Feeds:
Entradas
Comentarios

Este cuadro compuesto por tres tablas lo he pillado del NYT. Muestra el efecto del tsunami sobre Las Vegas, la ciudad del juego y la orgía consumista. La primera retrata la caída de visitantes. La segunda, el descenso en la ocupación hotelera. Y la tercera, la hostia en los ingresos por juego en el Strip, la calle que concentra a los casinos más peritas.

Las Vegas representa lo más extremo del Capitalismo: el gasto sin límite, el beneficio a costa del impulso, el mal gusto como forma de vida. Las Vegas es, pues, el modelo de civilización que desean para nosotros los que nos venden las cosas (y el humo). O, al menos, el modelo de civilización en horario no laboral y vacaciones. Dicen que en momentos de crisis aumenta el gasto (o la inversión, si toca) en juegos de azar. No parece que esté ocurriendo así en el estado de Nevada. Esto puede verse como una señal en plan si-cae-Las-Vegas-cae-el-sistema. O se le puede echar la culpa al juego por Internet y punto.

Por cierto, lo he sacado de un reportaje sobre Steve Wynn, el tipo que posee más de media ciudad del pecado, todo un personaje. Sí, el que rompió ese cuadro de Picasso que estaba vendiendo en la que iba a ser la más cara transacción de arte de la Historia. Steve Wynn no atiende a las señales y sigue invirtiendo en Las Vegas. Ojo, Steve Wynn (no confundir con este Steve Wynn) atribuyó a problemas de vista la cagada del Picasso.

He aquí el texto publicado el 21 de julio en Interviú, primero de una serie de cuatro sobre profesiones, digamos, “distintas”. Lo que viene a continuación es el resultado de un par de horas de conversación con una escort o prostituta de lujo. Es, o intenta ser, el retrato de una mujer que eligió una camino para ganarse la vida y a la que agradezco su tiempo y sus confesiones.

“Una vez estaba junto a una gran modelo española, una que ahora es señora de. Nos habían llamado porque había venido un empresario alemán con muchísimo dinero. Y esta chica no paraba de hablar de trabajo y de inversiones hasta que el alemán, muy educadamente, la mandó a casa con su chófer y me dijo: ‘Oye, ¿no tendrás una amiga para que nos acompañe?’. La anécdota la cuenta Lisa en una bocadillería bien del barrio de Salamanca de Madrid. Lisa lleva zapatos planos, vaqueros y una camiseta. Viste de forma sencilla pero elegante. Tiene mucha clase. Es una venezolana rubia y de rasgos exóticos que se mira a cada rato en el espejo e insiste en decir que ella no es tan bella como otras para que el interlocutor le regale un piropo que suena a pleonasmo. Lisa es muy guapa. Y también muy lista. “Si quieres sacar dinero a un hombre y vas de pija y de que no eres puta, no se lo sacas. Yo siempre he ido de humilde, he enterrado a mi abuela miles de veces, hasta mi madre ha llegado a llamar llorando para contarlo”.

Lisa es escort. Señorita de compañía, mesalina, meretriz, suripanta, como se prefiera. Puta en cualquier caso, pero no una puta cualquiera. Una de lujo, de las mejores en lo suyo. Su familia lo sabe, sus amigos, también, aunque no les haga gracia. Cuando era una adolescente, con 15 años, tuvo un hijo. Sus padres tenían una posición acomodada pero eran muy estrictos. Lisa se fue de casa y empezó a salir con un narcotraficante. “La primera vez me dio 10.000 dólares. Estuve cuatro meses con él y me acabo dando más de 50.000″. Sorprende la facilidad que tiene Lisa para acordarse de todas las cifras que ha cobrado durante su carrera. Sorprende, también, su sentido del humor. “Al narco le gustaban las jovencitas y yo perdí ese punto”. Con 16 años, dejó al narco y se puso a trabajar. Salía con extranjeros de visita en Caracas que le conseguía un taxista. De los 300 dólares que ella cobraba, 100 eran para el conductor.

Por la vía del taxista, Lisa conoció a un alto cargo de la Comunidad Europea. Y se fue a vivir con él a Bruselas. Ella tenía 18 años; él, 60. Ella tenía todo lo que quería; él se lo daba. Clases de francés, joyas, incluso 60.000 dólares para comprarse una casa. Pero a los ocho meses, Lisa volvió a Venezuela. “No lo soportaba”. Pronto llegó otro hombre. Un asesor de Bill Clinton con el que se fue a Panamá. Dos años. Esta mujer conoce muy bien a la clase política. A lo largo de su vida, han paseado por su cuerpo altos cargos, ministros e, incluso, habla de una relación profesional duradera con una ex presidente de Gobierno, “muy guapo y muy caballeroso”, al que le gustaba que le siguieran llamando señor presidente. “Entre los políticos y las putas no hay mucha diferencia. Las putas hacemos la pelota a los tíos y ellos se hacen la pelota unos a otros”. Palabra de Lisa.

