Pobres cocineros de postín. Nadie se ocupa de ellos, no salen en las noticias, tienen los restaurantes vacíos, deben bajar el precio de sus menús, no les editan libros, ni ponen su cara y su marca para gazpacho en brick. No, en serio. Es una jodienda. Los tíos sólo pueden comprarse un par de relojes de medio kilo al año y ni siquiera tienen para un Aston Martin. Su profesión está devaluada, dejada de la mano de Dios. Jo. Tú. Qué pena.
Dan ganas de darles algo a Adriá, Arzak y, sobre todo, a Arola, que es el que ha hablado con El País. Dan ganas de darle un abrazo por hacérnoslo pasar tan bien con su entrevista. O el tío es un cachondo mental o se tomó una copita de champán de más. Dice Sergi: “Los chefs no tenemos ministerio”. Y dice más: “Podríamos estar viviendo un momento de desamortización gastronómica”. Y añade: “Es duro decirle a tu hija que no puedes ir a verla bailar en la fiesta de fin de curso del colegio porque tengo que visitar los restaurantes que abro, como éste en Portugal”. Y no se calla: “Somos un sector en el que todo el mundo se apoya, pero al que nadie ayuda”.
Y digo yo: que es verdad que la gastronomía española representa por ahí fuera al país pero que es mentira que no reciba ayudas. Que el ICEX y otras instituciones se encargan de promover y ayudar a cocineros, denominaciones de origen y marcas españolas por el mundo. Y que, además, no parece muy lógico que haya que contibuir, con dinero de todos, a los negocios que cada uno se monta en el extranjero. Claro que molaría que cada profesión tuviese su Ministerio, más que nada por conocer al ministro de chistes de Lepe. Pero nada. Se ve que en esta vida no se puede tener todo. Y es que no es tendencia.
Puede que en algún lugar del discurso de Arola haya una razón. Yo no la he encontrado pero, en cualquier caso, ni ha sabido expresarla ni lo ha hecho en el mejor momento. Ni siquiera en el mejor lugar: el tío habla ante el campo de golf del lujoso Hotel Penha Longa, en Sintra, Portugal, donde inaugura plaza. Mal sitio para quejarse y peor tiempo con el panorama que tenemos, que parece que el tío no ha leído los periódicos los últimos meses y no sabe lo de los millones de parados y tal. O es que igual el Gobierno, después de dar pasta a bancos y fabricantes de coches, tiene que ocuparse de los restaurantes. Que todo puede ser.
A mí me gusta comer y beber bien. Y mucho. Una vez estuve en la mesa de la cocina de La Broche (gracias, padres) y hablé con Arola. Me dijo que él, con el restaurante, no hacía dinero, que si quisiese hacerse rico montaría un asador. Me pareció lógico. Casi había más gente currando en la cocina que comiendo en sala. Por eso Arola, en vez de dedicarse a asar corderos, ha montado nosecuántas paninotecas y sopotocientos restaurantes que llevan su nombre. Los cocineros se han convertido en algo más que empresarios, se han hecho marcas. Y están en su derecho. Pero, y esto no es una opinión sólo mía porque hay cada vez más gente que la comparte, están saturando al personal con su presencia y con manifestaciones como éstas. Y lo peor es que a Arola no le caerán muchas bofetadas por lo que ha dicho, que sólo hay hostias para el que se sale del rebaño corporativo, como Santi Santamaría.
Acabo, que me está entrando hambre y voy a ver si encuentro una tasca abierta. El pobre Arola se queja de que no puede ver bailar a su hija pero no le importó sacarla en un anuncio de hornos. Es muy libre de hacerlo, claro. Como de salir haciendo el gamba en un horrible reality llamado Esta cocina es un infierno. También es libre de lamentarse en la entrevista de que no puede comprarse un Aston Martin: “Yo siempre digo que hay restaurantes asequibles y otros que no lo son. Por ejemplo, a mí me encantaría conducir un Aston Martin, pero no puedo comprarme uno porque no es asequible”. Pero, él que sabe de cocina, debería entender que las palabras hay que medirlas como los ingredientes de las recetas. Que si uno se pasa acaba haciendo un discurso intragable que puede sentar malamente a la gente que tiene problemas serios. Claro que siempre podemos acudir al ministerio de ciudadanos hartos de entrevistas chorras para que nos ayude.
