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Archive for the ‘Viajes’ Category

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En Londres hay un par de decenas de hombres y mujeres haciendo que hacen algo para arreglar el mundo que ellos han ayudado a estropear. En Londres hay unas decenas de miles de gentes haciendo ruido para que esos cabrones hagan algo (o dejen de hacer, mejor). En Londres hay casi diez millones de personas que pasan de todo y lo único que hacen es ir a trabajar para ganar un dinero que no les da para casi nada realmente divertido y enriquecedor. Ay, Londres.

Estuve la semana pasada por allí. Y, como siempre que voy últimamente, me vine con una sensación amarga. Qué bonito está Londres. Y qué limpio. Y qué ordenado. Qué pena que me da. Londres una vez fue capital contracultural, un lugar donde pasaban cosas que se contagiaban al resto del mundo, un epicentro del underground. Ahora Londres es capital económica, un sitio donde sólo pasa dinero, el epicentro del desastre. Un asco. Ya casi no salen nuevos sonidos o nuevas corrientes de esa ciudad. La gente se tira horas en trenes para llegar a trabajos donde se pasan horas para ganar un dinero que se esfuma en minutos. Lo que brilla es el parque temático para ricos en que se ha convertido la ciudad. Cochazos, restaurantes con pretensiones, clubes privados.

Y son los practicantes de esa bisutería inútil los que se siente amenazados por lo que ellos llaman los “anarquistas” con un tono despectivo. Todos los periódicos, de pago y gratuitos, se pasaron la semana que estuve allí alertando a la población del peligro del caos que llegaba. Como si la amenaza estuviera en los que protestan y no en los que merecen las protestas. Lo normal es que el ciudano, adormecido por la rutina, sienta miedo de los manifestantes y cariño por los gobernantes. Así nos va.

Así, nos parece estupendo que haya cámaras en todas las esquinas. Vemos normal que los que proponen alternativas sean dejados al margen como atracciones de feria. Y nos callamos ante lo que está pasando como si la crisis fuese un desastre natural y no algo provocado por la avaricia del ser humano. No sé si otro mundo es posible. Pero, si lo es, el modelo no es Londres.

Suena The Clash, London’s Burning.

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Tengo un amigo viajando por el culo del mundo. Juan está metido en un barco y en una misión. Antártida Abierta se llama el asunto y pretende visitar y contar lo que pasa en las bases argentinas ubicadas al sur de todos los sures. Juan se encarga de contarlo en un blog (y en Twitter y en Facebook y en Flickr y yen YouTube y en lo que sea menester). Si el lector está pensando que qué coño le importa a él todo esto es porque no conoce a Juan. Juan es uno de esos tipos que sabe mirar y sabe contar. Tiene un fino humor con tendencia a la ironía y sabe que la experiencia de un viaje va mucho más allá del transporte. Tengo un amigo viajando por el culo del mundo y no me pierdo ni un relato de su aventura. Ustedes hagan lo que les de la gana.

www.antartidabierta.com

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La lista de fechorías cometidas por las estrellas del rock en (y contra) hoteles es larga y diversa. Desde el casi obligatorio lanzamiento de televisor por la ventana hasta el más arriesgado lanzamiento de uno mismo que practicó Charly García en el Aconcagua de Mendoza (¡yo he estado allí!) pasando por orgías, sobredosis de drogas y excrementos mal archivados. Por eso es un notición que la agencia de management de Iron Maiden vaya a abrir un hotel para rockeros en Londres. Será a finales de marzo cuando el Sanctum Hotel reciba a sus primeros clientes con un bar abierto 24 horas, una terraza con spa y un cine en el sótano. Es un boutique hotel de ésos pijos, con 30 habitaciones (de 150 a 260 libras, 500 por las suites) con nombres como “Purple Haze”. Pero no es un parque de atracciones para estrellas del rock. Hay unas normas y el lanzamiento de teles no va a ser bienvenido. Vaya. “El hotel va a ser puro rock and roll. La recepción será negra, como en el Heartbreak Hotel de Elvis. Y el ambiente sera elitista y sofisticado”. Son palabras de Andy Taylor, manager del grupo de Eddie. ¿Habrá habitación 666?

B.S.O. Iron Maiden, The Number of the Beast.

Me he enterado leyendo AudioPorn que se ha enterado viendo The Times.

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Cuba. Sí, similar y diferente”.

