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Archive for 11 septiembre 2009

elpais.750

Me da la sensación de que la mayoría de la gente que compra periódicos no lo hace para adquirir una visión del mundo, sino para reafirmar la que ya tiene. Es una de las pocas elecciones ideológicas en estos tiempos sin ideologías y, por eso, los lectores hacen bandera de su diario y atacan al de enfrente. Para los de ABC, El Mundo y La Razón, El País es el órgano oficial del PSOE (con permiso de Público), una herramienta progre para desgastar con infamias a la oposición y tal. Para los que son de El País, esos otros diarios son el colmo de lo tendencioso y, en concreto El Mundo, la cosa más amarilla desde el submarino de Los Beatles. También, muchos de los currantes defienden su medio como si lo dirigiesen y desprecian a los otros como si fuesen redactados por los muchachos y muchachas de Gran Hermano. Yo he trabajado o colaborado en todos ellos, soy lector habitual de El País y un poco menos de El Mundo y, más allá de mis costumbres lectoras y los amigos y enemigos que tengo aún en alguno, no tengo ningún lazo emocional con ninguno. Y pienso que son todos tendenciosos, cada uno a su modo y en su tendencia, eso sí. ¿Y amarillos? Pues, atención, frase hecha, depende del cristal con que se miren.

Cuando El País empezó a publicar el asunto de las velinas de Berlusconi, hubo un debate en mi entorno sobre si era apropiado sacar las fotos robadas de la vida privada del hombre éste. Unos defendían el derecho de Silvio a meterla donde y como pudiese y otros creían que, si eso involucraba tráfico de influencias, abuso de poder y demás, era noticia. En cualquier caso, un tipo de la calaña de Berlusconi no debería caer por irse de putas sino por las muchas putadas que ha hecho y hace.

Hoy, todos los periódicos ponen en portada la misma foto, más o menos. Y, más o menos, titulan con otra bobada berlusconita sobre las mujeres como el “mejor regalo de Dios”. Sólo uno da la noticia (o lo que sea) a cuatro columnas y con un titular distinto: “Nunca he pagado por sexo. Amo conquistar”. Ese uno es El País. Y yo, al verlo después de comer, me he llevado a la siesta varias preguntas sobre esta portada. ¿No había ninguna noticia más importante? ¿Si llega a confesar que toma Viagra le dan tres columnas y si dimite, portada y contra? ¿Es una batalla de la guerra entre El País y el primer ministro italiano o una escaramuza en su lucha contra la prostitución? ¿Es amarilla la portada o yo soy daltónico? ¿Me pillo las tazas de los Beatles?

Suenan Los Mustang y su Submarino amarillo.

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El barrio entero es un burdel y el Ayuntamiento nuestro proxeneta”.

Lo escribe Javier Calvo en El País, en un estupendo artículo llamado El Raval, un barrio prostituido, que cuenta de primera mano (él vive allí) cómo los intentos del Ayuntamiento de Barcelona por (re)convertir aquello en otra atracción para turistas se han encontrado con la realidad. Que a veces es muy puta.

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Ya sé que eres periodista pero no tienes que creerte lo que dice la prensa”.

Se lo dice Oliver Stone a Toni García, periodista de El País, en Venecia durante la presentación de South Of The Border. Se refiere al tratamiento que el periódico da a Hugo Chávez. Al tratamiento de choque, en concreto.

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Cualquiera que frecuente los canales History y National Geographic puede considerarse experto en nazis y tiburones. A veces emiten documentales sobre otras cosas, pero intentan incluir en ellos algún nazi o algún tiburón. Si algún día se descubre que los tiburones simpatizan con el nazismo, o que Hitler adoraba secretamente a los tiburones, ambos canales habrán resuelto su programación para siempre”.

Otra columna con puntería de Enric González sobre la serie Apocalipsis, de National Geographic. Acaba analizando las causas originales de la Segunda Guerra Mundial y haciendo con ellas una analogía preocupante: “Cinismo, resentimiento y buenismo: suena actual, ¿no?”.

Suenan Los Chichos, Ni más ni menos.

Las imagenes están sacadas de aquí, aquí y aquí. Hay días que da gusto leer el periódico, aunque no haya que creérselo todo.

