El paraíso está a cuatro kilómetros de Oviedo, entre brañas, vacas, autopistas, un Carrefour y un Leroy Merlin. El paraíso no es un jardín con una serpiente y una mujer con una hoja de parra tentando con una manzana a un hombre vestido por el mismo diseñador. Al menos, ése no es el paraíso en cuya puerta acabo de aparcar mi coche. El paraíso es un club. El Paradise Club. Está en Lugones, Oviedo, y se asoma orgulloso a las carreteras con un neón que ilumina su nombre y la silueta de Jessica Rabbit que le sirve de logo. En realidad, cuando llego el neón aún no ilumina nada. Son las seis de la tarde de un jueves y sólo es de noche en la discoteca del Paradise Club. Allí ya hay una veintena de mujeres esperando a tentar a cualquier hombre que se les acerque. Veinte mujeres vestidas con poco más que una hoja de parra. Veinte mujeres y ninguna manzana.
Por cierto, el Paradise Club no es un club. Es un hotel. Dos estrellas y dos plantas, 20 habitaciones, cocina, comedor y discoteca detrás de los muros pintados de rosa y debajo del techo a dos aguas y el neón con la figura de la Rabbit. Que quede claro desde el principio. Las chicas alquilan las habitaciones por 40 euros al día y pensión completa. Lo que hagan dentro de esos cuartos es cosa suya. Y, hoy, un poco mía. Tengo reservada la 15, en la segunda planta. Dos camas, dos posters inofensivos, suelo de linóleo y una tele que se puede ver dos horas a cambio de un euro. Limpia. Sin lujos. Sin decadencia. No es habitual que un hombre se aloje solo en una de las habitaciones, pero tampoco es habitual que un periodista visite un hotel como éste para tratar de contar lo que pasa más allá de la copa y el servicio a 60 euros la media hora.
“Lo que estoy viviendo aquí deja a todo lo que he vivido en un cuento de niños”. Es lo primero que dice José Luis. Su vida hasta ahora ha tenido poco de relato infantil. Fue durante muchos años uno de los mejores árbitros de boxeo del mundo, acompañó más tarde a mitos de ese deporte como Julio César Chávez, fue promotor y empresario televisivo, residió en lugares fronterizos como Ciudad del Este, Paraguay, o Culiacán, México, donde la muerte sale a pasear varias veces al día sin que ningún juez le pida explicaciones… Hoy, es socio y director del Paradise Club y sigue siendo un buen amigo. Lo que tanto le asombra de su vida actual no es su vida actual sino las vidas de las mujeres que se alojan en el hotel y de las que vienen cada noche a tomarse unas copas y lo que surja.
Jessica Rabbit no era mala, simplemente la habían dibujado así. A la mayoría de las mujeres que hacen funambulismo sobre tacones frente a la barra les pasa algo parecido. Padres que las chulean, maridos que las maltratan, hijos a los que dar de comer. Los motivos pueden ser infinitos, las excusas no. No las hay. “Todas las que están en este club y en cualquier otro están porque quieren, nadie las ha obligado, sabían a lo que venían”. Amanda es de Sao Paulo, tiene los ojos verdes y es rubia porque también le da la gana. “No quiero que mi niña tenga mi vida”. Amanda cuenta que su madre dejaba de comer para que hubiera para todos sus hermanos. Que su padre traicionaba a su madre con otras mujeres. Que por eso ella se fue a vivir con su abuela, para no verlo. También vienen aquí hombres para traicionar a sus mujeres con ella, pero Amanda se ríe de la paradoja. “Sí, claro, pero eso a mí me da igual, no es mi familia, no es mi padre”. Amanda tiene 25 años, la carrera de Comercio Exterior casi terminada en Brasil y un plan que empezó a pensar cuando algunas compañeras de universidad le hablaron de que en España se podía hacer dinero con esto. Quiere estudiar aquí Economía y encontrar empleo allí. Dice que puede llegar a ingresar 8.000 euros en un mes bueno, que manda 500 para su hija y que este trabajo le permite ir consiguiendo cosas. De momento, un coche y una casa en su tierra y una cartera de acciones de Petrobras. “De pasta tienes que hacer pasta, ¿no?”. Amanda es muy inteligente y lo tiene todo bastante claro. Quizás por eso no ha tenido nunca ningún problema con un cliente. Se acerca a ellos, les da conversación, se fija en sus modales y tiene cuidado con los que van muy borrachos. Así conoció a su futuro marido. Un asturiano que visitaba por primera vez un club. La boda está prevista para octubre. Mientras, seguirá haciendo cosas como mearse sobre los hombres que se lo pidan y paguen por ello o dejar que se corran en sus pechos y luego lo chupen.
