He aquí el texto publicado el 21 de julio en Interviú, primero de una serie de cuatro sobre profesiones, digamos, “distintas”. Lo que viene a continuación es el resultado de un par de horas de conversación con una escort o prostituta de lujo. Es, o intenta ser, el retrato de una mujer que eligió una camino para ganarse la vida y a la que agradezco su tiempo y sus confesiones.

“Una vez estaba junto a una gran modelo española, una que ahora es señora de. Nos habían llamado porque había venido un empresario alemán con muchísimo dinero. Y esta chica no paraba de hablar de trabajo y de inversiones hasta que el alemán, muy educadamente, la mandó a casa con su chófer y me dijo: ‘Oye, ¿no tendrás una amiga para que nos acompañe?’. La anécdota la cuenta Lisa en una bocadillería bien del barrio de Salamanca de Madrid. Lisa lleva zapatos planos, vaqueros y una camiseta. Viste de forma sencilla pero elegante. Tiene mucha clase. Es una venezolana rubia y de rasgos exóticos que se mira a cada rato en el espejo e insiste en decir que ella no es tan bella como otras para que el interlocutor le regale un piropo que suena a pleonasmo. Lisa es muy guapa. Y también muy lista. “Si quieres sacar dinero a un hombre y vas de pija y de que no eres puta, no se lo sacas. Yo siempre he ido de humilde, he enterrado a mi abuela miles de veces, hasta mi madre ha llegado a llamar llorando para contarlo”.
Lisa es escort. Señorita de compañía, mesalina, meretriz, suripanta, como se prefiera. Puta en cualquier caso, pero no una puta cualquiera. Una de lujo, de las mejores en lo suyo. Su familia lo sabe, sus amigos, también, aunque no les haga gracia. Cuando era una adolescente, con 15 años, tuvo un hijo. Sus padres tenían una posición acomodada pero eran muy estrictos. Lisa se fue de casa y empezó a salir con un narcotraficante. “La primera vez me dio 10.000 dólares. Estuve cuatro meses con él y me acabo dando más de 50.000″. Sorprende la facilidad que tiene Lisa para acordarse de todas las cifras que ha cobrado durante su carrera. Sorprende, también, su sentido del humor. “Al narco le gustaban las jovencitas y yo perdí ese punto”. Con 16 años, dejó al narco y se puso a trabajar. Salía con extranjeros de visita en Caracas que le conseguía un taxista. De los 300 dólares que ella cobraba, 100 eran para el conductor.
Por la vía del taxista, Lisa conoció a un alto cargo de la Comunidad Europea. Y se fue a vivir con él a Bruselas. Ella tenía 18 años; él, 60. Ella tenía todo lo que quería; él se lo daba. Clases de francés, joyas, incluso 60.000 dólares para comprarse una casa. Pero a los ocho meses, Lisa volvió a Venezuela. “No lo soportaba”. Pronto llegó otro hombre. Un asesor de Bill Clinton con el que se fue a Panamá. Dos años. Esta mujer conoce muy bien a la clase política. A lo largo de su vida, han paseado por su cuerpo altos cargos, ministros e, incluso, habla de una relación profesional duradera con una ex presidente de Gobierno, “muy guapo y muy caballeroso”, al que le gustaba que le siguieran llamando señor presidente. “Entre los políticos y las putas no hay mucha diferencia. Las putas hacemos la pelota a los tíos y ellos se hacen la pelota unos a otros”. Palabra de Lisa.
El asesor de Clinton no tenía tiempo para ella, así que lo dejó, se vino a Madrid y se puso a trabajar. Encontró su sitio en D’Angelo, el club más conocido en la orilla más noble del Paseo de la Castellana. Lisa fichaba los siete días de la semana, con una media de cinco salidas al día a un mínimo de 300 euros. Pero eso no era todo. Por la mañana tenía clases de inglés. Luego, la universidad, Historia del Arte y Filología Hispánica. Y más tarde, algún curso de diseño de moda. Lisa, claro, llegaba tarde al club y el resto de las chicas se quejaban. No parece que el mundo del club de lujo sea el mejor ambiente para hacer amigas. “Uf, hay mucha envidiosa”. Lisa sigue sin entender porqué muchas de sus compañeras se lo gastan todo en ropa y en cocaína. Ella, mientras, se ha dedicado a ahorrar. Tiene dos buenos pisos en Madrid, casa en su país y hasta una pequeña empresa allá. “Yo siempre he tenido un objetivo para todo esto, mi familia, mi hijo”.
