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Archive for 2/09/08

Texto publicado el 18 de agosto en la revista Interviú. Otro sobre una de esas profesiones distintas. Gracias, Joe.

La imagen habitual de un guardaespaldas es la de un tipo grande y chulo. Seco. Violento. Ésa es la imagen que se rompe en mil pedazos cuando uno conoce a Joe Buckle. Joe es un inglés de Cornwell, bajito, simpático y muy educado. Joe vive en Ibiza y trabaja en esto desde hace cinco años. Se ocupa de la seguridad de gente como Naomi Campbell, Paris Hilton y Wayne Rooney. Trabaja cuando ellos se divierten y su tarea es que lo hagan con toda tranquilidad. “A veces, parece que vivo la vida de un millonario. Sentado en la popa de un yate, con una puesta de Sol fabulosa, estoy en la gloria. Pero en realidad es duro, te das cuenta cuando del barco vas a un club y sales a las siete para coger un avión e ir a otro lado”.

Después de estar en nómina de una firma británica que tiene personal en zonas de conflicto como Irak, Israel y Afganistán, Joe montó su propia empresa, Ibizapr.com. Junto con un equipo formado por un par de compatriotas, un francés, otro de Isla Mauricio y un español, cubre el área del Mediterráneo, de Ibiza a Saint Tropez, de Marbella a Cerdeña. El verano es la época más solicitada. Las vacaciones de las estrellas del rock y del deporte, de los ejecutivos con mucha pasta y de los ricos de nacimiento, son las fechas para llenar la cuenta de Joe y sus chicos. Contratar un guardaespaldas por una jornada de ocho horas cuesta 280. Si la cosa se amplía a doce, son 420.

Joe gana menos que cuando se dedicaba al negocio de la noche. Tenía bares y clubes, pero siempre le gustó esto. A los 16 conoció a un tipo que vivía de cuidar la chepa de músicos. Era demasiado joven entonces y siguió a lo suyo: jugar al rugby, sacarse unas libras como socorrista, estudiar. Por casualidad, le llegó la oportunidad de ocuparse de alguien de visita en Ibiza. Era el actor Stephen Dorff. “Lo pasé bien y el cliente se quedó contento. Me dijo que debería dedicarme a ello. De alguna manera, la profesión me encontró a mí”.

Tuvo que prepararse duro. Entrenamiento con armas de fuego, conducción evasiva, evaluación de riesgos, habilidades médicas; mejorar su francés y su español; aprender las cualidades básicas de un buen guardaespaldas. “Hay tener paciencia, iniciativa, capacidad de comprensión y análisis para ver lo que pasa a tu alrededor, capacidad de anticipación, dedicación y empatía con los clientes”. Con su discurso y su estudiada forma de plantearlo, Joe parece más un manager que un gorila. “De hecho, nos gusta llamarnos asistentes personales porque eso hacemos la mayor parte del tiempo hasta que nos toca ejercer de guardaespaldas. Somos traductores, conductores, confidentes…”. Son todo eso, sí, pero también son algo más.

Aunque no le guste hablar de ello, Joe conserva cicatrices como souvenir de algunas puñaladas. Su tarea consiste en evitar que pase nada y, si pasa, en buscar la forma de escapar. Pero a veces no hay salida. “Si, por lo que sea, la pelea está demasiado cerca o alguien trata de pegar al cliente, lo suyo es dar un puñetazo rápido y efectivo y salir corriendo”. Joe siempre ha sido un tío deportista. Insiste en que el rugby le ha enseñado a tirar al adversario sin hacer daño pero acaba admitiendo que tiene otra formación. El Krav Maga es una disciplina de combate y defensa personal israelí creada el siglo pasado y preparada, pues, para amenazas contemporáneas. Su doctrina trata, efectivamente, de evitar el conflicto. Pero también muestra cómo enfrentarse a él si no queda otra. “Te enseña a actuar rápido, de forma agresiva y con determinación para así eliminar cualquier amenaza”. Luego, hay que tener en cuenta la lógica legal. “Intentamos golpear con la mano abierta para no hacer daño y evitar juicios y problemas con la policía”.

Joe lo sigue contando todo con mucha tranquilidad. Recuerda cómo una vez estaban apuntando con una pistola a su cliente y pudo resolver el entuerto usando la palabra. Lo dice sin darse muchos aires y añadiendo una frase que posiblemente sea lo más parecido a una broma que es capaz de soltar frente a la grabadora: “Los británicos somos famosos por nuestra diplomacia”. En seguida, vuelve a su seriedad: “Lo más peligroso de nuestra profesión son las persecuciones de los paparazzi. Pasamos la mayor parte del tiempo dentro de un coche con una celebridad y nos acordamos de lo que le pasó a la princesa Diana, por eso nos lo tomamos muy en serio”.

Al parar el coche y abrir la puerta a su pagador, Joe tiene que fijarse en detalles como tapar con su cuerpo el hueco que surge entre ésta y la carrocería. Por ahí puede pasar la bala de un francotirador o, más bien, el flash de un paparazzi. Un cliente retratado sin ropa interior es un cliente descontento. Joe tiene que ocuparse de eso y de toda la gente con cámaras en el móvil. Su trabajo es proteger la intimidad de las celebridades. Incluso ante sus fans. Pero su tarea, también, es soportar lo que el llama el privilegio del rico. “La capacidad de hacer lo que le de la gana en cualquier momento, de cambiar planes, de ser caprichoso. Nosotros debemos tener una actitud positiva ante eso, aceptarlo. Cualquier cosa que nos digan debemos estar preparados para responder: ‘Ok, no hay problema, en seguida'”.

Cualquier cosa menos darle una paliza a alguien, como se estila últimamente entre algún famoseo ibérico. “Nos pagan por defender a la gente, no por atacarla”. Joe sabe que su profesión tiene fama de acoger a montones de matones y no tiene problemas en señalar el hormiguero: “Del entorno de los gimnasios, de la gente que levanta pesas y toma esteroides, llega mucho violento. Son tíos que pierden la calma la calma con facilidad pero ningún cliente quiere un guardaespaldas que vaya armando follón, eso no es una buena campaña de relaciones públicas”.

La discreción, pues, es otra de las virtudes de un buen profesional. Como un cura guardando el secreto de confesión, Joe nunca pronuncia los nombres de sus vigilados. Pero habla de jornadas que se alargan porque una estrella del rock ha decidido invertir en cocaína o de peleas entre dos clientes locos, borrachos y australianos. Quizás por eso confiesa que prefiere ser contratado por mujeres, “con los tíos hay demasiada testosterona en el aire”. Quizás por eso o, quizás, por el argumento de aquella película de Kevin Costner y Whitney Houston. “Situaciones así son muy habituales. Convives muy cerca de la persona, te comportas como un caballero: eres atento, le abres las puertas, la proteges… Te puede ver como el hermano perfecto o como el novio perfecto. Luego está la profesionalidad de cada uno. En mi caso, he permanecido siempre 100% profesional… Pero tengo que confesar que ahora me arrepiento de algunas situaciones que he dejado pasar”.

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