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Posts Tagged ‘Policía’

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¿Por qué toda la policía del Reino Unido está movilizada y en alerta máxima para proteger Londres de la gente que se manifiesta en contra del G20 cuando los responsables de que todo vaya todo lo mal que va son, precisamente, los que estarán dentro del cordón policial?

Suena, y muy fuerte, Cicatriz, Botes de humo.

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policia

Aunque sea tarde para decirlo, me sorprende, bueno, no me sorprende nada la condena a Santos Mirasierra y la reacción de los medios y la gente, que aplauden con las orejas semejante barbaridad. Por lo que se pudo contemplar en la tele, la policía entró con su delicadeza habitual en la grada que ocupaban los ultras del Olympique. Se veía a personas sangrando con la crisma rota, carreras por el filo del segundo anfiteatro y bastante miedito. Todo porque un delegado de la UEFA decidió que una bandera era nazi en un grupo que se caracteriza por ser todo lo contrario. El muchacho, al que no conozco de nada y no sé si se porta mal cuando va a comer a casa de sus padres, reaccionó de forma bastante natural, defendiéndose y empujando a los que le estaban atacando. De hecho, la policía demostró tanta brutalidad como cobardía, porque reculó y, seguramente por eso, se llevó su buena lluvia de sillas en la cabeza. Un poco rollo invasión de Irak: lo hago sin motivo, disparo a todo lo que se mueve y luego me sorprendo de que me regalen coches bomba. A ver, no apoyo la violencia en los estadios ni soy de ningún grupo ultra ni nada similar. Me la sopla, pero no me parece bien que un juez haya decidido que este tío tenga que pagar una fianza para salir en libertad y no pasar tres años en una cárcel española y el idiota torpe del mando policial que ordenó el ataque y el que lo llevó a cabo hayan salido de rositas cuando fueron ellos los que la liaron y los que, fijo, hicieron más daño que el tal Santos.

Claro que es la historia de siempre. Cualquiera que haya tenido algo alguna vez con la policía sabe de su capacidad para golpear primero. No sólo con las porras, también con las denuncias. Es bien conocida la táctica policial consistente en pegar a alguien y luego denunciarlo por un delito de lesiones y asalto a la autoridad. Ojo, no hablo sólo de la policía española. Es una costumbre global que debe de venir en los manuales desde los tiempos de los centuriones romanos. Normalmente, no pasa nada. Si el caso llega a la Prensa, ésta se traga la versión de la autoridad porque, coño, es la autoridad y, joder, no va a mentir la autoridad. Claro que, a veces, los hay que deciden mandar todo a tomar por culo y tratan de tomarse la justicia por su cóctel molotov. En Grecia, por ejemplo, ha hecho falta incendiar unas cuantas islas para que detengan al poli que disparó, parece que a bocajarro, contra un peligroso chico de 16 años. Jugando a ser Nostradamus, me apuesto un par de cañas con quien sea a que, cuando el fuego se apague, el presunto asesino saldrá a la calle a presumir de su hazaña. Y, siguiendo en plan hipótesis, creo que no pasaría igual si hubiese sucedido lo contrario. Que alguien haga la prueba, que alguien dispare a un policía y que vea si le sueltan pronto (ojo, señor juez, esto no es apología del terrorismo, es sólo un poner).

3monkeys

Con todo, lo peor no es que esto pase todos los días y en todas partes. Lo peor, para mí al menos (que al cabo soy el que escribe aquí), es que los únicos que protestan en estos casos son los que llaman «radicales». La prensa alternativa, los colectivos y tal. Los medios no dicen ni mú. Y sus clientes/lectores/espectadores, tampoco. Estamos alelados mientras nos restriegan su poder y su autoridad. Y no decimos nada, al estilo de eso que no es de Brecht sino de Martin Niemöller: «Cuando los nazis vinieron a por los comunistas, me quedé callado, yo no era comunista. Cuando encerraron a los socialdemócratas, permanecí en silencio, yo no era socialdemócrata (…) Cuando vinieron por mí, no quedaba nadie para decir algo».

Puede que para muchos de los que hayan leído esto piensen que yo soy uno de esos radicales. Pues no sé. Igual. En todo caso, voy a seguir con lo mío. Hoy he comido con mi amiga y abogada Helena y me ha contado que ahora está defendiendo a manteros. No tiene nada que ver con lo que acabo de escribir. O sí. Resulta que las penas y multas para estos tíos que venden los CD que copian otros son más duras, según Helena, que las de los que matan a alguien en un accidente de coche o las de los que pegan una paliza a otro (y que las de la SGAE por colarse en bodas). Que la policía (y los jueces) machacan al que ya está bastante machacado. Pero a nosotros nos da igual y seguimos callados. Porque no somos negros vendiendo CD ni ultras del Marsella ni adolescentes griegos.

B.S.O. Eskorbuto, Mucha policía, poca diversión.