Seguimos en la misma bocadillería pija del barrio de Salamanca. Lisa está comiendo una ensalada de lechuga y mango y un vermouth rojo con zumo de naranja. Sigue mirándose al espejo y buscando en el móvil fotos suyas en plan sexy. Ahora el gran club está en Internet y hay que mostrarse de la mejor manera posible. De repente, se acerca y dice al oído: “No mires, pero al marido de la señora que hay ahí detrás le gusta que le caguen y le meen en la boca”. Que se dejen de encuestas los del C.I.S. y que pregunten a las profesionales. El oficio de Lisa es el mejor observatorio de las costumbres sexuales de la sociedad.
“Para gustos, los colores. En el sexo nada es raro mientras sea de mutuo acuerdo”. Lisa no crítica las costumbres de nadie pero recuerda a ese chico que ahora es presentador de la tele al que le gustaba que le pegasen hasta sangrar. O al editor que disfrutaba jugando a vestirse de puta. “Tardaba una hora en arreglarlo, en pintarle las uñas, maquillarlo, ponerle la peluca. Pero me rompía toda la ropa. Él calzaba un 42 y yo un 37, así que decidí comprar vestidos y zapatos para él”. O a ese famoso actor de Hollywood, uno de los hombres más deseados, “más raro que un perro verde, no se termina de orientar con su sexualidad. Te das cuenta de cuando los hombres están forzando acostarse con una mujer. Y él se esforzaba. Empezó pidiendo que le metiera un dedo por el culo y acabó siendo sodomizado por un travesti”. También se acuerda de otros. Ni más ni menos raros. Distitnos. “Un mexicano que se gastó 15.000 euros en una noche pero ni me tocó”. O un empresario sevillano que pagó 25.000 euros por dos días de conversación. “A él lo que le gustaba era hablar”.
Lisa tiene claro lo que gusta a los hombres de este nivel. “Más que valorar un cuerpo y una cara bonita, valoran la cultura y la conversación. Se trata de una compañía a todos los niveles”. Ella habla, además de español, francés, inglés, portugués y un poco de alemán. Es una gran lectora y está muy orgullosa de haber compartido mesa, sólo mesa, con Salman Rushdie, Naguib Mahfuz y García Márquez. Recomienda, por cierto, “Memoria de mis putas tristes” del Nobel colombiano. “Nunca me he acostado con una mujer sin pagarle”, dice el nonagenario narrador y personaje de la novela. La protagonista de esta historia real, confiesa por su parte: “Nunca he ligado con nadie si no ha sido por dinero”.
El amor lo guarda Lisa para su familia, para su hijo. Y el placer… “¿Cómo voy a gozar si estoy pensando en que tengo un examen y luego tengo que ir a la peluquería y hacer mil cosas más?”. Lisa sólo recuerda una vez en la que disfrutó de verdad. Fue un servicio con una señora de unos 40 años, se la llevó a su casa y tuvo cinco orgasmos seguidos. Por lo demás, poco. Nada. “El sexo para mí es secundario”, dice sin darse cuenta de que acaba de enunciar la paradoja de las profesionales del sexo. Las putas, como ella misma repite sin ningún reparo. Lisa lo tiene claro. “No por cobrar 3.000 euros soy mejor que una puta de la calle que cobra 20 euros. Somos todas iguales, todas abrimos las piernas por el mismo motivo”.
La ensalada se acaba al mismo tiempo que la conversación. Antes de marcharse, Lisa reconoce que con el paso del tiempo se ha ido haciendo más individualista, “más egoísta”, pero también afirma convencida: “Volvería a repetir cada minuto de mi vida”. Por fin, se despide con dos besos y abandona el sitio bien del barrio de Salamanca. Ahí va una señora.