Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 15 octubre 2008

Me entero paseando por la playa de Neil del nacimiento del Hartismo y de su manifiesto hartista. Por contarlo rápido: una gente que está hasta las narices de la chorrada considerada obra de arte y del arte como negocio especulativo y que lo dice alto y claro. Y con bastante gracia. La iniciativa es de tres pintores gallegos pero pretende convertirse en punto de encuentro de todos aquéllos a los que el (moderno) arte moderno les huele peor que el meadero de Marcel Duchamp. El 17 de octubre se va a presentar en el asunto y su revista. Pero ya hay una maja web y un salao blog. Y allí, en la web, se encuentra un test para reconocerse, o no, como hartista. Y el test es todo un descojono. Paso a reproducir algunas de las preguntas:

1. Te acercas a ver un exposición de Joseph Beuys llena de sus clásicos, botes de parafina por el suelo, cajitas con cosas , trapos, etc. Tú piensas…

a- esto es una puta mierda
b- estas cosas ya me parece haberlas visto antes. qué mal huele aquí
c- hay que respetar todas las sensibilidades, entiendo que haya quien diga que es un genio
d- una exposición magnífica y muy recomendable. Hierofánica.

2. En la boda de tu primo van a servir un novedoso plato: tiburón. Tú puedes elegir cómo quieres que te lo preparen:

a- en caldeirada
b- en ajada
c- en espuma
d- en formol


3. El pueblo de tu madre, a 120 kilómetros a la redonda de cualquier forma de vida conocida, está en fiestas. Te han nombrado concejal de cultura interino porque el titular tiene una hernia ya que intentó cambiar la rueda de su camión sin usar el gato, levantándolo a pulso. Por presiones ajenas a tí, en las que no vamos a entrar ahora, te instan a “modernizar” las fiestas, que siempre suelen consistir en masivas ingestas de chorizo y aguardiente, y en una charanga donde tocan unos tíos con trajes de charol todavía más borrachos que el resto de la gente.
Te dicen que debes acabar con esta tradición prehomínida y que organices en su lugar un festival de videinstalaciones. Ante esto, tú:

a- te suicidas
b- les presentas a los paisanos el festival, pidiendo disculpas de antemano por si alguien echa de menos su fiesta anual. En la presentación procuras que beban muchísimo para que luego no puedan seguirte.
c- les exiges respeto y silencio ante la colección de obras de arte procesual que van a contemplar, y les dices que ya iba siendo hora de que su puto pueblo fuera moderno y vanguardista. Mientras dices esto, a tres metros de tí tienes el coche en punto muerto, listo para meterte en él y abandonar el lugar a 150 por hora en cuanto empiece el show.
d- lo mismo que en la respuesta anterior, pero sin el coche esperándote”.

Pues eso. Que estará uno más o menos de acuerdo, pero hay que reconocer que los tíos tienen arte, como dicen en Cádiz. Y que es verdad que todo el rollo del (moderno) arte moderno es muy hartible, como siguen diciendo en Cádiz. Y que Damien Hirst se merece un cuplecito de alguna chirigota. Y dos bofetadas.

Read Full Post »

Sé que que es como mezclar la velocidad con el tocino. O las anfetas con las chuletas de cordero, en este caso. Pero desde que conozco a Lambchop hay algo que me suena familiar en la voz de Kurt Wagner, su capo cantante. Al principio creía que era ese recitado a lo Leonard Cohen. Pero no. La voz del muchacho de las gafas de pasta y la gorra de camionero a mí me parece la misma que la del tío de las muletas y la pinta de bitter. Sí, a quien pueda interesar, a mí el sonido de las tripas de Kurt Wagner me suena al de los huevos de Ian Dury. Y, para demostrarlo, he aquí dos botones. Un clásico de Lambchop y el segundo más escuchado de Ian Dury and the Blockheads (pasando, en este caso, del Sex & Drug & Rock&Roll).

Lambchop: Is A Woman.

Ian Dury and the Blockheads: Hit Me With Your Rythm Stick.

Claro, no tiene nada que ver una música con la otra. Pero, ¿qué pasaría si hiciésemos un ejercicio de música ficción? ¿Y si sacásemos a Ian Dury de su tumba y lo metiésemos, en un universo paralelo, a cantar con Spain? No, no con todo el país, sino con el grupo que armó en los 90 el hijo del gran Charlie Haden: Josh Haden. Pues que sonaría bastante como Lambchop. Bueno, igual es sólo mi opinión. Pero me gusta.

Spain: Untitled#1

Read Full Post »

Madrid, octubre de 2005:

En 1977, Gran Bretaña puso en el mercado el punk. Una música estrepitosa y una estética afilada más que inspiradas en las salvajadas que cometieron a finales de los 70 grupos como MC5 e Iggy Pop y sus Stooges desde Detroit y, más tarde, los New York Dolls y los Ramones en Nueva York. El punk, ese punk, convirtió el desparrame en una forma de vida y hasta en una manera de hacer política y sacudió los cimientos de la cosa musical para luego dejarla más o menos como estaba.

En 1979, un adolescente volvió de California a su ciudad, Washington DC. Trastocado por el rabioso sonido que carcomía el planeta, montó su primer grupo, The Teen Idles, y, un año después, se juntó con otros amigos bajo el nombre de Minor Threat. Ian MacKaye inició de esa forma una carrera que igual no ha cambiado el curso de la música pero que seguro ha transformado las vidas de muchos músicos y, lo que es más importante, de numerosas personas. Ian se hizo punk pero decidió hacerlo a su manera. Frente al abuso politoxicómano y la revolución de barra de bar, MacKaye fundó sin querer un movimiento poco conocido pero muy influyente. El straight edge proponía olvidarse del alcohol y las drogas y centrar toda la energía en la acción: música, movimiento asociativo, revolución. Por eso, quizás, Ian MacKaye ha tenido tiempo para tener su propio sello, Dischord, aún hoy activo y con una coherencia a prueba de súper ventas, y de militar en bandas como Embrace, Pailhead y, sobre todo, Fugazi. Este último nombre es el que ha hecho famoso a Ian en todo el mundo. Un nombre y un grupo asociados a música intensa pero abstracta, a ruido furioso pero intelectual, a éxito de ventas pero manteniendo los principios: discos a diez dólares, conciertos a cinco y entrevistas sólo para fanzines.

En 2005, en la sala Moby Dick de Madrid, Ian MacKaye  presenta Mt. Pleasant Isn’t, la siguiente canción del concierto de su nuevo proyecto, The Evens. “Para mí punk es que estemos todos aquí juntos, punk es poder hacer música y venir a España a compartirla, punk es estar en comunidad”. Y, efectivamente, fue punk haber estado allí, aunque pudiera no parecerlo. The Evens son un grupo de dos, Ian tocando una guitarra barítono, de sonido más grave que una semiacústica normal, y Amy Farina, que estuvo en un grupo llamado The Warmers, a las baquetas de una batería casi sin elementos de la que saca ritmos primitivos pero capaces de llenar un anfiteatro romano. Suenan sin pasar por la mesa de mezclas, sólo el ruido que sale del ampli de Ian y de la batería de Amy. Por eso piden a la gente silencio. Y en silencio disfrutamos de un concierto único: punk acústico, canciones que recuerdan a las últimas de Minor Threat y a las primeras de Fugazi, simples y a la vez muy complejas. Intensas. Al acabar, ellos mismos recogen sus cosas, venden discos a pie de escenario y se van. Nosotros también. Salimos de un concierto punk, pero no tenemos ganas de destrozar papeleras, sino de reciclar papel. Ya ves.

El mundo, hoy:

Obviamente, este texto es antiguo. Tiene tres años y pico. Los que hacen del concierto de The Evens en Moby Dick. Fue escrito para una revistita que editaba la librería Mairea. Pero nunca fue publicado. Quizás por eso lo saco del cajón. O, más bien, porque me apetece. Porque creo que es el momento. Porque ayer, hablando con Ángel, un amigo metido en lo más profundo de lo financiero, le escuché decir que era el fin. Que el capitalismo, este capitalismo, se había acabado. Y que ojalá fuese para bien y que hubiese un cambio de valores.

