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Aprovecho que se están jugando estos días en Las Vegas las World Series of Poker, algo así como el campeonato del mundo de la cosa, para recuperar este reportaje sobre el torneo de San Sebastián del Campeonato de España de Póquer 2007. El texto fue publicado en el EP3, suplemento de los viernes de El País, con unas fotos muy majas de Fede Serra, que es incluso más majo que sus fotos. Quien lo quiera ver maquetado y eso, que pinche en en el siguiente link: poquerep3.

All-in. Cuando un jugador pronuncia estas palabras todo se para. La tensión hace un barrido por el tapete a la espera de respuesta. Los rivales resoplan, los espectadores contienen la respiración. Estamos en el Casino Kursaal de San Sebastián, en la mesa final del octavo torneo del Campeonato de España de Póquer. Es la una de la madrugada del domingo al lunes y otra vez oye esa apuesta. All-in. Todas las fichas a una mano. Quedan tres jugadores. Tres maneras de entender el póquer. El más agresivo es el mayor. Gafas Ray-Ban sobre los ojos, Ducados sin encender en los labios y una actitud desafiante que recorre la sala. Jorge Fernández Martínez tiene 61 años y lleva jugando desde los siete. “Me he arruinado cuatro veces –explica en una pausa para fumar–, pero juego cada noche. Soy anticuario y si me quedo seco por una mala racha, vendo unos cuadros y sigo”. A Jorge se le conoce en el ambiente del póquer ibérico como el Doctor Vinagre. “Tengo sangre caliente y eso a veces es malo”. De momento, hoy no le está yendo tan mal. De momento, lanza todos los all-in que puede y ve todos los que le lanzan. De momento, es el que más fichas tiene sobre la mesa. De momento.

Pero Jorge es la excepción. Representa los viejos tiempos del póquer. El lado oscuro. Es un Darth Vader rodeado de jóvenes padawan. El póquer ha cambiado. Ya no hay tahúres tocados con sombrero de ala ancha. No hay whisky de Kentucky. No hay rubias teñidas de tentación. Ahora hay Converse y camisetas. Hay horas de estudio. Hay buen rollo. La cosa ha evolucionado desde que a mediados del XIX se extendiese como una epidemia por las riberas de Mississippi este juego de origen incierto. En el siglo XXI, en la era de Internet, el póquer es el juego de moda. Se calculan más de 100 millones de jugadores en el mundo (en España, unos 30.000). En Estados Unidos, ha desbancado al hockey sobre hielo como el cuarto deporte con más audiencia en televisión. Cada día, el póquer genera ingresos de 150 millones de dólares y buena parte de la culpa es de un tipo cuyo apellido es una señal del destino. Chris Moneymaker se presentó en 2003 a las World Series Of Poker de Las Vegas tras ganar un torneo satélite en la Red. Se había gastado 39 dólares en apuntarse y con su victoria se llevó una inscripción de 10.000 para el campeonato más prestigioso del mundo. Era su primer torneo en vivo. Era un pipiolo de Tennessee que ganó a los mejores y se llevó 2,5 millones de pavos.

Las historia de Cristóbal Ganapasta ha sido un ejemplo para muchos de los que se baten el cobre en el Casino Kursaal. Francisco López Marcos, por ejemplo. Francisco tiene 31 años y lleva dos viviendo del póquer. A Francisco todo el mundo le conoce como Pakito. Pakito es el actual campeón de España aunque en San Sebastián ha caído nada más empezar la mesa final. “Me levanto a la una –cuenta sobre su rutina diaria–, estudio y a las nueve de la noche empiezo a jugar. Las mejores horas son las del amanecer, cuando los jugadores americanos ya empiezan a estar cansados”. Pakito juega para el equipo Everest Poker y en la página de Everest Poker. Reconoce que juega contra novatos para llevarse el jornal más fácilmente. “El que juega sabe lo que hay. De todos modos, no es como en las tragaperras, la gente no se juega la escritura, juega un dinero que no le duele. Lo primero que aprende el buen jugador de póquer es a controlar bien su bankroll”. Del mismo modo que el dólar es la moneda oficial del asunto, el inglés domina las conversaciones y las partidas. Traducimos: bankroll es el dinero que cada jugador dispone para jugar, ya sea para mesas de juego con dinero o para torneos.