El asesor de Clinton no tenía tiempo para ella, así que lo dejó, se vino a Madrid y se puso a trabajar. Encontró su sitio en D’Angelo, el club más conocido en la orilla más noble del Paseo de la Castellana. Lisa fichaba los siete días de la semana, con una media de cinco salidas al día a un mínimo de 300 euros. Pero eso no era todo. Por la mañana tenía clases de inglés. Luego, la universidad, Historia del Arte y Filología Hispánica. Y más tarde, algún curso de diseño de moda. Lisa, claro, llegaba tarde al club y el resto de las chicas se quejaban. No parece que el mundo del club de lujo sea el mejor ambiente para hacer amigas. “Uf, hay mucha envidiosa”. Lisa sigue sin entender porqué muchas de sus compañeras se lo gastan todo en ropa y en cocaína. Ella, mientras, se ha dedicado a ahorrar. Tiene dos buenos pisos en Madrid, casa en su país y hasta una pequeña empresa allá. “Yo siempre he tenido un objetivo para todo esto, mi familia, mi hijo”.

Seguimos en la misma bocadillería pija del barrio de Salamanca. Lisa está comiendo una ensalada de lechuga y mango y un vermouth rojo con zumo de naranja. Sigue mirándose al espejo y buscando en el móvil fotos suyas en plan sexy. Ahora el gran club está en Internet y hay que mostrarse de la mejor manera posible. De repente, se acerca y dice al oído: “No mires, pero al marido de la señora que hay ahí detrás le gusta que le caguen y le meen en la boca”. Que se dejen de encuestas los del C.I.S. y que pregunten a las profesionales. El oficio de Lisa es el mejor observatorio de las costumbres sexuales de la sociedad.

“Para gustos, los colores. En el sexo nada es raro mientras sea de mutuo acuerdo”. Lisa no crítica las costumbres de nadie pero recuerda a ese chico que ahora es presentador de la tele al que le gustaba que le pegasen hasta sangrar. O al editor que disfrutaba jugando a vestirse de puta. “Tardaba una hora en arreglarlo, en pintarle las uñas, maquillarlo, ponerle la peluca. Pero me rompía toda la ropa. Él calzaba un 42 y yo un 37, así que decidí comprar vestidos y zapatos para él”. O a ese famoso actor de Hollywood, uno de los hombres más deseados, “más raro que un perro verde, no se termina de orientar con su sexualidad. Te das cuenta de cuando los hombres están forzando acostarse con una mujer. Y él se esforzaba. Empezó pidiendo que le metiera un dedo por el culo y acabó siendo sodomizado por un travesti”. También se acuerda de otros. Ni más ni menos raros. Distitnos. “Un mexicano que se gastó 15.000 euros en una noche pero ni me tocó”. O un empresario sevillano que pagó 25.000 euros por dos días de conversación. “A él lo que le gustaba era hablar”.

Lisa tiene claro lo que gusta a los hombres de este nivel. “Más que valorar un cuerpo y una cara bonita, valoran la cultura y la conversación. Se trata de una compañía a todos los niveles”. Ella habla, además de español, francés, inglés, portugués y un poco de alemán. Es una gran lectora y está muy orgullosa de haber compartido mesa, sólo mesa, con Salman Rushdie, Naguib Mahfuz y García Márquez. Recomienda, por cierto, “Memoria de mis putas tristes” del Nobel colombiano. “Nunca me he acostado con una mujer sin pagarle”, dice el nonagenario narrador y personaje de la novela. La protagonista de esta historia real, confiesa por su parte: “Nunca he ligado con nadie si no ha sido por dinero”.

El amor lo guarda Lisa para su familia, para su hijo. Y el placer… “¿Cómo voy a gozar si estoy pensando en que tengo un examen y luego tengo que ir a la peluquería y hacer mil cosas más?”. Lisa sólo recuerda una vez en la que disfrutó de verdad. Fue un servicio con una señora de unos 40 años, se la llevó a su casa y tuvo cinco orgasmos seguidos. Por lo demás, poco. Nada. “El sexo para mí es secundario”, dice sin darse cuenta de que acaba de enunciar la paradoja de las profesionales del sexo. Las putas, como ella misma repite sin ningún reparo. Lisa lo tiene claro. “No por cobrar 3.000 euros soy mejor que una puta de la calle que cobra 20 euros. Somos todas iguales, todas abrimos las piernas por el mismo motivo”.

