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Instagrafías

Instagrafías: café

Veo tu futuro en el fondo de esta taza. Vas a pedir otro café.

Esta Instagrafía y otras aparecen en una revista digital muy recomendable llamada Belly Button Mag que ha impulsado un hombre e ilustrador también recomendable, a pesar de haberse dedicado a la publi: Yissus.

El miedo y las mentiras, Pedro Bravo, www.laopcionb.com

Suena lo que sonaba (en un gran concierto) cuando hice la foto: Psychic Ills, One More Time.

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Instagrafías: Pájaros

Y qué le vas a hacer, si los pájaros cantan en la jaula.

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Instagrafías: belleza interior

La belleza está en el interior. Huele a coliflor, suena reggaetón, las familias gritan. Ahora miramos y vemos más allá. Hacia fuera. Pero yo ya tengo claro que me quedo. Aquí dentro.

Esta Instagrafía y otras que vendrán después aparecen en una revista digital muy recomendable llamada Belly Button Mag que un hombre e ilustrador también recomendable, a pesar de haberse dedicado a la publi: Yissus.

Derecho a ir en bici, Pedro Bravo, www.la.opcionb.com

Hasta ahora, yendo en bici por algunas ciudades españolas como la mía, Madrid, uno se ha podido sentir de muchas maneras: extraño, con miedo, solo, intoxicado, olvidado, despreciado, entretenido, esforzado, agotado… En general: jodido pero contento… Si todo va mal y se aprueba en nuevo Reglamento General de Circulación (RGC) tal y como está redactado en este borrador, hay un sentimiento que predominará sobre cualquier otro en todos los ciclistas que se atrevan a ir en bici por su ciudad. El sentimiento de persecución.

En vez de adaptarse al presente y preparar el futuro, el citado borrador plantea el uso de la bici como una excentricidad en las ciudades. Y, así, margina, arrincona y penaliza a los ciclistas. Más allá de algún momento cómico -”Los ciclistas circularán a la velocidad que les permita mantener el control de la bicicleta, evitando caer de la misma…”-, la cosa no tiene mucha gracia y su inconveniencia ha puesto de acuerdo a todos los ciclistas. Los motivos son, principalmente, éstos:

· “En vías con límite de velocidad igual o inferior a 50 km/h, que dispongan de al menos dos carriles de circulación por sentido, los ciclistas circularán por la calzada y por el carril derecho, favoreciendo el tránsito del resto de vehículos que circulen a mayor velocidad. Podrán circular por los otros carriles cuando vayan acambiar de dirección, o cuando lo precisen. En las que dispongan de un carril de circulación por sentido, los ciclistas circularán preferentemente por la parte derecha del carril en la medida en que su seguridad y la de los otros usuarios lo permitan, favoreciendo el paso a otros vehículos.

· “Los ciclistas, y en su caso los ocupantes, estarán obligados a utilizar cascos de protección homologados o certificados según la legislación vigente. Los ciclistas en competición y los ciclistas profesionales en entrenamiento o en competición, se regirán por sus propias normas”.

Enviar a los ciclistas al lado derecho de la calzada es llevarlos, llevarnos, a la extinción. Allí, cerca de donde se abren las puertas de los coches aparcados sin mirar, de los retrovisores, de los peatones que cruzan la calzada despistados y, sobre todo, a merced de los coches que pasan a nuestra izquierda sin contemplaciones, es donde los ciclistas somos más frágiles. Siempre que alguien me dice que va a empezar a coger la bici le doy un único consejo: vete por el centro del carril, donde te vean y donde puedas ver, donde tengas tiempo de reacción, donde nadie en coche piense que puede adelantarte sin poner en peligro tu integridad, donde tienes derecho porque eres tan ciudadano como el conductor. Si todo va mal y aprueban este borrador de DGC, seguiré dando ese consejo pero será un consejo ilegal.

Ahora, lo del casco. Aquí hay opiniones y estudios que caen para ambos lados. Es difícil convencer a alguien que cree que el Estado debe intervenir en asuntos de libertades individuales por eso de la presunta seguridad o salud pero hay un hecho incontestable. Obligar al uso del casco para la bicicleta en ciudad es señalar tal actividad como un asunto de riesgo que las estadísticas dicen que no es. Por tanto, no es una política que fomente la bicicleta y es la política contraria a la que está adoptando desde Londres a Nueva York, pasando por París. Sólo en Australia e Israel es obligatorio el casco y, ojo al dato, sólo ahí baja el uso de la bici.

Los que estéis leyendo esto y no vayáis en bici podéis pensar que no es cosa vuestra, que no os afecta. No os equivoquéis. Más bicis hacen mejores ciudades. Ciudades más amables y limpias, más seguras y respirables, más cercanas. Y también mejores ciudadanos. Ciudadanos que comparten y saben convivir, que se comunican, que se respetan, que sonríen y disfrutan. Marginar al que va en bici es, ahora mismo, la decisión más estúpida en materia de movilidad que un legislador puede apuntarse. los ejemplos internacionales de antes, hablan.