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Eduardo Medina Mora es el Procurador General de la República Mexicana. El hombre del que depende la lucha contra el narco, «una especie de fiscal general del Estado pero con mando en la policía federal», como escribía el otro día Pablo Ordaz en El País. El reciente corresponsal en la patria del Chapulín Colorado del periódico en cuestión entrevistaba al señor Medina Mora. Y el señor Medina Mora respondía algunas cosas la mar de curiosas. Por ejemplo, le preguntaba el periodista cómo pretendía hacer la Operación Limpieza de los mandos policiales corruptos y el blindaje de las instituciones. Ojo a la respuesta:

Los computadores no deben tener USB o grabadores de discos compactos. No puede haber impresoras en papel y además hay que establecer alarmas de tal suerte que esta información no se disemine con la facilidad que nos hemos dado cuenta ahora que se hacía».

También podría imponer un canon por si los aparatos se usan para fines chungos, un poco al estilo de lo que se hace aquí gracias a la SGAE. O incomunicar a los currantes de la policía y los ministerios y montar un reality para pillar fondos que sirvan para luchar contra los carteles. En fin.

No es lo único poco comprensible que contestaba el procurador. Decía que «los niveles de violencia en el país comparado con otros países no son tan desfavorables». Y un punto y seguido después, añadía: «Hemos tenido este año un incremento muy significativo de los homicidios dolosos atribuibles a la delincuencia organizada, y que se potencia por la cobertura que los medios hacen». Medina Mora está convencido de que buena parte de culpa de la sensación de narcoguerra la tiene la prensa. Puede ser. Lo mismo que en España nos aburrimos de escuchar noticias de política, en México se estila la nota roja, los sucesos. Pero los que están siendo detenidos son los mandos policiales infiltrados, no los periodistas. Para esto también tenía respuesta Medina Mora: «El hecho de poder eliminar a estas personas no destruye a la institución. Son infiltrados, pero no hay colapso institucional en absoluto (…) Cuando los ciudadanos miran que se afronta el problema, lo aplauden».

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Recuerdo que la primera vez que fui al DF, hace ya la tira de años, venía de Puerto Vallarta de tener una bonita experiencia que mezclaba drogas y mordidas con un par de policías (igual otro día lo cuento). Y nada más aterrizar en la capital, yendo a tomar unos tequilas a Garibaldi en un coche conducido por Aleka, la mejor anfitriona, escuchaba una conversación sobre un conocido secuestrado del que había llegado una oreja por correo. Los mismos que hablaban de eso en el carro me dijeron al pasar delante de un enorme edificio gris: «Pedro, ése es el lugar más peligroso de México». ¿Qué es?, pregunté. «La comisaría de la Policía Judicial». No estoy ahora en México (snif), pero me da la sensación de que su opinión no ha cambiado.

BSO: Los inquietos del norte, La gripa.

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Último texto sobre profesiones, mmm, distintas para Interviú. Éste fue publicado el lunes 1 de septiembre. Si alguien tiene un asuntillo con la ley, aquí puede contactar con Helena, la prota de estas líneas. De mi parte.

Sorprende escuchar a una mujer lamentarse de que muchas denuncias de malos tratos son falsas y de que, por eso, muchos hombres acaban condenados injustamente. Es aún más extraño oírselo a una mujer que que es abogada. Es más raro pero muy creíble. Helena Echeverri Aznar lo es desde hace 15 años. No hay tradición en su familia pero ella decidió matricularse en Derecho y no estudiar Antropología porque le pareció que era una buena manera de juntar sus dos vocaciones: tratar de defender la Justicia y conocer de cerca el comportamiento de la gente. Helena, que también hizo cuatro años de Criminología, ha visto mucho. Y mucho malo.

«Una mujer me planteó que qué me parecía poner una denuncia por abusos sexuales a su hijo por parte de su ex marido. Era mentira pero ella quería hacerlo para quedarse con la custodia. El problema en asuntos de malos tratos es que el uso del derecho se ha convertido en un abuso. Hay infinidad de denuncias falsas y lo peor es que los medios no hablan de ello». Ojo, que nadie vaya al Ministerio de Igualdad a señalarla con el dedo. Helena defiende también a muchas mujeres maltratadas. Lo único que trata de explicar es que no todo es lo que parece. «A veces los jueces son ingenuos y piensan que lo que cuenta la policía es verdad y que lo que dice la persona que va esposada es mentira y no hay que darle credibilidad».

Pone un ejemplo. Un caso de una mujer rusa acusada de tráfico de cocaína. Ella rogó al juez que la tomara delcaración de nuevo, aseguraba ser inocente y avisaba de que su abogado, su suegro, no era de fiar. Nadie la prestó atención hasta que unos policías de la Audiencia Nacional le dijeron al juez que tenían unas escuchas que demostraban que todo era un complot entre el abogado y unos policías para que él se pudiese quedar con la custodia de sus nietos».