Se acabó el aperitivo. El reportaje completo se puede, y se debe, leer aquí mismo. Que aproveche.


O quizás no. Pero ahora que me levanto cada mañana para ver el encierro de San Fermín por la tele, me acuerdo de Korroskada y de ésta que fue canción del verano hace muchos en el norte. Korroskada hacían ska desde esa Siberia-Gasteiz que querían tropicalizar ellos, Potato y demás bandarras. Majos tiempos aquéllos.

Hala, a bailar.

(Líbranos señor del retorno del VHS).

A Erykah Badu, en concreto. Es en el Conde Duque de Madrí y es muy recomendable. La tía, en directo, tiene una presencia escénica y una clase que tiran para atrás. Así suena el nuevo soul:

Por cierto, que he leído nosedónde que el año que viene ya no habrá más conciertos en el Conde Duque, que están buscando nuevo sitio. Una pena.

Por si alguien estaba ayer con Nadal en Wimbledon, viendo a Bob Dylan en Arganda o, incluso, en los toros.

Ojito a esos Brigadas Blanquiazules del siguiente vídeo defendiendo «la Fiesta Nazional». Dan ganas de cruzarse de acera.

Con todos ustedes, «Taira Nono Panasonic».

Pobre Juan Pedro Domecq, que se queja de que es un ganadero polémico, que le dicen «que mi toro no es un toro». Pobre.

Un mago predice un rabo para José Tomás. El ocultismo también hace campaña.

(Colgado en YouTube por Loquetegusta.com)

De precios y pecios

Zapatero lleva una semana insistiendo en eso de que «la crisis es opinable».

A mí me llamaron hace unos días desde uno de los medios en los que colaboro para avisarme de que me bajan un 33% el precio de mi trabajo. Inopinadamente.

¿Y yo? Yo no sé qué opinar. Creo que tengo una desaceleración existencial.

Por fin…

… el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y ganan los españoles.

Lolo, lolo, lololololololo, lolololo, lolo, lolololololooooooooo

No soy feliz. Soy la felicidad. Sí, todavía me dura. Y más que me va a durar. De pequeño cometí la imprudencia de ligar mi fe futbolística a un equipo con poco futuro. El Athletic sólo me ha dado tres alegrías grandes y dos fueron el mismo año. Por ese lado, estoy acostumbrado a perder. Por el de la Selección, también. Han sido muchos campeonatos, todos, estrellándome contra la dura realidad. Por eso llegaba a esta Eurocopa con menos ilusión que a un bautizo. Y, mira, esta vez sí. Joder, me toca envainármela un poco. Joder, qué de putísima madre.

Esto no se trata de expresiones nacionalistas ni de utilización de las banderas ni de nada de eso que ya he leído por ahí. Esto no es política. Esto es sólo fútbol. Nada menos que fútbol. El fútbol es un idioma universal, una excusa para hablar con gente de todo el mundo, para jugar con tíos en Filipinas, Brasil o Uzbekistán. La política, por lo que se ha visto, sirve para separar. El fútbol sirve para unir. ¿Alguien cree que cuando Xavi ayer gritó «¡viva España!» estaba expresando su nacionalismo? ¿Alguno piensa que Puyol y Cesc estaban utilizando la bandera cuando la agarraban como uno más? ¿Hay quien ve otra cosa que alegría común en la celebración de los 23 y del resto que llenaban ayer las calles de Madrid?

Yo, no. Yo me abracé el domingo en casa con todos mis amigos, los del Madrí, los del Atleti y hasta un boliviano que pasó por allí. Yo salí a la calle para compartir mi felicidad con todo el que se cruzaba en mi camino. Yo cerré todos los bares de Madrid para brindar por una victoria que nos merecíamos tras todos estos años de derrotas. Porque de eso se trata. De celebrar, de compartir, de gritar. Y si alguien no lo entiende, pues peor para él.