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España anda revolucionada (vale, ya será menos) con lo de las bolsas de plástico. Carrefour ha decidido retirarlas poco a poco de sus mercados mientras que el Gobierno sigue haciéndose el sueco en el asunto (por cierto, que el Gobierno sueco no las elimina pero estudia otras alternativas). Curiosamente, ciudades como Madrid están empapeladas con una campaña sin firmar que proclama un lema sonoro: “Bolsas caca” (que recuerda a aquel primer ataque publicitario contra la droga de la FAD, “Coca caca”, que viví en familia). En realidad, no tan curiosamente. La campaña es de Carrefour, como se ve en  la web de referencia, www.echaleunamanoalmedioambiente.com. Lo que se llama una táctica envolvente.

No tengo ni idea de lo más o menos apropiadas que son las políticas medioambientales de la cadena de distribución gabacha, pero está claro que se han marcado un punto o dos. Mientras Zapatero aún se está planteando eliminar las bolsas para 2010 pero no tiene nada aprobado, Carrefour se adelanta y se queda con toda la atención mediática. Su decisión se ha llevado espacios informativos en todos los medios toda la semana y, además, ha generado el debate público que no han sido capaces de generar ni las administraciones ni las ONG ni los medios. Manda huevos, pero por primera vez se oye hablar en mercados y bares de los plásticos y eso es gracias a una iniciativa de una empresa privada.

Eso sí, en ese debate se aprecia el mal de nuestro tiempo. El andeyocaliente. A la gente parece que le jode la incomodidad o el precio de renunciar al plástico. Porque es mucho más fácil llevar la pasta de dientes en una bolsa que saber que esa bolsa no se desahará en más de 400 años, que la bolsa en cuestión puede matar a una tortuga que la confunda con una medusa o que la bolsa de las narices está hecha con derivados del petróleo y todas las consecuencias que detalles como éstos generan (por ejemplo, y por seguir con lo cómodo y lo incómodo: bañarse entre medusas, tener cada vez menos pescados que llevarse a la mandíbula, seguir dependiendo de una materia prima con más pegas).

Lo fácil, está claro, es que la información nos resbale cuando (creemos) que nos conviene. Como esa noticia que lleva circulando por los medios unos cuantos años y que volvió a salir a flote hace unos días (yo la vi en La Vanguardia el domingo pero no encuentro el link): una isla de residuos plásticos dos veces más grande que Francia que flota en el Pacífico. La sopa de mierda en cuestión fue descubierta en el 97 y, como está lejos de rutas marítimas y en aguas internacionales, nadie se hace responsable de ella. La cosa no es sólo repugnante desde el punto de vista estético, es tóxica de narices para la salud del planeta, que no es otra cosa de nuestra casa. Esto es como barrer y meter lo barrido debajo de la alfombra. No se ve aunque se padezca. Por cierto, no es la única sopa de residuos plásticos que flota por nuestros mares. Y, más por cierto, no es sólo cosa de las bolsas de plástico, sino de las botellas de plástico, los juguetes de plástico, los cepillos de plástico, los teclados de plástico y el casi todo de plástico que consumimos. Pero mejor no pensemos en esto, no vaya a ser muy incómodo.

Suena Fantastic Plastic Machine, Electric Lady Land.

La foto es de aquí. Y la entrada también se lee en ¿Y por qué no…?

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Ayer decía la prensa que los 15 más grandes bancos de todo el mundo se han recuperado de la caída tras la quiebra de Lehman Brothers que retrató el desastre financiero. Se han recuperado en cuanto a su valor en Bolsa pero también han vuelto a costumbres dudosas como los bonus galácticos a directivos y también a declarar beneficios millonarios y a repartir dividendos. Por lo que parece, todo esto del cataclismo económico no ha sido más que una broma para las entidades financieras que lo detonaron. Una broma corta y muy graciosa para ellos. No para el resto, me temo.

Los bancos se han podido recuperar tan rápido, entre otras cosas, por el dinero recibido de los gobiernos. Es decir, por el dinero de losque, en general, no nos hemos recuperado de la crisis ni tiene pinta de que nos vayamos a recuperar en un rato largo. Por el dinero de los que no vemos la gracia al chiste. Precisamente, me contaba un amigo bancario antes de vacaciones que se las iba a tomar a lo bestia porque le esperaba un septiembre jodido. El de recoger los restos de los impagados, los despedidos y demás consecuencias de una crisis que también se ha ido de vacaciones pero que promete venir con fuerza.