Sus clientes hablan a Helena de policías que golpean a detenidos sin motivo y que roban drogas. De abogados que aceptan pagos en especias (cocaína) o que colaboran con delincuentes convirtiéndose en cómplices y contraviniendo su código deontológico. Luego están los medios. «Es lamentable que se hagan series de casos famosos antes de que tenga lugar el juicio. Es una forma de predisponer a la sociedad contra una persona y de quitarle la posibilidad de tener un juicio justo». A Helena disfruta de su trabajo, pero no acepta todo lo que hay alrededor. Y no se calla. «A mí el jurado me parece lamentable. La Justicia se tiene que impartir por profesionales. Igual que yo no corto chuletas de vaca, entiendo que los ciudadanos no pueden decidir si una persona es culpable o inocente en función de la bonita retórica de un abogado».

Helena es apasionada al hablar y parece llena de energía. También es muy lista. Nada más licenciarse, entró a trabajar en un hospital en el departamento de Recursos Humanos. Allí se enteró de que habían ingresado a un abogado muy conocido. Quizás, algún cliente insatisfecho le había pagado con cinco puñaladas. Helena, en cualquier caso, le mandó una tarjeta deseándole una pronta recuperación. El hombre se lo agradeció ofreciéndole trabajo. En año y medio con ese abogado de cuyo nombre prefiere no acordarse vivió muy de cerca casos tan famosos como el del mendigo asesino o el de la Dulce Neus.

Cuando se sintió preparada, abrió despacho propio donde defiende temas de familia y a cultivadores de marihuana. Helena es abogada de la AMEC (Asociación Madrileña de Estudios sobre el Cannabis), por compromiso, por convicción: «Me quedaría sin trabajo, pero se deberían legalizar las drogas. Por lo menos el hachís y la marihuana. Lo otro no lo tengo tan claro, pero sé que la legalización evitaría mucha delincuencia; aunque también quebrarían más inmobiliarias de las que están quebrando y mucha gente que blanquea en restaurantes y tiendas se quedaría sin actividad».

Pero Helena no se limita a eso. Además de ser profesora de Derecho Penal, es abogada del turno de oficio. En el turno es donde de verdad puede observar esos comportamientos humanos que tanto le interesan. En el turno ha defendido a acusados de pertenecer a Al Qaeda o a un camionero rumano que atropelló a ocho guardias civiles y mató a seis. Y, también, al asesino de la baraja. Vuelve a hablar claro: «Tengo grandes dudas de que Alfredo Galán fuera el asesino de todos los crímenes que le imputaron. Estoy convencida de que en al menos dos no era él».

Escuchando a Helena, puede dar la sensación de que se acaba generando una empatía entre el acusado y su abogado y de que por eso no sólo los defiende en un juzgado sino ante una grabadora y una Coca Cola. Ella lo admite, pero con alegaciones: «Muchas veces sí me implico personalmente. Incluso sabiendo que son culpables. Pero con muchos otros, no. Sabes que son unos cabrones y que tú tienes que hacer tu trabajo pero que no le vas a invitar ni a un cigarro». También admite divertida ciertos momentos peliculeros, de ésos en los que el recluso y su abogada pueden acabar en un doble final feliz de libertad y matrimonio, valga el oxímoron. «Si estás solo en la cárcel y la única persona que va a verte es una chica, pues puede pasar que algún cliente se enamore de ti. Yo alguna vez me he fijado en alguno, pero más que con sentimientos amorosos, con ganas de salvarlo, de llevarlo por el buen camino».

En la vida, de todos modos, no abundan los finales felices. Sí hay, en cambio, situaciones que superan el esperpento. Sobre todo cuando está de por medio la burocracia. «Recuerdo a un hombre al que acababan de notificar un auto de alejamiento los juzgados y le dio un ataque al corazón. Cuando llegó la ambulancia para llevárselo, el secretario del juzgado se plantó diciendo que no se podía ir hasta que no hubiera firmado la notificación del auto… ¡Y el tío se estaba muriendo!».

Helena se acaba la Coca Cola y se dispone a marcharse a los juzgados de Plaza de Castilla. Tiene que defender a un rumano acusado de apuñalar a otro. Parece que él sólo intentaba ayudar y que los que lo acusaron son cómplices del agresor. Pero no hay testigos y el caso parece complicado. «El último caso siempre es el más difícil». Helena, por lo menos, ya va aprendiendo a separarse un poco de todo eso malo que ve y que vive. «Ahora intento que me afecte lo menos posible, pero no sé si es bueno. Cuando te dedicas al derecho penal social, hay que poner algo de corazón en lo que haces». Como decían aquéllos, es rock and roll, pero le gusta. No se ve haciendo otra cosa. «De alguna manera, pienso que ayudo a la sociedad sacando libre a un inocente o logrando la condena para un maltratador».

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