Visto hoy en un par de carteles publicitarios de Sol y Son, touroperador oficial de allá, que colgaban de las paredes del Consulado Cubano en Madrid. A pesar de haber estado tres horas y pico esperando para una gestión, no he conseguido averiguar el significado profundo de la frase. Ni el superficial.

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Otro capítulo de la serie Zona Prohibida para la revista GQ. Esta vez, un poco distinto. En la redacción habían comprado unos fotos de Las Vegas a Tony Kelly y me pidieron que escribiese un texto para ellas. Por suerte, he estado un par de veces en tal sitio y me han pasado cosas diversas. Así que no tuve que inventarme una historia, sino contar mis historias. O sea, que todo lo escrito es real. Todo, menos un par de detalles que adapté para seguir lo que contaban las fotos. Por cierto, algunas se pueden ver aquí. Yo pongo de las mías, que están borrosas y por eso demuestran que estuve allí de la única forma posible. Borroso como una cuba.

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“Tenemos que ir a Las Vegas a una convención de trabajo”. Nunca pensé que Las Vegas y trabajo fueran palabras que se pudiesen usar en la misma frase. Pero fue lo que dijo mi jefe. Ahora que he ido a Las Vegas a una convención de trabajo, sigo sin pensarlo. Las Vegas es un trasatlántico varado en el desierto. Un lugar irreal lleno de atracciones para niños y tentaciones para adultos donde los gringos caminan con la camisa de flores tapando la barriga, una cerveza en la mano y la boca abierta. Las Vegas es Finisterre. No hay nada más allá, es el límite del sistema, el ejemplo de lo que puede llegar a hacer el hombre con un cheque en blanco de dinero y de mal gusto. En Las Vegas puedes ir completamente sereno y tener la sensación de estar haciendo el viaje psicotrópico de tu vida. Pero si vas completamente colocado, mejor.

Así que procuré hacer lo que el maestro Hunter S. Thompson en su libro Miedo y asco en Las Vegas: agenciarme un abogado samoano y llenar el maletero del coche de drogas extremadamente peligrosas. Encontré a mi abogado y mi maletero en Fremont Street. El primer día. Habíamos estado trabajando duro, sesteando en un par de conferencias y emborrachándonos de Coronita en una excursión al desierto. El resto de la convención estaba practicando la siesta, mi jefe y yo fuimos a Downtown Las Vegas, la zona más auténtica, la que conserva el sabor de los tiempos de la fiebre del oro. Después de merendar un T-Bone Steak regado con Moët, nos dimos un paseo entre los viejos neones de esos casinos para pobres donde la apuesta mínima es cinco centavos. Estábamos tomando una cerveza contemplando alucinados a la gente puesta en pie en mitad de la calle, con la mano en el pecho mientras sonaba el himno americano y montón de imágenes patrióticas sobrevolaban el techo en eso que llaman Fremont Street Experience, cuando oí su voz.

“Como mola mi ciudad, que se puede beber en todas partes”. Me di la vuelta y vi a un tipo sacado de un vídeo de Ice T. No era samoano ni tenía pinta de saber de Derecho Romano, pero le contesté. “Bueno, en la mía es habitual ver a la gente fumando porros”. Aquello pareció interesarle y no tardamos ni un minuto en entrar al baño del Golden Nugget. Allí, con mi nuevo colega de Las Vegas y dos o tres que parecían amigos de la infancia de Ice Cube, llené el maletero. Pese a ser el único Vanilla Ice de la reunión, me metí en el bolsillo una pepita de oro blanco como la palma de mi mano a cambio de 50 dólares y no sólo no fui violado ni asesinado, sino que mis nuevos amigos me aconsejaron sacudirme el polvo antes a abrir la puerta.

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Salí a la calle justo cuando mi jefe iba a llamar al 911 y decidimos ir a celebrarlo. Encontramos un bar la mar de enrollado. Era una vieja peluquería reconvertida en abrevadero. Había un hombre en el escenario tocando por Johny Cash y un montón de gente con aspecto de ser lo más underground de la ciudad. Y luego estaba Sam. Sam tenía una gorra de béisbol calada hasta las cejas, gafas de sol y barba de tres lustros. Y también tenía una cogorza de campeonato. Desparramado sobre la barra, me dijo que era técnico de sonido, que llevaba dos días sin dormir, trabajando, you know. Sí, sí. Ya, ya. I know. Le contesté que nosotros también estábamos trabajando y, cuatro reuniones con Jack Daniels después, nos dijo que nos íbamos de boda.