El asunto es serio y da para mucho. No sé si me apetece ponerme a pensar y escribir sobre él un sábado lluvioso como hoy. Sólo diré que siento hace tiempo que la sociedad de consumo es un asco. Que vivimos engañados por el brillo de la satisfacción inmediata. Y que nuestra continua búsqueda del placer (o beneficio) a corto plazo sin mirar al largo o el medio no sólo acelera nuestra muerte, sino que hace nuestra vida más vacía. Yo, que no soy muy viejo, aún recuerdo tiempos en los que no todo estaba en venta, la honradez era una virtud y no una estupidez y a la gente se la valoraba por lo que era y no porque lo que cobraba. O quizás no son recuerdos sino enseñanzas de mis padres. Da igual. El caso es que ojalá lleve Ángel razón y vuelvan esos tiempos. O incluso unos mejores. No sé. No lo creo. No parece que los codiciosos hayan aprendido ninguna lección.

Claro que ésos cabrones nunca han escuchado a Minor Threat, ni a Fugazi, ni a The Evens. Si no, seguramente no harían lo que hacen ni se dedicarían a lo que se dedican. Este verano conocí en Jordania a Angelo, un romano romanista que me contó que la izquierda, la verdadera izquierda italiana, ya pasaba de las elecciones y de la gran política. Que ellos en Italia se dedicaban al trabajo comunitario. A ayudar, proteger y desarrollar sus barrios. Eso es lo que lleva años haciendo y cantando Ian MacKaye. Y eso es lo que deberíamos ponernos a hacer todos si queremos sobrevivir con dignidad.

No soy yo de adorar ídolos ni de pedir autógrafos. Pero hay que reconocer la coherencia y el compromiso cuando se ven. Y, últimamente, no son cosas que hayan asomado mucho. Por eso creo que hay que tragarse el orgullo, dejar de ser los más listos y señalar a tipos como Ian MacKaye (o como Angelo). La que hemos liado sólo se soluciona cambiando. Empezando a construir las cosas para que se sostengan; sin pensar en ventas ni rentabilidades; considerando como único beneficio el que hacemos a la comunidad y, por tanto, a nosotros mismos. Repito, ojalá lleve razón mi amigo Ángel y estemos ante un cambio de valores. Tampoco es tan difícil. Basta con observar lo que lleva tiempo haciendo gente como Ian MacKaye y dejar de tener en portada a Pete Doherty.

Read Full Post »

Para qué sirven las palabras si existen las patadas”

Albert Pla marca La diferencia. Hasta el domingo.

Gracias, Marga.


Read Full Post »

A uno le gusta llevarse recuerdos musicales de sus viajes y de allí me traje, entre otros, los siguientes y muy recomendables:

Izabo. A éstos ya los conocía gracias a Hervé. Son de Tel Aviv. Modernos, entre indies, pop, rock y hasta disco. Tocan por Europa con cierto éxito y puede que hasta peten. Ojalá. De momento, ya tienen entrada en la Wikipedia. Yo los traté de ver en Tel Aviv pero ni llamando al manager: “No tengo entradas ni para mis familiares”, me dijo. Esto es Morning Hero, de su primer disco, The Fun Makers:

The Apples. Éstos son de Haifa. O de Tel Aviv. No estoy muy seguro. Hacen una especie de acid jazz instrumental. Suenan como un grupo de Ninja Tune o Mo’ Wax de hace diez años, o sea, que no han descubierto la pólvora, pero molan y tienen una cojonuda versión groovera del Killing In The Name de Rage Against The Machine que vale un potosí. Aquí está, en directo:

