permaneció con vida una colección de vinilos que los muchachos pusieron a rodar en su tocata a 78 R.P.M. Los discos en cuestión, claro, eran la discografía de AC/DC hasta el For Those About To Rock y los redenecks no tuvieron más remedio que sufrir una iluminación que transformó sus vidas y su música. Detrás de toda esta coña pantanosa había y hay un disco cojonudo. La broma es buena, el repertorio, insuperable y la aproximación por la vía del country más paleto, de nivel. Luego, han alargado el asunto con versiones de Kiss, Aerosmith, Black Sabbath y otros y hasta con un disco de canciones propias. Bien, pues resulta que estos cabrones están de gira por Europa y tocan en Iberia sólo hoy en el Azkena Rock Festival (junto a otros favoritos como Ray Davies, The Sonics, Los Lobos, Jayhawks, Danko Jones…). Y yo me los voy a perder porque la gente no sólo insiste en casarse sino que se empeña en invitarme. Así que me consuelo colgando unos vídeos. Con todos ustedes, Hayseed Dixie:

El me pones toda la noche, seguramente la mejor versión, sobre el vídeo original…

La autopista al infierno…

El as de espadas de Motörhead…

El anda por este trecho de Aerosmith…

Las vacaciones al sol de los Sex Pistolas…

Y hasta las rosas de Outkast…

Para acabar, la historia del grupo contada en imágenes y sonido…

Tu acorde me suena (2)

Hace ya 20 días, de paseo por Tel Aviv, me metí en un garito de aires malasañeros llamado Bloom. Y me encontré con que había un grupo local tocando. Bueno, no exactamente un grupo. Hank and Cupcakes es una pareja, Sagit y Ariel, con una formación curiosa. Batería y bajo. Ella, Sagit, canta y toca la batería de pie. Y él, Ariel, se lo curra con un bajo lleno de efectos. La cosa sonaba bien. Distinta pero no mucho; reconocible pero no demasiado. Según me contó Ariel luego, se van a vivir a Nueva York a buscarse la vida, un poco hartos de la, dicen ellos, escasa monótona musical de Israel. Suerte.

El caso es que viéndoles me acordé de otra pareja con la misma formación. Bajo y batería. Death From Above 1979 es un grupo canadiense de Toronto. O era, que lo dejaron en 2006. Me compré su único largo, You’re a Woman, I’m a Machine, hace tres años en Nueva York. No los conocía de nada, pero me moló la portada. Acerté. Death From Above 1979 son (o eran) la polla. Qué manera de liarla sólo con esos dos instrumentos: música de baile, industrial, funk, punk y lo que sea. Qué temazos. Qué pena no haberlos visto nunca en directo. Uno de ellos tenía y sigue teniendo un proyecto más electrónico, MSTRKRFT, que también chana. Y hay un disco de remezclas también muy recomendable: Romance Bloody Romance. Hala, aquí van: