¿Por qué las editoriales (de libros) dicen que no hay crisis para ellas cuando están frenando lanzamientos, recortando adelantos y, básicamente, parando una actividad que, por otra parte, estaba salida de madre teniendo en cuenta lo (poco) que siempre se ha vendido?
(Y que conste que no he venido aquí a hablar de mi libro… De momento).
Los medios de comunicación están en crisis. La caída de la inversión publicitaria los ha dejado temblando. Los medios de comunicación impresos están peor, ya casi ni tiemblan. Se toman en pulso y sienten que les quedan pocos latidos porque el futuro inmediato no pasa por la tinta y porque la crisis de inversión publicitaria no hace más que acelerar ese proceso irreversible. Lo peor es que los que mandan en esos medios están logrando hacer todavía más rápido el destino que quieren evitar. Como ir a merendar al Burger King para bajar el colesterol.
Claro que si uno lee la Prensa puede acabar convencido de que la culpa es sólo de las circunstancias. Por lo que se ve, estas crisis es malísima no sólo porque haya cuatro millones de parados y tal, sino porque amenaza a los medios de comunicación, con lo importantes que son para el mantenimiento de la libertad y la diversidad de opiniones y cual. No digo yo que no, pero para mí que aquí se están confundiendo las cosas. Se confunde la Prensa con las empresas periodísticas y se confunden las circunstancias con el tocino.
Ayer mismo, la presidenta de Reporteros Sin Fronteras España publicaba un artículo en El País en el que conseguía ocupar página y media sin decir casi nada. Trataba María Dolores Masana de defender la importancia de una profesión periodística libre de presiones, de amenazas y, se atrevía a sugerir, de condiciones laborales miserables. Después de un montón de líneas llenas de tópicos y vacías de contenido, acababa así: «La prensa es el baluarte de la democracia (…) En la tarea de defenderla es preciso concienciar a los agentes sociales, a las universidades y otras entidades culturales y, por su especial responsabilidad, a los Gobiernos e instituciones públicas. Porque dejar que la prensa se hunda o se prostituya es permitir que la sociedad pierda un medio esencial para su debida cohesión y conciencia en el ejercicio de sus derechos fundamentales».
Toma ya. O sea, que si la Prensa se hunde la culpa es de los agentes sociales, las universidades, nosecuáles entidades culturales y, sobre todo y por supuesto, del Gobierno. Las empresas periodísticas son víctimas de la situación. Sus pobres dirigentes no han hecho nada para que estén las cosas como están. Total, ellos no son los toman decisiones, los que pagan poco y tarde, los que callan opiniones disidentes, los que, incluso con buena voluntad, se equivocan. Ellos no, por favor, son las circunstancias. No. Que una cosa son las circunstancias y otra es cómo se actúa ante ellas.
Las circunstancias son que el mundo económico está en plena transformación y que, además, alguien hace tiempo inventó una cosa llamada Internet que ha revolucionado la forma de comunicarse. Las reacciones de los mandamases de los medios antes estas dos circunstancias están siendo, en general, desastrosas. Tanto, que se están empezando a parecer mucho a las reacciones de la industria discográfica ante una crisis muy parecida (lo digital frente al soporte, lo gratuito frente al pago). Más tontos los directivos periodísticos por no haberse fijado y aprendido de los errores de los jefes discográficos.
Las circunstancias son las que son. Todos nos tenemos que adaptar a ellas. Las empresas periodísticas también. Si, por lo que sea, tienen que cambiar su modelo de negocio, que traten de hacerlo lo mejor posible y que procuren no lloriquear mucho durante el proceso. Yo soy periodista. Llegué a currar en una revista en la que las páginas se maquetaban a mano y los textos se escribían a máquina, se mandaban a fotocomposición y, tres correcciones después, a fotomecánica. He trabajado en periódicos, revistas, informativos y programas de tele, radio, Internet y lo que haya hecho falta. He aprendido a usar diversos programas informáticos, a manejar cámaras, a editar y un montón de cosas que ahora se me han debido olvidar. Y, como yo, tantos otros. Nunca hemos pedido ayudas al Gobierno. Tampoco nos hemos hundido. Nos hemos adaptado a las circunstancias.
En estos días inciertos para nuestra profesión, los periodistas madrileños tenemos la suerte de contar con la APM (Asociación de la Prensa de Madrid), que vela por nuestros intereses. Hoy he recibido un email de esta APM a través del cual veo cubiertas mis necesidades de jamón para lo que queda de año y con la que está cayendo. O el 10% de mis necesidades de jamón, al menos. Copio y pego:
La Asociación de la Prensa de Madrid (APM) y la cadena de restaurantes Mesón Cinco Jotas, propiedad de Osborne, han llegado a un acuerdo gracias al cual todos los miembros de la APM podrán beneficiarse de precios especiales en los establecimientos de toda España. Así, los asociados disfrutarán de un 10% de descuento sobre el precio de carta en todas las consumiciones y compras realizadas en los Mesones Cinco Jotas, incluidos los Menús del Día y los Menús para grupos. Este descuento será del 12% si el precio de las consumiciones supera los 100 euros. Asimismo, Mesón Cinco Jotas cuenta con menús específicos para celebraciones (comuniones, bautizos, etc.), de los que los asociados obtendrán un 15% de descuento sobre el precio oficial».
Hay más beneficios narrados en el email pero no quiero matar de envidia a los no asociados. Sólo decir que molaba eso del seguro médico y lo de entrar gratis en los museos enseñando el carnet. Pero esto es lo más. Donde esté el Museo del Jamón, que se quite la cultura… y la salud.
Apósito: un día después, recibo otro email en el que me informan de los cursos gratuitos de redacción periodística, fotografía digital, after effects y edición en Avid. Que no se diga que sólo velan por nuestros intereses ibéricos. Dicho queda.
Como saben, la prensa escrita se ha venido financiando hasta ahora a través de dos fuentes principales, la publicidad y la venta en el quiosco. En ausencia de crisis, la publicidad aporta en torno a la mitad de los ingresos. El resto procede de esos 1,20 euros que cada lector paga cada día por su ejemplar, es decir, menos de lo que cuesta un cruasán. Si este equilibrio entre ingresos directos e ingresos por publicidad se altera, no será sin consecuencias.
En el actual modelo, una caída de la publicidad puede afectar a la viabilidad económica de los medios. Luego la publicidad sigue siendo muy importante. Pero el principal capital de un periódico serán siempre sus lectores. Y no sólo en términos metafóricos. Primero, porque sin lectores no hay publicidad. Y segundo, porque el hecho de que haya lectores que pagan por la información es lo que permite al periódico ser independiente, no sólo frente a los poderes, sino también frente a los anunciantes.
La crisis económica ha provocado una caída de las inversiones en publicidad que está afectando a los contenidos, como ha ocurrido con el Pequeño País. Y eso ocurre al tiempo que la cultura de la gratuidad se extiende de la mano de Internet, lo que puede acabar afectando también a la calidad. ¿De verdad puede alguien creer que una información fiable, independiente y veraz no tiene coste? El periodismo de calidad es cada vez más caro, porque exige escribir desde el lugar de los hechos, investigar y no conformarse con las versiones de parte; exige más tiempo, más recursos y mayor cualificación profesional. Si el lector no paga por la información, ¿quién lo hará?, ¿a cambio de qué?
Un modelo de información totalmente gratuita por Internet supondría un cambio de modelo. El periodismo pasaría a depender totalmente de los anunciantes. El actual equilibrio se invertiría. Si la publicidad se convierte en el principal o el único sostén de la información, los medios pueden perder su independencia. Ahora EL PAÍS puede preservar la suya porque hay suficientes lectores dispuestos a pagar por el diario en el quiosco. No defraudarles es, pues, un imperativo de supervivencia del actual modelo».
Leyéndolo, se me han ocurrido unas cuantas cuestiones:
¿Debe ser un medio independiente sólo porque tiene lectores que paguen por acceder a su información o debe serlo (o tratar de parecerlo, no seamos ilusos) por definción?
Si, como se interpreta en el texto, los anunciantes pueden influir en las noticias y El País ha tenido anuncios desde el principio de sus tiempos, ¿cuántas noticias hemos leído teñidas del color del que paga y cuántas hemos dejado de leer?
¿Alguien ha dicho que la información de calidad no tenga coste? (Otra cosa es que ese coste lo paguen otros, no el lector; eso es cuestión de cada modelo de negocio).
Partamos de la base que plantea la defensora: el periodismo de calidad es cada vez más caro. Entiendo que eso significa que El País tiene cada vez mayor calidad y que, por eso, ha subido un 20% de precio en menos de un año. Si es así, ¿por qué en el mismo texto se admite que están bajando la paginación y los recursos?
La defensora menciona, por cierto, el nuevo precio del periódico pero no le da importancia. No sé si espera hacerlo en el futuro o si prefiere pasar, pero es un hecho que han subido 20 céntimos en menos de un año. Cierto es que, como dice, sigue siendo más barato que un cruasán. Pero es que el cruasán no lleva publicidad.
En Londres hay un par de decenas de hombres y mujeres haciendo que hacen algo para arreglar el mundo que ellos han ayudado a estropear. En Londres hay unas decenas de miles de gentes haciendo ruido para que esos cabrones hagan algo (o dejen de hacer, mejor). En Londres hay casi diez millones de personas que pasan de todo y lo único que hacen es ir a trabajar para ganar un dinero que no les da para casi nada realmente divertido y enriquecedor. Ay, Londres.
Estuve la semana pasada por allí. Y, como siempre que voy últimamente, me vine con una sensación amarga. Qué bonito está Londres. Y qué limpio. Y qué ordenado. Qué pena que me da. Londres una vez fue capital contracultural, un lugar donde pasaban cosas que se contagiaban al resto del mundo, un epicentro del underground. Ahora Londres es capital económica, un sitio donde sólo pasa dinero, el epicentro del desastre. Un asco. Ya casi no salen nuevos sonidos o nuevas corrientes de esa ciudad. La gente se tira horas en trenes para llegar a trabajos donde se pasan horas para ganar un dinero que se esfuma en minutos. Lo que brilla es el parque temático para ricos en que se ha convertido la ciudad. Cochazos, restaurantes con pretensiones, clubes privados.
Y son los practicantes de esa bisutería inútil los que se siente amenazados por lo que ellos llaman los «anarquistas» con un tono despectivo. Todos los periódicos, de pago y gratuitos, se pasaron la semana que estuve allí alertando a la población del peligro del caos que llegaba. Como si la amenaza estuviera en los que protestan y no en los que merecen las protestas. Lo normal es que el ciudano, adormecido por la rutina, sienta miedo de los manifestantes y cariño por los gobernantes. Así nos va.
Así, nos parece estupendo que haya cámaras en todas las esquinas. Vemos normal que los que proponen alternativas sean dejados al margen como atracciones de feria. Y nos callamos ante lo que está pasando como si la crisis fuese un desastre natural y no algo provocado por la avaricia del ser humano. No sé si otro mundo es posible. Pero, si lo es, el modelo no es Londres.
Hoy escribe Nicolás Sartorius en El País un certero artículo títulado Un Estado de bienestar global en el que habla de lo que estamos hablando todos todo el rato. Para el que no haya tenido tiempo de leerlo, para el que sea lector de otro periódico o para todo aquél al que le haya parecido una ordinariez empresarial otra subida de 10 céntimos en el precio de dicho medio -lo han subido un 20% en un año, por no hablar del redondeo de las 100 pelas al euro que hicieron todos en su momento; no sé yo si es la mejor manera de atraer a un lector que huye del quiosco-, dejo un par de párrafos.
«Me preocupa cuando oigo hablar solamente de crisis financiera o de crisis económica. Por supuesto que estas crisis existen. Las manifestaciones son obvias y dolorosas. Pero lo que tenemos delante es el hundimiento de un modelo de capitalismo que no ha estado gobernado por la política, sino que ha estado en manos de una élite mundial, sobre todo financiera, descontrolada, que ha buscado su único beneficio».
«De esta crisis se puede salir con más de lo mismo o con otro modelo, más democrático, más social y, desde luego, sostenible. Creo que la época en que EE UU y Europa hacían y deshacían está superada. Hay que democratizar todas las instituciones internacionales; fomentar los procesos de integración regional que vaya creando una red de gobernanza coordinada global; apostar por un nuevo paradigma energético basado en las energías limpias; establecer nuevas reglas en el comercio mundial que incluya cláusulas de cohesión social; acabar con los paraísos fiscales, que son un auténtico robo a los fiscos, ¡y la gente se sigue preguntando dónde está el dinero! En una palabra, ir creando, paulatinamente, un Estado del bienestar global, única manera, en mi opinión, de mantener a la larga el que disfrutamos en Occidente».
Habéis acabado con millones de empleos en todo el mundo. Ofrecisteis el sueño de tener una casa a quien no podía pagarla para quitárselo poco después. Tenéis la culpa de que la gente haya cambiado el compromiso por una televisión de plasma de oferta. Pero esto es demasiado. Malditos cabrones, he leído en El Mundo que por vuestra culpa Barrio Sésamo va a echar a parte de su plantilla. Puede que a partir de ahora Epi no tenga un Blas al que provocar insomnio. Igual ya no hay galletas que alimenten a Tricky. Y mucho me temo que Súper Coco va a tener que empeñar el casco, con el bien que le hacía para su estilo de aterrizaje. Hijos de puta, ésta me la vais a pagar.
Ayer, Enrique Gil Calvo publicaba en El País un estupendo artículo comparando el destino del capitalismo liberal al de la cultura de los moais en la isla de Pascua. Se puede leer completo pinchando en esta frase pero aquí queda el último párrafo.
Confiemos en que la memoria histórica nos enseñe a evitar lo peor y nos permita aprender a buscar otra salida menos autodestructiva. ¿Cuál podría ser ésta? Queda una cuarta posibilidad, al menos teórica por improbable que sea, y es la de convertir la actual crisis de los mercados en una verdadera crisis del sistema, eventualmente capaz de dar a luz un nuevo modelo de sociedad. Una sociedad sostenible y ya no basada en el depredador capitalismo neoliberal, que de ciclo a ciclo y de burbuja en burbuja está conduciendo al planeta a un inminente colapso como el de la isla de Pascua, ahora masivamente amplificado a escala global».
Leí ayer en el suplemento del New York Times que viene los jueves con El País (no hay link porque no lo cuelgan) que la recesión ha hecho caer las operaciones de cirugía estética en Corea del Sur. Decía el texto que las intervenciones subieron con la recuperación de la crisis monetaria de hace una década pero que «en épocas malas la gente suele privarse de lujos como comer fuera, la joyería y la cirugía estética». El entrecomillado encierra palabras de un tal Park Hyoun, cirujano coreano. No sé yo, señor cirujano coreano, si es muy comparable salir a tomar una ración de oreja con entrar al quirófano retocarse las orejas. Pero, en cualquier caso, me alegro de que usted y sus colegas (sospecho que de todo el mundo) lo estén pasando mal. Señal de que vamos por el buen camino.
El uso alegre de la cirugía estética se ha convertido en un buen ejemplo de la aberración capitalista. Que no me veo bien con mi nariz de pimineto rojo, pues ahorro (o, peor, pido un crédito personal) y me pongo la pizpireta nariz con que David Beckham olisquea a su Victoria. Que tengo el culo gordo porque como helado con cuchara sopera mientras veo Los Serrano, pues llamo a mi Corporación Dermoestética y que me lo arregle en dos tajos y sin salir a correr, que se suda mucho. Que mis compañeras de partida de bridge tienen los labios más carnosos que los míos, pues dame bótox que quiero morir. Lo quiero todo y lo quiero ahora y no tengo que currármelo para conseguirlo porque hay un banco que me lo costea. En eso se resume la trampa del capitalismo. De este capitalismo.
¿Qué por qué es una trampa? Porque en apariencia ofrece una vida mejor pero en realidad guarda una existencia de mierda. Porque las cosas se valoran de verdad cuando se obtienen con esfuerzo. Incluso cuando no se pueden obtener de ningún modo. Es importante saber cómo y quién es uno y poder conformarse con lo que uno tiene, sin que eso signifique dejar de luchar por lo que una desea. Pero que los deseos sean humanos, por Tutatis. No una tele de plasma, un coche cada dos años o unas tetas como las de Pamela Anderson.
Sospecho que a partir de ahora vamos a ver más culos flácidos, más caras arrugadas y más orejas de soplillo. Me imagino que incluso habrá una epidemia de puntos de sutura descosidos y bótox derretido. Buenas noticias. No sólo se va a arreglar el desastre visual que suponía ir a una boda y ver a todas esas señoras biónicas estropear el paisaje sino que todo volverá a estar en su sitio. La realidad volverá a ser real. Y es que creo que empiezo a tener claro que todo esto de la crisis, la recesión y tal es lo mejor que le podía pasar a este planeta. Y lo único. Lo que no era normal era lo de estos años: comprar cosas con dinero que no teníamos, cobrar un sueldo por estar y no por ser y llevar la cara de Brad Pitt en vez de la nuestra. Bienvenidos al mundo real. Ya sólo falta que un virus acabe con el Photoshop y seremos todos felices. Porque feos vamos a estar mucho más guapos.
La semana pasada leí una noticia que decía: HMV entra en el negocio de la música en vivo. Decían los de Brandlife que la cadena de tiendas de discos se había subido al escenario para capear el temporal de la bajada de ventas de cedeses. Pensé entonces en escribir algo sobre cómo se toman este tipo de noticias en el mundo en general y en Internet en concreto. Con alegría. Como si fuesen victorias en pequeñas batallas de una guerra que está a punto de ganarse. No escribí nada. Se me pasó o no tenía tiempo o ninguna de las dos anteriores. Pero ayer me acordé del asunto al leer lo de Diego A. Manrique en El País. El venerable Manrique habla del cierre de una honorable tienda de discos en Londres: Sister Ray como último ejemplo de otras casi 400 en cinco años. Nada de grandes cadenas. Negocios pequeños e independientes. Y comenta también la suspensión de pagos (perdón, concurso de acreedores) de Discos Castelló con el consiguiente aplauso en foros.