Escribo esto tarde porque el domingo me agarré una de campeonato (de Europa). Ojalá dentro de dos años pueda tener una resaca tan dulce. Escribo esto para expresar mi agradecimiento a los 23 jugadores y a Luis Aragonés. Escribo esto porque no puedo dejar de escribirlo. Repito: no soy feliz. Soy la felicidad. Y, como yo, todos los demás. Cómo mola.

(La foto es de AP y la he pillado de Marca, qué pasa).

Un Whopper con queso y patatas grandes

Lo de Rock in Río tiene casi nada de rock y nosequé de Río. El Rock in Río es un festival business class, como bien dice Goyo, pero ni de coña es un festival musical. Rock in Río es un centro comercial, un parque de atracciones y un negocio redondo pero la música no es más que subtexto y el rock, un pobre prefijo para redondear la marca. Ayer tocaba Neil Young y yo me preguntaba porqué. Supongo que lo mismo se preguntaría él. Y seguro que eso mismo se preguntaba la gente que hacía cola para maquillarse en la carpa L’Oreal, los que esperaban en la fila para comer en Burger King y en Telepizza o los que aguardaban para pillar una bolsa de promoción de El Corte Inglés. Ayer tocó Neil Young en Rock in Río y era como verlo tocar en el centro comercial Plaza Norte. O en el Plenilunio. O en La Vaguada. Delirante. El tío que compuso y cantó This Note’s For You para cagarse en la madre de los que vendieron su alma a los anunciantes estuvo tocando dos horas mientras seres humanos se dejaban caer por una tirolina, hacían snowboard o visitaban los pabellones de las marcas patrocinadoras. A ver, uno quiere y respeta a sus padres aunque se equivoquen y se contradigan. Pero también uno tiene ya una edad como para decírselo a la cara. Neil, machote, te has colado.

Ojito que su concierto fue la pera. Eléctrico casi todo. Ruidoso. Tierno. Crudo. El tío Neil vino con la gente de su última gira, tocó algunos cortes de su reciente Chrome Dreams II y también revisó parte de lo mejorcito de su repertorio. Lo que pasa es que uno tenía la sensación de estar en el momento justo en el sitio inapropiado. Será que uno es muy raro. O será que el lugar es un descaro. Ojito bis: hace mucho que tengo muy claro que el rock ya no genera revoluciones de ningún tipo, ni siquiera hormonales. Hace tiempo que soy consciente de que el Capital se traga todo y lo regurgita para que nos lo comamos, lo vomitemos y se lo vuelva a tragar en forma de beneficios. Hace rato que no soy ingenuo. Pero como que me sigue chocando ver a un hombre de Cromagnon aporreando convencido su Gibson ante un montón de Homo Sapiens que preferirían estar mirando tallas en Zara. El Rock in Río es un festival musical para gente a la que no le gusta la música y eso no es ni bueno ni malo. Es. El Rock in Río también es un bisnes perfecto en el que los números cuadran antes de abrir las puertas por la pasta que se han dejado los sponsors, los favores del ayuntamiento de Arganda del Rey y la labor de los medios que, otra vez, actúan de palmeros del dinero. Y esto tampoco es necesariamente bueno ni obligatoriamente malo. Es, aunque sólo sea asqueroso. Y eso sin entrar a valorar el lema ése de “salvemos el Planeta” ni la sostenibilidad ecológica de la noria o la pista de snowboard en julio, que el listón de comedia sobre conciencia planetaria está muy alto con el anuncio de Repsol animándonos a que protejamos lo que ha dejado de Tierra.

En fin, que yo siempre recomiendo ir a Las Vegas. Las Vegas mola. Es el lugar donde observar lo que puede llegar a hacer el hombre blanco con todo el dinero y el doble de mal gusto. El sitio donde darse una bofetada de realidad consumista. El ejemplo a seguir, aunque duela. Pues bien, si alguien no tiene pasta para ir a Nevada este finde o el siguiente, que se pase por Arganda del Rey y se llevará una sensación parecida. Claro que también puede darse un voltio por el centro comercial Plaza Norte o por el Ikea. Si acompaña el paseo con un iPod y musiquita de fondo, se sentirá como el Rock in Río. Business class.

