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Posts Tagged ‘conocimiento’

Uno de los efectos secundarios agradables de tomar drogas es que una vez que las has tomado accedes, como por arte de magia, al mundo de las drogas. Sales a buscar setas mágicas, te pasas una hora en el campo, comes las pocas que encuentras y de repente, como es natural, están por todas partes suplicándote que las cojas”.

De Amor en Venecia, muerte en Benarés, de Geoff Dyer. El hombre trata de retratar esa cosa que pasa cuando uno se decide a darse a las drogas una noche y, como por arte de magia, las drogas deciden darse a uno. Puede que no quede muy claro, puede que por la traducción, pero luego lo explica. El protagonista y la moza que se ha ligado en la Bienal de Venecia han pillado un gramo, están en una fiesta en un barco y resulta que todo quisque les invita a líneas discontinuas. Pues eso. Que las drogas llaman a las drogas… ¿O acaso es una metáfora de algo más profundo?

Creemos que la renuncia se produce con mucha ceremonia, de forma definitiva, posiblemente como resultado del desencanto, la ira o la decepción, pero puede producirse gradualmente, tan gradualmente que no parezca una renuncia. El motivo de que no parezca una renuncia es que no lo es. Yo no renuncié al mundo; sólo perdí interés poco a poco por ciertos aspectos de él, me desentendí de él… y esa disminución de interés se vio lentamente correspondida. Así es como funciona. El mundo deja de elegirte; dejas de sentirte elegido por el mundo.

(…)

Pero siempre había algo. Ahora me daba cuenta de que esa cosa era yo mismo. Yo me estorbaba. Estaba delante de mí en la cola. Me hacía esperar a mí mismo. Todo era una suerte de espera. Cuando bebía cerveza estaba esperando a que el vaso estuviera vacío y me lo llenaran y empezara a beber de nuevo. En lugar del subidón de la cocaína, también lo controlaba para ver si el efecto se pasaba, para poder prepararme otra raya, tomar más, empezar a controlar otra vez…”.

Del mismo libro que, como su título sugiere, en realidad son dos. O puede que no tanto. Quizás para vivir esa renuncia haya que haber disfrutado la plenitud, esa imagen deformada que pensamos que es la plenitud. Quizás para poder entender la espera y el estorbo desde fuera del yo haya que haber abusado del ego y haber tenido sobredosis de yo. No sé. Quizás porque no puedo. Al protagonista de esta novela se le desvanece el yo en un viaje extendido a Benarés y yo no he pasado por allí. Yo aún no estoy en ese punto, todavía estoy cerca de la postura de mi amigo Javi, que el otro día me decía en una entrevista -porque yo entrevisto a mis amigos- “me fui de viaje a la India, cinco meses, pero no para encontrarme a mí mismo; prefiero tenerme lejos”. Aunque, ahora que lo pienso, ¿no consiste en eso?

Suena I Against I, de Bad Brains.

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Lo mismo que uno no debería alimentar a su barriga todo el rato con gominolas, patatas de bolsa, hamburguesas y cocacola, tampoco conviene llenarse la cabeza con una dieta exclusiva de chucherías. El otro día sacaba por aquí el consumo medio de información del personal (gringo) y hoy me encuentro en NextNature con una bonita entrada sobre la obesidad informativa. El autor, Armand van den Heuvel, viene a decir lo siguiente: que seguir a gente (y ser seguido) en redes sociales (él concreta en Twitter) se está convirtiendo en una suerte de adicción para muchos, que nuestros cerebros se acaban de adaptar a radios, televisiones, internetes y demás y ahora, encima, tienen que digerir esto. Esto es, dice el hombre, que la media de followers del personal está en 126 y, por tanto, la media de gente a la que se folla, perdón, se followea es también de 126. Y, si cada uno suelta otra media de 22 twitteos al día, eso consume 2,5 horas por jornada. Sigue el autor citando al número de Dunbar, una teoría de un antropólogo del mismo nombre que jura que el máximo de gente con la que se puede tener una relación plena es de 150 (o algo así). Y acaba recomendando adelgazar seguidores si se pasa de ahí.

Añade también un link a una entrada sobre el tema de la dieta informativa de Knowledge is social en el que se cuenta, entre otras cosas, que es bueno alimentar el cerebro pero que es peligroso darle de comer nada más que vídeos chorras de YouTube y teleseries. Dice este otro autor, Tim Young, CEO de Socialcast, que es estupenda la convergencia de herramientas y vehículos de información de los que disponemos actualmente pero que el empacho de datos puede provocarnos un cólico. Y anhela el momento de que estas herramientas comunicativas vengan con los valores nutricionales incorporados, como en las cajas de galletas, para ayudarle a decidir que se mete entre frente y nuca.

Pues eso, que me ha parecido digno de mención.

Suenan los Caramelos podridos de Ilegales.

La foto de las chuches la he sacado de aquí.

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