Tiene razón Manrique en muchas cosas: hay «una guerra abierta entre la industria discográfica y la gran masa que ha decidido que la música debe ser gratuita». Hay unos «pirómanos que celebran todo lo que signifique dificultades para el negocio musical». Los pirómanos «se declaran melómanos pero parecen creer que la música brota como las setas, sin necesidad de abono monetario, para ellos, la industria es un dinosaurio que no supo adaptarse a las nuevas tecnologías y se merece todas sus desdichas: que sufra antes de evaporarse. Pueden ir de ácratas pero ejercen de justicieros del mercado libre, corifeos de la Escuela de Chicago». Y, lo peor, «puede que nunca hayan entrado en una tienda de discos ni tengan intención de hacerlo».
Pero concluye Manrique que los pirómanos disfrutan de música subvencionada «por esa minoría que todavía adquiere discos y así mantiene el tembloroso tinglado de empresas que continúan produciendo música, importando, recopilando y promocionando música». No sé. No creo. Por lo menos aquí, en España, siempre hemos sido muy poco los que hemos comprado música. Los grandes éxitos, los discos que justificaban la existencia de las multinacionales, eran los que compraba la gente que no compraba discos. Los que comprábamos (y seguimos comprando, en la medida de nuestras posibilidades) éramos tan pocos y comprábamos tan raro que no dábamos más que para subvencionar alguna juerga indie, de cañas y porros, no de champán y putas.
Además, hay algo de razón en la inquina hacia las disqueras, como le gusta llamarlas al mismo Manrique. Esos precios pactados y descaradamente engordados, el baile de formatos al son que más calentaba a sus matrices productoras de aparatos, el habitual desprecio a su cliente y a muchos de sus artistas y de su catálogo… Pero, sobre todo, su reacción a esto que se veía venir de lejos. La industria ha reaccionado tarde y fatal, denunciando a los fans, subiendo (¡en vez de bajando!) los precios con la excusa de unos extras de mierda, manteniendo planes de negocio y costumbres de cuando Elvis hacía la mili, recurriendo a la (poco popular, claro) vía policial, llorando, conspirando, aburriendo…
(Perdón por la autocita pero…) hace muchos muchos años escribí en una fugaz revista cultural llamada La Modificación que la industria musical era poco industria y menos musical. Que la música contaba poco pero que la parte empresarial se hacía como el culo. Eso debió ser por el 98 o así. La cosa ha empeorado y se ha llegado a esto. Y la industria musical no ha hecho más que cagarla. No hablo de oídas: he trabajado mucho tiempo como periodista de la cosa, he tenido un sello discográfico (también fugaz), he sido manager, he montado saraos, conservo amigos dentro del negocio, voy a conciertos sin parar (pero pagando) y, cuando tengo pasta, compro discos.
Pero, ¿qué es esto? ¿Es una crisis, es un desastre, es un avión? No. Es un cambio al que muchos no han sabido, ni querido, adaptarse. Por mucho que le demos vueltas y nos pongamos nostálgicos, la cosa está clara: la forma de consumir música ha cambiado. Pero el cambio no ha sido peor para la parte musical de eso llamado industria musical. La música está más cerca que nunca de la gente, los músicos se comunican con sus oyentes y con otros músicos sin intermediarios, países musicalmente subdesarrollados como éste han visto crecer la culturilla musical de sus habitantes de forma exponencial, las canciones que se hacen en Murcia se pueden escuchar en Chicago sin esperar a distribuidoras o contratos, el que toca por el placer de hacerlo lo puede hacer (con permiso de los ayuntamientos) más y con más público… O sea, la forma de consumir música ha cmbiado porque ha desaparecido de la frase el significado más chungo de la palabra consumir. (O casi: que ya nos están dando por el ojo con el precio de los conciertos).
Dicho lo cual, estoy de acuerdo con Manrique en una cosa: hay mucho gañán suelto que confunde a Alejandro Sanz con Rojo Omega. Que cree que el diablo viste de Warner tanto como viste de Rock Indiana. Y que se alegra del mal de todo lo que huela a discográfico sin terminar de tener claro si los discos son redondos. Una mierda para ellos.