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Archive for the ‘Citas’ Category

En el New York Times hablan de lo que hay en la Ciudad Vieja de Jerusalén estos días. Se celebra el Ramadán pero también el mes de Elul que conduce al Rosh Hashaná y al Yom Kipur. El «tenso encuentro» de dos religiones celebrando sus cosas sagradas en una ciudad también sagrada para ambas pero que se niegan la una a la otra. O, como corrige el siguiente extracto del texto de Ethan Bronner:

Sería un error llamar a esto tensos encuentros porque no hay encuentros de ningún tipo. No hay intercambio de palabras. Las mujeres religiosas de ambos grupos -cabezas, brazos y piernas cubiertas de una forma sutilmente distinta- se miran pasar unas a otras como sin prestar atención. Los grupos pasan la noche como universos paralelos con nombres diferentes para cada lugar y momento que ambos reclaman como propio».

El reportaje es bastante revelador de lo que hay por ahí y se puede leer completo haciendo click aquí. Me ha recordado a lo que viví yo hace un mes y pico y que dejé por escrito también por acá.

(La foto viene firmada por Rina Castelnuovo).

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Será muy difícil evitar un desastre en el planeta Tierra en los próximos cien años»

Lo ha dicho Stephen Hawking en Santiago de Compostela. Y luego ha añadido que el futuro está en el espacio. Siempre podemos recalificar el imperio klingon.

Por cierto, aprovecho para recordar que la verdadera identidad de Stephen no es la de científico, sino la de rapero. El muy ladino se hace llamar MC Hawking y su historia se puede encontrar pinchando aquí. Vídeo va:

Es más viejo que la tana, lo sé, pero me sigue haciendo gracia.

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Gracias a mi hermano Carlos me entero de una divertida iniciativa de The Economist. En realidad, algo que los ciudadanos del mundo llevamos décadas pidiendo a gritos: votar en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América. El diario ofrece en su versión online la posibilidad de votar republicano o demócrata a cualquiera que se pase por allí. Sólo hay que registrarse, como para echar la papeleta en los EE UU pero más fácil y rápido. Pero incluso sin hacerlo, se ve una página con información sobre los dos candidatos, John McCain y Barack Obama (los recuerdo por si alguien ha estado un año sabático en la parra), links a noticias sobre sus opiniones en temas claves y un mapa con los resultados actualizados de esta curiosa experiencia democrática. Por lo que se ve, salvo Eslovaquia, que es de McCain, el Planeta está con el candidato negro. Hay países a los que le va la marcha, como Colombia y Bulgaria, y aún dudan, pero lo que es el resto, todos a saco con el de Yes We Can. Miratupordónde.

Se puede acceder al asunto en cuestión pinchando sobre esta frase subrayada.

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¿Se imaginan un país en el que se pusiera de moda renunciar a toda forma de beneficio poco honesto, donde el machismo no se cobrase una sola víctima, donde las diversas comunidades y lenguas se exigiesen unas a otras lo mejor de sí mismas en vez de replegarse sobre un sacrosanto simulacro de identidad? Ese país sólo existe en las canciones. En las canciones que todavía no existen. Pero es el único que reconozco como propio».

Santiago Auserón, en una columna llamada «Canciones que todavía no existen» y publicada el sábado en Babelia.

(El mapa de España, o así, es de un niño que se llama José Luis y lo he encontrado en este blog).

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Hoy no puedo decir nada más que todo lo que dice Sol y Moscas en «Primitivismo y vanguardia». Pasen y lean. Yo, de tapa, cito un poco:

Con un toro embalsamado ganas 13 millones de euros y la admiración general, con un toro lanceado te ganas el desprecio de los miembros de la nueva Ecclesía de los hombres modernos».

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Otra vez gracias a un préstamo de Paloma, leo La miel del léon, el mito de Sansón (Salamandra), un librito en el que el escritor israelí David Grossman hace una especie de disección de la historia del melenudo y brutote héroe judío. La verdad es que no es lo más apasionante que he leído últimamente, es como un comentario de texto con firma y buena documentación, pero hay párrafos que merece la pena citar. Y, como estoy en plan copista, allá voy:

Desde luego, también es cierto que a lo largo de los siglos los judíos se han enorgullecido de los relatos de su heroicidad y han anhelado la fuerza física, la valentía y la hombría que representaba Sansón. […] Aún así, la soberanía israelí tiene cierta condición dudosa que también queda plasmada en la relación de Sansón con su propia fuerza. Como en el caso de éste, a veces parece que el considerable poderío militar israelí es un bien activo que se convierte en pasivo: Casi se diría, sin tomar a la ligera los peligros que arrostra Israel, que la conciencia israelí no ha llegado a interiorizar la realidad de que es un país inmensamente poderoso, que no lo ha asimilado de una forma natural con el paso de numerosas generaciones; tal vez esto explique por qué la actitud hacia ese poder, cuya adquisición a menudo se ha considerado verdaderamente milagrosa, tiende a distorsionarse.