La ensalada se acaba al mismo tiempo que la conversación. Antes de marcharse, Lisa reconoce que con el paso del tiempo se ha ido haciendo más individualista, “más egoísta”, pero también afirma convencida: “Volvería a repetir cada minuto de mi vida”. Por fin, se despide con dos besos y abandona el sitio bien del barrio de Salamanca. Ahí va una señora.

Aunque (casi) nadie dice nada.

Actualizo: Leo en el New York Times que el gobierno chino ha pasado (olímpicamente, supongo) del Comité Internacional Olímpico y de su petición de acceso libre a Internet para los periodistas que van a cubrir los Juegos. Al parecer, ya hay unos cuantos allí que han descubierto las virtudes de una dictadura comunista al servicio del Capital. Por una parte, me parece enternecedor que el CIO se preocupe por la libertad de expresión de unos miles de periodistas y pase (olímpicamente, claro está) de la de 1.600 millones de chinos. Por otra, a ver si así mis compañeros de profesión y sus paganinis empiezan a explicar en sus medios que libertad de mercado no es igual a libertad.

El siguiente texto apareció en el número de junio de la revista Calle 20. Cuenta la peripecia de Daniel Lavin, un madrileño con ganas de hacer cine que se ha pagado y dirigido su primer largo. Hay un pequeño detalle que lo hace todo más… acrobático: el tío lo ha hecho en la ciudad en la que vive. Tokio. El reportaje, convenientemente maquetado y eso, se puede ver dándole al siguiente link: acrobats.

Un madrileño de 28 años decide ir a Tokio a pasar unos meses. Le gustan el manga y el cine japonés, le atrae la cultura de allí, siente que el viaje puede ser una experiencia decisiva en su vida. En Tokio, una ciudad en continuo movimiento que captura almas inquietas, conoce a una japonesa. Ikuko es amiga de una compañera de hostal. Quedan a tomar unas copas y pasa lo que tiene que pasar. Tres meses después, Daniel vuelve a Madrid con una experiencia decisiva y una futura esposa.

Ikuko y Daniel piensan dónde vivir juntos. Ella tiene trabajo estable en Tokio. Él ha estudiado cine y anda buscándose la vida en el audiovisual español sin mucha suerte. Deciden que será él quien se embarque en la aventura. Decide Daniel que va a aprovechar el impulso para cumplir un sueño. Se planta en Tokio con una cámara de vídeo, un ordenador, poco dinero, ningún conocido en el sector y un objetivo: rodar un largo.

Esta historia no es el argumento de una película. Es la historia del rodaje de una película. Es el relato de una acrobacia. La que ha hecho falta para finalizar Acrobats. “El mayor miedo no era realizar la película en un país y en una lengua diferentes, sino el no realizarla en absoluto”. Daniel Lavin habla con Calle 20 desde Tokio y por Skype. Lo hace despacio y con una seguridad en sí mismo que se antoja necesaria para meterse en semejante jaleo. “Si me hubiera quedado en Madrid, a lo mejor habría entrado en el rollo burocrático eterno de buscar una subvención. Preferí hacerlo por mi cuenta, sin medios pero con ilusión”.

Calcula que la peli ha costado 12.000 euros, incluyendo la cámara y los micrófonos. Nadie ha cobrado un yen. Se ha rodado en plan guerrillero. Sin permisos. Casi siempre en fin de semana, por eso de que hay que currar para comer. Acrobats es producto de la fe ciega de su director pero también de la del resto de los participantes. De los técnicos, coreanos, americanos, ingleses, un neocelandés y un chino, y de los seis actores, todos japoneses. Por cierto, ¿fe ciega o inconsciencia? “Las dos cosas”.

El resultado es sorprendente. Acrobats es un film de autor. Hiperrealismo crudo y minimalismo expresivo rodado cámara al hombro. El retrato de un momento de las vidas de tres funambulistas sin futuro ni presente que hacen equilibrios sin avanzar y sin red. Tres historias que se cruzan, pero poco, de tres personas solas en una ciudad de trece millones de habitantes. “El hecho de que haya muchos exteriores -explica Daniel- acrecienta esa sensación de soledad. En un interior siempre tienes más impresión de estar atrapado, pero en una ciudad como Tokio, un tanto claustrofóbica, se produce el mismo efecto”.

Que nadie espere un Lost In Translation o un tercio de Babel. Daniel no ha visto Tokio con los ojos de un gaijin, como se les llama allí a los guiris. “No quería ser el típico occidental, quedarme con los tópicos, sino ser fiel a la historia. Imagínate que yo fuera japonés y rodase en España: huiría de toros y flamenco”.

