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Archive for 19 febrero 2009

teds

Hasta ahora era un secreto difundido a voces entre los concienciados y los conectados. Quizás desde que el otro día el semanario The Economist le dedicó unas líneas la cosa empiece a salir a flote como una ballena a la que todos quieren ver. TED, siglas de Tecnología, Entretenimiento, Diseño, nació en 1984 como una conferencia anual sobre esos asuntos. Y eso es lo que sigue siendo. Pero, como la evolución es cosa de inteligentes, se ha implantado en Internet. TED.com cuelga, bajo licencia Creative Commons, las charlas bajo el lema “Ideas que merece la pena difundir”. Las ideas en cuestión son las de gente de mucho postín, desde Al Gore hasta Jane Goodall, pasando por J. J. Abrams o Richard Dawkins, y van mucho más allá de las siglas que dan nombre al asunto.

El problema es que a veces las ideas se quedan en sus efectos gaseosos. Mejor dicho, los que deberían encargarse de transmitir las ideas sólo se fijan en lo superficial. Pasa un poco con el artículo de Economist, que le encuentra casi toda la gracia al asunto a que después de la conferencia de Bill Gates sobre la malaria (y la educación) le siguiese una charla de Cindy Gallop sobre el cambio de hábitos sexuales por culpa del (ab)uso del porno por Internet. Pasó parecido, de hecho, en todos los informativos y periódicos, que hablaron de cómo Gates asustó a los asistentes abriendo un bote con mosquitos portadores de la malaria. Lo de Gates fue sólo un fuego de artificio destinado a captar la atención de los asistentes y los internetvidentes, un poco al estilo de los chistes que hacen los conferenciantes americanos para romper el hielo. Lo importante debía ser el discurso que vino detrás de esos mosquitos inexistente. Pero eso no fue noticia.

Puede que las charlas de TED no aporten gran cosa al cambio (necesario) de todo esto. O puede que sí. En cualquier caso, es sólo un ejemplo. Lo que es seguro es que nada va a cambiar mientras nos sigamos fijando en los chistes y en las anécdotas. Lo que está claro es que las ideas están cada vez más lejos de los titulares y, por tanto, del debate. Y un debate sin ideas es como un concierto sin música.

Aprovecho y cuelgo la conferencia de Bill Gates por si alguien está interesado y sabe inglés.

La foto de esos teddy boys ingleses que ilustra todo esto tiene sentido por el titular de The Economist, “The Teddy boys’ picnic”, o sea, el pícnic de los Teddy boys.

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Además de muchas otras cosas, esta semana estoy liado con una que tendrá lugar el sábado en Matadero, Madrid. Se llama REC y es un festival de electrónica audiovisual. ¿Qué es eso? Pues no es una titulación de Formación Profesional sino una forma de llamar a la mezcla de imágenes y sonidos con objetivos, sobre todo, lúdicos. Y vienen unos cracks del asunto. Se llaman Eclectic Method y aquí va una muestra de lo que hacen en vivo.

La otra joyita de la fiesta, para un servidor, es Julian Oliver, un neozelandés residente en Madrid que es todo un as de las instalaciones interactivas y los videojuegos de museo, además del marido de una amiga. Ésta es una de las cosas que se podrán ver y tocar:

Por cierto, es gratis hasta que se llene. Hay mucho más y se puede encontrar todo aquí:

www.recmadrid.com

Obviamente, ésta ha sido una entrada publicitaria patrocinada por mi menda.

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Leo en el mismo periódico dos noticias que no tienen nada que ver pero que me hablan de lo mismo. La portada de El País dice que la crisis financiera se agrava, que Bruselas piensa en eliminar los bancos dañados como si fuesen virus informáticos y que lo de Madoff tiene más pinta de regla que de excepción. Treinta y tres páginas más allá, el mismo periódico titula que “La Antártida se resquebraja en miles de icebergs”, que el hielo del Polo Sur se funde más rápido de lo previsto.