La historia se sabe. Sudáfrica era un país dividido en el que la división la había hecho la minoría blanca. Un anacronismo vergonzoso que pudo ser porque el mundo andaba preocupado por telones de acero, guerras frías y esas cosas que nos entretuvieron la (larga) posguerra. La historia cambió, también se sabe, gracias a un hombre que supo transformar su rencor en visión de futuro y optó por la reconciliación frente a la venganza. Ese hombre es Nelson Mandela, claro.
Lo que no se conocía tanto es la importancia que tuvo, porque el propio Mandela se la quiso dar, el rugby en todo eso. Lo explica muy bien John Carlin en su libro, El factor humano, que cuenta desde la estancia de Mandela en Robben Island y sus posteriores traslados a otras prisiones hasta su salida, su llegada a la presidencia y la final del Campeonato del Mundo de rugby de 1995 en Johanesburgo. Pero el libro no se titula como se titula por capricho.
Todo este relato real está lleno de ejemplos para guardar. Y todos están protagonizados por el factor humano, por el hombre (y la mujer, aunque aquí hay pocas). Mandela es el principal. El líder inteligente, visionario y tranquilo que guió la evolución. Pero también hay muchos otros. De Botha, el presidente racista que no pudo negarse a aceptar lo inevitable y supo admitir la mejor manera de hacerlo, a Costand Viljoen, estandarte de los afrikaner radicales que reconoció que la paz era mejor para los suyos que la guerra, pasando por Justice Bekebeke, el negro que mató a un policía (negro) pero que acabó libre y celebrando, para su propio asombro, la victoria de sus odiados Springboks ante los All Blacks.
Ahi está. Un hombre que sabe cómo cambiar las cosas y que impulsa a otros a hacerlo. Y esos otros, que son capaces de rectificar y ponerse manos a la obra. Un montón de pequeños cambios individuales que se convierten en un enorme cambio común y que terminan por transformar un país entero de forma pacífica y admirable. No sé, llevo unos meses escuchando a todo tipo de gente que dice que no se puede hacer nada, que no podemos transformar las cosas, que la batalla está perdida. Igual deberían hacer este libro (y otros que cuenten historias similares) obligatorio en las escuelas. O igual sólo haya que esperar a que Clint Eastwood estrene Invictus, la película sobre el libro de Carlin, para que la gente se entere. Se puede.
La imagen es la usada en la portada del libro, en la que Mandela felicita al capitán springbok, Francois Pienaar, ante un Ellis Park lleno con miles de blancos que una hora antes eran tan racistas como un batallón de las Waffen SS y que en ese momento estaban gritando “¡Nelson! ¡Nelson!”. Gracias, Paloma.
Ni es ya fácil aceptar, en plenas webs sociales, que un político se apalanque cuatro años al frente de un ministerio o una presidencia haciéndolo rematadamente mal, ni puede aceptarse que un intermediario se lucre sin tasa. Nunca como ahora las innovaciones técnicas tuvieron tanto que ver con la comunicación, la información y la reunión interpersonal. La banca omnímoda, el político apalancado, el comerciante abusivo, aparecen hoy ante el cliente, el ciudadano o el consumidor, que lo mismo es, como figuras tan insoportables como mostrencas. ¿No sería ya hora de mandarlos al desván, desacreditarlos y, en efecto, dejarles sin el crédito insoportable que ahora contribuye perniciosamente a la indigencia y el deterioro de las vidas? Muerte, pues, a la muerte que imparte el sistema. Y vida más allá de esta Gran Crisis tan fatídica como irreversible del capitalismo funeral”.
Muerto el rey del pop, supongo que llegará la República. Yo, que no soy nada monárquico, me arrodillo ante este rey palmado que, aunque era sólo un poco más rarito que nuestro Juan Carlos, siempre fue muchísimo mejor músico. Un monstruo, el tío, en el amplio sentido. Aquí van algunas originales y sus correspondientes versiones. Faltan de la época que más me pone, con sus hermanitos, todos pintados de negro, pero no he encontrado nada y me tengo que ir corriendo, que he quedado con una cerveza. Blame it on the boogie.