No sé porqué le dicen a Las Vegas ciudad del pecado y no ciudad del amor. En Las Vegas hay capillas por todos lados. Puedes ver en el hotel Venetian a unos casándose en una góndola mientras recorren a empujones uno de sus canales de pega y también puedes ver cómo los hay que juran amarse y respetarse para siempre sin salir del coche en una capilla drive through, como si estuviesen pidiendo Whopper con queso y Coca Cola grande. Y luego puedes ver lo que Sam quiso que viéramos. Jean y Heather eran dos modelos de portada que habían decidido formar una familia al menos por esa noche. No estoy muy seguro de que esté permitido el matrimonio homosexual en el Estado de Nevada, pero sí estoy convencido de que a todos los presentes nos daba igual. Allí habría habido más positivos en el control antidoping que en la sala de espera de la consulta de Eufemiano Fuentes, desde el cura hasta un Austin Powers de fin de semana. A falta de poder besar a las novias, lo estábamos pasando en grande bailando lo que cantaba el impersonator de Elvis Presley. Hasta que se me ocurrió compartir con Sam una ocurrencia. Si Las Vegas es la Disneylandia del juego, Elvis es su Mickey Mouse. Fue entonces cuando supimos dos cosas: Sam era leal al Rey y Sam iba armado. Decidimos que era momento de irse.

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El día siguiente fue tranquilo. El resto de los asistentes a la convención había trabajado la noche anterior tan duro como nosotros. Uno amaneció dormido vestido en el jacuzzi, otro perdió su sueldo de los próximos tres años en una mesa de póquer y la mayoría aún seguía soñando con las mujeres que habían visto pero no tocado en uno de los infinitos strip clubs del lugar. Luego estaban los que habían ligado. Ilusos que creyeron que los piropos que les lanzó una mujer de bandera desde la barra del bar del hotel eran gratuitos y terminaron desenfundando la cartera cuando la cosa se puso caliente en la habitación. Pasamos el día comentando las jugadas. Así son las convenciones aquí. De mucho currar. Todo fue normal hasta que conocí a Daisy en la piscina del hotel.

Daisy había venido a Las Vegas a celebrar su divorcio. Daisy era como la amiga de Cameron Díaz en Algo pasa con Mary, la del pelo cardado en la tostadora y un perro que era una zarigüeya. Cuando me contó a gritos lo de su despedida de casada, pensé en que su marido también debía estar celebrándolo a lo grande en alguna otra parte de la ciudad. El programa de actos de Daisy se reducía a tres: uno, el acto de descorchar botellas de champán. Dos, el acto de disparar. Tres, el acto sexual. Yo la acompañé sólo en el primero y el segundo. Será que soy más de planteamiento y nudo que de desenlace. Después de compartir a morro una botella, la dejé en buenas manos. El maromo de la sala de tiro presumía de saber desmontar y montar un subfusil de asalto en ocho segundos y con los ojos vendados. Seguro que sabría hacer lo mismo con Daisy. Deseé por su bien que siguiese con la venda de los ojos durante el tercer acto que se le venía encima y me despedí para encontrarme con mi jefe.

Teníamos entradas para el boxeo. En el Thomas and Mack Center había una velada con cinco títulos en juego y un combate estelar. La pelea por el cinturón de los welter entre Zab Judah, el aspirante, y Floyd Mayweather, el campeón. En los asientos a pie de ring estaban Jay Z, Beyoncé, Magic Jonson y otros ricos y famosos. Nosotros no estábamos tan cerca de las cuerdas pero sí bien acompañados. “Este tío tiene un Oscar”, me dijo mi jefe después de que pasase un tío bajito en el que yo ni me había fijado. Así nos hicimos amigos de Cuba Gooding Jr. Con él vimos cómo la cosa se fue calentando. Después de un par de golpes bajos del aspirante, en el último asalto, otro directo a la entrepierna y el entrenador del campeón que salió a partirle la boca a alguien. Encontró la del preparador de Judah y se armó una buena hasta que la policía tomó el ring. Ganó Mayweather y nosotros quedamos con Cuba en una fiesta a la que también estaban invitadas Paris Hilton y Lindsay Lohan. Seguro que ellas también habían venido a Las Vegas a trabajar. Puede que quisieran juntarse para una reunión. Puede que lo hiciéramos. Puede que lo cuente algún día.

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A uno le gusta llevarse recuerdos musicales de sus viajes y de allí me traje, entre otros, los siguientes y muy recomendables:

Izabo. A éstos ya los conocía gracias a Hervé. Son de Tel Aviv. Modernos, entre indies, pop, rock y hasta disco. Tocan por Europa con cierto éxito y puede que hasta peten. Ojalá. De momento, ya tienen entrada en la Wikipedia. Yo los traté de ver en Tel Aviv pero ni llamando al manager: “No tengo entradas ni para mis familiares”, me dijo. Esto es Morning Hero, de su primer disco, The Fun Makers:

The Apples. Éstos son de Haifa. O de Tel Aviv. No estoy muy seguro. Hacen una especie de acid jazz instrumental. Suenan como un grupo de Ninja Tune o Mo’ Wax de hace diez años, o sea, que no han descubierto la pólvora, pero molan y tienen una cojonuda versión groovera del Killing In The Name de Rage Against The Machine que vale un potosí. Aquí está, en directo:

Habanot Nechama. Estas chicas son la pera. Le pueden gustar desde a mi madre (que me estará leyendo) hasta a los colegas más subterráneos. Tres mozas que forman un grupo vocal y hacen canciones distintas, jugando con las estructuras y los estilos. Que yo sepa, tienen un disco que se llama como ellas (pero de hebreo no tengo ni flores) aunque aquí hay algo más de información. Cantan en hebreo y en inglés y estoy loco por ellas. No salen de mi aparato. O sea, ya tú sabes. Pongo un vídeo sin vídeo, que no parece que hayan invertido mucho en audiovisual:

DAM. Éstos son del otro lado. Bueno, no exactamente. DAM (Da Arabian MC’s) son palestinos residentes en Israel que llevan haciendo rap desde el 99. Y lo hacen bastante bien, en árabe, en inglés y hasta en hebreo. Obviamente, sus letras disparan contra la ocupación, el muro, el casi apartheid y demás asuntos que preocupan a un árabe de por allí. Son los más importantes representantes de la escena de rap palestino que florece por la zona. Una escena en que los hay buenos, malos y muy malos. Pero los hay. Y mola. Está retratado el asunto en un documental Slingshot Hip Hop, que pasó este año por Sundance. Y hay otro proyecto español con ello, pero hasta aquí puedo leer. Toma DAM:

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Postales desde Petra

las rocas.

El Tesoro a través de la cerradura: las rocas que lo guardan.

Más que guardar el tesoro, el curro de este hombre es estar ahi para la foto. Aqui, en el único segundo de su jornada en que no tenia una turista colgada de su chepa.

Más que guardar el Tesoro, el curro de este hombre es estar ahí para la foto. Aquí, en el único segundo de su jornada en que no tenía una turista colgada de su chepa.

Otro tipo de guardián de la puerta.

Otro tipo de guardián de la puerta.

Salem es beduino, fumeta y escalador. Lleva una tatuaje en la cabeza "para la suerte". Falta le hace. El tio, de resca de boda, se dedica a subira los monumentos a pelo y a saltar entre ellos. Ah, también tiene un grupo de break dance con otros beduinos.

Salem es beduino, fumeta y escalador. Lleva una tatuaje en la cabeza "para la suerte". Falta le hace. Se dedica a subir a pelo por los monumentos de Petra y a saltar por ellos desde lo alto. Tambiénn tiene un grupo de break dance con otros beduinos.

Salem me enseñó sus otros tatuajes...

Salem me enseñó sus otros tatuajes...

... y se declaró medio rastafari. Todo un tipo, Salem.

... y se declaró medio rastafari. Todo un tipo, Salem.

Esto es el Monasterio. Un edificio tan alucinante como el Tesoro pero al que se llega después de una dura caminata de subida. Por eso hay menos turistas. Por cierto, en lo alto de la copa central se ven dos figuras. Son Salem y un chaval. Luego, Salem saltó por los techos y bajó corriendo con sus chanclas.Esto es el Monasterio. Un edificio tan alucinante como el Tesoro pero al que se llega después de una dura caminata de subida. Por eso hay menos turistas. Por cierto, en lo alto de la copa central se ven dos figuras. Son Salem y un chaval. Luego, Salem saltó por los techos y bajó corriendo con sus chanclas.

en manada. Entonces, los beduinos dejan de vender la burra, se relajan y se dedican a su vida. Comtemplar las montañas en las que aún siguen habitando, sobre todo. Y fimar. Y tocar la flauta. Este hombre, además de poner a bailar a los pájaros, nos invitó a humo.
Al caer la tarde, los turistas se van como vinieron: en manada. Entonces, los beduinos dejan de vender la burra, se relajan y se dedican a su vida. Contemplar las montañas en las que aún siguen habitando, sobre todo. Y fumar. Y tocar la flaúta. Este hombre, además de poner a bailar a los pájaros, nos invitó a humo.
esta vista del Tesoro desde 300 metros, como un halcón posado en la roca, como un beduino...