(Gracias a elmundo.es por prestarme la foto y a Sandra por invitarme).


¡Llega Neil Young!

Ante el inminente concierto del gran Neil Young en, con perdón, Rock in Río, recupero la crítica que hice de su directo en el Grand Rex de París el 14 de febrero. Fue publicada en el número 247 de la revista Ruta 66. Suelo hacer proselitismo de muy pocas cosas; ésta es una. Neil Young está en plena forma. Neil Young sigue siendo la hostia. Neil Young no es Dios porque él aún existe. Dicho queda.

Rockin the free world por la patilla

Arranca Neil Young con From Hank to Hendrix. Solo. Sentado entre casi una decena de guitarras acústicas en un escenario austero que quiere parecer y parece un almacén. Con focos, luminosos, un tótem indio y algunos cachivaches más. Arranca Neil Young con From Hank to Hendrix y cuando mete la segunda, Ambulance Blues, se lleva consigo al público que abarrota el Grand Rex a precio de puta cara el asiento.

El tío Neil es como uno de esos viejos coches que tanto le gustan. Ni control de estabilidad ni climatizador ni circuitos ni hostias. Todo hierro y grasa. Mecánica, en el mejor sentido de la palabra. Ambulance Blues le ha salido de las entrañas, un comienzo sobrecogedor. Luego, sigue conduciendo, golpeando la guitarra y clavando el falsete por caminos a veces secundarios guiado por su mapa de toda la vida, pasando por A Man Needs a Maid, Mellow My Mind o Don’t Let It Bring You Down. Entre canciones, se toma su tiempo para cambiar de herramientas y contar historias de su abuela o de alguna guitarra con algún balazo de más. Tan conciso como coñón. Antes y después de tocarlo, acaricia el piano como si fuese un caballo fiel o, perdón por abusar de la metáfora, un Chevy de coleccionista aparcado en un garaje. Así, pasa una hora de cautivador viaje en acústico hasta que Neil Young, el chófer, decide hacer una parada.

CaballoloqueandoDos cigarros en la calle y 25 minutos después, vuelve al escenario agarrado al volante de su Gibson Les Paul negra. Se han subido al carro el caballo loco Ralph Molina a la batería, el gran Ben Keith a la pedal steel y la Telecaster y el bueno de Rick Rosas al bajo. También Pegi, su señora, que ha teloneado más por enchufe que por talento, y Anthony Crawford, buen guitarrista de la doña, ambos a los coros. Y un tipo tocado con un panamá que va manchando lienzos con los títulos de las canciones. Suenan Mr. Soul y Everybody Knows This Is Nowhere. Ruge el motor. El chasis del set eléctrico está dedicado a su último disco, Chrome Dreams II, algo poco común en los de su generación. Pero es que ni Neil Young ha sido nunca muy común ni los otros tienen unas nuevas canciones que se puedan defender con tanta dignidad. Ni con tanta furia. Tras Dirty Old Man, Spirit Road, Winterlong, una conmovedora versión de Oh, Lonesome Me y The Believer, termina con No Hidden Path. Veinte minutos del último Neil Young con olor a humo y gasolina. Saltan chispas de las guitarras y los amplis. No hay tiempo para que se enfríen. En el bis, gruñen Cinnamon Girl y Like a Hurricane.

Se acabó el viaje. Puede que alguien haya echado de menos a los otros Crazy Horse o más clásicos de su repertorio, pero no se oyen quejas. La ovación es atronadora. Y merecida. Por cierto, durante el concierto, uno de los muchos españoles presentes le pidió que volviese por Iberia. Él dijo que sí, que en algún momento. Mientras tanto, si ves el brillo de la carrocería de Neil Young pasar, aunque sea lejos de tu pueblo, déjame decirte algo: sigue a ese coche.

(La foto del tío Neil en directo la he pillado del blog En la playa de Neil, que recomiendo vivamente a los seguidores del muchacho).


Qué gusto

Ganar así a Italia es como perder la virginidad. Se quita uno un peso de encima para toda la vida. Y sin gatillazo.