Esa distorsión puede llevar, por ejemplo, a atribuir un valor exagerado al poder obtenido, a convertir el poder en un fin en sí mismo, a utilizarlo de manera excesiva, y también una tendencia a recurrir de forma casi automática al uso de la fuerza en lugar de sopesar otros medios de acción. Todos ellos, a fin de cuentas, son comportamientos característicamente ‘sansonianos'».

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En 1975, el escritor norteamericano Saul Bellow hizo un viaje a Jersualén junto a su cuarta esposa, Alexandra. A Bellow estaba a punto de caerle el Nobel y era ya, por eso, un ilustre visitante en la ciudad. Se reunió y habló con todo tipo de gente. Desde un viejo amigo de la marina mercante que vivía en un kibutz, John Auerbach, hasta con el alcalde, Teddy Kollek, pasando por profesores, científicos, pintores y políticos de postín como Simón Peres, el entonces Primer Ministro Isaac Rabin y hasta, a su vuelta a Estados Unidos, Henry Kissinger. Bellow, cuya familia judía emigró de Rusia a Canadá, hablaba con todos ellos de la cuestión israelí. El Estado se había creado menos de 20 años atrás de su visita y la guerra del 67 era aún una herida abierta. Hablaba, pues, de la cuestión israelí y, por eso, de las cuestiones árabes y palestinas. Lo escribió todo en un libro publicado en 1976 y llamado To Jerusalem and Back. A Personal Account. Uno de los libros, en edición española de Altaïr en 2004 y titulado Jersualén, que me he llevado de viaje por ahí.

El libro es cojonudo. Bellow absorbe opiniones de todo tipo, las asimila y conforma (y seguramente confirma) la suya, bastante coherente y equidistante de los vértices más extremistas. Es tan admirador como crítico. Tan defensor del Estado de Israel como del derecho de los palestinos a tener su propio territorio. En cualquier caso, lo que ve, lo que oye y lo que cuenta es muy parecido a lo que se puede ver, oír y contar hoy, 33 años después, tras una visita a Jerusalén. Y eso que a mí no me recibió el alcalde ni el Primer Ministro… El libro, pues, me ha ayudado a entender todo lo que estaba viviendo. Y eso es mucho decir de un libro.

Ahora paso al modo cita:

Los israelíes, de hecho, han de tener en cuenta cuatro mil años del judaísmo. El mundo se les ha echado en brazos; de ellos se exige que lleven a cabo un fantástico acto de equilibristas. Por decirlo de otro modo: no hay otro pueblo que haya de trabajar tantísimo y a tantos niveles distintos. En menos de 30 años, los israelíes han forjado un país moderno: hay manillas y bisagras en las puertas, instalaciones de fontanería, suministro eléctrico, música de cámara, aviones, tazas de té. Es a la vez un estado encastillado y una sociedad culta; es a la vez espartano y ateniense. Trata de hacerlo todo, de comprenderlo todo, de aprovisionarse de todo. Todos sus recursos, todas sus facultades están aprovechados al máximo. Los esfuerzos de defensa tienen un paralelismo en los pensamientos que se dedican constantemente a la situación mundial. Se trata de un pueblo activa e individualmente implicado en la historia universal. No entiendo cómo lo soportan».