Habanot Nechama. Estas chicas son la pera. Le pueden gustar desde a mi madre (que me estará leyendo) hasta a los colegas más subterráneos. Tres mozas que forman un grupo vocal y hacen canciones distintas, jugando con las estructuras y los estilos. Que yo sepa, tienen un disco que se llama como ellas (pero de hebreo no tengo ni flores) aunque aquí hay algo más de información. Cantan en hebreo y en inglés y estoy loco por ellas. No salen de mi aparato. O sea, ya tú sabes. Pongo un vídeo sin vídeo, que no parece que hayan invertido mucho en audiovisual:

DAM. Éstos son del otro lado. Bueno, no exactamente. DAM (Da Arabian MC’s) son palestinos residentes en Israel que llevan haciendo rap desde el 99. Y lo hacen bastante bien, en árabe, en inglés y hasta en hebreo. Obviamente, sus letras disparan contra la ocupación, el muro, el casi apartheid y demás asuntos que preocupan a un árabe de por allí. Son los más importantes representantes de la escena de rap palestino que florece por la zona. Una escena en que los hay buenos, malos y muy malos. Pero los hay. Y mola. Está retratado el asunto en un documental Slingshot Hip Hop, que pasó este año por Sundance. Y hay otro proyecto español con ello, pero hasta aquí puedo leer. Toma DAM:

Read Full Post »

Reportaje publicado en el número 132 de la revista GQ, en la sección Zona Prohibida. El periodismo es una profesión muy mal pagada, pero el que yo hago a veces es impagable. Lo que viene a continuación no está basado en hechos reales: es real de cojones. O, más bien, es real de la polla. Se lo dice la mía. Relájense y disfruten mientras me ponen inyecciones en el pene.

Estoy tumbado en una camilla. Los pantalones bajados hasta la rodilla. Los calzoncillos, también. Ante mí, un joven médico con acento latinoamericano que recuerda, por la voz y el currículo que se le intuye, al doctor Nick Riviera de Los Simpson. El galeno me explica las opciones de tratamiento. Pastillas o inyecciones. Ni siquiera me ha dicho que esté enfermo. Aún no me ha hecho la prueba. Da igual. En mi posición, repito, tumbado, con pantalones y calzoncillos por las rodillas, es difícil discutir. Mientras me lo pienso, se anima a hacerme esa prueba. Echa una crema en la base de mi pene y pasea por ahí una especie de rotulador conectado a un aparatejo que suelta un ruido como de interferencia radiofónica. Es un ultrasonido Doppler que mide el flujo sanguíneo de mi órgano sexual. El resultado sale impreso en un papelín de fax. Es el polígrafo de la erección. Es una tabla con sus picos, como la del Ibex 35. Ojo, la mía no anda tan mal como la del Ibex. Estoy dentro de los parámetros normales para mi edad. Estoy bien pero debo elegir. No tengo las opciones de Neo. Nada de pastilla roja o pastilla azul. Debo elegir entre pastilla azul o inyección. Pellizco o pinchito. Susto o muerte. “Si quiere -me dice-, le hago un test de erección, una inyección vasodilatadora como las del tratamiento para ver la respuesta y así calcular la dosis que necesitaría”.

Me llamo Pedro y soy impotente. En realidad, me llamo Pedro, soy periodista y desde la dirección de esta revista quieren acabar con mi imagen, pública y privada. O eso, o consideran que si no me he casado después de visitar un puticlub, un local de intercambio de parejas, la casa de una chica que ofrece sexo a través de su webcam y hasta el backstage de un desfile de lencería es porque tengo un problema en los bajos. Se supone que esta sección, Zona Prohibida, consiste en visitar lugares que jamás pisaría un lector de GQ. No me quiero meter en los asuntos urológicos de los lectores, pero si alguno ha pasado por aquí, seguro que no lo ha contado. Yo sí. Para eso me pagan. Así que voy a seguir. Por cierto, no se dice impotencia, se dice disfunción eréctil.

