En un parque lleno de jubilados que leen el Marca, gente que corre sin que nadie le persiga y madres que pasean a los hijos de otras, hay una puerta. Traspasarla significa entrar en otro mundo. Indudablemente paralelo. Posiblemente mejor. Seguramente irreal. Es el parque del Retiro de Madrid. Es la puerta de la sala de fiestas Florida Park. Es la presentación de la colección primavera verano 2008 de la firma barcelonesa TCN en el entorno de la Pasarela Cibeles. Digo mi nombre, atravieso esa puerta y soy engullido a través de estrechos pasillos hasta corazón de ese mundo paralelo. Estoy en el backstage del desfile de TCN. Estoy rodeado por 15 modelos morenas, rubias y pelirrojas en ropa de baño y lencería. Estoy en el momento y el lugar en que cualquier hombre desearía estar.
Quedan 30 minutos para el comienzo del desfile y la metáfora del camarote de los hermanos Marx se queda corta. Los camerinos del Florida Park son unas habitaciones minúsculas detrás del escenario. La actividad es frenética. Cuatro peluqueros terminan de arreglar a una de las chicas. Dos maromos con camisetas de la marca se hacen fotos con otra. Una par de bailarinas con zapatillas de ballet que les quedan grandes reciben las últimas órdenes. Se dan los últimos toques a la ropa y a las caras. Se hacen las últimas visitas al baño. Se corta esparadrapo. “¿Quieres una tira o dos?”, se oye. “Dos, una para cada teta”. Se habla catalán, castellano e inglés. Una mujer fuma delante de un cartel que prohíbe fumar. Está perdonada. Es Totón Comella. La diseñadora. Está nerviosa pero no tanto. Da la sensación de estar acostumbrada a este caos. De saber que, llegados a este punto, todo lo que suceda después es inevitable y que lo inevitable es que salga bien porque para eso trabaja toda esta gente.
“Si yo tuviera ese culo iría hasta sin bragas”. Oigo una voz femenina a mi espalda pero el piropo atraviesa mi cuerpo. Es para una modelo morenita que pretende llevar un pareo para tapar un trasero por el que otras suspiran cuando se matriculan en el gimnasio. La mujer perfecta no sólo tiene que serlo, sino parecerlo. Nada de pareo, por cierto. “Bueno, chicas, mucha mierda”. Es la hora. La última de las modelos es llevada de la mano hasta la puerta. Es la primera. La top sobre las tops. Es Camilla Alves, brasileña, novia de, a ver si lo escribo bien, Mathew McConaughey y la única de un tamaño manejable como para que no haya que subirse a una banqueta para maquillarla. Suenan los Beatles. Empieza.
Lo que para los periodistas y expertos que contemplan el asunto sentados en la sala es un desfile, para mí es otra cosa. Me siento en el centro de un tiovivo. No, mejor, me parece estar en medio de uno de esos capítulos de Benny Hill en el que las mujeres huyen delante de Benny. Pero no está Benny. Ellas corren porque así es su trabajo. Las modelos salen por la puerta de la derecha, dan una vuelta derrochando elegancia por la pasarela y entran al rato por la de la izquierda. Aceleradas. Tanto, que muchas se dan con la cabeza en el dintel sin perder la elegancia ni la sonrisa. Altas y esbeltas, se mueven como ramas de bambú incluso en las situaciones más adversas. O sea, en ésta. Sin tiempo para mirarse el chichón, son rápidamente distribuidas a los vestidores por las ayudantes. Aunque en los percheros hay carteles con su foto, su nombre y sus tallas, a veces se equivocan de habitación, como en un vodevil con puertas que se abren y se cierran. Sólo que aquí las puertas nunca están cerradas. Por eso puedo verlas desnudas.
Sé que muchos lectores estaban esperando este momento. También sé que van a salir desilusionados. Estoy frente a las bellezas que llenan el couché de las revistas de todo el mundo y no siento nada. Ellas está cambiándose de ropa y yo estoy cobrando por mirarlas y escribir lo que veo. Pero nada de nada. Es como contemplar el cambio de neumáticos del equipo McLaren. Puede ser excitante, pero no en ese sentido. Lo siento. Rápidamente, se ponen una braguita sobre el mini tanga hilo dental, un top y de nuevo a la carrera. Sigue el carrusel. Sigue el gran premio. De repente, vuelven a sonar los Beatles. Las chicas se agrupan en los camerinos durante un rato. Por fin las oigo hablar. Mientras esperan a la última salida, todas juntas con la diseñadora en cabeza, comentan la jugada. “Me apretaban un poco los zapatos”. “A mí me rozaba tal”. “Yo casi tropiezo al salir”. Llega el fin de fiesta. Todas fuera. Se oyen los aplausos en la sala mientras en los camerinos los bolsos y los zapatos de la talla 40 y tantos esperan a sus dueñas. La música baja en un lento fade out y las modelos entran de nuevo a los vestidores. Ahora suenan dentro los aplausos. Por el trabajo bien hecho. Un minuto después, las mujeres más guapas del planeta salen vestidas de civil hacia la puerta. Yo también. Vuelvo a la realidad, vuelvo a este mundo. Salgo al parque y le pido el Marca a un jubilado. El Atleti ha vuelto a empatar.
(Las fotos las he pillado por ahí de otros que las pillaron por ahí y son de EFE).


[...] Cibeles. La cosa fue publicada en el número 127 de GQ y el texto completo se puede leer dándole aquí. La foto, por cierto, es de [...]
A mi me ponen más en lencería fina que desnudas.
Buen artículo!