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El otro día a un DJ lituano le bajaron de un montón de carteles por algo que dijo en su perfil de Facebook, parece que metiéndose contra los homosexuales. Hace un mes, al que canta en Def Con Dos lo enchironaron por decir un par de barbaridades en su cuenta de Twitter, creo que reacionadas con ETA. En estos días, a uno que acaba de prometer el cargo de concejal del Ayuntamiento de Madrid le han lapidado públicamente por un par de tuits con chistes brutos que escribió hace tiempo cuando sólo era un guionista y como parte de un debate sobre otra broma tuitera salida de madre, en este caso a cargo de lo que entonces era un prometedor director de cine. Por esa misma época, por cierto, hubo un movimiento masivo contra un escritor y un centro comercial que vendían un libro en el que se aseguraba que la homosexualidad tiene cura.

Hoy es lunes, dos días después del cambio de rumbo político más importante que ha tenido España en, como mínimo, 30 años y sólo hablamos de cosas de redes sociales. Llegados a este punto, ya no se trata de decidir si tal debe dimitir o cual debe seguir en la cárcel o pascual no volver a poner un disco en su vida. Llegados a este punto, se trata de saber si nos hemos vuelto completamente idiotas o sólo casi.

El poder de la jauría digital lo explica muy bien Javier Salas en este artículo. Pero no sé si es suficiente para explicar en lo que nos estamos quedando. ¿Somos lo que hacemos o somos lo que decimos? ¿Debemos valorar a la gente por sus actos o por sus palabras? ¿Tenemos en cuenta el contexto o descontextualizamos para todo y para siempre? ¿Nos tomamos las cosas con calma y las vemos con perspectiva o vivimos en el escándalo perpetuo?

Seguramente, muchos de los que están defendiendo hoy a Zapata, atacaron en su momento al escritor y al centro comercial que vendían ese libro que sostenía esa gilipollez. Probablemente, muchos hayan aplaudido también la caída en desgracia del DJ lituano. Qué carajo, el mismo Zapata ha troleado en Twitter lo que ha querido y más a gente que sólo pasaba por ahí para decir alguna chorrada, como todos hacemos. Por descontado, a Zapata y a Ahora Madrid les han estado buscando y les buscarán las cosquillas y los grandes y poderosos medios no se fijarán igual en salidas del tiesto similares de, por ejemplo, miembros del PP. Por supuesto, la defensa de la libertad de expresión de los chistes de Charlie Hebdo se da de bruces con esta otra persecución. ¿Y qué? La jauría no es de un bando u otro, sólo es…

¿De verdad queremos convertir en real el espectáculo de la nada que es la conversación constante y permanente que son las redes sociales? ¿De verdad preferimos perder el tiempo con eso que con las cosas de la vida real? ¿En serio nos vamos a perder en la retórica y no nos vamos a encontrar en los hechos?

Pues vale. La verdad es que a mí me habría gustado juzgar a Zapata por lo que hubiese podido hacer como Concejal de Cultura y no por las chorradas que diga en sus redes sociales. No voy a poder. Bueno, tampoco pasa nada. Entiendo que la dimisión es una decisión estratégica y que se habrá considerado como mal menor. Pero que sepamos que el daño no se lo comen sólo Zapata y Ahora Madrid, que el daño es para todos.

Puede que Vigalondo, ese director al que se la liaron parecida en 2011, lleve razón y tengamos que aprender a ser críticos sin ser sádicos en nuestros muros sociales pero yo creo que, en cualquier caso, se nos ha ido claramente de las manos. La ira colectiva nos está convirtiendo en una sociedad ruidosa, inaguantable, torrencial y pacata. O quizás fuésemos así y sólo ahora lo sepamos porque existen las redes sociales. Qué se yo, qué más da. Sólo espero que mañana dejemos de hablar de ceniceros y podamos seguir hablando de política. De la del bien común. De la de todos.

Suena Destruction Unit, Final Flight.

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El otro día unos amigos que viven fuera de España me contaron que se enteraron de la muerte de un íntimo a través de un grupo de WhatsApp.

Gente, tenemos que hablar.