Ahora bien, (Jean Paul) Sartre y otros, aparentemente, desean que los judíos sean excepcionalmente excepcionales. Tal vez los propios judíos hayan generado esas expectativas. Israel ha realizado esfuerzos extraordinarios para ser un país democrático, equitativo, razonable, capaz de transformarse. De hecho, ha transformado a sus judíos. En la Europa de Hitler eran conducidos a la aniquilación; en 1948, los supervivientes se convirtieron en formidables soldados. Desposeídos de sus tierras, en el exilio se convirtieron en agricultores. Los mamelucos habían decretado que la llanura costera de Palestina fuese un desierto; ellos la convirtieron en un huerto fértil. Es obvio que los judíos aceptaron la responsabilidad histórica de ser excepcionales. Se les ha obligado a seguir siéndolo. Ahora, la cuestión estriba en saber si puede exigírseles más que a otros pueblos. A los demás no se les hacen tales exigencias. A veces me pregunto por qué es imposible que los intelectuales de Occidente digan a los árabes: «También debemos exigiros más a vosotros. También vosotros habéis de intentar hacer algo por la hermandad, por la paz con los judíos, pues han padecido monstruosos sufrimientos tanto en la Europa cristiana como bajo el Islam. Israel ocupa más o menos una sexta parte del 1 por ciento del territorio que vosotros llamáis árabe. ¿No es acaso posible adaptar las tradiciones islámicas, reinterpretarlas, desplazar el acento, de modo que sea posible aceptar esa minúscula ocupación? Una gran civilización debiera ser capaz de tener una flexibilidad humana, generosa. La destrucción de Israel no será provechosa para vosotros. Dejemos vivir a los judíos en su diminuto estado». Sin embargo, debe de ser culturalmente una grave falta de respeto pedir a un pueblo que cambie de actitud, aunque sea ligerísimamente».

Janowitz me pegunta cómo valoro la situación de Israel, qué recomendaría yo. Le respondo que dudo mucho que mi juicio tenga ningín valor […] Sin embargo, puedo contarle y le cuento lo que he sabido gracias a observadores expertos e inteligentes. Muchos de ellos, digo, creen que Israel debería haberse retirado de la Ribera Occidental (Cisjordania) hace ya mucho tiempo, claro está en términos ventajosos. Ninguna persona responsable habla de una retirada que dejase a Israel expuesto a determinados riesgos militares. Sin embargo, el gobierno está desesperadamente decidido a mantener la ocupación. […] Con la fortaleza que les presta el dinero del petróleo y el apoyo del mundo entero, los estados árabes no creen que exista ninguna necesidad de negociar con Israel. Planean su eventual destrucción y contemplan sus disensiones y desórdenes internos con evidente satisfacción. Por otra parte está el problema de los zelotes ultra-ortodoxos que insisten en que asentarse en la Ribera Occidental es un derecho que poseen por don divino. Los árabes enojados interpretan la reticencia del gobierno de Rabin a la hora de frenar a estos colonos como muestra de aprobación o incluso como política que alienta de manera encubierta. Los nacionalistas religiosos israelíes no forman por sí mismos un grupo político, pero sí cuentan con el apoyo parlamentario de los derechistas. He hablado con algunos estudiantes de Oriente Medio que entienden que nada es tan peligroso para Israel, en estos momentos, como ese nacionalismo de carácter religioso. Lo consideran antisionista, ya que los líderes del movimientoo sionista nunca mostraron ambiciones territoriales de corte religioso. […] Por otra parte, muchos israelíes temen la idea de que Israel pase a ser un satélite estadounidense y, al simpatizar con movimientos como Gush Emunim, tal vez tratan de reafirmar su independencia política. […] Los israelíes son presa de grandes inquietudes cuando piensan en la posibilidad de que el destino de su país se decida en otra parte y sin su concurso: en Washington, por ejemplo. ¿Se les puede culpar por eso? Norteamérica, Dios nos asista, no es un país cómodo cuando es preciso confiar en él».

En lo tocante a Israel, el mundo está hinchado de conciencia moral. Los juicios morales, un espectro en toda Europa, pasan a ser un gigante en toda regla cuando se habla de Israel y de los palestinos. ¿Se debe todo ello a que Israel ha asumido las responsabilidades de una democracia liberal? ¿Se debe a otra razones? Lo que Suiza es a las vacaciones de invierno y la costa de Dalmacia a los turistas veraniegos, es lo que son Israel y los palestinos para la necesidad de justicia que sienten los europeos: una especie de zona turística de la moral».

(Gracias a mi madre que me estará leyendo y que me regaló el libro en cuestión).

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Buscando beneficios desesperadamente

Sobre Google y el Príncipe de Asturias, hoy escribe Enric González en El País:

Google es una empresa privada y tiene todo el derecho a pactar con las autoridades chinas. Sus dirigentes no sólo han puesto a disposición del usuario (fuera de China) una portentosa tecnología: además, han sabido explotarla comercialmente. Googleando un poco, encuentro que Google ganó el año pasado 4.203 millones de dólares. ¿No basta con ese premio? ¿Necesitan también un reconocimiento a su labor humanística?»

Y no puedo evitar citar otro párrafo de su columna:

Soy uno de esos rojos trasnochados que no acaban de entusiasmarse con la jornada laboral de 65 horas. Tampoco me parece que deban socializarse las pérdidas de los empresarios, si no se socializan sus beneficios. Estoy fuera de onda, claramente».

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