Pero hay algo más. España no se divide entre ciudadanos que van en bici y ciudadanos que no. Del mismo modo que todos somos siempre peatones, todos podemos ser cuando queramos ciclistas. Y deberíamos tener derecho a ello. El mismo derecho. ¿Por qué yo, si decido coger mi coche, puedo ir por cualquier carril sin que nadie me diga nada y si decido ir en bici tengo que arrimarme a la derecha, donde estoy más indefenso y corro más riesgo? ¿Por dónde voy si, como es lógico, no puedo ir por la acera pero casi no puedo ir por la calzada? ¿Por que pierdo derechos cuando me subo en un vehículo que no contamina y puede difícilmente provocar un accidente mortal?

Siempre he pensado que en España, con tanto debate sobre la bici y tan poco uso de la bici, estábamos escondiendo miedos. Miedo a volver a ser los que fuimos de niños subidos a nuestras bicis, miedo a renunciar a esa presunta comodidad de cuatro ruedas, miedo a la convivencia entre peatones, ciclistas y conductores, miedo, incluso, a adaptarnos a los tiempos. Si todo va mal y aprueban el borrador de RGC, el miedo será finalmente impuesto por ley, extendido y difícilmente reversible.

Parece que quedan nueve días para que eso ocurra o no. Hay tiempo para manifestar nuestro rechazo. Luego, sólo nos quedará la desobediencia y esquivar multas.

Un viaje cósmico

Aquí va un texto sobre el conciert(az)o de Neil Young y Crazy Horse que viví en Brooklyn. La crónica, escrita desde la pasión neilyounguista, es una deúda que tenía con Antonio y el resto de la gente de En la playa de Neil, el lugar donde informarse y juntarse con otros chalados de las neilerías. Es para ellos y sus lectores, pero estáis todos invitados. El concierto fue hace mucho pero todavía me suena. Y me sonará toda la vida. Además, el tío Neil y Caballo Loco vienen en verano por Europa. Por si os cuadra.

Neil Young y Crazy Horse en Brooklyn, Pedro Bravo, www.laopcionb.com

Ella cierra los ojos y se entrega del todo al abrazo de ruido y distorsión que parte del escenario. Ellos, los responsables de esa tormenta, tocan en corro, como siempre lo han hecho, riendo, saltando, jugando… viviendo. Vosotros estáis seguramente dormidos, mecidos por las olas de la playa, soñando con que tormentas así acaben llegando pronto a esta orilla. Nosotros, al otro lado del Atlántico, permanecemos de pie casi sin mover un músculo en un recinto deportivo de Brooklyn y, sin embargo, meciéndonos a la deriva en eso que él llama un “viaje cósmico” . Yo estoy con una sonrisa que no me cabe en la cara y tú… Tú, que plantas a menudo la toalla en estas arenas, seguro sabes de lo que estoy hablando.

Hablo de estar viendo y escuchando en quinta fila a Neil Young y Crazy Horse. Hablo de dejarse llevar por esos casi veinte minutos de tormenta eléctrica, de sufrir con cada palabra llena de amargura por el fracaso de su generación pero también de disfrutar con cada acorde, con cada descarga de energía y rabia. De dolor. Hablo de vivir la canción de su último Psychedellic Pill que bien puede resumir toda una carrera. Me vais a perdonar el inciso ensayístico: Walk Like A Giant no me parece la mejor canción de la pirula psicodélica pero sí es la que más me conmueve. Y creo que es porque esconde rastros de viejas canciones del tío Neil; porque la letra, tan simple, tan tosca, está escupida desde las entrañas y la sobriedad (que rima con verdad); porque la música, ese viaje cósmico del que habla en su libro, Waging Heavy Peace, lo dice todo con una sutilidad construida a base de puñetazos. Cierro la paja mental, o casi. Porque ver tocar juntos, casi pegados, casi pegándose, a Ralph Molina, Billy Talbot, Poncho Sampedro y Neil Young es vida. Porque verlos al lado de ella y verla a ella entregada a ellos y a su viaje, a la tormenta, es amor. Porque yo, que nunca he sido nada parecido a un jipi, siento la puta paz interior sólo con acordarme un rato de ese momento.

El momento es uno de los muchos momentos que llenan el 3 de diciembre de 2012 y el lugar, el Barclays Arena de Brooklyn. Nueva York, claro. Ella me ha llevado hasta allí para celebrar mi cumpleaños de la mejor manera posible. Y ellos lo están celebrando con nosotros. Antes había pasado por escena un grupo llamado Everest y una señora estupendamente fea y guapamente sonriente llamada Patti Smith. Con ella, su escudero Lenny Kaye y un repertorio corto y cristalino que la convirtió en la telonera perfecta. Se quitó los zapatos y los calcetines para gritar que People Have The Power, dejó que Lenny volviera a recordarnos la clase del rock de garaje que nos descubrió en la serie Nuggets, se acordó del tío Neil cantando It’s A Dream y acabó deletreando Gloria con el pabellón ya casi lleno.