“Si tu vida sexual funciona, lo demás no importa”. Antes de llegar al momento de recibir una inyección en la base de mi pene he escuchado muchas veces esta cuña en la radio. Como muchos españoles. Como mi querido director. Por eso, a pesar de que mi vida sexual está en orden, he entrado en Boston Medical Group. Por eso sé que en la recepción hay un hombre con bata blanca y no una enfermera. Un punto para Boston Medical. No debe ser muy terapéutico llegar donde pretendes curar tu eyaculación precoz o tu disfunción eréctil y encontrarte con una moza ante la que sólo puedes hacer el ridículo. El recepcionista me acompaña a la sala de espera donde debo rellenar mi historial médico. Otro punto para ellos. La sala es individual. Se evitan así las conversaciones sobre el tiempo (que tarda cada uno en eyacular o el que hace que no se pone firme).

Una vez rellenado el historial y comprobado que en la sala de espera no hay revistas porno, no vaya ser que se produzca un milagro y se pierda un cliente, me llama el doctor y tiene lugar la escenita que he narrado al principio del texto. Una elipsis después, vuelvo a estar en mi sala de espera. El pinchazo no ha dolido, la inyección se hace con un aplicador al estilo de los de los diabéticos. Se supone que debo esperar media hora a que las sustancias vasodilatadoras hagan efecto y suban el periscopio de mi entrepierna pero sólo han pasado quince minutos y ya tengo el misil preparado. Me entretengo leyendo la documentación que me han dado y pensando que los verdaderos pacientes deben vivir este momento con lagrimas en los ojos, la mano en el pecho y banda sonora orquestal, como cuando se iza la bandera nacional tras ganar una medalla de oro. Por fin, llega el médico para llevarme a su despacho. Vuelvo a bajarme pantalones y calzones y me mide, a mano, la erección. Me explica que estas inyecciones se deben aplicar al menos una vez a la semana, antes de la relación sexual, durante nueve meses y que así se acaba curando, en un alto porcentaje, el problema.

Empiezo a entender de qué va todo esto. Tanto la documentación como el discurso del médico tienen una pendiente que conduce tu pensamiento hacia donde Boston Medical Group quiere. Cosas como que el 90% de los casos de disfunción eréctil son de causa física. Un montón de pegas a los tratamientos habituales (Cialis, Viagra y demás pastilleo). Una luz de esperanza diciendo que todo, incluso la disfunción eréctil, sea física o psicológica, tiene solución. La comprensión se hace completa cuando me llevan a ver a un comercial adornado también con bata blanca. Gracias a él, me entero de que la solución a mi inexistente problema cuesta 1.500 euros. Son 90 inyecciones que puedo pagar a tocateja o en 12 mensualidades sin intereses. Gracias a él, también me entero de que la inyección que me acaban de poner puede provocar priapismo, o sea, seis horas o más de erección continuada, o sea, problemas. Me da un papel con instrucciones en caso de que tal cosa ocurra y dos pastillas para solucionarlo antes de ir al hospital (recomendación número cinco después de “realice una caminata de 10 minutos”, “aplíquese agua fría en los genitales 10 minutos”, “realice flexiones de piernas durante 10 minutos” y la toma de las pastillas). Le digo que me quedo más tranquilo y que me pensaré lo de los 1.500. Y me despido.

Me doy un largo e incómodo paseo por Madrid. Aprovecho para llamar a un urólogo conocido para que me cuente. Y me cuenta. Que el porcentaje de causas psicológicas de la disfunción eréctil es mayor que el 10%. Que las pastillas de ahora no tienen casi efectos secundarios. Que el tratamiento con inyecciones es más agresivo. Que, por supuesto, no cura. Y que, en cualquier caso, se puede conseguir gratis, con receta, a cargo de la Seguridad Social.

Han pasado dos horas desde que me han aplicado la inyección, sigo con el arma cargada en mi entrepierna y sólo me queda una duda. No sé si llamar a algún teléfono femenino de los de mi agenda para aprovechar la medicina u ofrecer al alcalde el molde para un obelisco en honor al periodismo de investigación.

Read Full Post »

Kortatu, Hay algo aquí que va mal (o sea, su versión del Doesn’t Make It Alright de The Specials por la vía de la de Stiff Little Fingers).

Y aquí paro con esto, que luego dice que soy un cenizo.

Read Full Post »

« Newer Posts - Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: