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Archive for the ‘Conciertos’ Category

Para qué sirven las palabras si existen las patadas»

Albert Pla marca La diferencia. Hasta el domingo.

Gracias, Marga.


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Ayer pasaron por Madrid Jaz, Geordie, Youth y Big Paul. O sea, la formación original de Killing Joke más el teclista Reza Udhin. Killing Joke es uno de esos grupos oscuros pero clásicos, de los que nunca estuvieron bajo los focos del estrellato pero cuya música animó a muchos a crear más música. En esta gira se supone que tocaban sólo cosas de sus dos primeros discos. A lo que hacían estos muchachos allá por 1980 le decían post-punk. Pero podía ser cualquier cosa. De los cortantes riffs de guitarra de Geordie han bebido thrashmetaleros (Metallica repasó The Wait), rockeros industriales (Ministry es como su hijo toxicómano) y alternativos varios (Nirvana casi va a los tribunales por fijarse en Eighties para su Come As You Are). Los ritmos tribales de la batería de Big Paul han amamantado a músicas de baile diversas, del tecno pop al electro. El bajo machacón de Youth es un género en sí mismo. Lo que hacían estos muchachos allá por 1980 era adelantarse, por el lado oscuro, a su tiempo. Y lo que hicieron ayer fue demostrarlo.

No sólo sonaron temas de Killing Joke y What THIS for? También hubo canciones de Pandemonium y otras joyas de los 90. Y alguna novedad, como ese Time Wave dedicado a Terence McKenna y su teoría de la novedad. La cosa va de que el Universo se alimenta de la novedad y con esta teoría se puede conocer cuándo han sido y predecir cuándo serán los periodos de cambio. Y parece que 2008 es el inicio de una etapa la mar de revolucionada que culminará en el famoso 2012 con el que tanta lata dieron los mayas y dan los nuevos jipis. No es la primera vez que Killing Joke se meten en estos jaleos. Allá por 1982, Jaz convenció a los otros de que el apocalipsis iba a llegar antes que Naranjito y se los llevó a Islandia. Pero, ojo, no estamos hablando de unos tarados. Youth es una eminencia del dub y de la producción (de Paul McCartney a Tom Jones pasando por Depeche Mode). Y Jaz es un cerebrito, compositor residente de la UE y de las orquestas de Auckland y Praga, un experto en música árabe y maorí y doctorado en teología. Por ejemplo.

Ayer pasó por Madrid Killing Joke y fue como ver a cinco currantes de una forja dando martillazos en la sala de control de una central eléctrica. No me llevé cámara ni he encontrado vídeos del evento pero aquí hay un Wardance en directo en 1982. Casi nada.

Actualizo: gracias a un comenatrio de Barduk, cuelgo un vídeo del concierto en Madrí. Requiem.

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No es raro que hubiese 120.000 pastillas rodando hacia Boadilla del Monte. Aunque no hay que fiarse mucho de la información de la policía (¿verdad, Carlos?), sí hay que creer en el buen criterio de los camellos. Y si en el Rock in Río el patrocinio fue el caballo ganador, en el Summercase se juega a colocado. Quizás sea la única manera de bailar sobre ese suelo lleno de cantos rodantes, de compaginar los delirantes horarios y de disfrutar de un cartel que ha bajado bastante de nivel este año.

He tardado un par de días en asimilarlo, pero creo que para mí lo más potable del viernes fueron los Sex Pistols y esos Stranglers que venían a medias (el sábado no fui). No sé si es algo que debo compartir con mi terapeuta o tan sólo es un efecto secundario de la mínima cogorza denominadora, pero con Juanito Podrido, Esteban Jones y sus colegas me lo pasé mucho mejor que con unas pasotas Breeders, unos Kings of Leon que insisten en ralentizar sus directos o unos Mogwai reralentizados e insistentes. Y paso de entrar en si su vuelta es un insulto al espíritu punk y tal. En el fondo, ellos fueron muy poco punk en su momento. Fueron una bomba diseñada por un terrorista con buen oído. Fueron marionetas de Malcolm McLaren y ahora que no lo son, al menos tienen la vergüenza de decir que lo hacen por la pasta. Como Police, por ejemplo. Sólo que a mí me gusta más Anarchy in the UK que Roxanne.

(La foto de Rotten y su camisa la he pillado de El Mundo y es de Alberto Di Lolli).

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Confieso que nunca he compartido la pasión loca de muchos por Bruce Springsteen. Me parece un tipo muy respetable que tiene buenas canciones pero no me hace vibrar. Raro que soy. Eso sí, las dos veces que lo he visto en directo me ha dejado planchado. Lo hizo hace cosa de diez años en la Peineta. Y lo volvió a hacer ayer en el Bernabéu. Qué tío. Estuvo tres horas sin parar ni a beber agua, desde que empezó con nomeacuerdocuál hasta que acabó con ese Twist and Shout mestizo. Qué banda. Cualquiera de los de la E Street podría ser estrella por su cuenta. Qué show. Bruce y compañía conducen un camión con 60.000 ejes como si estuviesen al volante de un Smart. El sonido fue un poco caspa (quizás por eso se fue en seguida Ramón Calderón, aspirante a Dios por omnipresente). Por lo demás, muy majo. Mucha canción añeja, una de Pete Seeger antes del final y, entre medias, todos los clásicos menos Born in Usera.

Bruce es un obrero cualificado (y supongo que muy bien remunerado) que se lo sigue currando encima del andamio. Qué diferencia verlo a él o al tío Neil (Young, claro) frente a las tristes vueltas de prejubilados como… (pongan aquí los nombres que se les ocurran). Como la que hay entre cruzarte con un león por el Retiro o ir al Museo de Ciencias Naturales para verlo disecado.

Me gusta la conexión que tiene con su público. Me gusta que en directo le salga todo lo negro y saque su voz más soulera. Y me encanta que a la cuarta o quinta canción se marque una cojoversión del Summertime Blues, del gran Eddie Cochran. Por lo que se ve en el siguiente vídeo, ya lo hacía hace 30 años. Pues eso, que se lo sigue currando.

(Mil gracias a Laura. La foto es Cristóbal Manuel y la he birlado de El País).

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Un Whopper con queso y patatas grandes

Lo de Rock in Río tiene casi nada de rock y nosequé de Río. El Rock in Río es un festival business class, como bien dice Goyo, pero ni de coña es un festival musical. Rock in Río es un centro comercial, un parque de atracciones y un negocio redondo pero la música no es más que subtexto y el rock, un pobre prefijo para redondear la marca. Ayer tocaba Neil Young y yo me preguntaba porqué. Supongo que lo mismo se preguntaría él. Y seguro que eso mismo se preguntaba la gente que hacía cola para maquillarse en la carpa L’Oreal, los que esperaban en la fila para comer en Burger King y en Telepizza o los que aguardaban para pillar una bolsa de promoción de El Corte Inglés. Ayer tocó Neil Young en Rock in Río y era como verlo tocar en el centro comercial Plaza Norte. O en el Plenilunio. O en La Vaguada. Delirante. El tío que compuso y cantó This Note’s For You para cagarse en la madre de los que vendieron su alma a los anunciantes estuvo tocando dos horas mientras seres humanos se dejaban caer por una tirolina, hacían snowboard o visitaban los pabellones de las marcas patrocinadoras. A ver, uno quiere y respeta a sus padres aunque se equivoquen y se contradigan. Pero también uno tiene ya una edad como para decírselo a la cara. Neil, machote, te has colado.

Ojito que su concierto fue la pera. Eléctrico casi todo. Ruidoso. Tierno. Crudo. El tío Neil vino con la gente de su última gira, tocó algunos cortes de su reciente Chrome Dreams II y también revisó parte de lo mejorcito de su repertorio. Lo que pasa es que uno tenía la sensación de estar en el momento justo en el sitio inapropiado. Será que uno es muy raro. O será que el lugar es un descaro. Ojito bis: hace mucho que tengo muy claro que el rock ya no genera revoluciones de ningún tipo, ni siquiera hormonales. Hace tiempo que soy consciente de que el Capital se traga todo y lo regurgita para que nos lo comamos, lo vomitemos y se lo vuelva a tragar en forma de beneficios. Hace rato que no soy ingenuo. Pero como que me sigue chocando ver a un hombre de Cromagnon aporreando convencido su Gibson ante un montón de Homo Sapiens que preferirían estar mirando tallas en Zara. El Rock in Río es un festival musical para gente a la que no le gusta la música y eso no es ni bueno ni malo. Es. El Rock in Río también es un bisnes perfecto en el que los números cuadran antes de abrir las puertas por la pasta que se han dejado los sponsors, los favores del ayuntamiento de Arganda del Rey y la labor de los medios que, otra vez, actúan de palmeros del dinero. Y esto tampoco es necesariamente bueno ni obligatoriamente malo. Es, aunque sólo sea asqueroso. Y eso sin entrar a valorar el lema ése de “salvemos el Planeta” ni la sostenibilidad ecológica de la noria o la pista de snowboard en julio, que el listón de comedia sobre conciencia planetaria está muy alto con el anuncio de Repsol animándonos a que protejamos lo que ha dejado de Tierra.

En fin, que yo siempre recomiendo ir a Las Vegas. Las Vegas mola. Es el lugar donde observar lo que puede llegar a hacer el hombre blanco con todo el dinero y el doble de mal gusto. El sitio donde darse una bofetada de realidad consumista. El ejemplo a seguir, aunque duela. Pues bien, si alguien no tiene pasta para ir a Nevada este finde o el siguiente, que se pase por Arganda del Rey y se llevará una sensación parecida. Claro que también puede darse un voltio por el centro comercial Plaza Norte o por el Ikea. Si acompaña el paseo con un iPod y musiquita de fondo, se sentirá como el Rock in Río. Business class.

(Gracias a elmundo.es por prestarme la foto y a Sandra por invitarme).


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Ante el inminente concierto del gran Neil Young en, con perdón, Rock in Río, recupero la crítica que hice de su directo en el Grand Rex de París el 14 de febrero. Fue publicada en el número 247 de la revista Ruta 66. Suelo hacer proselitismo de muy pocas cosas; ésta es una. Neil Young está en plena forma. Neil Young sigue siendo la hostia. Neil Young no es Dios porque él aún existe. Dicho queda.

Rockin the free world por la patilla

Arranca Neil Young con From Hank to Hendrix. Solo. Sentado entre casi una decena de guitarras acústicas en un escenario austero que quiere parecer y parece un almacén. Con focos, luminosos, un tótem indio y algunos cachivaches más. Arranca Neil Young con From Hank to Hendrix y cuando mete la segunda, Ambulance Blues, se lleva consigo al público que abarrota el Grand Rex a precio de puta cara el asiento.

El tío Neil es como uno de esos viejos coches que tanto le gustan. Ni control de estabilidad ni climatizador ni circuitos ni hostias. Todo hierro y grasa. Mecánica, en el mejor sentido de la palabra. Ambulance Blues le ha salido de las entrañas, un comienzo sobrecogedor. Luego, sigue conduciendo, golpeando la guitarra y clavando el falsete por caminos a veces secundarios guiado por su mapa de toda la vida, pasando por A Man Needs a Maid, Mellow My Mind o Don’t Let It Bring You Down. Entre canciones, se toma su tiempo para cambiar de herramientas y contar historias de su abuela o de alguna guitarra con algún balazo de más. Tan conciso como coñón. Antes y después de tocarlo, acaricia el piano como si fuese un caballo fiel o, perdón por abusar de la metáfora, un Chevy de coleccionista aparcado en un garaje. Así, pasa una hora de cautivador viaje en acústico hasta que Neil Young, el chófer, decide hacer una parada.

CaballoloqueandoDos cigarros en la calle y 25 minutos después, vuelve al escenario agarrado al volante de su Gibson Les Paul negra. Se han subido al carro el caballo loco Ralph Molina a la batería, el gran Ben Keith a la pedal steel y la Telecaster y el bueno de Rick Rosas al bajo. También Pegi, su señora, que ha teloneado más por enchufe que por talento, y Anthony Crawford, buen guitarrista de la doña, ambos a los coros. Y un tipo tocado con un panamá que va manchando lienzos con los títulos de las canciones. Suenan Mr. Soul y Everybody Knows This Is Nowhere. Ruge el motor. El chasis del set eléctrico está dedicado a su último disco, Chrome Dreams II, algo poco común en los de su generación. Pero es que ni Neil Young ha sido nunca muy común ni los otros tienen unas nuevas canciones que se puedan defender con tanta dignidad. Ni con tanta furia. Tras Dirty Old Man, Spirit Road, Winterlong, una conmovedora versión de Oh, Lonesome Me y The Believer, termina con No Hidden Path. Veinte minutos del último Neil Young con olor a humo y gasolina. Saltan chispas de las guitarras y los amplis. No hay tiempo para que se enfríen. En el bis, gruñen Cinnamon Girl y Like a Hurricane.