En los debates sobre energía se suele hablar mucho de costes. Los de la esquina de lo nuclear y los combustibles fósiles se escudan detrás de un argumento que era imbatible en los tiempos que acaban de cambiar pero que ya no cuela: son más baratos. Se olvidan de mencionar los costes medioambientales y sociales y lo hacen porque, de momento, ningún Gobierno se los ha añadido (los impuestos son otra cosa). Los de la esquina renovable, quizás un poco acomplejados por su color verde, también se olvidan muchas veces de esos costes que la eólica y la solar no tienen y sólo se defienden de las acusaciones de ser unas energías subvencionadas y, por eso, de coste irreal. Más allá de señalar que lo que sí es irreal es el precio del petróleo (lo es porque responde a un mercado que ahora lo tiene bajo porque no hay más cojones pero que ya está pensando en cuando esté tres veces más caro) y de las centrales (¿quién asume los costes de mantenimiento de la mierda nuclear generada?), hay que decir que la cosa limpia también tiene beneficios económicos.
Leo en Soitu.es un estupendo artículo sobre el impacto de las renovables en la economía. Escrito a partir de un informe de la Comisión Europea, The impact of renewable energy policy on economic growth and employment, y con el objetivo de la Unión de tener el 20% de renovables para 2020 como punto de partida argumental, la cosa explica cómo la inversión en renovables puede aumentar la creación de empleo y activar la economía. No voy a copiar lo que dice el texto porque lo dice muy bien, así que lo linkeo de nuevo: se lee todo aquí. Supongo que Zapatero, Merkel, Brown, Sarkozy, todos lectores habituales de este blog, me harán caso (se harán caso a sí mismos, puesto que es un documento europeo), lo leerán y darán un volantazo a sus políticas económicas y energéticas.
De todos modos, el debate está mal enfocado. Hay que dejar de hablar de lo que cuesta hacer las cosas que hay que hacer y empezar a tener claro que hay que hacer las cosas que hay que hacer cueste lo que cueste.
Ojo: este texto y otros del estilo se pueden leer en ¿Y por qué no…?
¿Se puede publicar un artículo titulado “África se abre poco a poco a los transgénicos” en el periódico presuntamente más prestigioso de España sin incluir en el texto ni un sólo punto de vista contrario a los cultivos genéticamente modificados? Sí se puede porque El País lo ha hecho hoy. ¿Se debe hacer? Pues yo creo que no. A la autora del texto, Lali Cambra, y a los responsables de editarlo les ha importado un carajo esa máxima periodística de tratar por igual las dos caras de una moneda. Incluso se han hecho poco caso a sí mismos, puesto que en el texto sí se admite que “el debate sobre los GM (alimentos genéticamente modificados), como el nuclear, está polarizado”. La cosa habla de un congreso sobre los beneficios de los transgénicos celebrado en Uganada el mes pasado (¿?) y las únicas matizaciones a la propaganda pura son las de Kanayo Nwanze, presidente del Fondo Internacional para el Desarrollo Afrícola (IFAD). “Los GM no son la solución a todo”, se atreve a decir el hombre y se digna a publicar el periódico.
Así, en el texto se dan como buenas afirmaciones que provocarían infartos a ecologistas, comprometidos varios y hasta algún que otro Premio Nobel. Se dice, por ejemplo, que los transgénicos son estupendos contra el cambio climático, que benefician a los pequeños agricultores y que van a ayudar un huevo al desarrollo de África. Justo lo contrario que piensa la gente que piensa lo contrario. Incluso aparece en el texto la corporación Monsanto (para muchos, uno de los grandes demonios del mundo actual) como un benefactor social sin el Mon delante, junto a otra multinacional, BASF, y la familia Gates. Con un par.
Hace poco, en el mismo El País -¿se nota que es el periódico que leo y en el que a veces hasta escribo?, ¿se entiende, por eso, que le dé tanta cera?-, publicaba una columna Miguel Ángel Aguilar que ahora no encuentro en la Red pero que venía a decir que un diario no debe ser abanderado de ningún movimiento, que simplemente debía dar información contrastada, diversa y tal. Pues eso. No creo que lo de hoy sea un maniobra orquestal en la oscuridad de Monsanto. Creo que es un ejercicio de incompetencia. Y eso es lo grave. Los periodistas y los medios cada vez nos lo curramos peor y así no van a mejorar las ventas ni el prestigio ni la inversión publicitaria. Cada vez más, los que formamos la audiencia nos sentimos insultados por los que hacemos la información. Y con este ejemplo de mi esquizofrenia de cada día, me retiro a mis aposentos.
Suena Fela Kuti, Teacher Don’t Teach Me No Nonsense.