(Sigue leyendo, no seas así, pincha aquí. También puedes leer el blog de Daniel).

Como un Cámera Café con menos chiste y más duro (por realista). Entonces llegamos al final es la primera novela de un tal Joshua Ferris. Una agencia de publicidad en Chicago en el tiempo en que el boom de Internet hizo crash. Un catálogo de miserias comunes a todos los curritos. Un retrato redondo pero puntiagudo del comportamiento del grupo, que se mueve como esas bolsas de plástico mecidas por las débiles olas de la orilla: sin voluntad, sin orgullo, sin ir a ningún lado. Mola cómo lo narra en una primera persona del plural que nos incluye a todos. Mola cómo aprovecha para colar pequeñas historias de cada personaje que te alivian de la gran historia grupal. Mola que, aunque ocurre igual en todas partes, pase en una agencia porque así lees el patetismo añadido de los que tienen que ser creativos cuando saben que no son muy capaces. En el fondo, o no tanto, éste es otro de los que se caga en la rueda. Cito:

Detestábamos no saber algo. Detestábamos no saber quién sería en próximo en ser despedido. ¿Cómo pagaríamos las facturas? ¿Y dónde encontraríamos un nuevo trabajo? Conocíamos el poder de las compañías de tarjetas de crédito, las agencias de recaudación y las consecuencias de la bancarrota. Estas instituciones carecían de atractivo. Introducían tu nombre en un sistema y, a partir de entonces, ciertas partes del sueño americano quedaban excluidas para ti. Una piscina en la parte trasera del jardín. Un largo fin de semana en Las Vegas. El BMW de la gama más baja. Tal vez éstos no eran unos ideales jeffersonianos, en conformidad con la vida y la libertad, pero en aquella época avanzada, con el Oeste conquistado y la guerra fría finalizada, parecían figurar entre nuestros derechos inalienables. Esto sucedía antes de la caída del dólar, antes del tormentoso debate sobre la externalización de servicios y el espectro de una masa de jóvenes chinos e indios que superaban nuestras ventajas en banda ancha”.

El otro día, viendo a lo que queda de The Stranglers en el Summercase y oyendo su canción Peaches, me di cuenta de lo que me recordaba a otro grupo que también me gusta un rato. Girls Against Boys son de Washington DC y se lo hicieron en los 90 bastante buenamente (y siguen dándole: hace poco tocaron en el Gruta 77). Su disco Cruise Yourself es uno de mis (muchísmos) preferidos de entonces y Kill the Sex Player, la canción, sale en la banda sonora de Clerks, otro icono de esa década. El caso es que en aquel momento pensé que podría encontrar más grupos o canciones que me sonaran a otros grupos o canciones y armar una serie con eso. No se trata de que sean iguales ni de denunciar plagios ni nada por el estilo. Es de buen rollo. Simplemente me recuerdan unos a otros y me gusta.

Obviamente, los dos grupos tienen un bajo que domina la cosa (bueno, Girls vs Boys tiene dos bajos). Pero hay algo más: suenan macarras, sudorosos y sexys. Tienen clase y hasta pinta de ser el mismo tipo de tipos.

Se cumple el primer aniversario del secuestro de El Jueves por un chiste y la revista lo celebra con este póster. Unas risas a costa de los que se ríen de la libertad de expresión. Que les den por popa.

El caso Summer

No es raro que hubiese 120.000 pastillas rodando hacia Boadilla del Monte. Aunque no hay que fiarse mucho de la información de la policía (¿verdad, Carlos?), sí hay que creer en el buen criterio de los camellos. Y si en el Rock in Río el patrocinio fue el caballo ganador, en el Summercase se juega a colocado. Quizás sea la única manera de bailar sobre ese suelo lleno de cantos rodantes, de compaginar los delirantes horarios y de disfrutar de un cartel que ha bajado bastante de nivel este año.

He tardado un par de días en asimilarlo, pero creo que para mí lo más potable del viernes fueron los Sex Pistols y esos Stranglers que venían a medias (el sábado no fui). No sé si es algo que debo compartir con mi terapeuta o tan sólo es un efecto secundario de la mínima cogorza denominadora, pero con Juanito Podrido, Esteban Jones y sus colegas me lo pasé mucho mejor que con unas pasotas Breeders, unos Kings of Leon que insisten en ralentizar sus directos o unos Mogwai reralentizados e insistentes. Y paso de entrar en si su vuelta es un insulto al espíritu punk y tal. En el fondo, ellos fueron muy poco punk en su momento. Fueron una bomba diseñada por un terrorista con buen oído. Fueron marionetas de Malcolm McLaren y ahora que no lo son, al menos tienen la vergüenza de decir que lo hacen por la pasta. Como Police, por ejemplo. Sólo que a mí me gusta más Anarchy in the UK que Roxanne.