Son las ocho de la tarde y la discoteca del Paradise Club está tranquila. Han entrado un par de chicos y un señor. Ellos han bajado de una scooter y él de una furgoneta. Ellos quieren aliviarse antes de salir y él antes de llegar. La mayoría de las chicas aprovecha para cenar. El menú que sirve Tere es variado. Carne, pescado, ensaladas, verduras. Hay un montón de plátanos, verdes y maduros, en dos cestos. Son para el postre, no para hacer chistes. Tere es la mujer de José Luis. En la cocina, le ayuda Bárbara. Brasileña de Salvador de Bahía, Bárbara tenía alquilada una habitación en el hotel hasta que conoció a Manolo, que también trabaja aquí. Manolo, por cierto, es hijo de José Luis y Tere.
“La primera vez que lo hice no sabía ni lo que era un condón, estaba muy nerviosa, lloraba y el hombre me trataba fatal, me dijo: ‘Si no sabes hacer ni esto dedícate a fregar’”. La primera vez de Mariela fue en un club de Argentina. Lo recuerda en el privado del Paradise junto a Rocío. Las dos son paraguayas. Mariela tiene el pelo color caoba, Rocío es morena. Mariela es bajita, Rocío rellenita. Mariela habla poco, Rocío no. La primera vez de Rocío fue en un club de Palencia. Se metió en este oficio para devolver el dinero del pasaje a España. No era lo previsto. Lo previsto era ponerse a trabajar en una casa. Esa primera vez tuvo suerte. Sus compañeras le ayudaron. Ella temblaba. Y tembló más cuando un tipo muy feo se fijó en ella. No quería irse con él, pero una de las chicas le dijo algo. “Si vas a elegir sólo a los lindos no vas a trabajar”. Al final, el tipo feo resultó ser un buen hombre que también ayudó a Rocío a pasar el trago. Esa noche hizo tres pases. Parece que a los hombres les gustan las nuevas. “Los españoles son muy fríos, son como los gallos que se follan a las gallinas”. Parece que a Mariela y a Rocío no le gustan los españoles en la cama. Aunque tampoco hablan bien de los argentinos ni de los paraguayos. Lo que no les termina de gustar es su trabajo. “Una vez llegó uno con un maletín con cuatro consoladores, quería que los utilizásemos… ¡con él! También vino otro que quería que lo insultásemos, un masoquista, le llamábamos hijo de puta y le pellizcábamos en los pezones”. No les gusta su trabajo pero se parten de la risa al recordar las cosas que han llegado a ver y a vivir.
El reloj marca la una de la madrugada. La noche sigue tranquila. Dentro del club hay un par de grupos de jóvenes que han venido a tomarse una copa. Las chicas se acercan a ver si quieren algo. Y nada. No quieren nada. Sólo beber sus cubatas mientras ven un combate de K1 en Eurosport. Fuera, en la puerta, hay una reunión simpática. José Luis habla con Raimundo y Ramón, los dos porteros, con Pepe, el encargado, con Diba, un senegalés que acostumbra a venir para vender ropa, y con Pablo, el muchacho que trae y lleva por tres euros a las chicas que no se alojan en el hotel. El ambiente es relajado. Como el del patio de un colegio a la hora del recreo. Leen revistas de coches, gastan bromas, compran boletos de la ONCE. Pero no es el patio de un colegio. No son niños. Son hombres con historias vitales de novela. Un catálogo de personajes a la espera de un escritor que se fije en ellos. Raimundo, un gitano enorme y trajeado, es nieto del patriarca de los gitanos de Asturias. Ramón, también grande y gitano, tiene un marrón pendiente con la justicia. Diba, además de vender la ropa que lleva en el maletero de su coche, es soldador en Oviedo y tiene dos mujeres y 200 vacas en Senegal. Pepe, pequeño y entrañable, es el encargado del Paridise Club pero hasta hace poco fue director de juegos del Casino de Gijón. Pablo, un chaval que tiene un pub en Langreo, ganó 90.000 euros en el concurso de las cajas que presenta Jesús Vázquez en Tele 5.