Yo, por mi parte, parece que estoy más cerca de conocer a Rosario Dawson. Qué bien.

Maneras de vivir

Hace diez años que terminó el siglo XX. Puede que el calendario diga otra cosa, pero no siempre hay que fiarse de las fechas. Hay personas cuya trayectoria y carisma son capaces de abarcar la imagen que tenemos de un tiempo. Hay personas que se convierten en mitos. Pero esos mitos no dejan de ser personas. Y las personas, es lo que tienen, mueren. Frank Sinatra lo hizo hace diez años. Fue el fin de una época. “La gente pensaba que viviría para siempre. Muchos creyeron que, al morir él, se acabó el siglo XX”. Nos lo dice su hija Nancy en una entrevista telefónica con motivo del aniversario de su fallecimiento. La cosa se conmemora, claro, con un disco llamado Nothing But The Best, 22 clásicos remezclados y remasterizados a partir de las cintas originales, que también sale en una edición con un DVD de un directo de 1971 en Londres.

Hija de papáA Nancy Sinatra aún hoy le cuesta acostumbrarse a la falta de Frank, como ella misma lo llama durante la conversación. “Echo de menos poder descolgar el teléfono y llamarle; oír su voz dándome consejos sobre las cosas que me preocupan”. Los mitos también son buenos padres de familia. Sinatra tuvo tres hijos con su primera mujer, Nancy Barbato, y tres matrimonios posteriores con Ava Gardner, Mia Farrow y Barbara Marx. Sinatra, el hombre que dijo eso de “estoy a favor de todo aquello que ayude a pasar una buena noche, ya sean oraciones, calmantes o una botella de Jack Daniel’s”, fue sin embargo una referencia para Nancy. “Cuando empecé mi carrera como cantante –cuenta–, sólo me dijo una cosa: ‘Apártate de lo que yo hago, no sigas mi camino’. Por supuesto, le hice caso y me fue bien”.

Poniendo la mano en el fuego por la honradez de Lucky Luciano.Un tipo contradictorio, este Sinatra. Relacionado con la Mafia (de esto nos recomendaron no hablar con su hija) pero entregado a la caridad: “Una vez el Papa me dijo que Frank actuaba como Dios, que hacía caridad pero que no hablaba de ello”. Simpático y divertido pero con un carácter de mil demonios: “Le podías ofender una vez y pedirle perdón, eso lo olvidaba. Pero si lo hacías una segunda vez, ya no había vuelta atrás, no existías para él. La gente con la que más perdía los nervios, siento decírtelo, eran los periodistas”. Reconocido vividor y juerguista pero también comprometido con buenas causas, como la lucha contra la segregación racial. En los 60 se enfrentó a los casinos de Las Vegas que no dejaban cantar ni entrar a negros y hoy, de estar vivo, es posible que apoyase la candidatura de Obama. “Puede que quisiera tener un presidente de color en la Casa Blanca –se imagina su hija–, aunque lo cierto es que era muy amigo de Bill Clinton. Ojalá estuviera aquí, ojalá su sabiduría pudiera iluminar una decisión así”.

De lo que sí está segura Nancy es que a Frank no le gustaría ver lo que está pasando en el mundo. “A veces creo que Dios se lo quiso llevar a tiempo para que no sufriera el 11-S, la escalada terrorista y la actuación de nuestro presidente, que ha destrozado la influencia de América en el resto del mundo”. El caso es que Frank ya no está para contarlo. Como él mismo dijo en una ocasión: “Sólo se vive una vez y, de la forma en que yo he vivido, con una es suficiente”. El actor y cantante nacido en Hoboken, Nueva Jersey, el 12 de diciembre de 1915, falleció de un ataque al corazón el 15 de mayo de 1998 en Los Ángeles, California. El hombre murió. El mito sigue vivo.

Éste es el texto de la entrevista con Nancy Sinatra con motivo del décimo aniversario de la muerte de su padre y del disco correspondiente. Ha sido publicado tal cual en el número de junio de la revista ELLE. La entrevista completa, más extensa y en bruto, en plan pregunta/respuesta, se encuentra pulsando aquí.