Aunque lo del hielo derretido no sea digno de portada, parece que la cosa se va a convertir en hábito y nos va a tocar adaptarnos a ello y, por tanto, cambiar de vida. Porque si sube el nivel del mar y por eso hay movimientos de población o si cambia el régimen de lluvias y por eso hay cosechas que van y vienen, por poner dos ejemplos, vamos a tener que ponernos en marcha para gestionar nuevas experiencias vitales. O no. Igual decidimos subirnos a uno de esos trozos de hielo y esperar a que se derrita con el índice y el pulgar apretando los orificios nasales para que no nos entre agua al hundirnos.

Lo mismo pasa con la crisis financiera que, por cierto, es mucho más que financiera. El sistema se resquebraja y sus cimientos se funden mucho más rápido de lo previsto. Y nosotros podemos esperar su hundimiento apretándonos la nariz, esta vez por protegernos de los malos olores. O podemos, también, tratar de adaptarnos a ello. Comprender que la sociedad ya nunca va a ser como la hemos conocido y buscar nuevas maneras de gestionarla.

Claro que, para eso, es necesario que haya líderes que tomen decisiones y yo últimamente no he visto ninguno. En España, la analogía que me pilla más a mano, el Estado da pasta a los bancos sin quedarse a cambio con acciones mientras que las empresas financian a un buen montón de Ayuntamientos por la vía del impago público y el asunto de cobrar en cualquier curro se ve impedido por una morosidad que se contagia sin que el poder trate de buscar una vacuna. Y luego dicen que el caos sólo campa por Somalia.

Este castillo de naipes se está cayendo porque las cartas no estaban bien colocadas. Necesitamos un nuevo tipo de construcción para nuestra sociedad. Si esperamos a los que hemos colocado como croupiers, lo llevamos claro. Necesitamos arquitectos, aparejadores albañiles, fontaneros, electricistas… ¿Quién dice que no hay trabajo? Queda todo por hacer. Hagámoslo.

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Dando el Cayo

balseros

En general, me importa un carajo lo que sale de la boca de los políticos profesionales. Hace mucho que cambié la retórica barata por drogas más satisfactorias. Pero hay veces que a uno no le queda más remedio que admitir el talento cómico allí donde aparece. Como en la boca de Cayo Lara, coordinador general de Izquierda Unida. Hoy la ha abierto para El País y ha pronunciado frases que demuestran que estamos ante un líder que quiere llevar a su partido a la modernidad pasando por la incongruencia. Pasen y lean:

[A la pregunta “¿por qué IU defiende la dictadura en Cuba?”] Bueno, hay un concepto de dictadura… Es un modelo que los cubanos se han dado después de una revolución de 50 años. Los cubanos son los que tienen que decidir qué modelo quieren.

[A la repregunta “¿con elecciones democráticas o cómo?”] Ellos tienen elecciones, sólo que con partido único”.

Es verdad que en el resto de la entrevista dice otras cosas, incluso algunas bastante coherentes, pero quería destacar este par por lo que significa de respeto hacia la libertad, ese valor tan a la última. Aunque, como el mismo Cayo dice, “no estamos para dar lecciones de democracia a nadie…”. En eso sí que estoy de acuerdo. Y no me hace gracia.

En la foto se puede ver a un grupo de cubanos ejerciendo su derecho a voto.

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Tengo un amigo viajando por el culo del mundo. Juan está metido en un barco y en una misión. Antártida Abierta se llama el asunto y pretende visitar y contar lo que pasa en las bases argentinas ubicadas al sur de todos los sures. Juan se encarga de contarlo en un blog (y en Twitter y en Facebook y en Flickr y yen YouTube y en lo que sea menester). Si el lector está pensando que qué coño le importa a él todo esto es porque no conoce a Juan. Juan es uno de esos tipos que sabe mirar y sabe contar. Tiene un fino humor con tendencia a la ironía y sabe que la experiencia de un viaje va mucho más allá del transporte. Tengo un amigo viajando por el culo del mundo y no me pierdo ni un relato de su aventura. Ustedes hagan lo que les de la gana.