“Yo, si no me siento bien hablando con alguien, no subo con él”. Ingrid es morena y de curvas caribeñas. Dominicana. Tiene 26 años y los papeles en regla. No es lo habitual. Ingrid hoy no se ha sentido bien hablando con nadie. Remolonea en la barra sin entrar a ningún hombre. Sólo habla conmigo pero eso no cuenta. “Es que me viene la regla el sábado y me entra la pereza… Además, ya me regaló un cliente que me trajo al hotel 200 euros por nada”. A Ingrid le va bien con su método de acercamiento. Confiesa que llega a disfrutar un 40% de las veces. Tampoco es lo habitual. La media casera que he calculado hablando con ellas está en el 25%. Esta noche no hay muchas posibilidades de aumentar esa cifra. Los hombres de Oviedo están de vacaciones y las mujeres del Paradise Club pasan el rato mandando mensajes por el móvil y riendo. Alguna despistada que no sabe que estoy trabajando como ella me entra. Lo siento, estoy de servicio, cariño. Amanda me cuenta que ha venido un chico que le ha dicho que andaba buscando novia. Ella le ha contestado lo obvio. Que igual se había equivocado de sitio. Uno de los grandes exploradores de la Historia, sir Richard Francis Burton, tenía por costumbre visitar el prostíbulo de la localidad a la que acabase de llegar. Decía que era la mejor y más rápida manera de conocer las costumbres y la sociedad local. Y es cierto. Y quizás lo sea aún más desde el otro lado. Las que realmente viven en un observatorio donde se ve lo que no se deja ver en otro lugar son estas mujeres. Brasileñas, paraguayas, dominicanas, argentinas, nigerianas. Ninguna española, por cierto. Ellas conocen toda la verdad.
A la cinco de la mañana se encienden las luces y se oye desfilar a un ejército con zapatos de tacón. Las chicas salen en fila por la puerta para regresar de otra manera, como si fuese un concurso de la tele pero al revés. Vuelven un poco más bajas, bastante más vestidas. Ya de civil, toman lo que aquí se llama el desayuno y esperan a que Pablo haga sitio en su coche para llevarlas a casa. Las que se alojan en el hotel suben a dormir. Yo también. No estoy solo. En la habitación número 15 hay un buen montón de fantasmas con liguero para acompañar el sueño.
A la mañana siguiente, el único cliente masculino del hotel se despierta sin oír más ruido que el de la carretera. En la cocina, Tere y Bárbara preparan la comida. Es la una de la tarde. Poco después aparece Malú. Rubia, alta y brasileña. Tiene dos hijos de 15 y 7 años. Se toma un café mientras me cuenta que lo primero que hace el día después es ir al banco a ingresar el dinero. Ayer tuvo cuatro pases. Después del café tiene cita en la peluquería. No le queda muy lejos. En el hotel hay una peluquera que cuida de la imagen de las chicas. También hay un masajista. A Juliana, también brasileña pero tampoco rubia, no le da tiempo a preocuparse por su imagen. Anoche estuvo encerrada cuatro horas con un hombre que había llegado en un Porsche descapotable. Hoy viaja con unas amigas hasta Benavente para trabajar allí. Las chicas del Paradise Club tienen libertad para moverse. Claro, esto no es más que un hotel. Aunque no es un hotel cualquiera. Todas las mujeres con las que he hablado me lo dicen. Aquí se sienten a gusto, son tratadas con cariño. Como la familia que no pudo ser. Acabo de comer con Tere, Manolo y José Luis y me despido de ellos. Cuando llego a Madrid, tengo la sensación de haber estado muy lejos mucho tiempo. 24 horas en el paraíso.



[...] de Oviedo publicado en el número 126 de la revista GQ. El texto completo se puede leer pinchando aquí. Ya que estamos, se lo brindo a El Pana y a su brindis. Y a Sousa, [...]