Después, para dejar el escenario preparado para Caballo Loco, hubo un teatrillo con los pipas disfrazados de profesores chiflados que, si pillé bien la gracia, está en relación con el nombre de la gira, Alchemy Tour, que, digo yo, tiene que ver con la portada y el título pastilleros del disco. Y, antes del concierto, el himno americano y Neil, Poncho, Ralph y Billy y el resto de la tropa con la mano en el pecho y bastante guasa en la mirada sobre el escenario.

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En el escenario, por cierto, además de iconos clásicos del neilyounguismo, unos amplificadores Fender de tamaño Gulliver que cobran sentido y se hacen pequeños precisamente en ese Walk Like A Giant. Y con esto no pretendo darme la razón a mí mismo. Supongo que cada uno tendréis vuestras teorías rusties y las mías os darán igual. Y, eso es seguro, a Neil se la sopla lo que yo pueda escribir aquí o en cualquier otro lado. Neil hace lo que quiere y en lo que cree. Y ése es uno de los rasgos de su devenir que me parece más admirable.

Porque muchos con su trayectoria –y muchísimos más con muchísima menos– habrían sacado un disco que sirviese como excusa para salir de gira y tocar los clásicos, que en su caso son incontables. Pero él no. Él llama a Poncho, a Billy, a Ralph; él reúne a la banda y se la lleva al rancho; él, con ellos, deja que las musas lleguen y mientras se entretienen con un disco de versiones; él, con ellos, pare un álbum que, a estas alturas, está a la altura de los muy buenos de su discografía. Y no es excepción entre los últimos, que ahí están Greendale, Praire Wind o Chrome Dreams II. Ojo, ya sé que no os estoy contando nada que no sepáis vosotros, playeros, que sabéis mucho más de neilerías que yo. Pero es que uno no puede evitar pensar en todo esto cuando en Brooklyn, después de arrancar con Love and Only Love y Powderfinger, el tío Neil aparca en Born In Ontario. Luego llega ese Walk Like A Giant del que no voy a hablar más no vaya a ser que un día nos conozcamos en persona y me lo hagáis pagar.

Neil Young y Crazy Horse en Brooklyn, Pedro Bravo, www.laopcionb.com

Acabada la tormenta, Neil Young se queda solo con la acústica en lo que no es nada más que un truco visual. Porque no baja ni un gramo el nivel de intensidad. Siguen las tempestades emocionales con The Needle and the Damage Done y, aquí va otra del último, Twisted Road. Acaba la parte sin eléctricas y se suspende por un rato la venta de nachos con guacamole en todo el recinto con Singer Without A Song, Neil al piano y una moza paseando por las tablas y, cuando termina, vuelve Caballo Loco a declarar su fe en la psicoactividad de la Psichedellic Pill. Suena Ramada Inn y nos vamos otra vez de viaje. Ella y yo con esa pareja sentada en el restaurante del hotel y separada por una galaxia. El viaje cósmico, sí. El amor y el desamor, el retrato, la costumbre, el costumbrismo. Una sección rítmica grasienta y tosca como un bocadillo de torreznos, dos guitarras que juguetean sin miedo a equivocarse y, de hecho, equivocándose a veces y un resultado, a pesar de todo, emocionante y bello. Neil Young y Crazy Horse.

Ellos tocan las canciones nuevas con la pasión de un adolescente, con ganas, con fuerza, con pegada. Se nota que creen en ellas, que están orgullosos de ellas, que viven en ellas. Nosotros también. Acaba Ramada Inn y Neil habla por primera vez al respetable. Dice que estamos muy tranquilos y, como para remediarlo, ahora sí se arranca con el popurrí. Van Cinnamon Girl, Mr. Soul y un F*!#in’ Up en el que Poncho juega a chotearse del jefe con la complicidad de los 15.000 del otro lado de la cuarta pared. La iluminación ha cambiado y los focazos rompen no sólo en el escenario sino en las primeras filas. El grupo se divierte y nosotros con ellos, pero no es tan intenso como lo que acabamos de vivir. No es que ya no se crean esas canciones sobre las que han cabalgado tantas veces. Es, supongo, que se sienten más vivos trotando por el presente. Y se nota. Y se agradece.

Acaba. O casi. La banda descarga Hey Hey, My My (Into The Black) y ahora somos nosotros los que nos ponemos la mano en el pecho ante, éste sí, un himno que nos toca. No sé si soy yo, pero me da la sensación de que aquí les vuelven las ganas y fe. Rock and roll will never die, ya sabes. Y no muere. Queda otro momento amargo, Roll Another Number. Porque esta noche es la noche. Ella me ha traído hasta aquí y con ella me voy sonriendo. Porque esta noche es la noche y hemos aprendido un poco más de la vida viendo a estos tíos. Porque este concierto y este texto tienen moraleja y es que, aunque todo esté lleno de mierda, algunos vamos a seguir hacia delante, haciendo lo que creemos y creyendo en lo que hacemos. Como Neil, Ralph, Billy y Poncho.

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Hay días que te agarras a mi cuerpo como una enredadera. Otros, te separas violentamente como un cascote despidiéndose de su iceberg. Eres la tierra en el cielo y el hielo en la sopa. Podría vivir sin ti, pero no soy gilipollas. Ya no.

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