El Tesoro, desde las nubes. Hay manera de evitar la masa en bermudas y chancletas, basta salirse del camino, explorar rutas entre las rocas, seguir ríos secos, subir piedras, dejarse los pulmones. Hay recompensa: esta vista del Tesoro desde 300 metros, como un halcón posado en la roca, como un beduino...

... porque los beduinos se pasan el dia colgados de las nubes, contemplando Petra y sus montañas. Son gente de la buena, que invita a té y conversa entre largos silencios. También son tios un poco golfos, que van a la caza de la turista con ganas de mambo. Hacen bien.

... porque los beduinos se pasan el día colgados de las nubes, contemplando Petra y sus montañas. Son gente de la buena, que invita a té y conversa entre largos silencios. También son tíos un poco golfos, que van a la caza de la turista con ganas de mambo. Hacen bien.

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Desde la terraza de mi hostal veo cada noche a los hasidim caminando sobre los tejados de la Ciudad Vieja. A veces, van en pareja, hablando, como conspirando. A veces, se oye al muecín llamar a la oración a los del la fe de al lado. A veces, una noche, hay policías de paisano persiguiendo a la carrera y con la mano en la pistolera una amenaza que resulta invisible. Siempre hay unos cuantos gatos que los contemplan y, al fondo, la cúpula dorada de la Mezquita de la Roca. Debajo de sus pisadas está una de las arterias del barrio árabe, la que va a desembocar a la vera del Muro de las Lamentaciones. A esa hora, los árabes-israelíes ya han recogido el ruido de sus tiendas y en los pasajes techados sólo quedan niños que montan en bici y juegan a las canicas sobre el suelo empedrado.

Sobre esas mismas piedras ha corrido la sangre de los fieles de las tres grandes religiones monoteístas. Así se ha construido este lugar. A base de conquistas y cruzadas. Así se sigue manteniendo. Pendiente de intifadas y muros. Tiene cojones. Jerusalén es ciudad sagrada para judíos, cristianos y musulmanes. Tres religiones a las que se les llena la boca con palabras como amor y piedad. Tres religiones con profetas comunes y mandamientos similares. Tres religiones y un mismo Dios. El odio.

Esto es como un viaje en el tiempo. Me imagino así Toledo en la época de las Tres Culturas. Judíos, moros y cristianos. Juntos pero poco revueltos. Es como hacer turismo en una herida abierta. Hay mucha vida, bacterias y organismos pococelulares que se mueven de un lado a otro, hay mucho dolor. Es como quedarse contemplando el fuego de la cerilla que va a encender la mecha que hará volar un polvorín. La llama le mantiene a uno hipnotizado, tranquilo a pesar de la inminente explosión.

Los ultraortodoxos caminan como rezan, ajenos a todo y con el cuerpo inclinado hacia el suelo. Son arrogantes. O se lo parecen a todo el que se cruza con ellos. Son indescifrables. O me lo parecen a mí. Los árabes son como en todas partes. Más alegres, más desordenados y, algunos, con esa mirada torva que tanto nos asusta desde que conocimos al jeque Yasín o, quizás, desde los tiempos de Suleyman. Los cristianos, salvo los curas ortodoxos griegos, los armenios y algún franciscano que se reparten los cuidados de sus santos lugares, son turistas armados con cámaras digitales que no dejan una piedra sin retratar y que a veces se calzan una cruz para recorrer en plan Jesucristo resucitado y superestar la Vía Dolorosa.

Fuera de la Ciudad Vieja, los israelíes viven ajenos a todo esto. Como si esta Ciudad Vieja fuese de verdad un viaje en el tiempo y no un barrio de Jerusalén. Conocí en Tel Aviv a una chica que había nacido y vivido casi toda su vida aquí a pesar de llamarse Aviv (primavera en hebreo, por cierto). Bien, Aviv me confesó que sólo habia cruzado unas cinco veces los muros de la Ciudad Vieja. Los israelíes viven de espaldas a ella lo mismo que viven lejos de Jersualén Este, el barrio árabe, y que se mantienen separados de lo que ocurre en Cisjordania. No sólo por ese muro que en un lado se llama de seguridad y en el otro de la vergüenza, sino porque prefieren no acordarse de que los palestinos andan por ahí. Y si se acuerdan, es para pensar que son unos cabrones que se inmolan en su mercados, en sus bares y en sus autobuses. No les falta razón en eso a los israelíes. Supongo que cuando llevas sesenta años con un problema que te estalla cada día en las narices tratas de olvidarte de ese problema.