No tengo ni idea de lo que pasa realmente en Irán. No me fío un pelo de la imagen que se ofrece de ese país por parte de los medios de comunicación del lado del mundo sin turbante, éste. Me pasa lo mismo con Venezuela, donde sí he estado y sé que lo que pasa no es lo mismo que lo que nos dicen que pasa. Volviendo a Persia, hoy he leído un parde cosas que enfocan algo mejor, pero, ya digo, sigo sin enterarme del todo. Lo que sí veo clarinete es la actitud con la que observamos aquello desde nuestro sofá occidental. Orgullosos de estar en un grado evolutivo superior, con la condescendencia del que piensa “venga, muchachos, un par de manifestaciones más y llegaréis a tener nuestra preciosa libertad y nuestro bonito comportamiento democrático”.
Y aquí es donde flipo en colorines. Yo vivía en Miami cuando Bush hijo ganó de forma bastante chunga las elecciones a Al Gore y no recuerdo manifestaciones multitudinarias para protestar por semejante tongo. También vivía en Madrid cuando Tamayo y Sáez se escondieron nosecuántos días en un picadero para robar unas elecciones que, al repetirse, pusieron a Esperanza Aguirre en la poltrona en la que sigue plantando su ilustre culo. Tampoco recuerdo manifestaciones masivas en aquéllos tiempos no tan lejanos.
Ojalá se arregle lo de Irán. Ojalá salgan de la cárcel los disidentes, dejen de disparar los basiyís y se repitan las elecciones si es que se tienen que repetir. Pero ojalá, también, nosotros aprendamos de ellos a salir a la calle para protestar por todas las tropelías que se cometen (nos cometen) al ámparo de la presunta democracia. Joder, que los de la cinta y las pulseras verdes se están enfrentando a una autoridad divina y por aquí el único ser superior que se ha visto últimamente es Florentino Pérez.
Puede que todas estas letras no fueran más que una excusa para poner la banda sonora de estos días, así que suena otra vez Siniestro Total y su Ayatolah (más una entrevista risible).
Al Gobierno de Zapatero le han puesto las notas de fin de curso y ha vuelto a suspender. Esta vez no han sido las organizaciones ecologistas, que ya se sabe que son examinadores exigentes. No. Esta vez ha sido el Observatorio de la Sostenibilidad en España (OSE) el que, después de ver hacia dónde vamos en este tema, ha dicho que si es que vamos a algún sitio, vamos muy despacio. Demasiado. Copiopego el artículo de El Mundo: “Ni en consumo energético, ni en transporte ni en residuos ni en preservación de los espacios naturales nuestro país alcanza la media comunitaria, según el IV informe del Observatorio de la Sostenibilidad de España (OSE)”. Más: “Así es cuando analiza el uso del agua y su regeneración. España sólo se consigue depurar el 78% de sus aguas residuales, aunque hay proyectos para llegar a una cifra de hasta el 93%, más en consonancia con los datos de los países vecinos. En energía seguimos siendo un país altamente dependiente. Importamos un 81% de la energía que consumimos. «Tenemos un consumo energético insostenible», señaló Luis Jiménez. Según los datos aportados, se sigue incrementando el consumo, pese a los avances realizados en eficiencia energética”. Por resumir, que la cosa está toda mal salvo en renovables, por eso de la eólica.
Curiosamente, hace unos días mi padre me sopló otra noticia que dice: El Gobierno impulsa un código de buenas prácticas en la publicidad ecológica. Se trata de un código de autorregulación de buenas prácticas en eso de la propaganda con motivos medioambientales. Es un trabajo del Ministerio de Medio Ambiente con la Asociación para la Autorregulación de la Comunicación Comercial (Autocontrol) y ya hay empresas como Cepsa, Repsol, Acciona, Endesa, Kia, Chrysler, Citroën, Peugeot y Renault que se han apuntado al asunto. La cuestión es: ¿se apuntará el propio Gobierno al código en cuestión? ¿Dejará de vendernos la burra de su preocupación por la sostenibilidad medioambiental mientras la preocupación no sea real o, por fin, se preocupará de la cosa?
Preguntas que de momento son retóricas. Digo de momento porque en el pasado festival Emisión Cero, Fernando Moraleda dijo en un aparte que Zapatero y sus muchachos preparaban un plan de economía sostenible. Fumando espero.
Ojo: este texto y otros del estilo se pueden leer también en ¿Y por qué no…?