www.antartidabierta.com

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Fuera de foco es la serie de entrevistas que hago cada mes para la revista Calle 20. Se trata de presentar y retratar a personajes importantes para la culturilla joven en España. Importantes pero no famosos. Es enfocar a los que suelen estar fuera de los focos. Porque se lo merecen, qué coño. Salvo que se diga lo contrario, las estupendas fotos son siempre de la estupenda fotera Belén Cerviño.

pepeverde

“Soy el Manolo el del Bombo de la rave

Se mudó de Canarias a Madrid para estudiar Informática como excusa para vivir de la música. Su inmersión en la industria ha sido paralela a la crisis, pero se declara inocente: cantante de Los Protones, empleado de una tienda de discos (Globo Records) y, ahora, Jefe de Producto en la distribuidora PIAS. También pincha en el dúo 2 PIAS DJ’s y da botes en conciertos y festivales.

Ahora que nadie compra discos, ¿qué haces en horario laboral?

Rezar a San Pancracio para que venga otra vez el vinilo. Y currar. Ya han pasado los tiempos de “nos hacemos otro porro y escuchamos otro disco”. Ahora me voy a encargar de poner nuestros discos en iTunes.

En 10 años, ¿qué será más difícil: comerse un atún o comprar un CD?

El CD es un formato equivocado, es el cassette de hoy. La industria nos vendió que sonaba mejor que el vinilo, pero no. Por eso está volviendo el vinilo. Puede que en 10 años no haya ni atún ni CD, pero habrá vinilos.

La música independiente, ¿necesita un referéndum de autodeterminación?

A la independencia le falta afán de colaboración más que de competencia. Tirar de “la unión hace la fuerza” y no del “divide y vencerás”.

¿Te metiste a DJ para pagarte el vicio?

De joven grababa cintas para las fiestas y me colaba en la cabina de la discoteca infantil. Mi evolución ha sido rara, de los Beatles al punk pasé por la música disco. Eso sí, no soy de los que cuadran los bombos. Yo no soy disc jockey, yo soy pinchadiscos.

¿Aceptas peticiones? Yo quiero el Chiki Chiki…

Nunca sé la siguiente canción que voy a poner, pero puede que me pidas el Chiki Chiki y que no haga falta ni que me des el disco, que lo tenga yo.

Parte de tu curro es dar botes en conciertos, ¿eres el mejor en lo tuyo?

Mi pasión por la música es contagiosa. Presumo de haber visto el Aqualung lleno hasta la bandera con Junior Jack y pensar que la gente no bailaba lo suficiente, empezar a botar, contagiarlo y ponerlo patas arriba. Soy el Manolo el del Bombo de la rave.

Tú que has sido cantante antes que disquero: los artistas son unos bastardos caprichosos, ¿no?

El artista, por definición, tiene poco contacto con la realidad. La bis cómica, el espíritu de artista, es incompatible con tener los pies en el suelo. El día en que los artistas sean tíos cabales, se acaba la música.

Te casó Elvis Presley en Las Vegas, ¿quién oficiará tu funeral?

Que sea James Brown. Y, si no está disponible, Otis Redding.

La entrevista como fue publicada, pinchando en: pepeverde.

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buzon

Recibo un  mensaje de un trabajador de Boston Medical con respecto al reportaje sobre ese negocio publicado en la sección Zona Prohibida del número 132 revista GQ (y colgado posteriormente en este blog). Por eso del derecho a réplica, lo pego aquí tal cual para que lo lea todo quisque:

Buenos Días, mi nombre es Ramon y trabajo en Boston Medical Group.
Me gustaría aclarar varios conceptos y ofreceros mi ayuda para poder explicar más en detalle algunas cuestiones que creo que no están claras.
Desde Boston Medical Group ofrecemos soluciones médicas personalizadas a problemas de sexualidad masculina. Buscamos la raíz del problema para poder ofrecer una solución individual a cada problema. Es cierto que no podemos curar a todos los pacientes que acuden a nuestras clínicas, existen casos en los que medicamente esto no es inviable, pero sí que podemos garantizar que tendrán relaciones sexuales. Esto lo podemos garantizar casi en el 100% de los casos.
En cuanto al tema del precio, todo es relativo. Ofrecemos un servicio de seguimiento médico, no solo la recomendación de un fármaco u otro. Manejamos todos los tratamientos farmacológicos disponibles para la Disfunción Eréctil y recomendamos el que mejor se adapte a las necesidades de cada paciente. No es lo mismo un diabético, un hipertenso, una persona con una afección cardiaca u otra con disfunción eréctil a los 30 años. Unicamente después de valorar la historia clínica y el resultado de las pruebas hacemos una recomendación de tratamiento.
Espero que haya sido de ayuda.
Un saludo

Y respondo: que a mí SÍ  se me dijo que el tratamiento de inyecciones que ofrece Boston Medical cura la impotencia; que es verdad que el médico que me trató me habló y recetó Cialis aunque las pruebas que me hizo demostraron que yo no tenía problema alguno; que el comercial que me atendió a continuación sólo quiso venderme el tratamiento a base de inyecciones; que tal tratamiento se me ofreció al precio de 1.500 euros; y que el urólogo al que consulté posteriormente me confirmo que tal cosa no cura sino que alivia los síntomas (o sea, que te la pone dura, que no es poco, supongo) y que la Seguridad Social ofrece inyecciones gratis (eso sí, una por consulta).

Pero todo eso quedaba bastante claro en el texto. Así que, por si alguien tiene alguna duda, aquí va otra vez.

Estoy tumbado en una camilla. Los pantalones bajados hasta la rodilla. Los calzoncillos, también. Ante mí, un joven médico con acento latinoamericano que recuerda, por la voz y el currículo que se le intuye, al doctor Nick Riviera de Los Simpson. El galeno me explica las opciones de tratamiento. Pastillas o inyecciones. Ni siquiera me ha dicho que esté enfermo. Aún no me ha hecho la prueba. Da igual. En mi posición, repito, tumbado, con pantalones y calzoncillos por las rodillas, es difícil discutir. Mientras me lo pienso, se anima a hacerme esa prueba. Echa una crema en la base de mi pene y pasea por ahí una especie de rotulador conectado a un aparatejo que suelta un ruido como de interferencia radiofónica. Es un ultrasonido Doppler que mide el flujo sanguíneo de mi órgano sexual. El resultado sale impreso en un papelín de fax. Es el polígrafo de la erección. Es una tabla con sus picos, como la del Ibex 35. Ojo, la mía no anda tan mal como la del Ibex. Estoy dentro de los parámetros normales para mi edad. Estoy bien pero debo elegir. No tengo las opciones de Neo. Nada de pastilla roja o pastilla azul. Debo elegir entre pastilla azul o inyección. Pellizco o pinchito. Susto o muerte. “Si quiere -me dice-, le hago un test de erección, una inyección vasodilatadora como las del tratamiento para ver la respuesta y así calcular la dosis que necesitaría”.

Me llamo Pedro y soy impotente. En realidad, me llamo Pedro, soy periodista y desde la dirección de esta revista quieren acabar con mi imagen, pública y privada. O eso, o consideran que si no me he casado después de visitar un puticlub, un local de intercambio de parejas, la casa de una chica que ofrece sexo a través de su webcam y hasta el backstage de un desfile de lencería es porque tengo un problema en los bajos. Se supone que esta sección, Zona Prohibida, consiste en visitar lugares que jamás pisaría un lector de GQ. No me quiero meter en los asuntos urológicos de los lectores, pero si alguno ha pasado por aquí, seguro que no lo ha contado. Yo sí. Para eso me pagan. Así que voy a seguir. Por cierto, no se dice impotencia, se dice disfunción eréctil.