Ahora la cosa está tranquila, pero dice Abu Hassan que algo gordo va a suceder dentro de poco. Abu tiene una agencia de viajes distintos, Alternative Tours. Organiza excursiones turísticas por la ciudad y alrededores pero, sobre todo, visitas de contenido político en las que él hace de conductor impetuoso y guía apasionado y muestra la realidad, su realidad, palestina. Cuenta que él es ciudadano de Jerusalén pero no de Israel. Dice que puede votar al alcalde pero no al primer ministro. Se queja de que, en cualquier caso, los que son árabes-israelíes como él pagan los mismos impuestos pero reciben pocos servicios de la municipalidad. Recorre en su furgoneta el muro explicando cómo divide pueblos en dos, cómo hace la vida imposible a los palestinos, cómo se utiliza como herramienta  de humillación más que de seguridad.

El muro, por ejemplo, corta el acceso más directo a una universidad y obliga a sus estudiantes a recorrer kilómetros para llegar a ella. Los controles hacen que los trabajadores que tienen que fichar por la mañana deban hacer noche en esos puestos. Según Abu, buena parte de los atentados eran cometidos por residentes en Jerusalén y, por tanto, podrían seguir cometiéndose a pesar del muro. Según Abu, además, la reducción de los incidentes violentos desde la construcción del muro no se debe a tal hecho, como dice el Gobierno de Israel, sino a la decisión tomada por los grupos armados de atentar sólo en territorios ocupados.

Abu ha estado tres veces en la cárcel. La primera con trece años por tirar una piedra que él dice no haber tirado. Las otras dos, por cosas peores que no quiere contar. Un día Abu decidió cambiar de actitud, montar la agencia y dedicarse a esta acción directa informativa que le parece más útil y efectiva. Es de agradecer.

Idit y Omer no son de Jersualén. Son de Tel Aviv pero me sirven como ejemplo del otro lado. Escuchan rock and roll en un bar y beben tragos de Jack Daniels sin perder el equilibrio. Tienen 18 años, acaban de terminar el colegio y van a entrar al servicio militar. Dos años, sólo, por ser chicas. Es obligatorio pero da igual. Les apetece. Quieren hacerlo. Lo consideran necesario. Idit y Omer representan lo que el líder sionista Zeev Jabotinsky llamaba “una nueva raza psicológica de judíos”. Los fundadores del Estado de Israel en el 48 tenían claro que necesitaban de ciudadanos fuertes y agresivos para que no les volviese a pasar por encima un Holocausto. Los israelíes son gente orgullosa y tienen motivos. Un estado bien organizado a pesar de los casos de corrupción, un montón de empresas punteras que fabrican desde zapatos Crocs hasta tecnología punta y, encima, son guapas y guapos. Los israelíes son chulos. Y más les vale. Están rodeados por países que quieren su eliminación igual que el general Custer estaba circundado de indios suspirando por hacerse una peluca con su cabellera.

Ésa es la cuestión. No son los palestinos los que amenazan a Israel. Los palestinos sólo son la pelota con la que Irán, Líbano, Siria, Jordania, Egipto, Estados Unidos y Europa juegan un partido de voley que se está haciendo interminable. Los conflictos alimentan a los que mandan, son su razón de ser y estar en el poder. A los israelíes les interesa más que a nadie retirarse a las fronteras del 67, tratar de vivir tranquilos y dedicar parte del 16% del PIB que invierten en Defensa a otras cosas más simpáticas. Del mismo modo, a los palestinos les conviene reconocer el Estado de Israel, construir el suyo propio y decidir si quieren prosperar y de qué manera. A sus gobernantes y a los de los países de alrededor, en cambio, la solución más sencilla les parece la peor. No creen que la recta sea el camino más corto entre dos puntos y se encargan de dibujar curvas en sus respectivas hojas de ruta para seguir al volante gracias al miedo, la miseria y el terror.

Y, mientras, Jerusalén sigue siendo un lugar fascinante en el que uno se puede asomar a una terraza y contemplar la Historia de la humanidad encerrada en un muro con ocho puertas. Una Historia estúpida y rebosante de sangre pero nuestra Historia, al cabo.

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El muro. Belén, agosto de 2008.

Más muro. Cerca de Ramala. Agosto de 2008.

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