Suena Saetas en el aire, de Le Parody.

fans en www.laopcionb.com

Hoy, que es la jornada esta tonta de reflexión —como si no reflexionásemos todos los días— me he acordado de un momento muy representativo de todo esto de la fiesta de la democracia. El otro día, hace dos semanas, estaba viendo en la tele el programa Ochéntame otra vez, en el que curra un amigo, Luis Felipe. Aquel día estaba dedicado al fenómeno fan de los 80, sacando míticos momentos de Los Pecos, Pedro Marín, Iván y compañía. El caso es que, en plena exaltación del calentador, el grito romanticón y la canción aguda, TVE interrumpió su programación sin avisar para meter a capón lo que en ese momento consideraro necesario.

El motivo fue el inicio de la campaña electoral —como si no estuviésemos en campaña electoral todos los días— que nos ha traído hoy a reflexionar. Y la cosa empezó a tope con una conexión con el discursito torpe de Arias Cañete, al que además le pilló con el pie cambiado el aviso de la conexión en directo. Pero todo daba igual porque sus fans estaban como locos, aplaudiendo, agitando banderas, gritando su nombre y el de su grupo. Luego pasaron a la Valenciano y la cosa fue más o menos igual, con histeria desatada entre sus seguidores. Y luego IU, y lo mismo. O sea, que interrumpían un programa en el que uno veía con asombro pero cierta simpatía a la adolescencia ochentera perder los papeles antes las aflautadas canciones de Los Pecos o las contorsiones de Pedro Marín para conectar en directo con eventos en los que uno podía ver con aún más asombro y algo de asquete a gente no tan joven perdiendo el norte de manera similar ante los candidatos del régimen a las europeas.

Y el caso es que esto no lo entiendo —como si entendiese algo alguna vez—. Puedo comprender que los fans de los 80 perdiesen la chaveta, puedo llegar a empatizar con un sentimiento amoros al ver la melena del rubio de Los Pecos, puedo sentir algo de cariño hacia las caderas de Pedro Marín y hasta puedo ponerme en el lugar de alguien que disfruta como un orgasmo la melodía de Háblame de ti. Pero no me cabe en la cabezota lo de los fans de los partidos. ¿Cómo coño puedes volverte loco ante el porte de Cañete o Valenciano? ¿Cómo cojones explicas que te llene de histeria y satisfacción el discurso de estos dos o de Rosa Díez o de Mas o de Lara? ¿De qué coño te alegras si gana uno de éstos?

Suena Mal español, de Love of Lesbian (creo que la primera suya que me gusta)

 

Hace un par de semanas pasé por Sevilla por eso de la promo de Biciosos y, como suelo hacer cuando estoy en casi cualquier sitio, busqué un concierto al que arrimar la oreja. Me encontré con uno de Sex Museum, así que me hice un nudo malasañero de los buenos y allá que fui. Antes de nada, he de decir que el grupo, al que hacía mucho que no veía, suena como un cohete despegando de Cabo Cañaveral. O sea, muy bien. Pero lo que yo quería contar aquí es otra cosa. Esperando a que saliesen la y los melenudos madrileños había un chaval de, calculo, catorce años, con cazadora maqueada, camiseta de Iggy, vaqueros y zapatillas. Un rockero adolescente como los originales. Con él estaban sus padres, comprando unos tés fríos para toda la familia y dejándole ir hacia primera fila mientras ellos encontraban asiento al fondo de la sala.

Desde que salieron Sex Museum hasta que acabaron con la hidratación corporal y los tímpanos del personal dos horas y poco después, el chico estuvo dándolo todo pegado a la tarima. Levantando el puño, moviendo la cabeza, cantando, saltando y haciendo fotos y, digo yo, compartiéndolas por redes sociales. Viviendo un concierto que, sigo imaginando, quedará grabado a fuego en su memoria cuando, dentro de 20 años, siga siendo un hijo del rock and roll, aunque igual ya sea padre.

A mí aquello me pareció precioso. Un adjetivo que liga poco con el espíritu de Deep Purple y los Who que revoloteó aquella noche por esa sala sevillana, pero no se me ocurre otro mejor. Me gustó ver al muchacho flipándolo con el grupo y a sus padres esperándole sin ninguna pinta de estar disfrutando ni un pelo de lo que sonó. Me pareció ver amor por todas partes. Del chico al rock, de los padres al chico, del chico a los padres y del rock a todos ellos.