A todo esto, las oficinas de un banco, Barclays, llevan desde junio empapeledas con una oferta que parece otro chiste. Dicen que “los brotes azules llegan a tu economía” gracias a su Cuenta Oportunidad. No sé qué tal será la tal cuenta pero, desde luego, no resulta muy oportuna, al menos en la forma de presentarse. Por supuesto, Barclays puede hacer su publicidad de la forma que quiera. El banco inglés se libró por los pelos de ser intervenido por su Gobierno porque encontró 9.200 millones de euros pescando en Qatar y Abu Dabi. Para unos, una forma de conservar su independencia; para otros, una manera de que los directivos conservasen sus bonus. En cualquier caso, lo de los brotes azules es una broma con poca gracia.

La Ministra Salgado, recién nombrada, salió a los micrófonos con eso de que ya se veían los brotes azules en la economía. No se trata de discutir aquí su acierto (la discusión sería muy corta). Pero una cosa es que que los ciudadanos nos choteemos de esa afirmación en un bar y otra es que un banco lo haga en su propaganda. No soy yo de tomarse las cosas muy en serio, ni si quiera las muy serias. Pero el chiste de Barclays me ha parecido un pelín obsceno en estos tiempos. Me ha molestado, vamos. Y no creo yo que el objetivo de la publicidad sea molestar a los potenciales clientes. Pero, claro, qué coño sabré yo de publicidad… Pues, anda, que de banca…

Suena The Clash, Bankrobber.

Esta entrada, también en ¿Y por qué no…?

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Nuevo capítulo de la serie Zona Prohibida para la revista GQ. Siguiendo con el exhibicionismo genital por motivos laborales, me planto en una clínica para hacer una consulta sobre alargamiento de pene. Como se refleja en el texto, la cosa no es idea mía, sino que parte de la redacción. Quiero decir con esto que si alguien ve un paquete sospechoso igual no debería mirarme a mí…

condometric

Empiezo a pensar que la dirección de esta revista tiene cierta obsesión con mis genitales. O, cuando menos, con la exhibición escrita de mis genitales. Primero me llevaron a que me los pinchara un médico de Boston Medical. Luego quisieron que me los pisoteara una domina. Ahora pretenden que me los intervenga un cirujano plástico. ¿Un reportaje sobre alargamiento de pene? Mmm, curiosa la obsesión de los miembros de la revista por mi ídem. Seguro que a Freud le pondría tratar el asunto.

Mi asunto, en cualquier caso, lo va a tratar el doctor Ali. Él no sabe nada de obsesiones redaccionales. Para él soy sólo un paciente que ha acudido a consulta a la clínica Menorca. La clínica ofrece operaciones plásticas de todo tipo pero las de cirugía íntima masculina no deben estar en el hit parade. Hay que llamar y esperar a que localicen y convoquen al doctor. A mí me ha tocado aguardar una semana y cuarenta minutos. El doctor Ali no tiene mucho tajo, con perdón. Pronto sabré por qué.

Entro en una habitación llena de cajas y me siento frente a un hombre con los ojos vidriosos, una tos preocupante y una chaqueta de cuero marrón con aspecto de haber celebrado la victoria de Massiel en Eurovisión. “Bueno, ¿qué le sucede?”. De repente, recuerdo lo que ha pasado cuarenta minutos antes. Me he equivocado de entrada y, en otro edificio de la misma clínica, he preguntado por el doctor Ali. La recepcionista me ha mirado como si me acabase de subir a un guindo con muletas y me ha dicho que hace años que el doctor ya no pasa consulta allí, que si no me habré equivocado de… ¡dentista! En fin, con un par: “Quería información sobre alargamiento de pene”.

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El doctor me pide que me baje los pantalones. Observa el órgano en cuestión. Lo sopesa. Se sienta, tose un par de veces más, toma alguna nota y me hace las preguntas del manual. “¿Problemas de erección? ¿Enfermedades? ¿Alérgico a algún medicamento? ¿Fuma?”. Doy fe de mi buena salud y el doctor, con seriedad, pasa a los detalles. Me dice que antes de la intervención habría que hacerme un estudio psicológico, que después hay que ir con una sonda durante siete días, que cuesta 6.000 euros. Tengo la tripa revuelta y la cartera agitada pero pongo cara de póquer. Quiero más información. El doctor Ali vuelve a toser y pasa a hablarme de los inconvenientes de la operación. La lista es dolorosa. También larga. No tanto como los resultados. La operación consiste en seccionar el ligamento suspensorio. Nunca se consigue un alargamiento mayor de 1,5 centímetro. Y pueden pasar cosas muy malas. El doctor Ali me dice que la operación puede generar problemas de erección. Se da cuenta de que me ha llegado con ese golpe y decide hacer honor a su apellido completando una serie que me deje KO. Coge un papel y un boli y se pone a dibujar. Veo un trazo que parece un pene normal y, al lado, otro que es un enorme muñón. “Se puede producir un linfedema”. El doctor me explica que lleva muchos años viendo y practicando este tipo de operaciones y que ocurre a menudo: una infección y el pene operado se hincha. Hay que volver a intervenir. Una vez. Dos veces. Las que sean necesarias. Si hay suerte, el paciente podrá volver a usar su cosa para hacer pis. De follar, ni hablamos. Creo que estoy llegando a una conclusión: esto es matar moscas a cañonazos. Y sospecho que es justo la conclusión a la que me quería llevar el doctor.

“Mire, la verdad, no se lo recomiendo”. Me habla de otros métodos que no atentan contra la salud: inyecciones cavernosas, bombas de vacío. Son, más bien, procedimientos para mejorar la erección y obtener un tamaño más vistoso durante un tiempo, pero al menos no son peligrosas. El doctor Ali no es ningún charlatán. Sólo es partidario de operar en casos extremos de micropene en los que los daños psicológicos sean mayores que el riesgo. Se despide de mí con un apretón de manos y la cara compungida. Y me dice: “Si va a otros centros, tenga cuidado con lo que le prometen. Créame, usted no necesita operarse”.

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Salgo de la clínica contento con el diagnóstico de mi virtud aristotélica y voy al encuentro de Sonia. Sonia es una mujer que se ha topado con lo excepcional. No ha encontrado un trébol de cuatro hojas en el parque o un billete de 500 euros en el metro, pero ha hallado un micropene en su cama. Ni una broma al respecto, por favor. A Sonia no le hace gracia recordarlo. “Era enano, ni te enterabas que lo tenías dentro. Era como un cacahuete. Sentía vergüenza por él. Y pena. También me sentía frustrada sexualmente. No supe cómo afrontarlo. Lo dejé al mes y medio”. Sonia recuerda que esa persona se comportaba de forma muy chula, como si quisiera demostrar algo. Y que bebía de más. Por lo que me cuenta y por lo que empiezo a imaginarme, no debe ser fácil cargar con un peso tan ligero en la entrepierna.

Dejo a Sonia fijándose en los pies y en las manos de los hombres que se cruzan en su vida (“tengo miedo a encontrarme con otro micropene”) y me dirijo a la consulta de mi urólogo de cabecera. Para hacer esta sección en esta revista hay que tener un buen especialista en urología cerca. El mío vuelve a sorprenderse por mi trabajo y me dice que una operación de alargamiento de pene no es cualquier cosa. “Hay que hacer un estudio psicológico serio. Y también genético. El micropene tiene que ver muchas veces con malformaciones congénitas, está cerca del intersexo”. Me cuenta casos como el de un hombre con micropene y menstruaciones, por ejemplo. Y me dice que son fenómenos difíciles de ver, incluso para los expertos en andrología. “En cualquier otro caso, desaconsejo la operación. Da más quebraderos de cabeza que otra cosa”. Impotencia, incurvaciones, cicatrices, infecciones y otros términos que un hombre nunca quiere asociar a su mejor amigo.

“Eso de la longitud del pene es muy relativo”. Hablamos un rato de las tendencias estéticas, de los medios de moda que han hecho tanto daño a la imagen que la mujer tiene de sí misma como las películas porno han dinamitado la autoestima del hombre. Me despido del médico para que atienda a alguien con problemas de verdad y me voy a casa pensando en los actores favoritos de la dirección de esta revista. ¿Les gustará Rocco? ¿Preferirán a Nacho? ¿O serán más de vérsela a Mandingo? Quizás las respuestas ayuden a su psicólogo a descubrir por qué yo tengo que pasar por todo esto.

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