“Si tu vida sexual funciona, lo demás no importa”. Antes de llegar al momento de recibir una inyección en la base de mi pene he escuchado muchas veces esta cuña en la radio. Como muchos españoles. Como mi querido director. Por eso, a pesar de que mi vida sexual está en orden, he entrado en Boston Medical Group. Por eso sé que en la recepción hay un hombre con bata blanca y no una enfermera. Un punto para Boston Medical. No debe ser muy terapéutico llegar donde pretendes curar tu eyaculación precoz o tu disfunción eréctil y encontrarte con una moza ante la que sólo puedes hacer el ridículo. El recepcionista me acompaña a la sala de espera donde debo rellenar mi historial médico. Otro punto para ellos. La sala es individual. Se evitan así las conversaciones sobre el tiempo (que tarda cada uno en eyacular o el que hace que no se pone firme).

Una vez rellenado el historial y comprobado que en la sala de espera no hay revistas porno, no vaya ser que se produzca un milagro y se pierda un cliente, me llama el doctor y tiene lugar la escenita que he narrado al principio del texto. Una elipsis después, vuelvo a estar en mi sala de espera. El pinchazo no ha dolido, la inyección se hace con un aplicador al estilo de los de los diabéticos. Se supone que debo esperar media hora a que las sustancias vasodilatadoras hagan efecto y suban el periscopio de mi entrepierna pero sólo han pasado quince minutos y ya tengo el misil preparado. Me entretengo leyendo la documentación que me han dado y pensando que los verdaderos pacientes deben vivir este momento con lagrimas en los ojos, la mano en el pecho y banda sonora orquestal, como cuando se iza la bandera nacional tras ganar una medalla de oro. Por fin, llega el médico para llevarme a su despacho. Vuelvo a bajarme pantalones y calzones y me mide, a mano, la erección. Me explica que estas inyecciones se deben aplicar al menos una vez a la semana, antes de la relación sexual, durante nueve meses y que así se acaba curando, en un alto porcentaje, el problema.

Empiezo a entender de qué va todo esto. Tanto la documentación como el discurso del médico tienen una pendiente que conduce tu pensamiento hacia donde Boston Medical Group quiere. Cosas como que el 90% de los casos de disfunción eréctil son de causa física. Un montón de pegas a los tratamientos habituales (Cialis, Viagra y demás pastilleo). Una luz de esperanza diciendo que todo, incluso la disfunción eréctil, sea física o psicológica, tiene solución. La comprensión se hace completa cuando me llevan a ver a un comercial adornado también con bata blanca. Gracias a él, me entero de que la solución a mi inexistente problema cuesta 1.500 euros. Son 90 inyecciones que puedo pagar a tocateja o en 12 mensualidades sin intereses. Gracias a él, también me entero de que la inyección que me acaban de poner puede provocar priapismo, o sea, seis horas o más de erección continuada, o sea, problemas. Me da un papel con instrucciones en caso de que tal cosa ocurra y dos pastillas para solucionarlo antes de ir al hospital (recomendación número cinco después de “realice una caminata de 10 minutos”, “aplíquese agua fría en los genitales 10 minutos”, “realice flexiones de piernas durante 10 minutos” y la toma de las pastillas). Le digo que me quedo más tranquilo y que me pensaré lo de los 1.500. Y me despido.

Me doy un largo e incómodo paseo por Madrid. Aprovecho para llamar a un urólogo conocido para que me cuente. Y me cuenta. Que el porcentaje de causas psicológicas de la disfunción eréctil es mayor que el 10%. Que las pastillas de ahora no tienen casi efectos secundarios. Que el tratamiento con inyecciones es más agresivo. Que, por supuesto, no cura. Y que, en cualquier caso, se puede conseguir gratis, con receta, a cargo de la Seguridad Social.

Han pasado dos horas desde que me han aplicado la inyección, sigo con el arma cargada en mi entrepierna y sólo me queda una duda. No sé si llamar a algún teléfono femenino de los de mi agenda para aprovechar la medicina u ofrecer al alcalde el molde para un obelisco en honor al periodismo de investigación.

B.S.O. Dropkick Murphys, I’m Shipping Up To Boston.

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