En aquel momento me acordé de un concierto de Dylan en el Palacio de los Deportes para el que tuve que hacer la crítica y en el que me quedé cautivado no sólo por las versiones de sí mismo que era capaz de hacer el tío Bob sino por un chaval de unos diez años que se bailó todo el concierto disfrutando como nadie esa noche. Y ahí dejé el asunto.

Hasta que el otro día me encontré con esta entrada en el blog de Borja Prieto que recoge un texto de Pepo Márquez. Lo que cuenta es cómo antes era más fácil ver a menores en conciertos y ahora es imposible, cómo él pisó cientos de conciertos antes de cumplir los 18 y cómo ahora la cosa está muy vigilada y eso es una carencia cultural de campeonato que no sucede en otros países. Márquez pone el ejemplo de Estados Unidos, donde los menores pueden entrar a los garitos de música en vivo y se les marca para que no puedan consumir alcohol (antes con una x que sirvió de símbolo al movimiento straight edge, ahora más bien con pulseritas).

Leyéndolo me acordé de todos los conciertos que vi siendo pequeño. De uno al que fui en el 82 con mi hermano en el que se citaban Nacha Pop y Los Secretos pero también Leño y Obús, de los Cure a los que vi con 14 años, de los Nomads en la Universal, de los Ramones tantas veces vistos y siempre con una púa de Johnny de recuerdo, de Toy Dolls, Bad Manners, Commando 9 mm… De un montón de minutos musicales apasionados y apasionantes que no me hicieron daño que yo sepa. Sospecho que me colé en todos ellos hasta que cumplí los 16, que entonces era la edad mínima para consumir alcohol, aunque beber ya bebía antes y no sólo en conciertos. También sospecho que el chico de Sevilla y sus padres debían conocer a alguien para que les permitiesen entrar porque hoy es imposible para un menor entrar en una sala de conciertos, ni con autorización ni acompañado. Hoy, si tienes menos de 18 años, no puedes ver música en directo salvo en recintos deportivos y festivales (y acompañado), fiestas populares en la plaza del pueblo y conciertos de esos under 18. Parece que los motivos son dos: el alcohol y la seguridad. Motivos tontos ambos en una sociedad alcoholizada y orgullosa y segura en exceso. Es todo tan delirante como el resto de la realidad legislada. Una cagada de campeonato.

Y sé que ahora tendría que acabar con una conclusión la mar de categórica pero resulta que no me apetece y que tampoco era la intención, que sólo quería compartir estas cositas por aquí y que además me he topado hoy mismo con una canción y un vídeo, vía Javi Casado, que es como la siguiente pieza de todo esto. Así que aquí lo dejo.

Suena Sisyphus, Alcohol.

 

 

Shake Some Action

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Me tiene un poco perplejo la forma de tratar la noticia del informe sobre cambio climático de la Casa Blanca por parte de los medios de aquí. Básicamente, lo que viene a decir el informe es que la cosa está realmente hecha cisco y que la vida en los Estados Unidos no va a ser lo que era si no se ponen real y seriamente en marcha y ni por esas. Lo cual viene a ser una puesta en marcha en sí misma. El Gobierno de la (ya) segunda potencia del mundo reconoce oficialmente la magnitud del desaguisado y moviliza a sus agencias y ciudadanos a ponerse a arreglarlo. No tengo ni idea de si serán más palabras sin acción o de si realmente supondrá un cambio en la forma de hacer las cosas. Se supone que los segundos mandatos de los presidentes gringos son los que aprovechan para dejar su legado y hacer lo más parecido a la política que realmente quieren y no la que le exigen y pagan los grupos de presión. Por eso, y porque creo que falta nos hace, deseo que esto vaya en serio y tengo cruzados hasta los dedos de los pies.

Pero lo que me maravilla —y a uno algo le puede maravillar para mal o muy mal— es la actitud de los medios de comunicación de aquí. Aparte de los que han ignorado por completo el asunto, buena parte del resto de los que he podido ver lo han tratado con una condescencia que da bastante risa. O miedo. Como si nosotros estuviéramos mejor y lo de las sequías, las tormentas y los aumentos del nivel del mar fuese un problema de los cerdos de allí, que contaminan una barbaridad. Como si nosotros lo tuviésemos todos claro y estuviésemos actuando en consecuencia más allá de repetir eso de las tres erres y apagar la luz una hora en el Día del Planeta. Como si Rajoy, Zapatero o cualquiera de nuestros siempre estupendos gobernantes hubiera dicho o hecho algo al respecto. Como si los medios de comunicación, los mismos que de alguna manera se chotean de la noticia, hubiesen adoptado alguna medida interna para reducir seriamente sus emisiones o tuviesen una línea editorial claramente enfocada a poner luz sobre este asunto que nos está trayendo serios problemas ya mismo, aquí y ahora. Como si fuesen unos absolutos ignorantes de cuál es la realidad que se supone que tienen que retratar. Bueno, esto último es mejor leerlo sin el como, que ya es evidente que no es una hipótesis.

A estas alturas está también claro que el asunto medio ambiental es uno de los grandes asuntos de nuestro tiempo. Ya nos está afectando aunque los medios de comunicación —y, detrás de ellos, los partidos, las empresas y los ciudadanos— sigan sin entenderlo, sin unir los puntos que dibujan el retrato de la realidad. Por supuesto, inundaciones y sequías tenemos en todo el mundo y cada vez más, pero es que uno puede seguir el rastro del problema en noticias de todas las secciones. Desde el vino que ahora se hace en Gran Bretaña a, otra vez, sí, las personas que saltan cada día la valla o cruzan el mar para llegar aquí.

Vivimos un pifostio económico y social bien gordo y es como si el tema del cambio climático hubiese quedado relegado en las reuniones de redacción a lo que viene después del crucigrama. Como si ya no fuese importante. Como si no tuviese todo que ver en el pifostio. Como si no fuese parte de lo mismo. Los medios siguen replicando teletipos de otros medios que replican teletipos de otros medios que replican notas de prensa; siguen viendo la vida pasar antes sus ojos sin contarla lo mismo que la mayoría de nosotros seguimos leyendo, escuchando o viendo por la tele o Internet nuestra vida pasar sin entenderla ni hacer nada por transformarla. Y eso es empeorarla. Unos tienen que llamar a la acción y todos tenemos que actuar. Y luego nos reímos de Obama, si eso.

Suena el Shake Some Action de Flamin’ Groovies.

Qué tontos somos

africa

Esta semana que acaba de terminar he leído tres cosas que creo que tienen que ver. Hablaba un científico en El País del problema de sobrepoblación, la escasez de recursos y de la necesidad de implantar controles de natalidad. Escribían también en el mismo periódico hace un par de días sobre el envejecimiento de la población en España y lo ilustraban con una bonita foto de un señor sentado en un banco de un parque y dando de comer a un pájaro que tenía en la mano. Y, mientras, como noticia recurrente, las puertas al campo, las fronteras, la valla de Melilla y las pelotas de goma, los barcos de Lampedusa, las devoluciones en caliente…

Cuánto esfuerzo y cuánto dinero invertimos en hacer las cosas mal, cómo nos gusta el absurdo y lo indecente y qué poco nos conmueve el dolor ajeno, aunque esté aquí al lado y llame a nuestra puerta para vivir y trabajar con nosotros. En resumen, qué tontos que somos.

Suena Monkeyflip, de Abbas & Nazizi con Modeselektor.

Inventarse la verdad

Inventarse la verdad

El otro día estaba tomando un helado con mi sobrina Sol y con su madre y mi hermana, Paloma. Sol, que estaba parlanchina, me contaba una historia de una amiga y decía algo sobre “inventarse la verdad”. No sé si Sol es consciente, pero creo que en ese momento dio en el clavo sobre el trabajo del escritor, al menos del de ficción.

Escribir una novela es inventarse la verdad.

(Supongo que escribir ensayo será, simplemente, contarla, pero prefiero esperar a que me lo explique Sol).

Suena Parquet Courts, Sunbathing Animal.

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