Se acabó el viaje. Puede que alguien haya echado de menos a los otros Crazy Horse o más clásicos de su repertorio, pero no se oyen quejas. La ovación es atronadora. Y merecida. Por cierto, durante el concierto, uno de los muchos españoles presentes le pidió que volviese por Iberia. Él dijo que sí, que en algún momento. Mientras tanto, si ves el brillo de la carrocería de Neil Young pasar, aunque sea lejos de tu pueblo, déjame decirte algo: sigue a ese coche.

(La foto del tío Neil en directo la he pillado del blog En la playa de Neil, que recomiendo vivamente a los seguidores del muchacho).


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O eres de los Beatles o de los Stones. O te molan los Smiths o te ponen los Happy Modays. O te va Julio Iglesias o te tiras por Raphael. Pues con el rock industrial, lo mismo. O escuchas a Nine Inch Nails o te destrozas el sistema nervioso con Ministry. O aguantas las canciones barrocas y pretenciosas de ese tipo que presume de una triste adicción a la cocaína o se te pone dura con los trallazos directos a la entrepierna de un politoxicomano tragón y sin complejos. O eres fan del plasta de Trent Reznor o te cae bien el golfo de Al Jourgensen. Yo, por supuesto, me quedo con Al. Con Ministry. La opción b, siempre la opción b.

Como haya podido comprobar quien haya tenido narices de dar al Play y aguantar hasta el final, Ministry es un grupo furioso. Y curioso, también. Al contrario que el resto de sus congéneres musiqueros, Al Jourgensen empezó sacando un disco bien cursi y comercial (With Sympathy) para ganar dinero y gastárselo en montar un estudio en el que desayunar tripis en compañía de su nuevo amigo, Paul Barker, y dedicarse al terrorismo sonoro. En ese camino inverso, de adosado en el cielo al barrio más chungo del infierno, Al y Paul se han marcado algunos discos que explican por sí solos el reverso tenebroso de los 90 (The Land of Rape and Honey, The Mind Is a Terrible Thing to Taste, Psalm 69). El estilo, para quien no haya tenido agallas de darle al Play, es fácil de explicar pero difícil de comprender: una base rítmica tocada por una taladradora, riffs de guitarra robados de Killing Joke e interpretados con sobredosis de speed, un aullido enfermo al micrófono y unas letras de me-cago-en-la-puta-y-vomito-sobre-el-sistema pero con grandes dosis de sentido del humor y coñas de drogota jodido pero contento. Cito:

Pronto descubrí que esta cosa del rock era verdadera/Jerry Lee Lewis era el diablo/Jesús fue un arquitecto antes de su carrera como profeta/de repente, me encontré a mí mismo enamorado del Mundo/así que sólo había una cosa que pudiera hacer/y era ding a ding dang mi dang a long ling long» (Jesus Built My Hot Rod, Psalm 69).

Bastante incomprensible pero mucho más gracioso que eso de «quiero follarte como un animal», que es el novamás de la literatura Trentreznoriana.

En fin, que he escrito estas líneas por dos motivos. Porque el otro día encontré un vídeo en el que Al hablaba de Trent Reznor.

Dice algo así como que un amigo suyo dijo al salir de casa de Trent que era el tipo más miserable y depresivo que había conocido. Paul interviene para apuntar que eso es sorprendente, que ellos eran bastante miserables por aquella época. Pero lo bueno es el cierre. Al: «Me encantaría ver a Trent y Morrissey jugando a la ruleta rusa, a ver quién dispara primero…». Y el entrevistador apostilla: «Sería una competición de ganador contra ganador».

El otro motivo de esta historieta es que este jueves, en la sala Heineken, Al Jourgensen trae su ministerio a Madrid. Ya no es lo que era, ya no está Paul Barker y lo que suena es metal pesado, pero yo voy. Nos ha jodido mayo.

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El Sol. 22.30… o así.

Y el jueves, más y peor…

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