(La foto de Rotten y su camisa la he pillado de El Mundo y es de Alberto Di Lolli).

Cuando un chino se traspasa, eso no es impulso. Hasta ahora, nunca había visto un negocio de este tipo renunciando. El de la foto está en la calle Apodaca de Madrid. Parece que Solbes está tan preocupado como con lo de Martinsa.

El diario Público cabalga de nuevo con su cruzada antitaurina. Hoy dedica portada y sesudos* artículos en el interior contra las malas costumbres españolas**: que si el Toro de Coria, que si el Toro de la Vega, que si las corridas de toros… Servidor es de esos tíos raros que respeta tanto la libertad de cada uno a decir lo que le plazca que me parece estupendo que el señor Jaume Roures y sus secuaces inviertan su tiempo y su dinero en semejante cosa. Están en su derecho de pedir la abolición de todo eso que llaman maltrato animal y hasta de postular el veganismo para todo quisque (no exagero, se puede leer aquí). Del mismo modo, yo estoy en mi derecho de descojonarme vivo de textos como el que sigue y que firma un tal Javier Rada:

¿Qué ocurre en la psique humana cuando uno percibe este tipo de espectáculos, cuando es perseguido por un becerro, cuando ve como ejecutan a un toro?

Todo se encuentra dentro de un proceso de ritualización, un proceso en el que mediante diferentes estímulos se consigue que primen las partes más primitivas del cerebro, y en donde la razón y la lógica, nuestro cerebro más evolucionado, ceden ante a la selva instintiva.

“El ritual incide en la parte del sistema nervioso más animal, relacionado con el sistema límbico. Estos rituales estarían creados para no pensar. Mientras tienen lugar, el cerebro se haya [la falta de ortografía es de Público] hiperactivado, ya sea por la sangre, el peligro físico, el sacrificio, la música o las drogas (como el alcohol). Entonces deja de intervenir la parte del córtex cerebral, relacionada con la razón y la ética”, explica Luis Muiño, psicoterapeuta. Se deja de sentir empatía, la capacidad de ponerse en la piel del otro.

“No es necesario que uno sea violento o que no tenga un código ético. Cualquier persona en esas circunstancias haría lo mismo”, explica. Según Muiño no existe mucha diferencia en la hiperactivación que se produce en estos ritos, y en los utilizados en las guerras y religiones, y hasta en el exótico vudú [el subrayado en negrita es mío]. Los procesos de inmersión en rituales de estas características logran que se merme la escala de valores.

Así, gracias al diario Público, ya entiendo porqué soy capaz de ir a un montón de corridas en las que nunca pasa nada: es que no pienso, me quedo alelado, soy como un haitiano en manos de su hechicero vudú. Por cierto, no me termina de quedar claro si el hechicero es el torero, el ganadero, el empresario o el que dirige los pasodobles. Igual escribo una carta a ver si me lo explican.

(Las fotos son de un tal Patrick Andre Perron, una, y de Temps D’oci la otra).

* Lo de “sesudos” va con todo el retintín del mundo. A ver, uno es pesimista y cree que está más cerca que lejos el fin de la Fiesta, pero esperemos que no sea por campañitas tan poco argumentadas como ésta. No estoy en contra de los antitaurinos ni de que haya un debate al respecto, pero que sea un debate de nivel, porfa. Que la otra parte se intente informar de qué va todo esto y pregunte a la gente que sabe y sabe argumentarlo. No sé, si buscan a un catedrático, que acudan a Victor Gómez Pin, por ejemplo, y luego pregunten al que dice lo del vudú, si quieren. Da la sensación de ser un combate de boxeo de pesos desiguales, no sé, como entre el Tigre de Chamberí y George Foreman… Ay, perdón, que tampoco les gusta el boxeo a los de Público.

** En su afán por tocar la marrana, con perdón, los de Público insisten en asociar “toros” y “España”. Como que son dos conceptos que no parecen gustarles. Hombre, cierto es que son dos asuntos impepinablemente ligados por la Historia y tal. Pero si hablan de corridas de toros, hace mucho que ha quedado claro que no son patrimonio español. Me extraña que no se hayan informado, porque siendo un tema de portada… Por cierto, a veces es tan ridículo el antipatriotrerismo como el patrioterismo.

Entradas antiguas »